Latidos en la ciudad eterna Capítulo 8
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Capítulo 8

Degustación… carnal

El restaurante no es que sea elegante, es que tiene otro nivel. Elegante suena a esfuerzo y, joder, aquí no hace falta.

Las mesas están vestidas sin una sola arruga y las copas mantienen tal alineación que da hasta un poco de miedo tocarlas. La luz tenue está pensada para que dirijamos la vista a puntos concretos. Resulta evidente que cada detalle está medido para controlar nuestra atención.

Nos reciben con una discreción absoluta, y en cuestión de segundos estamos sentadas con las servilletas en nuestro regazo, en un ambiente que parece ajeno al del exterior. Roma se ha quedado al otro lado de la puerta y aquí dentro el mundo se reduce a lo que nos aguarda en cada plato.

—Esto es peligrosamente bonito —murmuro, dejando la carta sobre la mesa sin abrirla del todo.

—Esto es… peligrosamente serio —corrige Lola, ya inclinada hacia delante, leyendo entre líneas lo que otros no ven.

María asiente con desgana, absorta en la pantalla del móvil, y no necesito preguntar para entender el motivo. Sonrío para mí. Cada una está donde tiene que estar.

—Oye —se me escapa, bajando la voz solo para Lola—. Lo de Javier…

—Se acabó —repite, sin apartar la vista de la carta, tajante—. De verdad, Carmencita. Se acabó y punto. Ya te contaré con más vino de por medio, pero ahora mismo no quiero ni pronunciar su nombre en esta mesa.

Asiento y no insisto. Ya habrá tiempo. Por ahora, bastante potente ha sido oírselo decir así, sin temblarle la voz.

El camarero nos explica en qué va a consistir el menú degustación con un tono pausado y preciso, parte del mismo engranaje que el resto del lugar. Habla del producto, de la técnica y de la reinterpretación.

Todo suena impecable.

Quizá demasiado.

El primer plato hace su entrada sin prisa.

No acierto a descifrar qué tengo delante, pero es una maravilla digna de admirar, con una estética tan cuidada que paraliza un segundo antes de procesar lo que ves.

El maître nos detalla el proceso del tomate confitado, la burrata ahumada y la albahaca.

Palabras que en su boca suenan a poema, mientras que en la mía no significarían lo mismo.

Lola ni siquiera roza el cubierto. Realiza un levísimo movimiento de cabeza y, conociéndola, sé con exactitud lo que va a decir.

—No te gusta —le comento casi en un susurro.

—Me gusta —responde—. Pero… no me convence.

Eso pinta todavía peor.

Con cierto recelo, tanteo con el tenedor y la esfera se rompe con una delicadeza estudiada, provocando que el interior se deshaga en el plato. Lo pruebo sin mucha convicción y descubro que está rico, mucho, aun así me deja igual.

Miro a Lola.

La muy puñetera ya ha desconectado.

—Le falta tensión —murmura—. La técnica es perfecta, sin embargo, carece de riesgo, intención, pulso… no sé.

Joder con la Lolilla, se ha metido en su papel de lleno. Me río por dentro, pero por fuera mantengo la pose de que comparto cada palabra.

El segundo plato se delata antes por su aroma que por la explicación del maître, que esta vez menciona la trufa negra y yema curada con una reverencia que casi obliga a aplaudir.

Desconozco en qué consiste el ravioli abierto, pero huele a algo que promete más de lo que cualquier palabra suya podría explicar.

Esta vez Lola se anima a probarlo antes que nosotras. Cierra los ojos un segundo y, al abrirlos, aparece un gesto familiar que la delata. Es lo que tiene haber ido con ella tantas veces a comer.

—Esto pide otra textura… —gruñe—. Y el vino no acompaña, más bien estorba.

Alzo la mirada y noto perfectamente que el camarero ha oído todo. Y no es el único, pues de pronto se nota una tensión en el ambiente que hace que la situación se vuelva incómoda.

—¿Perdón? —interviene una voz masculina, firme y segura, sin elevar el tono.

Vuelvo la cabeza y lo veo: «el chef».

Sin duda no necesita presentación. Se nota quién es, no por fama sino por presencia.

Lleva la chaquetilla impecable con los puños remangados a medio brazo, entre el control de quien manda y la disposición de quien está listo para meterse en faena en cualquier momento.

Es alto, fibroso, y se le aprecian unas canas bajo el gorro que no buscan esconder el tiempo, sino más bien asumirlo.

