Latidos en la ciudad eterna Capítulo 7
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Capítulo 7

Tres, aunque no cuadre

El taxi se detiene y el hotel se muestra ante nosotras de improvisto, tan discreto como impecable.

Es de esos que prometen un ambiente tranquilo, en contraste con el de la calle.

Es un paréntesis necesario tras el revuelo anterior, donde el tiempo transcurre en una versión más ordenada de lo que hemos vivido hasta ahora.

—Vale… —murmura María nada más enfilar el camino, bajando la voz sin darse cuenta—. Esto ya me gusta más.

—Hemos llegado, amorina —dice Enzo, girándose lo justo para que la frase la encuentre solo a ella.

Se baja del coche sin darnos tiempo a reaccionar. Rodea el vehículo y abre la puerta delantera, la de María, obviamente, con una soltura envidiable, y le ofrece la mano con un gesto que roza lo caballeroso sin caer en lo exagerado.

Mi amiga vacila una décima de segundo antes de aceptarla. Sospecho que es más por no evidenciar nada que por la falta de ganas.

En cuanto ella pisa el suelo, él se apresura a recoger su maleta, colocándola con cuidado, alargando el gesto un poco más de lo que la maleta necesita.

Lola y yo salimos por nuestra cuenta, esquivando la escena con toda la dignidad que permite la situación.

—¿Has visto qué servicio tan… personalizado? —murmura Lola a mi lado, sin apartar la vista de ellos.

—Cierto. ¿Nos habremos confundido de transporte? —añado—. Pensaba que habíamos parado un taxi y resulta que es un servicio de escolta sentimental de lujo.

María nos lanza una mirada fugaz, que oscila entre el reproche y la diversión, mientras Enzo, ajeno por completo a nuestra existencia, se ofrece a acompañarla hasta la puerta del hotel.

—Gracias, Enzo —dice ella, manteniendo una distancia que se tambalea por momentos.

—Un placer, María —responde él, con un toque de picardía.

Lola y yo nos miramos de nuevo.

—Joder con el taxista —gruño—. No pierde el tiempo.

Mientras arrastramos «nuestro» equipaje hasta la entrada, me dedico a observar el hotel.

Su encanto reside en lo poco ostentoso que es.

Mármol claro, techos altos y molduras sutiles que combinan con la calidez de las lámparas antiguas, creando una atmósfera acogedora.

Un lugar donde cada detalle garantiza bienestar y deja huella.

—Esto va a ser peligroso —dice Lola, dejando la maleta junto a la recepción y ojeando el entorno con atención profesional—. Como la cocina sea igual de buena que la decoración, me van a tener que echar a la fuerza.

—Te recuerdo que venimos a ver Roma, no a que te atrincheres en los fogones —le advierto, sabiendo perfectamente que lo dice muy en serio.

Nos acercamos al mostrador y el empleado nos dedica su atención. Tiene una elegancia difícil de fingir: camisa blanca impecable, gesto amable y una sonrisa equilibrada y bonita.

—Buongiorno, soy Óscar —se presenta, con un acento tan suave que dulcifica el saludo—. ¿En qué puedo ayudarlas?

Me identifico y le menciono lo del sorteo. Nada más hacerlo, percibo un ligero matiz en su entonación. Es evidente que nos está etiquetando en una categoría concreta que no sé si va a gustarme.

—Sí, por supuesto —responde al consultar el sistema—. Tienen confirmada una suite para dos personas.

Siento la rigidez de Lola a mi lado. María permanece callada, pero su expresión cambia. Sé a ciencia cierta que no es por la exclusividad de la habitación, sino por el trasfondo del asunto.

—Somos tres —intervengo—. Y preferimos no separarnos.

Apoyo las manos en la madera y permito que mi escote trabaje por mí.

El guapito de cara me devuelve el contacto visual y evalúa la situación sin perder la sonrisa.

Yo sostengo su atención un instante extra, el tiempo necesario para inclinar la balanza a nuestro favor.

No es una estrategia que me entusiasme, pero sería hipócrita fingir que no sé cómo funciona.

Negociar también implica saber jugar bien tus bazas.

—Entiendo —responde—. En ese caso podríamos ofrecerles una habitación triple, aunque no sería de la misma categoría.

—No pasa nada —dice María, rápida—. Lo preferimos.

—Siempre —añade Lola, con una seriedad que cierra cualquier debate.

Asiento, porque la decisión tiene sentido.

—La suite seguro que está muy bien —añado, mirando al recepcionista con una sonrisa socarrona—. Sin embargo, no compite con nosotras tres compartiendo espacio. Créame.

Él no aparta los ojos de los míos. Se ha instalado entre nosotros un flirteo ligero, de esos sin destino ni intención de ir a ninguna parte, pero que a ambos nos resulta cómodo por conocido.

—En ese caso —dice, inclinándose un poco más hacia mí—, intentaré que la habitación esté a la altura de la compañía.

—Eso espero —respondo, coqueta.

Lola carraspea a mi lado.

—Carmen…

—¿Qué? —le digo, sin mirarla—. Estoy gestionando.

María suelta una risa que disimula con una tos.

El recepcionista continúa con el proceso y, al entregarnos las llaves, añade como quien no quiere la cosa:

—Por cierto, el premio incluye una cena degustación en nuestro restaurante esta misma noche.

Lola se adelanta incluso antes de que termine de hablar.

—¿De qué tipo?

—Una propuesta de nuestro chef —aclara él—. Cocina italiana contemporánea.

La forma en que Lola se frota las manos es casi imperceptible, pero reveladora.

—Ya veremos qué tal —murmura, aunque su mirada delata curiosidad.

—El premio está previsto para dos personas —insiste él, tras una breve pausa—. No obstante, estoy convencido de que podremos hacer una excepción.

