Capítulo 22
A unque el sol brillaba entre las nubes después de un buen chaparrón, el día era aburrido y monótono, como todos los anteriores.
Incluso Tammy se lo había comentado, ante lo cual Michelle forzó una sonrisa.
En ese momento, estaba sentada en la cocina de la clínica, tomando una taza de café.
Era lo único que la mantenía en pie. Apenas había dormido en las dos últimas semanas y no conseguía descansar.
No entendía cuándo y cómo las cosas habían empezado a ir mal con Wallace hasta el punto de romper su relación antes de empezar de verdad.
Suspiró y agarró la taza con ambas manos, pero ni siquiera la cafeína pudo disipar la pesadez que sentía hasta en los huesos.
Solo el tictac del reloj de pared rompía el silencio.
Observó cómo el segundero se movía lentamente sobre los números.
Aún no eran las seis; el último paciente había abandonado la consulta hacía diez minutos.
Podría irse a casa, pero ¿qué le esperaba allí?
Además, aunque aquel fuera su hogar actual, había recuerdos de Wallace y del tiempo que estuvieron juntos en cada rincón y no lo soportaba, así que prefirió quedarse allí sentada, mirando a la nada.
Debería empezar a buscar un nuevo empleo, pero de momento solo había enviado tres solicitudes incompletas.
Fuera empezaron a oírse sirenas, algo debía haber ocurrido en alguna parte. No prestó más atención hasta que un golpe en la puerta la hizo levantar los ojos.
—Adelante —dio paso.
Tammy asomó la cabeza. Tenía una expresión extraña en la cara que Michelle no supo interpretar.
—Será mejor que veas esto —le dijo Tammy, haciéndole señas para que se acercara.
—¿Qué pasa? —Michelle ya se había levantado e iba hacia ella.
Se quedó helada cuando vio a tres bomberos con el equipo completo de pie en la entrada. Conocía a uno de ellos, Lewis, un amigo de Wallace que le había ayudado algún día con el barco.
—Michelle, será mejor que vengas con nosotros —le dijo Lewis con seriedad.
Ay, Dios. ¿Había habido un accidente? ¿Le había pasado algo a Wallace? Probablemente no, si le hubiera pasado algo no la avisarían a ella.
—¿Por qué? —preguntó, dándose cuenta de lo débil que sonaba su voz.
—Por favor —le pidió Lewis con un gesto.
—Sí, vale. —No hizo más preguntas, intuyendo que era importante—. ¿Hace falta que lleve algo?
—No. Solo ven conmigo.
Tal vez una emergencia médica, un gran accidente que requería todos los médicos del pueblo. El hospital más cercano estaba bastante lejos. Se mentalizó para cualquier escenario mientras seguía a los bomberos.
Ya en el exterior, la hicieron entrar en el vehículo de emergencias y arrancaron con las sirenas a todo volumen.
—¿Qué ha pasado? —quiso saber de nuevo, pero nadie le daba información.
Los chicos guardaban silencio y miraban hacia otro lado, ¿avergonzados?
Le pareció un poco extraño, pero no tuvo mucho tiempo para pensar en ello.
El viaje no duró mucho, en apenas cinco minutos, detuvieron el vehículo y salieron.
—Vamos —la instó Lewis de nuevo.
Michelle no entendía nada, pero corrió tras los chicos.
Le pareció extraño que el camino estuviera bordeado de antorchas.
El sol del atardecer proyectaba un resplandor especial sobre el lago Ness.
Una paloma revoloteó sobre sus cabezas hacia un viejo roble.
Sabía que era el camino hacia el cobertizo de Ellie, hacia su restaurante.
Parecía que no se trataba de ninguna emergencia, pero no pudo seguir pensando; al doblar la esquina, su corazón casi se detuvo.
* * *
W allace estaba de pie frente al cobertizo. Llevaba un traje azul oscuro y una camisa blanca. Se había peinado con gomina y su corazón latía desbocado.
H abía velas por todo el Bluebell, así como flores y rosas. Ellie no había dudado ni un segundo cuando le había pedido que le ayudara a organizar una cena romántica para Michelle.
¿V endría? ¿Le daría otra oportunidad? Comprendía que se hubiera hartado de él. Por fin se dio cuenta de que necesitaba hablar más, comunicarse mejor, expresar lo que sentía.
Cuando venga, haré cualquier cosa por ella . Rezaba a todos los dioses que se le ocurrían, a pesar de siquiera ser creyente. Tenía las manos sudorosas, sentía calor y frío al mismo tiempo.
M iraba el reloj nervioso, pero no pasaba nada. De repente, oyó algo, pasos acercándose sobre la grava. Cuando la vio, se le cortó la respiración. Era tan hermosa…
M ichelle abrió mucho los ojos. ¡La sorpresa había sido un éxito! Solo faltaba averiguar si estaría dispuesta a escucharle, aunque entendería que no fuera así.
