Epílogo
M ichelle salió del cuarto de baño y miró a Wallace, que estaba de pie frente al espejo, abrochándose el sporran , una pequeña bolsa que se lleva en la cadera sobre la falda escocesa.
Se detuvo y lo observó. Él aún no había reparado en ella.
Su corazón rebosaba de amor por aquel hombre tan especial.
Wallace había pasado por muchas cosas en su vida y Michelle se alegró aún más de que se hubiera atrevido a dar el paso de cruzar el abismo que los había separado.
Ahora le costaba imaginar pasar un solo día sin ese hombre maravilloso.
Afortunadamente, no tuvo que hacerlo. Había decidido quedarse en Kiltarff y la vida allí era mejor de lo que jamás había soñado.
Hacía poco que Michelle le había dicho a Jody, de una vez por todas, que era importante para ella como hermana, pero que se olvidara de contar con su dinero.
Jody no había vuelto a ponerse en contacto con ella desde entonces.
Era triste, pero tendría que vivir con ello y se alegraba de haberlo solucionado por fin.
Sin embargo, ahora no era el momento de pensar en eso. Volvió a centrarse en Wallace, que seguía luchando contra el sporran que parecía no dejarse colocar. Michelle reprimió una carcajada.
Wallace levantó la mirada y sus ojos se abrieron de sorpresa al verla.
—¿Por qué te acercas a hurtadillas? Ven aquí. —Se dio la vuelta y le tendió la mano. —Estás fantástica.
—Gracias, tú también —respondió ella, caminando hacia él y colocando sus dedos entre los suyos.
Todo era tan familiar. Era feliz con Wallace, su cercanía había permitido a Michelle hacer las paces consigo misma y con su pasado, y esperaba y creía que él sentía lo mismo.
—¿Por qué estás tan pensativa, Michelle? —preguntó con el ceño fruncido, preocupado.
Ella sonrió débilmente.
—Supongo que hoy estoy un poco melancólica.
Le puso una mano en la mejilla.
—¿Y por qué? No estás embarazada, ¿verdad?
Michelle se atragantó y tuvo que toser.
—Eh, ¿qué? ¡No! —Michelle no supo interpretar la mirada que le dirigió Wallace. Le pareció que había algo de decepción en ella. No podía ser cierto, porque eso significaría que se imaginaba teniendo hijos. ¿Ya? ¡Si solo llevaban juntos unas semanas!
—Es una pena, amor, pero no importa, tenemos todo el tiempo del mundo.
—A veces eres muy raro —respondió ella riendo—. Eres el primer hombre que se entristece porque un embarazo no planeado no perturbe la relación.
—Nosotros —Se acercó, su aliento caliente rozó sus labios y un agradable escalofrío recorrió la espina dorsal de Michelle—.
Esto es más que una relación. Eres el amor de mi vida, eres todo lo que he soñado sin saber siquiera que existías.
Quiero todo contigo: hijos, una boda, una casita en el campo. Y todo eso, para ayer.
—Vaya —suspiró Michelle, que se había quedado casi sin habla tras oír estas palabras.
—¿Te estoy asustando? —apoyó la frente en la de ella.
—En absoluto —respondió ella con sinceridad y sonrió.
—¡Gracias a Dios!
Y entonces la besó de tal manera que olvidó lo que iba a decirle. Cuando por fin se separaron, Wallace intentó burlarse de ella.
—Si no quieres perderte la fiesta, deberíamos irnos.
—Sí, es cierto, ¡la inauguración del hotel!
Michelle se puso delante del espejo y se ajustó el vestido. Era la primera vez que se ponía la versión escocesa de un vestido de noche y aunque al principio le había resultado extraño, poco a poco se iba acostumbrando.
—¿Crees que nadie se sentirá incómodo conmigo?
Wallace frunció el ceño.
—¿Por qué debería ocurriría eso?
—Bueno, yo no soy de aquí...
Le cogió la mano.
—Tú perteneces a este lugar como el sol en el horizonte, amor.
Es mejor que te enteres cuanto antes —le explicó rápidamente y le estampó un beso en la frente—.
Eres mía y yo soy tuyo, te pongas el vestido que te pongas.
Además, te sienta como si nunca te hubieras puesto otra cosa.
Eres preciosa. La mujer más hermosa que he conocido.
Con cualquier otro hombre se habría reído y lo habría tomado como una broma, pero de los labios de Wallace podía creerlo.
Cada poro de su ser decía que hablaba completamente en serio, y eso la hizo muy feliz.
