Latidos en la ciudad eterna Capítulo 3
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Capítulo 3

La cuenta atrás

El murmullo de fondo sube y baja, ajeno a nuestra mesa, donde seguimos sentadas.

El local sigue siendo el mismo, pero algo ha cambiado en nosotras.

Se nota en pequeños detalles: en la manera en que dejamos los móviles sobre la mesa sin llegar a apartarlos, o en lo despacio que se vacían las copas.

Y, sobre todo, en la tensión que aparece cuando la idea deja de serlo y empieza a exigir decisiones.

Así que, como tengo suficiente intuición, esta vez me toca a mí dar el paso y, antes de que el subidón se evapore, decido cerrar lo que hemos empezado hace unas horas.

—Chicas, tenemos que comprar los billetes hoy —digo, mirando primero a Lola y luego a María—. Cerremos esto ya, antes de que nos dé por analizarlo y pase de ser un hecho a una simple posibilidad.

—¡Qué bien hablas, canija! —suelta Lola, y yo sonrío.

María inclina la cabeza, divertida, mientras recoloca la información en su sitio antes de pronunciarse. Su actitud es tan medida que da la sensación de que lo que vaya a decir será súper importante.

—¿Seguro que has revisado bien las condiciones?

—Varias veces —admito, poniendo los ojos en blanco—. Y alguna más, por si acaso me estaban traicionando las ansias y solo veía lo que quería ver.

María suelta una risita baja, de esas que empiezan en la garganta y terminan en los ojos.

—Eso no garantiza nada contigo.

Le saco la lengua sin ganas de discutir porque, en el fondo, tiene razón.

Sin necesidad de ponernos de acuerdo, las tres cogemos los teléfonos casi al mismo tiempo y nos inclinamos sobre la mesa con aire de conspiración. Durante unos minutos el mundo se reduce al tecleo de nuestros móviles, a buscar fechas y a pequeñas pausas llenas de concentración.

—Tiene que ser antes del plazo límite —murmura Lola, deslizando el dedo por la pantalla con precisión—. Y teniendo en cuenta que el premio solo cubre a dos personas.

La frase queda flotando entre nosotras, una de esas verdades que hay que colocar en su sitio para poder seguir avanzando.

—Sí, ya lo sabemos. Somos tres —constata María.

La miro un segundo.

Luego a Lola.

Y en ese mínimo cruce de miradas, todo se decide sin necesidad de alargarlo.

—Ya hemos acordado que entre las tres pagaríamos esa tercera plaza —les recuerdo.

—Por supuesto, y es indiscutible —responde Lola.

—Ni se plantea otra cosa —remata María, sonriendo.

Me parece curioso cómo algo tan simple termina teniendo más importancia de la que aparenta. Al final, no es solo resolver un detalle logístico: es confirmar que seguimos siendo el equipo sólido que jamás se romperá cuando hay que elegir.

Continuamos cuadrando horarios, opciones y combinaciones que encajen con nuestras agendas y, poco a poco, el plan deja de ser una idea bonita y empieza a tomar forma, una hoja de ruta que nos empuja a dar pasos firmes y a comprometernos con todas las de la ley.

—Este —dice Lola al cabo de unos minutos, dándole la vuelta al móvil para que podamos verlo—. Sale el viernes por la tarde y el regreso es… el domingo. No se puede ajustar más.

María y yo nos acercamos para verlo mejor. Y vaya si encaja, hasta diría que demasiado bien.

—Tengo libre —dice ella, justo cuando noto un pequeño tirón por dentro.

—Yo también —añade Lola, sin percibir mi incomodidad.

Ambas me miran.

Y ahí es donde la cosa se complica un poco más.

Hemos dejado atrás las conjeturas y estamos a un paso de que todo cobre forma, y ahora mismo mi vida es un caos, igual que mi trabajo. Sergio y sus eternas promesas, la operación fallida de la semana pasada y tantas cosas más.

¡Se acabó! Un respiro no me va a matar.

—¡Genial! Pues ya está hecho —respondo con la sensación de que mi exaltación carga un poco más de la cuenta.

María mantiene el dedo suspendido en la pantalla, lo justo para transformar el clic en una auténtica declaración de intenciones.

Lola abandona la copa con un tintineo nervioso que delata su inquietud.

Y por mi parte, me quedo mirando el botón de confirmar, con la sensación de que en ese pequeño recuadro digital se concentran todos los imprevistos capaces de echarnos el plan abajo.

Durante un segundo casi imperceptible, el tiempo queda suspendido en un punto en el que aún es posible dar marcha atrás, reírnos, cambiar de tema o dejarlo para otro día sin que nada termine de romperse. Pero nada de eso sucede: el dedo de María completa el gesto con dramatismo y sin vuelta atrás.

Cuando la notificación del correo asoma por la parte superior de la pantalla del teléfono con la confirmación, dejo escapar un gruñido.

—Pues entonces… ya está —dice María, con un brillo en la voz que hace un momento no tenía—. ¡Nos vamos a Roma!

Noto un ligero vértigo en las entrañas. El proyecto ha dejado de ser una fantasía del cielo para convertirse en algo tangible que ya difícilmente se puede deshacer sin consecuencias.

—Joder… —murmuro, mordisqueándome el labio—. Esto ya es una realidad.

—Menos mal —dice Lola, con la copa en alto.

Brindamos sin ceremonia ni discursos, con una complicidad que no necesita adornos. El vino, que hace un rato sabía a lo de siempre, ahora tiene un sabor distinto, uno que no viene de la uva sino de la aventura que acabamos de aceptar.

Nos despedimos más tarde de lo habitual, cada una con la sensación extraña de haber cerrado un pacto importante sin que el entorno haya variado lo más mínimo.

Camino a casa con el teléfono caliente de mensajes y risas, y en algún momento del trayecto caigo en la cuenta de que el viaje ya ha empezado.

No en Roma, sino aquí, en esta misma acera, mucho antes de que ninguna de las tres haya hecho la maleta.