M ientras ella se seguía acercando, él empezó a moverse.
M ichelle parpadeó varias veces. Sentía que las piernas le flaqueaban a medida que se acercaba a ella. No dijeron nada. Wallace le tendió la mano para que la cogiera y la condujo al interior.
A pesar de haber pensado largo y tendido sobre lo que debía decirle, aún no lo tenía claro. El restaurante estaba decorado con miles de luces y por los altavoces sonaba una suave música de guitarra. Se detuvo con ella en el centro de la sala.
—G racias por venir —susurró con voz ronca.
E lla asintió. Una leve sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios que le dio esperanzas. Quizá no era demasiado tarde después de todo. Decidió apostar fuerte y la abrazó, lo hizo con tanta fuerza que temió aplastarla. Estar cerca de ella le hacía sentirse más vivo que nunca.
—T e quiero, Michelle. Te quiero más de lo que puedas imaginar. —Y antes de que pudiera replicar, bajó la cabeza, encontró sus sensuales labios con los suyos y se le cortó la respiración.
A quel beso podría iluminar la noche. Su amor retumbó en cada rincón oscuro de su corazón. Nunca hubiera creído que algo tan profundo como lo que sentía por Michelle fuera posible. No había palabras para expresar todo lo que experimentaba cuando estaba cerca de ella.
C uando la lengua de ella se deslizó en su boca, él respondió con devoción y gratitud. En algún momento, se separó de ella, le levantó la barbilla y la miró profundamente a los ojos. Su mirada estaba nublada, pero llena de amor.
—A ún tengo mucho que contarte y explicarte —susurró con voz ronca, apoyando la frente en la de ella.
—H ay tiempo, porque lo más importante ya está dicho. Yo también te quiero, Wallace. —Le besó profunda y suavemente y él se derritió. La felicidad corría por sus venas.
—N unca pensé que pudiera sentir tan profundamente —admitió—. Me temo que vas a necesitar mucha paciencia conmigo.
—T enemos todo el tiempo del mundo.
—P or favor, no te vayas, Michelle. La idea de perderte me está matando.
—S hh, está bien, me quedo —murmuró ella contra sus labios—. Tenemos mucho que hacer, mucho que aprender, pero lo principal es que nos queremos. Arreglaremos todo lo demás.
—M e haces feliz, Michelle.
—¿Y esta locura que has organizado? ¿Por mí?
—H e hecho lo que he podido, pero tengo que admitir que me han ayudado. —Sonrió y sacó una botella de champán de una cubitera—. Quiero que todo nos vaya bien, Michelle, aunque sé que puedo ser un auténtico gilipollas a veces y que siempre lo seré.
E lla negó con la cabeza.
—E res perfecto, Wallace, perfecto para mí, no importa nada más.
D escorchó la botella y las burbujas empezaron a rebosar. Riéndose, le tendió los vasos para que recogiera el líquido. Cuando ambos tuvieron un vaso en la mano, él dijo:
—P or nosotros.
—¡P or nosotros!
—Y por todos los errores que seguiremos cometiendo.
—U na vida sin errores sería aburrida —respondió.
—T e quiero.
—Y yo también te quiero.
S ellaron su futuro con un beso antes de probar el champán que Kenneth había seleccionado para Wallace de la bodega del castillo.
No tenía mucha idea de bebidas, pero había querido hacer todo lo posible para el día más importante de su vida hasta el momento, aunque se había dado cuenta de que Michelle no lo hubiera necesitado en absoluto. Él era suficiente para ella.
S u corazón decidió abrirse un poco más para esa mujer única.
—¿Q ué pasa? —quiso saber ella, mirándole.
—E res lo mejor que me ha pasado nunca. Y te demostraré cuánto te quiero cada día del resto de nuestras vidas. A mi manera. —Se acercó un poco más.
—S uena maravilloso. Te estás acercando bastante.
—¿S olo bastante? —se burló de ella.
M ichelle sonrió y bebió un sorbo de champán, luego lo acercó más a ella tirando de la corbata.
—N o. Eres mucho más de lo que había soñado.
D ejó el vaso y volvió a estrecharla entre sus brazos.
—T e abrazaré fuerte y nunca te dejaré ir.
E l beso que siguió fue más que una promesa sensual.
Era todo lo que le hacía ser quien era. Tal vez Wallace ahora mismo era mejor expresando lo que sucedía en su interior con acciones que con palabras, pero lo iría cambiando.
En Michelle había encontrado lo que le faltaba para estar completo, y eso era más de lo que se había atrevido a esperar nunca.
Juntos, sus corazones latían al compás, con más fuerza que nunca. Para siempre.