Capítulo 9
Sin hacer ruido
Me sorprendo riendo sola, con la copa a medio camino entre la mesa y la boca, imaginando a Lola en la cocina, discutiendo con el chef imperturbable hasta que acabe cediendo… o no. Y entonces la imagen cambia y la veo inclinada sobre una encimera, con Roma al fondo, y no puedo evitarlo.
—Joder… —murmuro, negando con la cabeza.
Me giro en busca de María, con ganas de comentar la jugada y ponerle nombre al terremoto que acaba de desatarse entre Lola y ese hombre que impone hasta sin hablar, pero la frase se me queda a medio camino.
La muy petarda está con el móvil y sonríe sin levantar la vista, con una luz distinta en la cara, más centrada y pendiente de alguien que no está presente. Doy un trago para disimular, por hacer algo con lo que ocupar las manos mientras asimilo lo que es evidente.
Ella apura la suya casi sin darse cuenta y deja el cristal sobre la mesa con una decisión que no necesita explicación.
—Nena, mi taxista está en apuros con una pareja alemana y me ha pedido…
La miro enarcando una ceja.
—María… ¿crees que nací ayer? —le digo, sin dureza, pero sin regalarle la coartada.
Se ríe, sabe que la he pillado.
—¡Vuelvo enseguida!
Se levanta antes de que pueda añadir nada más y se va sin mirar atrás, como si detenerse un segundo más fuera a complicarlo todo.
Doy otro sorbo al vino y permito que el silencio se instale sin pelearlo.
—¿Le sirvo algo más, signorina? ¿O prefiere que le haga compañía con el chisme de la casa?
Levanto la vista. Es el camarero, el mismo que hace un rato le ha soplado a María lo del apodo del chef, con una bandeja bajo el brazo y una sonrisa que promete que no ha venido solo a rellenar la copa.
—Cuénteme —le digo, dándole permiso con un gesto de la mano—. Aunque me temo que ya me he perdido el final.
—¿El final? Signorina, esto no ha hecho más que empezar. —Baja la voz, aunque en el restaurante no hay nadie lo bastante cerca para oírlo—. Llevo cuatro años trabajando aquí y jamás había visto a Marco salir de la cocina en mitad de un servicio. Ni una vez.
—¿Y suele pasar que se lleve a las clientas a la cocina?
—Jamás —repite, con el mismo asombro de quien acaba de presenciar un milagro—. Tenemos una norma no escrita: el chef no sale, y menos aún invita a nadie a entrar. Su amiga debe de tener algo especial.
—Su amiga tiene lengua afilada y paladar exigente, que para él debe de ser lo mismo que tener algo especial.
Se ríe, apoyando la bandeja contra la cadera con la confianza de quien ya nos ha adoptado como la mesa favorita de la noche.
—Pues entonces atenta, porque si el IceMan se ha derretido con la primera crítica, no quiero ni imaginar lo que pasará si le da otra.
—¿Todo el mundo le llama así?
—Todo el mundo, aunque nadie se atreve a decírselo a la cara. —Se inclina un poco, cómplice—. Yo se lo he dicho a usted porque parece de fiar. Si se entera de quién ha sido, lo niego todo.
—Descuide, me llevaré el secreto a la tumba. O como mucho, se lo contaré a mis dos amigas, que tampoco es que sean muy discretas.
—Con esa cara de estar tramando algo, seguro que no.
Se aleja hacia otra mesa, dejándome con una sonrisa que no tenía hace cinco minutos y la sensación de que, aunque esté sola, esta noche está resultando de todo menos aburrida.
No es que me sienta abandonada, sería injusto decirlo así, pero sí fuera de lugar. Como cuando cambias de sitio los muebles de una habitación que conoces de memoria y de pronto necesitas un momento para volver a entender dónde reubicarte.
La queja aparece, breve e infantil. La reconozco. La dejo reposar un minuto y, cuando pierde peso, la suelto.
¡Maldita sea! Esto se nos ha ido de las manos.
Y ahí caigo en lo rápido que todo ha cambiado hoy, en cómo las cosas se van recolocando solas sin avisar, y me acuerdo de él.
El chico del avión. El que compartió a mi lado ese tramo en el que no ocurrió nada especial, pero donde algo se quedó pendiente.
No le di importancia entonces… y ahora me sorprende descubrir que quizá debería habérsela dado.
A mi alrededor, el restaurante sigue a lo suyo, con el mismo ritmo de antes, ajeno a las historias personales. Hay parejas que brindan por cosas que no me importan, risas llenando el espacio, y por un momento me veo desde fuera: sentada sola en una mesa en la que deberíamos estar tres.
