Capítulo 19
Donde uno siempre termina volviendo
Óscar
La primera vez que veo a la rubia entrar por la puerta del hotel pienso dos cosas casi al mismo tiempo: que es preciosa y que lleva pintada una tristeza que ni siquiera una sonrisa bonita consigue esconder del todo.
Va acompañada de otras dos mujeres que hablan entre ellas con esa confianza que solo se construye después de muchos años, aunque basta observarlas unos segundos para notar una distancia pequeña pero constante entre las tres, de esas que ninguna sabe muy bien cómo cruzar.
Me apoyo mejor sobre el mostrador mientras las veo acercarse.
La morena habla sin parar. La otra, la más tranquila, observa todo con calma. Pero la rubia… la rubia mira el hotel como si hubiera llegado a Roma buscando algo más que unas vacaciones.
Y eso me despierta curiosidad.
—Buongiorno, soy Óscar —me presento, suavizando el acento para hacerlo sonar más italiano de lo que realmente es—. ¿En qué puedo ayudarlas?
La rubia me devuelve una sonrisa que tiene más educación que ligereza.
Me dice su nombre.
Carmen.
Y mientras me explica que han ganado un sorteo y que hay un problema con la habitación, hago el esfuerzo justo para seguir prestando atención al ordenador, porque esos ojos color miel deberían venir con advertencia sanitaria.
Resulta que quieren cambiar la suite doble por una habitación para tres, aunque pierdan calidad. A mí la jugada me viene perfecta porque justo esta mañana una pareja ha llamado preguntando por una suite libre y yo les he dicho que todavía estaba pendiente de confirmación.
Así que les soluciono el problema en menos de lo que tardo en teclear un par de veces.
Pero tampoco voy a desperdiciar la oportunidad de divertirme un poco.
Levanto la vista despacio y le dedico mi mejor sonrisa profesional. La de «puedo solucionarte la vida o complicártela muchísimo».
—Mmm… déjeme pensar qué puedo hacer.
La rubia arquea apenas una ceja, y joder, vaya mirada tiene.
Si no fuera porque mi Elena es lo único importante que he encontrado en esta vida de locos que llevo arrastrando desde hace años, probablemente me metería en un problema serio antes de que terminara el check-in.
Y el asunto es que a mí me encanta coquetear. Me gusta demasiado, aunque luego tenga que aguantar las amenazas de muerte de mi novia.
Pero Elena no está aquí ahora mismo, y la rubia se ha apoyado sobre el mostrador de una forma que deja claro que sabe perfectamente el efecto que provoca cuando quiere.
Así que sí. Voy a disfrutar un poco.
—Creo que podremos arreglarlo —digo al final, fingiendo que me cuesta tomar la decisión.
La morena da una palmada emocionada.
La tranquila sonríe.
Y Carmen me mira agradecida, aunque sigue teniendo algo apagado detrás de los ojos.
Eso no encaja ni con Roma, ni con un viaje gratis, ni con unas amigas así.
Mientras termino de gestionar las habitaciones seguimos tonteando un poco, nada serio, solo ese juego absurdo que algunas personas llevamos metido en la sangre y que a Elena le saca de quicio aunque luego se le pase rápido.
Cuando se marchan me quedo observando a la rubia un instante más de lo necesario. Madre de Dios, qué cuerpo tiene; esas curvas deberían estar prohibidas en recepción.
Resoplo, llamo a la pareja interesada en la suite, cierro el ordenador y salgo disparado hacia el apartamento que comparto con Elena, justo al lado del hotel.
Porque sí. Necesito desfogarme. Y bastante.
Abro la puerta y apenas me da tiempo a verla aparecer por el pasillo cuando ya la tengo encima. O ella a mí, que con Elena nunca está del todo claro quién ataca primero.
—¿Y esa cara? —pregunta riéndose mientras me rodea el cuello.
No respondo.
La beso.
