Latidos en la ciudad eterna Capítulo 1
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Capítulo 1

Una sorpresa inesperada

«¡Odio las facturas más que los lunes!», gruño. Y eso que, con la carga tan grande que llevo últimamente, trabajo hasta los domingos si hace falta.

—Puta vida —mascullo—. Y puta suerte también.

Solo son las diez y cuarto de la mañana y ya estoy cansada. Es como si la noche se resistiera a terminar para no dejarle paso al día.

—Qué ilusión, Carmencita —me digo asqueada—. Libertad, autonomía, independencia emocional y fiscal…

¡Mierda! El portátil está abierto desde las ocho, llevo dos cafés que se han quedado fríos y el tercero amenaza con seguir el mismo camino, mientras la pantalla me devuelve un Excel con números que no cuadran y un correo pendiente que ni siquiera pienso abrir porque ya sé lo que hay dentro: evasivas, plazos que se estiran y compromisos que no se van a cumplir.

Es el pan de cada día en este puñetero trabajo.

El móvil vibra sobre la mesa. Lo miro de reojo y veo que es Sergio, el cliente que lleva casi un mes diciéndome: «esta semana seguro».

Por curiosidad, termino desbloqueándolo y leo lo que acaba de escribir: «Carmen, perdona el retraso. Hemos tenido unos imprevistos. ¿Podemos hablar?».

Cierro los ojos un par de segundos antes de decidir que no voy a responderle, porque si lo hago se me va a escapar algo del todo inapropiado. La madurez me ha enseñado a respirar antes de saltar.

Me quito las gafas de la cabeza y las dejo sobre la mesa con más ruido del necesario, dejando salir una pizca de esta absurda irritación que se niega a abandonarme.

Alzo la vista y el salón me devuelve justo lo que menos necesito: un orden incompleto que ni es orden ni es nada, y el estómago se me revuelve un poco más al verlo.

El sofá lleno de cojines mal colocados, la manta doblada sin convicción, una pila de libros que prometí leer y que siguen ahí sin tocar, una vela a medio gastar.

—¡Argg!

Ser freelance sonó distinto aquella noche en el bar, cuando lo anuncié convencida de haber ganado una guerra y no de haber tomado una decisión que a día de hoy sigo sin saber justificar.

Lola brindó por mi coraje con su media sonrisa, de la que nunca sabes si esperar orgullo o una advertencia.

María me abrazó con una fuerza desmedida, propia de quien da la bienvenida a alguien que acaba de cruzar el Atlántico a nado.

Y yo… yo sonreí con ellas sin confesar que, en el fondo, aquello solo era una manera bonita de no comprometerme con nada ni con nadie.

Sin horarios compartidos, jefes empalagosos ni parejas que opinan sin permiso.

En definitiva, sin presiones más allá de un trabajo entregado a tiempo.

La independencia suena bien de palabra cuando la nombras en voz alta.

Pero en la práctica depende de que paguen, contesten o no cambien de idea.

O, lo que es peor, que se esfumen delante de tus narices.

Desaparecer es un verbo demasiado habitual para un oficio que se supone que tiene que sostenerte.

Me levanto a por otro café y, mientras la cafetera gotea en mi cocina pequeña, más sucia de lo que aparenta a primera vista, cojo el móvil por inercia y me encuentro con un par de mensajes.

El primero que abro es el de Lola, que me pregunta si bajamos al bar. Según dice, necesita aire.

—Ay, Lolilla. Y quién no lo necesita hoy en día.

Cabeceo con una sonrisa en la boca y voy a abrir el de María.

—¡Joder!

Un audio de más de tres minutos que no escucharé ahora. No porque no quiera, sino porque sé exactamente cómo empezará y cómo terminará.

«Carmen, tía, tengo que contarte una cosa…

bla… bla… bla. ¿Has comido?» y para terminar me preguntará si sigo pensando que el amor es una estafa piramidal.

Y claro, yo le respondo, siempre lo hago, aunque no tenga tiempo ni ganas ni energía, porque hay vínculos que no se negocian y el nuestro es uno de ellos. Nunca lo hemos puesto en duda.

Pulso el botón lateral y silencio el móvil con la promesa de escucharlo al terminar el presupuesto, enviar los correos que me miran con desprecio desde la bandeja de borradores y dejar de fantasear con cerrar el portátil para salir a la calle sin destino ni culpa.

Es el único plan que últimamente parece la idea más sensata que se me ocurre.

Estoy demasiado agobiada para concentrarme. Suspiro con hastío, harta de sentirme así.

Pruebo el café y casi lo escupo de lo malo que está, pero de perdidos al río, me lo bebo de todas formas.

A estas alturas tampoco espero mucho más del día.