La amistad no desaparece cuando alguien se va, solo cambia de forma. Y esta noche, mientras las veo alejarse una detrás de otra hacia sus propias historias, entiendo que esa forma nueva a veces duele un poco antes de encajar.
Le doy otro trago al Chianti, despacio, y cierro los ojos un instante.
De golpe la memoria tira de mí sin avisar y me lleva a nuestra cocina, a la mesa pequeña donde nos apañábamos para caber y a las tardes eternas en las que todo era posible, porque entonces no teníamos ni idea de lo que nos iba a costar conseguirlo.
Sonrío desde el reconocimiento. Hemos cambiado, claro que sí, y aun así seguimos apoyándonos a nuestra manera.
Dejo la copa sobre la mesa y me levanto sin prisa. No necesito avisar a nadie ni justificar que salgo a tomar el aire.
El pasillo hacia la salida está en penumbra, más íntimo, casi como si alguien hubiera bajado la luz a propósito para marcar el cambio entre lo que ocurre dentro y lo que espera fuera. Apoyo la mano en la pared y siento el frío del mármol bajo la piel.
Al salir al hall, la luz es otra. Más clara y directa. Y, de repente, lo veo.
Óscar.
Apoyado en el mostrador con una sonrisa perfecta, de las que parecen formar parte del uniforme.
—Vaya —dice al verme—. Pensé que en el restaurante no os dejaban escapar tan temprano.
—Necesitaba aire —respondo, acercándome sin prisa—. Roma no se puede disfrutar sentada.
—Eso dependerá de con quién compartas la mesa.
El chico sigue con el coqueteo que empezamos antes, y ahora mismo no tengo el cuerpo para juegos.
—Ahora no. Estoy en modo contemplativo —le aclaro, con una sonrisa a medias para que entienda que no voy por el mismo camino.
Él no parece escuchar el matiz. O decide ignorarlo.
—Puedo recomendarte un par de sitios para pasear sola… o acompañada —insiste, arqueando las cejas en un gesto pícaro que empiezo a conocer—. De noche se encuentran rincones que…
No termina la frase.
Una mano aparece de la nada y le da una colleja limpia en la nuca.
—¿Pero tú qué te crees que estás haciendo?
La escena es tan inesperada que me quedo quieta, observando cómo Óscar se lleva la mano al cuello, más avergonzado que enfadado.
—¡Elena! —protesta.
La chica lo mira con una cara que es mitad «no te aguanto» y mitad «te quiero», de esas que solo salen cuando hay mucha confianza.
—¿Otra vez con lo mismo? —dice—. ¿Otra clienta?
Levanto las manos en son de paz.
—Eh… solo me estaba indicando lugares para visitar «sola» —aclaro, con énfasis en la última palabra.
Ella me analiza en un segundo y sonríe.
—Sí, claro —dice—. Lo conozco bien.
Óscar intenta intervenir.
—No es lo que parece…
—Es exactamente lo que parece —le corta ella—. Y te aviso: como sigas así, cojo el próximo vuelo y me planto en Jerez sin mirar atrás.
Parpadeo.
—¿Jerez?
Ella asiente, girándose hacia mí.
—Mi familia es de allí. Bueno, medio corazón lo tengo repartido —dice, con un encogimiento de hombros—. Y este —señala a Óscar— no ayuda. Su familia también es de allí, pero su padre es italiano. Vino buscando sus raíces y me arrastró a mí a este calvario.
Me río. No puedo evitarlo.
—España tira mucho —le digo—. Aunque no siempre sepamos hacia dónde.
La tensión se disuelve casi sin esfuerzo. Óscar se aparta un poco, consciente de que ha perdido esta partida sin posibilidad de réplica.
—Soy Carmen —me presento.
—Elena.
Nos damos dos besos con la confianza de quien no requiere más presentaciones.
—Si necesitas recomendaciones de verdad —dice ella, con una mirada de advertencia a Óscar—, mejor pregúntame a mí.
—Lo tendré en cuenta.
Intercambiamos teléfonos de forma instintiva, como pasa en algunas conexiones que son lo que son sin pretender ser nada más.
—Escríbeme —dice—. Aunque sea para decir que Roma te ha vuelto loca.
—Eso ya me está pasando.
Nos reímos y se marchan. Tal cual, como una historia de paso que no pretende durar, pero que te deja con buen sabor de boca.
Salgo a la calle con la sensación de que hoy han pasado demasiadas cosas para digerirlas a la vez y, aunque la noche refresca, no me quita el sofocón que traigo encima.
Doy un paso, y luego otro, arrastrando todo lo que siento, hasta que me estampo contra algo sólido. Un pecho firme que me deja sin aliento.
Miro hacia arriba, todavía con la inercia del golpe recorriéndome el cuerpo.