La evolución que había experimentado Wallace en tan poco tiempo era increíble.
Era como si por fin se hubiera desatado un nudo.
Había asistido a varios cursos de dibujo por placer, sin la exigencia de tener que convertirse en profesional.
En parte, era una especie de terapia, una forma de expresar a través de imágenes lo que pasaba dentro de él.
Sin embargo, la mayoría de los días prefería retratar a Nessie, a Michelle le gustaban más estas obras, coloridas y llenas de vida, como el propio Wallace.
Le cogió la mano y entrelazó los dedos con los suyos.
—Vámonos antes de que cambie de opinión, te quite la ropa y te arrastre a la cama conmigo.
Michelle soltó una risita y cogió el pequeño bolso.
De camino al castillo de Kiltarff, donde hoy tendría lugar la fiesta de inauguración del hotel, recibió una llamada de Deirdre.
Estaba en Estados Unidos, trabajando. Su amiga llevaba una vida de jet set que Michelle no envidiaba lo más mínimo.
Todo lo contrario. Se sentía como en casa en Kiltarff.
En casa. Por primera vez en mucho tiempo, era feliz.
Enseguida llegaron al castillo. Michelle cambió a videollamada y le mostró a Deirdre el viejo edificio que con el sol del atardecer a sus espaldas parecía aún más imponente y venerable de lo que ya era.
—Vaya —dijo Deirdre—. ¡No está mal! No sabía que en tu pueblo perdido lleno de vacas hubiera algo más que casitas en ruinas.
Michelle se habría ofendido si lo hubiera dicho cualquier otra persona, pero no Deirdre. Ella era así. No podía imaginarla en el lago Ness. Ella era una chica de ciudad que corría más rápido con tacones que Usain Bolt con zapatillas.
—Cielo, me temo que tengo que colgar, pero espero verte pronto. Vendrás a visitarme a Kiltarff, ¿verdad? —quiso saber Deirdre.
—Sí —prometió—. Voy a ver qué fin de semana tengo libre y reservo un vuelo, ¡si es que existen pistas de aterrizaje allá en las Highlands!
Michelle se rio, se despidió y colgó. Ella y Wallace entraron juntos en el salón de baile. Tras saludar a sus amigos, especialmente a Ellie y Kenneth, se sirvieron una copa de champán. Sus ojos se posaron en Stuart, era una pena que el apuesto escocés estuviera solo. Parecía triste.
—¿Qué le pasa a Stuart? —murmuró en el oído de Wallace.
—No estoy seguro, supongo que es difícil aparentar estar feliz y animado cuando no siempre lo estas. Puede parecer un vividor despreocupado, pero Stuart es mucho más.
Michelle asintió. Al principio se había limitado a calificar a Stuart de buscavidas, pero ahora sabía que su actitud no era más que una fachada.
Recorrió su mirada por la sala: al fondo, una orquesta sinfónica tocaba sobre un escenario, las lámparas de araña brillaban sobre los asistentes, había invitados elegantes por todas partes.
Y, sin embargo, ella solo tenía ojos para Wallace.
Cuando sonaron las primeras notas de un vals clásico, el hombre de sus sueños la invitó a bailar.
—Por favor, ¿me harías el honor?
Ella asintió, complacida, sin siquiera encontrar divertida la extraña elección de palabras, ya que encajaba con la ocasión. Michelle se sentía como en un cuento de hadas y su final feliz estaba justo ahí, el príncipe azul ya estaba a su lado.
Flotó por el salón de baile con Wallace como si estuvieran en las nubes. La sensación de sus manos sobre su espalda desnuda era electrizante y embriagadora, su aroma único, la dureza de sus músculos, el calor de su cuerpo.
Cuando terminaron de dar vueltas sobre el deslumbrante parqué, se acercaron a una de las enormes ventanas de suelo a techo abiertas y contemplaron el lago Ness de noche, que reflejaba las luces.
—Te quiero —le susurró ella al oído.
Wallace la abrazó un poco más fuerte; podía sentir sus emociones tan claramente que ni siquiera necesitaba que las vocalizara, sin embargo, él lo hizo.
—Gracias por estar a mi lado. Ya no puedo imaginarme la vida sin ti. Te quiero más de lo que puedo expresar con palabras.
Michelle apoyó la mejilla en su hombro y saboreó su íntima cercanía y el romántico momento. Mío, pensó, sintiendo el amor en cada fibra de su cuerpo; él es mío y nunca le dejaré marchar.