Capítulo 20 #2
Wallace miró a su padre y no supo por dónde empezar.
No es que hablara mucho con él sobre su vida sentimental o la de Caitlin, pero en aquel momento le parecía aún más difícil de lo habitual expresar con palabras todo lo que le pasaba.
Como que no sabía qué hacer con su hermana y que ese día era Michelle la que se sentaba con ella mientras lloraba a lágrima viva, como todos los días.
Finley había vuelto a irse. Lo único bueno era que Caitlin podía planear sus próximos pasos con tranquilidad.
El día anterior la había llevado a ver a un abogado de familia en Inverness que Matt le había recomendado.
No era fácil, pero no podía hablar de ello con su padre porque su hermana le había hecho hacer ese maldito voto de silencio.
Wallace cerró el grifo y enrolló la manguera.
—Todo está bien, te veré mañana.
William le miró con suspicacia y luego asintió.
—Espero que todo vaya bien entre Michelle y tú.
Wallace se detuvo, atónito.
—Sí, claro, ¿por qué no iba a ser así?
Su padre se encogió de hombros.
—Dímelo tú.
Quiso gritar que se trataba de Caitlin, que por una vez no se trataba de él, pero lo dejó estar.
—Me encanta que te preocupes, papá —dijo finalmente, dándose cuenta de que el hombre solo tenía buenas intenciones—. Es innecesario.
—Bien, bien —respondió su padre y le dio una palmada en el hombro.
Una vez terminada la jornada, fue a comprar los ingredientes para preparar un risotto y se dirigió a casa de Michelle.
Tenía llave y no necesitaba esperar a que ella volviera de casa de Caitlin.
Tenía pensado tener lista la comida en la mesa para cuando ella llegara a casa.
No era fácil compartir las preocupaciones de Caitlin, así que no podía estar más agradecido a Michelle por estar dispuesta a hacerlo.
Cuando entró en la cocina, se sobresaltó. Michelle estaba sentada con un vaso de agua y los ojos fijos en él. Su cara parecía un signo de interrogación.
—Oh cielos, ¿tan mal ha ido? —quiso saber mientras se acercaba para besarla.
Ella levantó la mano y para frenarlo frente a ella.
—No lo hagas —dijo, con voz temblorosa.
Algo iba mal. Dejó torpemente la compra a un lado y se sentó frente a ella en la mesa. Se dio cuenta de que con ese gesto estaba reforzando una barrera física entre ellos, además de la emocional que ya existía. Michelle parecía inalcanzable.
—¿Qué pasa? —quiso saber, aunque sospechaba qué era lo que la había perturbado tanto.
—Creía que habíamos avanzado —empezó y vio cómo se pasó la mano por el pelo, un gesto que le dejó claro lo destrozada que se sentía.
—Caitlin te ha hablado de Katee —concluyó, dándose cuenta de lo apagada que sonaba su voz.
—No fue culpa suya. Ella pensó que ya me lo habrías dicho. Quiero decir, ¿perdona? ¿Cuánto tiempo llevamos durmiendo juntos? ¿No crees que ya era hora de que fueras sincero conmigo?
Todo su interior se tensó. Se echó hacia atrás en la silla y cruzó los brazos delante del pecho.
—Actúas como si hubiera hecho algo malo. No soy Finley, no te he engañado.
—Pero tampoco me lo has contado todo. Yo espero algo más de mi pareja.Yo te he hablado de Ronan, que no estuvo a mi lado, de mi madre, de mi infancia, de todo. Y por supuesto sobre Jody. ¿Crees que fue fácil para mí?
—¡Ojalá fuera tan fácil! Pero no lo es. ¿Cuántas veces crees que he querido hablarte de ella?
Pero no sabía cómo empezar. —Wallace se sintió acorralado.
Que Michelle se enfrentara a él con acusaciones infundadas era demasiado.
Estaba cansado de fingir que podía seguir con su vida.
Llevaba años diciéndose a sí mismo que podía sobrellevarlo, pero no era más que una mentira que lo había convertido en lo que era hoy.
Estaba roto. Hecho pedazos. Nadie merecía tener que soportar eso, menos aún Michelle.
—Tienes un dolor muy profundo, muy dentro de ti. Siempre sentí que me ocultabas algo.
—No es precisamente el tipo de cosas que se discuten en una primera cita —susurró.
Ella se rio sin humor.
—Y yo que pensaba que ya lo habíamos superado.
—Michelle, somos nosotros, no es lo que pretendía. —Estaba cansado. Terriblemente cansado.
Ella levantó la mano para interrumpirle.
—No quiero reprocharte que no hayas sido capaz de amarme como la amaste a ella. Pero tenía derecho a saber a qué atenerme.
—¿Qué intentas decirme? ¿Quieres dejarme?
—Se levantó tan deprisa que la silla se volcó con un gran estrépito.
La dejó ahí, tirada. Sentía frío y calor al mismo tiempo.
Precisamente hoy que pensaba cocinar un risotto como preludio a una velada romántica.
Pero tal vez fuera mejor así. La esperanza de que, después de tantos años de soledad, aún pudiera haber alguien que le soportara se desvaneció.
—¿Cómo voy a dejar a un hombre con el que ni siquiera estoy? —preguntó como explicación.
Ni siquiera le sorprendió que dijera eso. Tenía razón. Respondió sin entusiasmo.
—No lo dices en serio.
—No me has dicho ni una vez qué sientes por mí.
—¡Dios mío, Michelle! Tú tampoco. Sabes que me cuesta mucho expresar mis sentimientos.
¿Acaso no lo has sentido? —En ese momento, se dio cuenta de que él no era el hombre que ella quería, que ella merecía.
Él no podía darle lo que ella buscaba. —Y ahora tampoco puedo hacerlo —se atragantó mientras empezaba a notar náuseas.
—Ahora no. Ni mañana. Y empiezo a pensar que nunca lo harás. Nunca vas a abrirte a mí, a confiar. Pero oye, ni siquiera me prometiste nada. Ni un día, ni una noche. No me mentiste, tienes razón. Pero tampoco me dijiste la verdad.
—¿Eso crees? ¿Y cuál se supone que es la verdad?
—quiso saber—. ¿Debería haber dicho que soy un tipo que está tan roto por dentro que ni siquiera sabe cómo juntar los pedazos de su alma?
Cierto, no te lo conté porque entonces habrías salido despavorida.
No te conté nada de Katee porque quería que me conocieras tal y como soy antes de que te enteraras de su muerte.
No quería que te hicieras la imagen de alguien que tuvo una pérdida tan importante demasiado pronto.
Si no puedes con ello, lo aceptaré. No te voy a obligar a aceptarme como soy.
No lo haré. Pero si no puedes, hasta aquí hemos llegado.
Sin mirarla ni darle opción a réplica, se marchó furioso. Dio un portazo tan fuerte que las ventanas retumbaron. Sin fijarse en nada más, se fue con prisa, no sabía dónde ir, solo necesitaba desahogarse. No podía pensar en ese estado.