Capítulo 2
Una para todas y…
Entro en el bar y el olor a café recalentado y cerveza temprana me golpea de lleno. El lugar, aun siendo pintoresco, suele estar hasta los topes. No me extraña, aquí la gente no solo viene a beber, sino a posponer decisiones y retrasar lo inevitable.
Lola, como siempre, está en la mesa del fondo. Delante tiene una copa de vino que, aunque no encaja con la hora, en su caso, nunca ha necesitado justificación. Al verme, se ahorra la sonrisa y se limita a arquear una ceja sabiendo lo que traigo entre manos.
—Tienes cara de haber dejado algo a medias —dice mientras me siento frente a ella.
—¿Algo…? Más bien todo, diría yo —respondo, apoyando el bolso sobre la silla—. El trabajo, la dignidad y la cordura… lo típico.
Suelta una risa breve cargada de intención, da un sorbo al vino y se inclina un poco hacia mí, acortando las distancias.
—Canija, no puedes seguir así. Anda, cuéntame qué pasa por esa linda cabecita tuya.
—Aparte de lo obvio… Sergio —digo con desgana—. Ha vuelto a llamarme para… no sé… de verdad que no entiendo en qué está pensando ese chico. Pero la culpa es mía por haberme enrollado con él. Si es que estoy para que me encierren. Y, además, ha pasado una cosa que…
No me da tiempo a explicarle nada más.
María entra empujando a la gente sin miramientos, adueñándose del espacio desde el primer paso.
—Vale, desembucha. Necesito saber ya mismo qué diantres pasa antes de que me dé un jamacuco —exige, y se desploma en la silla—.
Llevo los cinco minutos que he tardado en llegar imaginando opciones igual que una posesa.
Desde que te has hecho rica hasta que le has dado una patada al trabajo para irte a Bali a encontrarte a ti misma y, ¿sabes? Ni la una ni la otra me encaja.
—Ninguna de las dos, tú lo has dicho —confirmo entre risas, mirándola—. Pero no vas mal encaminada con lo de irse.
María se queda quieta un instante, analizando la poca información que le doy a toda velocidad, táctica que le gusta utilizar cuando algo la pincha. Lola, en cambio, entorna los ojos, tomándose su tiempo para dar en el clavo.
El camarero se acerca sin que tengamos que llamarlo, bandeja en mano, y nos sirve a María y a mí sin preguntar, como quien ya sabe lo que tomamos. Luego le muestra la botella de Merlot a Lola, ella asiente y él se la rellena.
—Desarrolla —suelta Lola, sin hacer alusión a la conversación que hemos dejado a medias.
Paso de hablar ahora de Sergio y saco el móvil. Con dedos rápidos, abro el correo y lo dejo sobre la mesa sin añadir nada más, porque hay cosas que funcionan mejor si se descubren solas.
María es la primera en meter baza. Se inclina y lee, sus ojos recorren la pantalla y su expresión cambia según avanza.
—Carmen… —empieza, pero no termina.
Un segundo después levanta la vista ojiplática.
—¡¡Ostras!! ¡La leche!
Se echa hacia atrás en la silla con una carcajada espontánea y se lleva la mano a la boca. Gesto inútil, porque no veo que tenga intención de contenerse.
—¿Esto es una broma? —pregunta, mirando de nuevo la pantalla—. Dime que no, por favor.
Lola apenas se inmuta, típico de ella. Lee en silencio, apoya los codos en la mesa y exhala con lentitud. Ni una mísera muestra de alegría. Sin duda nos parecemos, pues las dos somos de ver el vaso medio vacío.
—Qué detalle más cabrón… —murmura, con un deje que va más allá de la ironía—. Te ponen Roma en bandeja de plata y te obligan a elegir.
—Gracias —digo—. Me alegra saber que seguimos alineadas en lo importante.
María no puede quedarse quieta. Se levanta de la silla, da una vuelta absurda sobre sí misma y vuelve a dejarse caer, nerviosa, eléctrica.
—Un viaje a Roma —repite—. ¡A Roma, tía! —y de pronto me señala—. ¿Es que sigues procesándolo?
Hago una mueca para que entienda que ahí no está el quid de la cuestión.
—Para «dos personas» —enfatiza para darme el gusto—. Es un regalo del cielo y ahí seguís… muertas las dos. ¡Por Dios, disfrutad un poco!
Ninguna añade nada durante el segundo que se alarga más de lo necesario, porque el problema no está en el viaje, ni siquiera en el destino, sino en el hecho de tener que elegir entre nosotras cuando nunca lo hemos hecho.
—Podrías ir primero con una y luego repetir el mismo viaje con la otra —propone María, al darse cuenta de mi dilema, aunque se le nota la duda incluso antes de terminar la frase.
—¡Ni hablar! —soltamos Lola y yo a la vez.
Nos miramos en el acto, y ahí está: esa sincronía inmediata, que se tiene o no se tiene incluso sin ensayarla. Y nosotras la tenemos desde mucho antes de que supiéramos ponerle nombre y saber lo que significaba.