Y ella protesta entre carcajadas.
—¡Óscar! ¡Acabo de recoger la cocina!
—Me da igual.
—Estás enfermo.
—Puede.
Le muerdo el labio despacio y noto cómo se derrite igual que la primera vez.
Eso nunca cambia.
—Tengo que estar dentro de ti ahora mismo —le susurro contra la boca.
Ella pone los ojos en blanco.
—Qué romántico eres cuando te esfuerzas.
Pero ya me está quitando la camiseta.
Y yo ya no pienso con claridad.
La cuestión con Elena es que jamás ha sido solo sexo. Aunque el sexo con ella sea una barbaridad.
La cuestión es que esta mujer me desmontó la vida entera sin proponérselo.
Y todavía sigo encantado con los escombros.
***
Más tarde vuelvo a encontrarme con Carmen en recepción.
Va sola.
Sus amigas no están.
Y aunque sigue siendo guapísima, ahora parece todavía más perdida.
—Vaya —le digo apoyándome sobre el mostrador—. Pensé que el restaurante no dejaba escapar a nadie tan pronto.
Ella sonríe apenas.
—Necesitaba aire. Roma no se disfruta solo sentada.
—Depende de con quién compartas la mesa.
Lanzo la frase acompañado de mi mejor sonrisa de sinvergüenza profesional, esa que normalmente funciona bastante mejor de lo que debería.
Pero esta vez no.
Porque la rubia no está aquí del todo.
Y ahora estoy seguro.
Esta chica está sufriendo por algo.
Lo noto en cómo mira alrededor sin mirar realmente nada. En la forma en que tarda un segundo de más en responder. En ese cansancio que no tiene nada que ver con el viaje.
Y no lo entiendo.
Porque está en Roma.
Porque tiene amigas.
Porque cualquiera mataría por estar donde ella está ahora mismo.
¿Qué cojones le pasará?
—Puedo recomendarte sitios para pasear sola… o acompañada —insisto, levantando una ceja—. De noche aparecen rincones interesantes.
No llego a terminar.
Un golpe seco aterriza en mi cuello.
—¿Pero tú qué te crees que estás haciendo? —gruñe Elena detrás de mí.
Joder. La he cagado, y mucho.
Me llevo la mano justo donde me ha golpeado mientras Carmen nos observa entre sorprendida y divertida.
—¡Elena!
La mirada de mi novia es puro fuego.
Y experiencia.
Demasiada experiencia.
—¿Otra vez con lo mismo? —dice cruzándose de brazos—. ¿Otra clienta?
La rubia intenta defenderme.
Cosa que no ayuda absolutamente nada.
Y menos de un minuto después las dos ya están hablando entre ellas como si se conocieran de toda la vida. Intercambian teléfonos, se ríen, comentan no sé qué de un restaurante. Y yo me quedo mirando la escena entendiendo, una vez más, que las mujeres son una especie completamente distinta.
Cuando Carmen se marcha, Elena me fulmina con la mirada.
—Eres incorregible.
La agarro de las caderas y tiro de ella hasta pegarla a mí.
—Pero estoy enamorado de ti.
—Eso no te impide ser idiota.
—Un poco sí.
Suspira.
Y luego termina riéndose, porque me conoce demasiado bien.
Apoyo la frente contra la suya.
—Eres la única mujer que quiero en mi vida, Elena.
Y eso sí que nunca ha sido mentira.
Porque desde que apareció, ninguna otra consiguió importarme de verdad.
***
La conocí en Jerez. Ella estaba prometida, y yo estaba cansado de relaciones vacías que no me removían absolutamente nada.
Y entonces apareció aquella mujer preciosa en un bar, con un anillo enorme en el dedo y una tristeza parecida a la de Carmen.
Se notaba a leguas que necesitaba hablar o un hombro sobre el que llorar.
O eso creía ella.