Le dan un toque maduro y muy… muy sexi. Si a eso le sumamos el hoyuelo en la barbilla…

¡Joder! Este hombre debería venir con una advertencia.

Miro a Lola.

Se ha quedado inmóvil y sin palabras, raro en ella.

—¿Qué es lo que cambiaría usted? —pregunta él, acortando la distancia lo justo para que deje de ser cómoda.

El silencio se instala, creando una sensación de incomodidad que me hace revolverme en mi asiento, tanto es así que hasta María levanta la vista sorprendida. Le doy un pequeño codazo a Lola para que reaccione y nada.

Su cerebro acaba de hacer algo que jamás le había visto: cortocircuitar.

—¿Y bien? —insiste el chef sin perder la compostura, aunque ahora muestra un punto de interés incapaz de ocultar.

Lola parpadea, respira y vuelve en sí.

—La yema está perfecta —dice al fin—. Pero la pasta resulta demasiado uniforme, le falta contraste. Y el vino invade el sabor, quedándose por encima del plato.

El hombre guarda silencio durante un momento y la estudia con atención. Creo que se ha quedado obnubilado porque ha encontrado a alguien que habla su mismo idioma.

—¿A qué se dedica? —pregunta, cruzándose de brazos a la espera de una respuesta.

—Cocino.

Está claro que le basta con eso porque asiente despacio y esboza una leve sonrisa.

—Se nota. —Hace una pausa—. Me llamo Marco. ¿Y usted es…?

—Lola —responde ella.

María y yo nos miramos enviándonos un mensaje sin necesidad de palabras y nos giramos un poco para darles algo de intimidad, lo justo para que el camarero, que lleva un rato sin saber dónde meterse, se incline hacia nosotras y murmure en un hilo de voz.

—A este hombre todos le llaman IceMan. Estoy alucinando.

Tiene sentido, porque lo que acaba de pasar es de locos y no debería haber ocurrido y, aun así, me ha parecido lo más natural del mundo.

Cuando traen el siguiente plato, ya nadie está mirando lo mismo. Algo en la mesa ha cambiado por completo, «esto» no tiene nada que ver con el menú sino con lo que se ha activado entre ellos dos, que no definiría como coqueteo ni como admiración: es más peligroso que las dos cosas juntas.

Una conexión inexplicable que hace que no pueda dejar de mirarlos, pasando la vista de uno a otro.

Lola degusta el bocado con calma, paladeándolo bien y finalmente asiente. Él no se mueve, permanece ahí quieto, esperando su veredicto, sin ninguna prisa por irse.

—¿Y ahora? —insiste.

—Mucho mejor —admite ella—. Aquí sí noto que hay intención.

No se ríen ni se acercan, pero el espacio entre ellos se ha reducido tanto, que ya no se puede medir en centímetros.

—¿Te apetece venir a la cocina conmigo y aconsejarme sobre la marcha? —propone el chef, con un tono que de espontáneo tiene más bien poco.

Lola duda un segundo. Dos.

María y yo nos quedamos a cuadros, pensando que Marco sabe bien lo que está haciendo. Pero no decimos nada porque esto no es una invitación cualquiera.

Y en ese intervalo cabe todo: su respeto por la profesión, la necesidad de tener el control, el miedo a no estar a la altura y la curiosidad que, viniendo de ella, siempre acaba ganando.

—Vale —dice al final.

Directa y sin ser consciente de que acaba de aceptar algo que le puede dar la vuelta a la noche.

Lola se levanta. María y yo la observamos casi sin respirar, nerviosas por el giro de los acontecimientos.

El chef se aparta para dejarle paso. En cuanto ella pasa por su lado, estira la mano para colocarla en la parte inferior de su espalda, guiándola hacia la cocina con paso firme.

—Esto ya no es una degustación —murmura María, con la barbilla apoyada en la mano, entre alucinada y aguantándose la risa porque la escena es demasiado evidente para ignorarla.

—No, Mari. La cena es lo de menos ahora mismo.

Nos miramos un segundo y rompemos a reír.

Cuando nos calmamos un poco, levanto la copa y hago el gesto de brindis hacia la puerta por donde han desaparecido, luego le doy un sorbo al vino y mientras lo paladeo pienso que estoy encantada de que Lola se deje llevar un poco y no analice tanto las cosas que le suceden. Se lo merece, sobre todo hoy.

—No sé si alegrarme o asustarme, María.

Ella se gira hacia mí asintiendo.

—Está pisando un terreno desconocido que solo ella puede descubrir.

—Amén.