Vuelvo al escritorio con la sensación de repetir una escena ya vivida: abro la factura vencida, redacto un correo educado y profesional, borro la mitad, lo reescribo y vuelvo a borrarlo, atrapada en un vaivén donde todo avanza sin avanzar en realidad.

Estoy harta. No sé si del trabajo, de los clientes o de mi empeño por no necesitar a nadie. Teoría que en días como hoy sabe igual que estar sola, sin más explicación.

Coloco los dedos sobre el teclado del portátil cuando emite un pitido que me sobresalta, al mismo tiempo que entra una llamada.

Sergio.

Lo miro un segundo, suspiro y lo cojo.

—Hola, Carmen. Perdona que te llame así, es que… —empieza a decir, con la voz de quien sabe que la va a liar.

—Sergio. —Solo pronuncio su nombre.

—Verás… —titubea—. Es que esta semana tampoco voy a poder. Ya sabes cómo funciona esto: que si el proveedor, que si el presupuesto...

—Por supuesto, faltaría más —ironizo—. Pero el lunes sin falta me llamas, o mejor, me haces la transferencia. ¿De acuerdo? El lunes.

Cuelgo antes de que pueda contestar, dejo el teléfono boca abajo sobre la mesa y vuelvo al portátil.

Aunque cabreada, agradezco la interrupción. Cualquier excusa es buena para soltar lo que estaba haciendo sin sentirme culpable.

Me quedo quieta un instante, con el cursor parpadeando frente a mí. Seguro que es otra notificación absurda, otra alerta del banco o cualquier tontería que no merece mi atención. Aun así, sigo mirando la pantalla, alargando ese segundo tonto en el que me cuesta decidir.

—¡A la mierda!

Cedo, porque es lo que hago cuando algo rompe la rutina.

Abro el correo sin demasiada fe, leo por encima y…

—¡La leche!

Esto no tiene nada que ver con lo que esperaba.

Vuelvo a leerlo con más atención, lo releo, y luego una tercera vez más buscando la letra pequeña, el truco, el pero que me explique que esto no es tan sencillo. Sin embargo, no lo hay. Y caigo en que ni leyéndolo mil veces más, cambiará lo que pone.

¡¡He ganado un viaje a Italia para dos personas!!

—¡Joder! ¡Sí!

Justo lo que necesito en estos momentos. Evadirme, salir de aquí, cambiar de aires aunque solo sean unos días, y que sea por azar lo hace todavía mejor.

Me recuesto en la silla, incapaz de relajarme. Hay una incredulidad que no sé si tiene que ver con el premio o conmigo, con la cabeza yendo por un lado y el resto por otro, y en medio queda ese espacio extraño donde no sabes si esto es suerte o un error que más pronto que tarde dará la cara.

Me levanto y camino por el salón sin rumbo, de la mesa al sofá y del sofá a la ventana, comprobando que todo sigue igual.

Italia…

Dos personas.

Me detengo en seco, porque ahora sí lo veo claro.

—¡Ahí está! Pone dos, no tres.

Me río sola por lo obvio de la ironía y me froto la cara mientras acepto la realidad. El problema no es el inicio, ni el correo en sí, es la onda expansiva que vendrá después.

¡Maldita sea! Esto, más que un viaje, es una elección entre tres. Y elegir implica renunciar o, lo que viene a ser lo mismo, perder con estilo. Algo que mis amigas y yo evitamos incluso cuando sería más fácil no hacerlo, porque nunca hemos sabido funcionar de otra manera.

Recuerdo cuando Lola se quedó tirada en mitad de la carretera y acabamos compartiendo una habitación cutre durante tres días en un hotel horrible.

Eso sí, riéndonos de todo. O cuando María llora por penas ajenas con la misma entrega que si fueran las suyas, y nos turnábamos para no dejarla sola, o el momento en que decidimos, calladas las tres, que lo nuestro iba a ir siempre por delante.

Cojo el móvil de un impulso y abro el chat grupal.

YO:

Chicas…

Tengo un notición.

Y un problema.

El doble check azul aparece casi al instante. Me alegra saber que están ahí.

LOLA:

Estoy en el bar de siempre.

Os espero.

MARÍA:

Dadme cinco minutos.

Sonrío, porque no podía ser de otra manera. Dejo el móvil sobre la mesa y miro la pantalla del portátil, el correo abierto, el Excel, las cifras y todo lo que hace un momento parecía importante.

Un viaje a Italia con dos plazas para tres amigas que jamás se han sabido repartir nada. Eso es lo que tengo entre manos.

Lo apago sin guardar nada, con un gesto impulsivo que no suelo permitirme pero que hoy, por alguna razón, no me apetece cuestionar. Cojo las llaves con la certeza de que algo entre nosotras está a punto de cambiar.

Y no sé si estoy preparada.