Latidos en la ciudad eterna Prólogo
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Latidos en la ciudad eterna

Latidos en la ciudad eterna

Por Carmen R. Dona

© inepub.com

Prólogo

Cuando todo sigue… pero no

Hay días en los que el mundo sigue en su sitio y, aun así, nada encaja. No hacen falta señales de fuera. Basta con detenerse un segundo más de lo prudente para notar que una pieza se ha movido sin que nadie le haya puesto nombre todavía.

Estoy sentada en el borde de la cama con el móvil entre las manos. La pantalla da la luz justa para dejar la habitación en penumbra. El grupo de WhatsApp sigue arriba del todo, fijado desde hace años: «Las de siempre».

Un nombre que no ha cambiado. Nosotras sí.

El último mensaje es mío. Lo sé sin abrirlo, porque sé cuánto tiempo lleva ahí esperando un «voy» o un «llego en diez minutos», cualquier señal de que seguimos siendo las mismas.

No ha llegado.

Ni en diez minutos. Ni en una hora. Ni ese mismo día.

Han respondido, claro. María con un «voy a tope, luego te cuento» que se quedó en un luego que nunca llegó. Lola con audios que dicen poco entre el ruido de platos y voces de una cocina que apenas se detiene.

Y yo, con el móvil en la mano, esperando más de lo necesario.

Antes bastaba un «¿copichuela?» para que las otras dos aparecieran sin mirar el reloj. Ahora la realidad pasa por el filtro de lo posible.

María corre con el teléfono pegado a la mano y la cabeza en otra parte. Su vida se aceleró y nosotras nos quedamos un paso atrás.

Lola es otra historia. A veces contesta rápido, otras desaparece días enteros.

Manda audios largos que empiezan como si fueran a contar algo importante y se quedan a medias, con el trajín del restaurante de fondo, ese refugio al que se aferra porque entre fogones es más fácil no pensar en lo que la espera al salir.

Y luego estoy yo. La que escribe. La que insiste.

No es que no nos queramos. Eso nunca ha estado en duda. Pero hay una distancia nueva, silenciosa, que ha cambiado la forma de estar juntas.

O de dejar de estarlo.

Desbloqueo el móvil y releo el mensaje.

«¿Nos vemos esta semana? Me apetece mucho».

Lo escribí sin pensar, con la esperanza tonta de que desear algo baste para que suceda. Ahora suena distinto.

Suspiro. Fuera, la ciudad sigue con lo suyo —coches, voces, puertas que se abren y se cierran— mientras yo me quedo aquí, atascada en un bucle.

Pienso en la última vez que nos vimos las tres.

No hace tanto, pero lo justo para que el recuerdo escueza.

Quedamos un jueves, o un miércoles, da igual.

Nos sentamos en la mesa de siempre, pedimos lo de siempre, hablamos de lo de siempre...

y nada sonó igual. Hubo silencios vacíos, miradas que se cruzaban de pasada.

Nos reímos, sí, pero hasta la risa sonaba distinta, más comedida.

Y en algún punto, calladas las tres, sin necesidad de decirlo, supimos que aquello ya no era lo de antes.

Vuelvo a mirar el móvil, esperando que la pantalla me desmienta, pero sigue en blanco, como si también él hubiera decidido no darme la razón.

Tecleo un par de palabras, las borro. Lo intento otra vez y lo dejo a medias. No quiero sonar insistente, pero tampoco pienso quedarme de brazos cruzados.

Al final escribo, sin revisarlo:

«Chicas, de verdad, vamos a vernos. Aunque sea un rato».

El doble check aparece casi al instante.

Y ahí se queda.

Hay mensajes que pesan más después de enviarse que antes.

Entonces el móvil suena y me sobresalta, aunque enseguida entiendo que no es el grupo: es una llamada entrante, y con ella la realidad me reclama de golpe.

Me planteo ignorarla, pero es trabajo, y el trabajo es lo que me da de comer.

—¿Sí?

Reconozco el tono sin apenas escuchar: la prisa, las palabras atropelladas, como si el mundo entero tuviera que detenerse ante lo urgente.

Cierro los ojos, asiento de vez en cuando, suelto un «vale», un «ahora lo miro».

—Sí, lo tengo —digo al final—. Me pongo con ello ahora mismo.

Cuelgo, y el silencio regresa a la habitación con la misma calma de siempre, aunque esta vez algo en él ha cambiado, como si la conversación hubiera dejado tras de sí un poso que tarda en asentarse.