Latidos en la ciudad eterna Capítulo 5
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Capítulo 5

Bombón en primera clase

El aeropuerto tiene esa forma de colocarte en tránsito incluso antes de haberte movido. Todo el mundo parece estar en medio de algo que no termina de empezar ni de acabar, y nosotras tres no somos la excepción.

Arrastramos unas diminutas maletas —porque el premio no da para más y porque, en el fondo, tampoco las necesitamos mayores— que suenan más de lo que pesan, ocultando bajo el ruido unos nervios que ninguna quiere reconocer en voz alta.

—Me niego a facturar —dice Lola, ajustándose la mochila al hombro—. Lo que no quepa aquí, se queda en tierra.

—Eso lo dices ahora —responde María—. En cuanto te encapriches de media Roma, me cuentas cómo hacer el equipaje de vuelta.

—Eso será cultura y la cultura no ocupa espacio.

—Claro —añado—. Sobre todo si viene en forma de zapatos con tacones de quince centímetros.

Elude mi comentario y pasamos el control entre bromas y pullas sin importancia, con la cabeza aún medio en tierra mientras el cuerpo ya empieza a notar que algo va a cambiar, sin que haya todavía ni una sola prueba de ello.

Esa sincronía se corta en seco cuando la azafata levanta la vista y nos hace una señal tan cortés como tajante para que nos detengamos.

—Un momento, por favor.

Toma los tres pasajes y los escanea uno a uno. Se queda mirando el monitor con expresión neutra, digna de una profesional que no quiere alarmar antes de tiempo.

—Me temo que hay una incidencia con la reserva de esta persona —dice, señalando mi tarjeta de embarque.

—¿Qué tipo de incidencia? —exijo, con la mosca detrás de la oreja.

—Tu billete aparece sin asiento asignado. Debe ser un error en la emisión del documento original. —Teclea con rapidez, comprueba los datos, niega con la cabeza y lo intenta de nuevo—. No es nada grave, pero hay que resolverlo si quieres embarcar hoy.

María y Lola me observan. Yo les devuelvo la mirada, y mientras nadie dice nada, se hace un vacío en el que mi mente duda entre ponerse en modo catástrofe o esperar.

La azafata no nos da tiempo a decidir.

—Disponemos de una plaza libre en primera clase —comenta, con la misma naturalidad con la que podría estar hablando del clima—. Te la puedo adjudicar y el problema queda resuelto.

Me quedo paralizada. Mi cerebro se ha quedado bloqueado en «sin asiento asignado». El resto de la información me llega con retraso.

—¿Perdón? —consigo articular.

—Un asiento disponible en clase preferente —repite, sin inmutarse—. ¿Desea que se lo asigne?

Parpadeo aturdida. Una vez… dos…

Me doy la vuelta y busco a mis amigas porque soy incapaz de procesar la oferta por mi cuenta.

—Tú —dicen María y Lola casi a la vez.

—Ni de broma —respondo, y por fin vuelvo a la tierra.

—Es tu premio —insiste María.

—Es lo justo —añade Lola, casi al mismo tiempo.

Voy a protestar, de verdad, pero en ese momento pasa alguien por nuestro lado y la escena se rompe en otra dirección.

Lola se queda mirándolo sin disimulo.

—Vale —dice—. Cambio de planes. Voy yo.

—Ni lo sueñes —responde María, tirando de ella.

—Ese hombre está para mojar pan y chuparse los dedos.

—Pues te aguantas.

—Carmen va.

Y yo, que sigo procesando la situación, levanto la vista lo justo para confirmar lo evidente.

—¡Dios! Está buenísimo.

Ninguna vuelve a mencionar quién irá a primera clase. María me da un empujón suave hacia la izquierda, Lola ya va hacia la derecha con los ojos todavía puestos en el desconocido, y yo me dejo llevar sin acabar de oponer resistencia.

Me acomodo en mi nueva asignación con la sensación de haberme colado en una fiesta a la que no me habían invitado y, a la vez, con la firmeza de admitir que disfruto del lujo más de lo que debería.

¡Madre mía! Levanto la vista, y ahí está.

El chico diez.

No a mi lado exactamente, pero lo bastante cerca para que mi campo de visión lo incluya sin esfuerzo.

Entre nosotros dos hay un pasillo estrecho que en este momento se me antoja inconmensurable.

Mando un mensaje al grupo.

YO:

Tengo al bombón aquí al ladito.

La respuesta de María llega al instante.

MARÍA:

Baño del avión. Hazlo.

Resoplo, aguantando la risa. No quiero que se dé cuenta de que estamos hablando de él.

YO:

Estás enferma.

Lola entra en la conversación.

LOLA:

Miles de pies de altura. Experiencia vital.

YO:

Corrijo. Estáis enfermas.

La risa se me escapa sola sin que pueda hacer nada por sujetarla. Y justo entonces él me mira.

—¿He dicho algo gracioso?

Levanto la vista, pillada en plena escena.

—No… bueno… mis amigas.

—Eso lo explica todo.

Sonrío.

—Sí, bastante.

Y a partir de ahí, la conversación empieza a fluir sola. Hablamos de cosas triviales, de detalles absurdos, de lugares y de nada en concreto. Hasta que, sin darnos cuenta, la auxiliar de vuelo anuncia que debemos abrocharnos los cinturones porque hemos llegado a nuestro destino.

Tras el aterrizaje, nos mezclamos con la multitud, recuperando la prisa y el estrépito del aeropuerto mientras cada cosa vuelve a su sitio. O debería.

Con el equipaje a cuestas, avanzamos por la terminal y, en medio del tumulto, lo veo alejarse sin mirar atrás, como si aquel breve tramo compartido no hubiera dejado más huella que la de un asiento vacío.

No puedo evitar quedarme mirándolo un segundo más de lo necesario.

—Carmen… —dice María a mi lado, interceptando mi trayectoria visual—. ¿Algo que confesarnos?

Lola se suma enseguida al interrogatorio.

—¿Ha habido mambo o no?

Me río de sus ocurrencias negando con la cabeza.

—Sois imposibles.

—Lo que tú digas, pero cuéntanos algo, mujer.

Las miro a las dos y sonrío.

—Nada de nada.

Lo afirmo, a pesar de que no es del todo cierto.

Y, a juzgar por sus expresiones, diría que tampoco las he convencido. Quizá porque yo misma he dejado de creerme mis propias excusas y, por mucho que intente negarlo, he sentido algo que, viniendo de mí, ya es decir bastante.