Latidos en la ciudad eterna Capítulo 6
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Capítulo 6

Benissimo!

«Roma no espera a nadie», pienso en cuanto cruzamos la salida del aeropuerto y el calor pegajoso de la calle nos da la bienvenida.

Sin duda, el ritmo aquí es frenético y, por más que intentamos avanzar, tengo la impresión de que llegamos tarde.

Entre empujones, nos sumergimos en el zumbido constante de los motores, las voces y los pasos apresurados que, junto al inconfundible aroma del café recién hecho mezclado con pan tostado y la historia antigua que guarda cada edificio, me terminan de confirmar que Roma ya nos ha ganado la partida.

Es demasiada información para procesar de golpe, y no puedo decir más que… ¡me encanta!

Su caos organizado, de repente, me desborda y me hace sentir viva y diminuta a la vez.

María gira sobre sí misma con los ojos muy abiertos, queriendo abarcarlo todo en un solo vistazo.

Lola, más contenida, se ajusta la correa del bolso al hombro y observa el panorama con su habitual serenidad.

Yo respiro hondo, dejando que las luces y el ruido me sacudan por dentro y despierten unas ganas de vivir que llevaba meses aparcando sin darme cuenta.

—No sé si es por el bochorno o por el exceso de horas de avión, pero mi cuerpo pide acción —murmuro, más a modo de justificación que de queja.

—No eres tú —me secunda Lola—. Es el efecto que causa este lugar.

Y tiene razón. Es Roma en su versión más aplastante y seductora: una ciudad que te invita a perderte mientras te obliga a contemplar cada rincón.

Avanzamos hacia la salida arrastrando las maletas, mezclándonos con gente que llega, que se va, que se abraza, que habla en idiomas que no entiendo pero que, aun así, me resultan familiares.

—Taxi —dice María, señalando sin mucha convicción.

—Taxi —repito, aunque no me muevo.

—A ver si a estas alturas de la vida vamos a tener que aprender a parar uno como se debe —añade Lola, plantándose en el bordillo con los brazos en jarras, como si eso fuera a acelerar el proceso.

—Tú lo que quieres es ver quién nos recoge —le suelto.

—Culpable.

No nos hace falta esperar mucho. Un coche se detiene a nuestro lado justo a tiempo.

La ventanilla baja despacio y aparece un hombre de unos cuarenta años, mandíbula marcada y unas ojeras que, lejos de restarle atractivo, le dan un aire de estar siempre a mitad de una historia interesante, asomándose con gesto amable y una media sonrisa que promete más de lo que dice.

—Amorina, ¿un tour por la ciudad?

Su español tiene un deje extranjero, aunque fluido y cuidado. Pero lo sorprendente es su voz, suspendida en el aire un segundo más de lo necesario y cargada de una intención que no va dirigida a las tres, sino a María.

No necesito mirarla para saber qué cara ha puesto. Aun así, busco su reacción y la encuentro tal cual esperaba: con los ojos fijos en él y una sonrisa entre el interés y la indiferencia, como si algo en ella, dormido desde hacía tiempo, acabara de asomar la cabeza.

—Depende —responde, apoyando una mano en la puerta sin perder el gesto—. Si vas a repetir la misma táctica que utiliza con todas, nos bajamos en la siguiente esquina.

Lola y yo cruzamos un vistazo fugaz, capaz de resumir toda una vida de complicidad en apenas un segundo.

El conductor se inclina hacia delante, apoya el brazo en la ventanilla y sonríe de una forma franca. Su actitud transmite una confianza absoluta, sin sombra de arrogancia, y delata que conoce perfectamente el terreno que pisa.

—Entonces tendrás que corregirme.

María no responde de inmediato. Una sombra le cruza el rostro, breve, casi imperceptible, que más que miedo es precaución, de esas que se aprenden a base de tropezar siempre con la misma piedra.

La atracción está ahí, latente. Pero está claro que se contiene.

—Vale, subimos —dice, cediendo a la curiosidad sin soltarse del todo—. Eso sí, quiero tu número —añade, con un límite claro y justo para no perder el hilo del juego.

Él asiente, complacido, y le ofrece su tarjeta adelantándose a su deseo. Enzo, leo de reojo en el cartoncito antes de que ella la guarde.

Ese intercambio, breve y sin artificios, basta para prender la mecha. No es enamoramiento, sería absurdo pensarlo. Sin embargo, hay una conexión eléctrica, y ese fogonazo alcanza para que el entorno adquiera un matiz distinto.