—Eso no es factible —añado, masajeándome las sienes—, y elegir entre nosotras tampoco es una opción. Jamás lo ha sido.
María asiente despacio, más seria de lo habitual.
—Ya… —dice—. Lo sé.
Por supuesto que lo sabe. Si hay algo que nos caracteriza a las tres, ha sido saber aguantar el tirón, sobre todo cuando lo más fácil habría sido tomar caminos distintos y dejar de complicarnos la vida.
—Entonces… —continúo—, tenemos un problema.
—Ni mucho menos —corrige Lola, dejando la copa sobre la mesa—. Lo que tenemos es una solución. La tercera plaza se paga entre todas y listo.
María parpadea.
—¿Así, sin más?
—Así, sin más —repite Lola—. ¿O es que ahora vamos a empezar a hacer las cosas fáciles?
Me dejo caer en el respaldo de la silla y las observo, esperando a que la idea se asiente. Hay decisiones que no necesitan el filtro de lo racional, encajan o no, y esta lo hace con una claridad absoluta.
—Es una locura —digo.
—Lola tiene razón. Y, además, es lo que hacemos siempre —responde María, esta vez con una sonrisa de oreja a oreja.
Y cómo no, ahí está la clave: convertir lo que es de una en algo de todas y repartir el peso para que nadie cargue con él a solas, aun a riesgo de complicarnos más de la cuenta.
—Vale —cedo, soltando un suspiro que tiene más de alivio que de otra cosa—. Pagamos la tercera plaza.
María celebra la decisión con una palmada suave sobre la mesa.
—¡Nos vamos a Roma! —exclama, como si necesitara oírselo decir a ella misma para creérselo del todo.
—Nos vamos a Roma —repito.
—¡Nos vamos a Roma! —insiste.
Se levanta otra vez, agarra a Lola del brazo y tira de ella para que la acompañe en su euforia.
—¡Italia nos espera! —canturrea divertida.
Lola protesta, pero termina por seguirle la corriente, negando con la cabeza al tiempo que sonríe, a su manera.
—Estamos fatal —dice—. Pero sí, nos vamos.
Levanta la copa.
—Brindemos antes de que a alguien le dé por pensarlo demasiado.
Chocamos nuestras copas y todo encaja de golpe, sin esfuerzo alguno. El ruido, la luz, nosotras tres. Un gesto sencillo con la fuerza suficiente para poner cada cosa en su lugar.
María se ríe, sin dejar de repetir en voz baja: «Roma, Roma, Roma», saboreando la idea como quien saborea un caramelo antes de que se deshaga. Lola recupera su asiento y, con parsimonia, gira la copa entre los dedos.
Yo doy un sorbo más largo de lo habitual, paladeando su sabor mientras trato de acompasar el pulso. Necesito que el cuerpo alcance a la mente, que va a mil por hora.
Nos sostenemos la mirada en un silencio que se siente diferente. Luego, María se refugia en la pantalla de su móvil más tiempo de la cuenta y Lola se queda absorta en el cristal de su copa.
—¿Qué? —pregunto al final, ya que alguien tiene que hacerlo.
María levanta la vista, y la sonrisa sigue ahí, pero ya no es la misma.
—Nada.
—María…
Suspira, se echa el pelo hacia atrás y sonríe, aunque esta vez hay algo diferente en el gesto.
—Solo estaba pensando que hace unos años esto habría sido distinto.
Lola alza una ceja.
—¿Distinto cómo?
—No sé… —responde—. Más impulsivo, quizá. Más… fácil.
—Esto ha sido bastante impulsivo —señalo.
—Sí, pero antes no lo habríamos pensado ni medio segundo —insiste—. Ahora lo hemos hecho. Poco, pero lo hemos hecho.
Asiento, aunque no me guste reconocer que tiene razón.
—Supongo que ahora tenemos más cosas que perder —digo, apoyando la barbilla en la mano.
—O más miedo a perderlas —añade Lola, con esa calma suya que está claro que no es casual.
—Bueno, pues perfecto —dice María, recuperando su tono habitual—, porque eso significa que este viaje nos va a venir de lujo.
—¿Para qué exactamente? —pregunto.
—Para recordarnos quiénes somos cuando dejamos de pensarlo tanto.
La miro con una sensación de alivio al caer en que lo dice en serio, que no es una frase bonita y que hay algo detrás.
Lola también la observa, con la copa parada a medio camino.
—O para descubrir quiénes somos ahora —añade.
Y eso ya no suena igual.
Ese comentario se queda flotando entre nosotras, sin resolverse.
—En fin —digo, rompiendo la pausa—, Roma nos espera.
—Y nosotras a ella —responde María.
—Y al lío que venga con ella —concluye Lola.
Sonrío, sabiendo que en el fondo, Roma es la excusa. Lo que viene después somos nosotras: lo que fuimos, lo que somos y lo que, sin saberlo, estamos a punto de cambiar.
Y esta vez, por alguna razón, no me da miedo.