Capítulo 4
La cocina no cierra sola
Lola
Llevo cuarenta minutos discutiendo con un proveedor de pescado por un retraso de dos horas, y aún me queda la salsa holandesa a medio montar y una maleta que ni he empezado a hacer. Si Roma cree que me va a pillar desprevenida, Roma no me conoce todavía.
—Lola, el jefe de sala pregunta si la degustación de esta noche lleva o no el rodaballo —dice Marcos, mi segundo, asomando la cabeza por la puerta de la cámara.
—Lleva lo que yo diga que lleva, y hoy digo que sí —respondo, sin levantar la vista de la olla—. Dile que se relaje. La cocina no se ha incendiado todavía.
—Todavía —repite él, y desaparece antes de que le tire algo.
Me gusta este caos. Lo reconozco, aunque suene raro decirlo en voz alta: prefiero mil veces un servicio a tope que un domingo tranquilo en casa, y eso ya dice bastante de mi vida, aunque prefiera no pararme a pensarlo con la sartén todavía en el fuego.
El teléfono vibra en la encimera, entre una tabla de cortar y un bol de nata a medio montar. Es Javier.
JAVIER:
¿A qué hora sales? Se me ha acabado el vino.
Miro el mensaje dos veces, por si se me escapa algo entre líneas. No se me escapa nada. Es exactamente lo que dice: que se le ha acabado el vino.
Le contesto sin darle más vueltas.
YO:
En la nevera hay otra botella.
Bien abajo, detrás de los yogures.
Y ya está. Ni un «que tengas buen servicio», ni un «espero que no tengas mucho lío», ni siquiera un «te echo de menos». El vino. Ese es el titular de mi despedida.
No me quejo. Bueno, sí me quejo, pero solo por dentro, y solo un poco, con la misma cara que pongo cuando alguien me dice que el picante «está fuerte» sin haberlo probado siquiera.
Llevamos ya el tiempo suficiente casados para que el silencio entre nosotros no me sorprenda ni me sepa a nada en particular.
Como cuando llevas tanto tiempo cocinando con la misma sal que ya ni la notas en el plato.
Cierro el bol de nata con film transparente y pienso, sin venir mucho a cuento, que a este paso el día que me muera se va a enterar por la etiqueta de la esquela.
—Eh, jefa —dice Marcos, asomando otra vez—, ¿te vas de verdad tres días?
—Me voy —confirmo—. Y como toquéis mi cámara mientras no estoy, os corto los dedos, uno a uno, sin anestesia.
Se ríe, porque cree que exagero. No exagero.
Termino el servicio de la comida con la cabeza ya medio en la maleta, calculando cuántos pares de zapatos entran en un equipaje de mano y si merece la pena facturar solo por meter la plancha del pelo.
Decido que no. Roma no me va a ver despeinada, pero tampoco pienso pagar veinte euros por un aparato eléctrico.
A las cinco cierro la cocina, dejo el turno de noche organizado con la precisión de quien ha aprendido a no confiar en nadie, y subo a casa a hacer la maleta de verdad.
Javier está en el sofá, con el mando en una mano y la copa de vino —la que le he indicado por WhatsApp— en la otra.
Me quedo un segundo en el pasillo, con la maleta vacía todavía en las manos, mirándolo sin que él se dé cuenta.
No sé qué esperaba, la verdad. Quizá que se levantara.
Quizá que preguntara algo más que si ya me iba.
Quizá nada, porque llevo tanto tiempo sin esperar nada concreto de él que ya ni sé reconocer la decepción cuando me visita.
—Ey —dice, sin apartar los ojos de la tele—. ¿Ya te vas?
—Mañana por la mañana. Hoy solo hago la maleta.
—Ah. Vale.
Y vuelve a la tele.
Hace ya casi un año que dormimos en habitaciones separadas, desde que él empezó con los ronquidos y a mí se me acabó la paciencia para fingir que no me molestaban tanto como la excusa que usamos los dos para no compartir cama.
Nadie lo ha llamado por su nombre en voz alta, pero los dos sabemos que ya no es solo cuestión de ronquidos.
—¿Necesitas que te ayude con algo? —pregunta, esta vez sí girando la cabeza.
Por un segundo pienso en decirle que sí, que me ayude a entender en qué momento empezamos a hablarnos como dos compañeros de piso con buena relación. Pero no lo digo. En su lugar, sonrío y niego con la cabeza.
—No, ya me apaño. Como siempre.
Y lo digo sin rencor, casi como una receta que ya me sé de memoria: se pone el agua a hervir, se añade la sal cuando toca, y una ya sabe exactamente cuánto va a tardar en subir a punto de ebullición sin necesidad de mirar el reloj.
Hago la maleta sola, doblando la ropa con la misma precisión con la que emplato un canelón, calculando espacio, evitando arrugas, dejando fuera lo que no va a servir de nada llevar.
Cuando termino, me siento en el borde de la cama y marco el número del grupo antes de escribir nada, solo para escuchar el tono de llamada, como si el simple hecho de que suene ya me devolviera algo de la ilusión perdida en el sofá de abajo.
Cuelgo antes de que contesten. No hace falta molestarlas. Ya tendré tiempo de contarles lo del vino cuando estemos las tres compartiendo mesa y mantel, que es donde de verdad me apetece hablar.
Mañana Roma. Y con un poco de suerte, tres días enteros sin que nadie me pregunte por una botella de vino que yo misma he tenido que localizar por control remoto.
Cierro la maleta.
Se acabó pensarlo por hoy.