Lola observa desde el asiento trasero, frunce el ceño con diversión y discreción, y comenta en voz baja:

—Este no le aguanta ni cinco minutos.

—Con esa cara tampoco necesita mucho más —le susurro, y ella asiente sin apartar los ojos de la escena.

María se encoge de hombros sin responder, jugando a no mostrar demasiado, aunque yo le veo el brillo en los ojos y la curva de esa sonrisa que contradice su autocontrol.

El taxi arranca y Roma empieza a desplegarse ante nosotras: plazas que no aparecen en ninguna guía, callejones que no prometen nada y al mismo tiempo lo contienen todo, fuentes que murmuran historias que solo alguien como María puede recitar de memoria.

Ella toma la palabra sin darse cuenta, corrige un dato, añade otro, enlaza anécdotas, señala detalles que nadie más percibe.

Roma se despliega por su boca con una soltura que a mí me llevaría media vida aprender.

Él escucha, interviene lo justo, midiendo cada palabra. Se nota que le gusta lo que oye y que disfruta del pulso ligero que María le plantea sin proponérselo, y se deja llevar sin invadir ni romper el equilibrio.

—Eso que describes del Trastevere —dice él, con los ojos en la carretera pero la atención puesta en ella— no lo cuenta ninguna guía así.

—Porque las guías las escriben personas que lo han leído, no las que lo han vivido —responde María, sin presumir.

Él suelta una risa breve, genuina, de las que no se fabrican.

—¿Y tú lo has vivido?

—Todavía no —admite ella—. Pero lo voy a vivir.

—Yo apunto la frase para la lápida —murmuro por lo bajo, y Lola me da un codazo para que me calle, aunque ella también se está riendo.

Se produce una pausa corta y, en el acto, percibo que Lola y yo nos hemos vuelto invisibles para ellos, como si de pronto solo existiera espacio para dos personas en todo el coche.

Apoyo la cabeza en el cristal de la ventanilla y dejo que Roma me invada sin pedir permiso. De pronto me llega un destello fugaz del avión, un tiempo suspendido entre dos destinos donde aparentemente no pasó nada. O tal vez sucedió todo y simplemente se me escapó el detalle.

—Podríamos trabajar juntos —suelta de repente el taxista, lanzando la idea como quien no quiere la cosa, aunque la intención es tan clara que consigue que regrese al presente de golpe—. Tú sabes contar la ciudad y yo conozco sus rincones. Una combinación interesante.

María se queda callada, movida por algo más profundo que la simple sorpresa. La propuesta ha tocado un punto que no esperaba encontrar aquí. Mucho menos tan rápido y fácil.

—La verdad es que necesito cambiar de aires —responde al final, más para sí misma que para él—, pero tendrás que esperar.

Él asiente y acepta la condición, dándole el espacio que ella precisa, sin llegar a distanciarse.

—Mientras tanto, si me aceptáis, seré vuestro transporte.

—Con esa oferta, casi que te contratamos fijo —suelto desde atrás.

—Carmen, no le des ideas —protesta María, sin volverse, aunque se le nota la sonrisa en la voz.

Lola apoya la cabeza en el respaldo y permanece al margen, aunque me consta que no pierde detalle. Escanea cada movimiento y cada intención, una costumbre habitual cuando algo le interesa, aunque hoy le interese más bien poco disimularlo.

Yo observo a María a través del espejo y me cuesta identificarla. No es que de golpe se haya transformado en otra; más bien pienso que ha recuperado una faceta suya que en Madrid le quedaba pequeña. Aquí respira de otra manera, más suelta, más ella.

Y me pregunto, sin decirlo en voz alta, si a las tres nos va a pasar lo mismo, si este sitio va a sacar de nosotras lo que hemos ido dejando por el camino sin darnos cuenta.

El coche se detiene en un semáforo y, durante lo que dura un suspiro, todo parece quedarse suspendido: el ruido, la conversación, incluso el aire… es Roma dándonos tiempo para entender dónde estamos antes de seguir avanzando.

La luz del disco cambia a verde, nos ponemos en marcha y enseguida la ciudad vuelve a moverse. Y con ella, una corriente nueva. Sin forma definida, pero presente.

Y mientras el taxi dobla una esquina y el sol empieza a caer sobre los tejados, entiendo que Roma tiene el don de abrirte sin pedir permiso, de colarse por donde menos lo esperas y quedarse ahí, cambiando cosas sin avisar.

Una emboscada, sí. Y ninguna de nosotras está preparada para esquivarla.