Yo tardé exactamente diez minutos en entender que no estaba enamorada del hombre con el que iba a casarse.
Y creo que Elena lo supo la primera vez que se rio conmigo de verdad.
Lo demás pasó demasiado rápido.
Una noche.
Demasiado alcohol.
Demasiada tensión acumulada.
Y una cama que terminó convirtiéndose en el principio de todo.
Al día siguiente, rompió su compromiso y se vino a vivir conmigo.
Y jamás miró atrás.
A veces todavía me cuesta creer que alguien eligiera quedarse conmigo de esa manera.
Una noche, mucho después, le conté lo de mi padre. Cómo se había marchado a Italia por trabajo y jamás volvió. Cómo mi madre había esperado durante años hasta cansarse de hacerlo.
Fue Elena quien me dijo que necesitaba venir aquí. Buscar respuestas. Cerrar heridas. O al menos intentarlo.
Y eso hicimos.
Acabamos trabajando en el hotel porque necesitábamos dinero mientras organizábamos la vida. Pero el tiempo pasa. Y Roma es preciosa. No necesito más explicación que esa para decir que esa fue la razón real del por qué nos quedamos aquí.
Aunque hay días en los que echo tanto de menos mi tierra que me cuesta respirar.
Y sé que a Elena le pasa igual.
Por eso verla conectar con esas chicas la ha removido tanto. Porque le recuerdan lo que dejamos atrás.
***
Elena y yo vemos subir a Carmen sola a la habitación. Sus amigas siguen fuera, y hay algo en su expresión que nos deja claro que esta mujer necesita un empujón.
Cuando entro en casa, Elena ya está pensando exactamente lo mismo.
Mi chica es así.
Única.
Me cuenta lo que se le acaba de ocurrir y yo sonrío, más enamorado de ella que hace un rato y seguro de que menos que mañana, porque cada día que paso con ella me da otra razón para quererla más, si es que eso es posible.
***
Estoy en recepción cuando veo a las amigas de Carmen salir del ascensor. Le envío un mensaje a Elena para que venga, tal y como acordamos ayer. Casi ni he dado a enviar cuando ya la tengo detrás. Y en menos de un suspiro está hablando con ellas.
Les cuenta lo del hombre que Carmen conoció.
—Tengo su número. Vino ayer por la tarde preguntando por ella, pero vosotras estabais fuera, así que…
Entre gritos de sorpresa y saltos de alegría, entre las tres montan un desayuno sorpresa.
Yo solo observo el caos desde mi puesto sin ser capaz de borrar la sonrisa que tengo en la cara.
Porque a veces la felicidad tiene esta pinta absurda y preciosa.
Cuando Carmen baja, me muestro todo lo amable que puedo. No hace comentarios ni hace gala de su habitual encanto, y eso me cabrea bastante. Espero que lo que han preparado le levante el ánimo.
Enrico, el amigo italiano de la rubia, llega y le indico por dónde pasar al salón. Se queda de pie, observando el despliegue.
Me coloco junto a Elena, divertido por la escena. Carmen mira de un lado a otro, con una sonrisa que no le cabe en la cara, intentando entender qué demonios está pasando.
La miro.
Luego miro a mi chica.
Y de pronto lo tengo claro.
Muy claro.
—Nena, hoy mismo vamos a presentar nuestro cese de contrato —le digo cerca del oído—. En quince días nos volvemos a España.
Ella se queda inmóvil.
Voy a preguntarle si está de acuerdo, pero no me da tiempo. Porque la loca se me tira encima y empieza a besarme como si llevara años esperando escuchar exactamente eso.
Me río contra su boca.
—¿Estás seguro? —pregunta entre besos—. ¿Y tu padre?
La abrazo más fuerte.
Y por primera vez en mucho tiempo siento que ya no necesito seguir buscando respuestas lejos de casa.
—Más seguro que nunca, mi amor —susurro—. Tenemos una boda que preparar.
Fin