Lo miro…

Me mira…

Y sobra cualquier palabra.

—Qué amable —comento, apoyando los dedos sobre el mostrador y acortando el espacio que hay entre nosotros hasta que la distancia deja de ser neutra—. Roma promete.

—Roma… siempre promete —afirma él, siguiéndome el juego—. Depende de la compañía.

María me da un codazo en el costado.

—Por favor, compórtate.

—Estoy siendo encantadora —le replico.

Sujeto la llave que me ha entregado y le guiño un ojo al chico antes de alejarnos del mostrador.

Subimos en el ascensor y, al cerrarse las puertas, Lola niega con la cabeza.

—No puedes coquetear con todo lo que se mueve.

—No lo hago —aclaro—. Solo con quien me sigue el rollo. Y mira tú por donde, suele ser bastante gente.

María se ríe, descansando la espalda contra el espejo.

—Pues este ha entrado al trapo…

—Y bien —concluye Lola.

La habitación ya sabemos que no es la suite original, pero tampoco nos hace falta. En cuanto abrimos la puerta, el espacio nos envuelve en una calma de tonos neutros, tejidos delicados y detalles cuidados sin exceso. Una cama amplia y justo al lado otra más pequeña.

Al fondo, un ventanal que insinúa un paisaje espléndido.

Me acerco sin decir nada, descorro la cortina y la majestuosidad de Roma entra de golpe.

—No puede ser… —susurra María, acercándose.

Desde la ventana se alza, imponente y serena, la cúpula de San Pedro recortada contra el cielo de la tarde con una presencia que no requiere anunciarse porque su silueta ya es suficiente.

Lola se queda unos segundos en silencio.

—Vale —dice al final—. Esto compensa cualquier cosa.

Y tiene razón.

Esa panorámica tiene la capacidad de reorganizar y aportar perspectiva. Consigue que lo del exterior —el trabajo, las decisiones y las dudas— pierda importancia en un paréntesis que se prolonga más de la cuenta.

—Nos hemos metido en un lío —murmuro, sin saber si me gusta o me asusta.

—Desde luego —coincide María—. Y no tengo ninguna intención de salir de él.

En un visto y no visto, el baño se convierte en un caos organizado. Toallas que van y vienen, ropa sobre las camas, risas que se cruzan de un lado a otro mientras intentamos una coordinación que nunca termina de llegar.

—¡Ni se te ocurra gastar el agua caliente! —protesta Lola.

—¡Es Roma, el agua aquí cuenta como experiencia!

María aparece envuelta en una toalla con el pelo húmedo cayéndole por los hombros.

—¿Sabéis qué es lo peor? —dice—. Que aún no hemos salido a la ciudad y ya siento que está pasando algo.

—Roma no espera a que estés preparada —le digo—. Empieza igual.

Lola sale después, secándose las manos.

—Pues más vale que pase con buena comida de por medio.

—Ahí estamos de acuerdo.

—Oye —dice María—, ¿os habéis fijado que llevamos un rato usando el nombre de Roma para cualquier cosa?

—Eso es porque nos hemos contagiado de ella —respondo.

—Sí, pero recordad que la magia la ponemos nosotras. Que no se os pase por alto.

Las tres rompemos a reír al mismo tiempo.

Nos vestimos sin orden, ayudándonos, criticándonos, bromeando de cosas que fuera de aquí no tendrían gracia, y cuando por fin estamos listas, nos miramos un segundo en silencio, porque hay momentos que piden ser reconocidos antes de seguir.

—Estamos guapas —presume María.

—Siempre lo hemos estado —se burla Lola.

—Ya —añado—, la diferencia es que ahora somos conscientes.

Las tres rompemos a reír al mismo tiempo, aunque la de Lola se corta antes que las nuestras. El móvil le vibra en la mano, y solo con ver el nombre en la pantalla se le borra la sonrisa.

—Un momento —dice, ya de espaldas, llevándose el teléfono a la oreja—. Es Javier.

Se aparta hacia la ventana, y aunque baja la voz, no lo suficiente.

Le oímos decir «ahora no» dos veces, y a la tercera ya no dice nada, solo escucha, con la mandíbula cada vez más tensa.

Al otro lado se adivinan voces altas, unas frases que no llegamos a entender del todo, aunque el tono no deja lugar a dudas.

María y yo nos miramos sin decir nada, fingiendo mirar cualquier otra cosa para darle algo parecido a la intimidad.

—Pues muy bien —la oímos decir al final, con una calma que suena más a hartazgo que a paz—. Se acabó. Cuando vuelva a España firmamos los papeles.

Cuelga sin despedirse y se queda un segundo con el móvil en la mano, mirando la pantalla en negro como si esperara que dijera algo distinto.

—Lola… —empiezo, con cuidado.

—Estoy bien —corta, aunque no la creo del todo—. Vamos a cenar, que se me ha quitado el hambre de un modo que solo el vino me va a arreglar.

No insistimos. Sabemos que hay grietas que se cierran mejor sin que nadie meta el dedo, y esta es de las suyas.

Bajamos al restaurante María y yo entre risas, impulsadas por una energía distinta, más ligera y receptiva. Lola va detrás, más callada de lo normal, rumiando algo que no suelta. Nosotras dos cruzamos una mirada con cara de circunstancias, sin necesidad de palabras.

La ciudad ha empezado a surtir su efecto en las demás sin que nos hayamos dado cuenta.

Y mientras cruzamos el hall, reparo en que esto ha dejado de ser un simple viaje: es el principio de algo que ninguna de las tres sabemos nombrar todavía, y que, con toda seguridad, no vamos a poder esquivar.

Ni falta que hace.