Capítulo 19
M ichelle corrió bajo la lluvia. Caían gruesas gotas del cielo que formaban profundos charcos en las calles.
Ya hacía unos días que Caitlin se había enterado por Wallace de que su marido la engañaba.
Era algo peor que una simple infidelidad, tener una aventura con una compañera de trabajo era de lo más despreciable que se podía imaginar. Michelle seguía conmocionada.
Aunque Finley ya había vuelto a casa, Caitlin aún no había decidido qué hacer. Al menos eso era lo que Wallace le había contado en la breve llamada telefónica que habían mantenido.
Se dirigía a casa de Wallace, o más bien a la de sus padres, donde todos estaban invitados a cenar esa noche.
Michelle los había conocido hacía unos días, cuando volvieron de vacaciones.
Afortunadamente, los temores sobre no caerles bien o incluso que la juzgaran por su origen habían resultado infundados.
Vika y William eran buena gente y le habían caído bien enseguida.
Tuvo la impresión de que había sido recíproco, lo cual no solo la alivió, sino que también la alegró.
Sin embargo, temía que la tensa situación en el matrimonio de Caitlin pudiera desembocar hoy en una batalla. No culparía a Caitlin si perdía los nervios y soltaba la bomba delante de sus padres.
La situación era difícil. Muy difícil. Aunque no podía entender del todo el dilema de Caitlin, podía imaginar que para ella, como madre, era más complicado que para una pareja sin hijos.
Una separación sería un gran shock para los niños.
Pero lo que tenía claro era que no se podía tolerar, bajo ningún concepto, que su propio marido se acostara con otra.
Y probablemente no solo una vez. Empezaba a quedar claro que los constantes viajes de negocios de Finley rara vez habían sido por motivos laborales.
Caitlin se lo estaba cuestionando todo. Michelle también.
Pobrecita, pensó Michelle mientras aceleraba el paso. Estaba empapada cuando llegó a casa de los padres de Wallace y llamó al timbre. Vika abrió la puerta al cabo de unos segundos.
—¡Pero hija! —exhaló Vika, llevándose las manos a la boca—. Pareces un caniche mojado. Entra rápido.
Michelle se rio.
—Sí, lo siento. Lo voy a mojar todo.
—No importa, cielo. ¿Necesitas ropa seca?
Aunque no vas a tener suerte y entrarás dos veces en mis pantalones —dijo Vika, guiñándole un ojo mientras cogía el anorak de Michelle.
Lo colgó sobre el radiador del aseo de invitados.
Michelle se quitó los zapatos en el pasillo y entró en la cocina en calcetines.
Había un aroma delicioso a asado, salsa y gratinado.
—Llegas pronto —dijo Vika cuando se reunió con ella.
—Pensé que podría ayudarte un poco, aunque... soy una pésima cocinera, debo advertirte, pero puedo arreglármelas para poner la mesa.
—Eres un encanto, pero no es necesario, ya lo he preparado todo. Es agradable tener un nuevo miembro en la familia tan maravilloso.
Michelle enarcó una ceja. Vaya, vaya. Esperaba que Caitlin no estuviera además embarazada. De repente cayó en la cuenta de que se refería a ella. Avergonzada, no pudo articular palabra. Afortunadamente, Vika no pareció darse cuenta mientras volvía a ocuparse de la comida.
Se oyó un fuerte ruido en el pasillo y segundos después aparecieron los nietos trotando hacia la abuela, que los saludó con besos.
—Hola, Miselle —la llamaron los dos, que seguían peleándose con su nombre, y se aferraron a las perneras de su pantalón.
—Arg, mojados —refunfuñó Tipp e inmediatamente los soltó.
A continuación entraron Caitlin y Finley.
Michelle tuvo que contenerse para no decirle a ese gilipollas a la cara lo cerdo que le parecía, pero la mirada de advertencia de Caitlin la detuvo.
La hermana de Wallace tenía mal aspecto, ojeras profundas y mejillas hundidas, como si llevara días sin probar bocado.
La abrazó con más efusividad de lo habitual y saludó a Finley con una breve inclinación de cabeza, no le salía hacerlo de otra forma.
Cuando llegaron Wallace y William, que habían estado ocupados en el barco, el grupo se completó y Vika los llamó a la mesa. El ambiente era tenso, al menos así lo sentía Michelle que apenas pudo probar bocado.
Había vino tinto para acompañar el asado y limonada para los niños.
Finley estaba contando una historia sobre su supuesto viaje de negocios cuando Caitlin se levantó y salió corriendo de la habitación.
Wallace y Michelle intercambiaron una mirada.
Quiso correr detrás de Caitlin, pero no lo hizo porque solo provocaría preguntas que quizá no estuviera dispuesta a responder.
Lo que sí hizo fue dejar los cubiertos a un lado; había perdido completamente el apetito.
Minutos después, Caitlin volvió a sentarse a la mesa, con los ojos enrojecidos. A Michelle se le hizo un nudo en el estómago y vio que Wallace agarraba el tenedor con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos.
Vika también pareció percibir la tensión. Miraba interrogante a todos, pero no encontraba respuesta.
Hacía poco que Michelle había entendido la sorpresa de la madre de Wallace al verla por la ventana junto a su hijo.
Ella misma era consciente de que no dejaba que nadie se le acercara demasiado; Wallace había erigido un muro invisible a su alrededor.
Aunque se acostaba con él, aún no había entrado en su corazón, no había tenido acceso a sus sentimientos, y empezaba a dudar que algún día se abriera con ella.
Aunque ni Vika ni Caitlin lo habían contado, era evidente que había sufrido una gran decepción en el pasado.
Quizás le habían dejado plantado en el altar como a Stuart, algo que por supuesto dejaba huella.
Ella también arrastraba viejas heridas, pero la diferencia entre ellos era que ella le había hablado de su ex, porque para ella era importante que supiera a qué atenerse con ella.
Parecía que Wallace no creía que fuera necesario hablar de su pasado, y eso dolía.
Intentaba no darle demasiada importancia, pero por desgracia no podía evitar sentir que él no la aceptaba del todo.
Por suerte no era igual con el resto de su familia, que la trataban con mucho cariño y afecto, como si siempre hubiera sido una de ellos.
Se sentía como en casa con los MacDonnall.
Después del postre, el grupo se dispersó.
Caitlin parecía aliviada por no tener que seguir con la farsa delante de toda su familia y Michelle también se alegró de escapar del tenso ambiente.
Quiso ayudar a Vika a fregar los platos, pero ella la había empujado cariñosamente fuera de la cocina agradeciendo el ofrecimiento.
—¿Vamos luego a mi casa? —le propuso a Wallace, que estaba sacando la basura de la cocina de su madre.
—Claro, me encantaría. Estaré listo en un minuto.
—Está bien —respondió ella, mientras cogía su chaqueta del aseo de invitados.
Cuando comprobó su teléfono móvil vio que tenía dos llamadas perdidas de un número que no reconocía.
—Jody —pasó por su mente, y una sensación de náusea se extendió por su estómago. Enseguida pensó que quizá le había pasado algo.
Envuelta en un suspiro, se puso el anorak seco y salió a la calle. Ya había oscurecido y la luna brillaba con fuerza, bañando los alrededores un resplandor plateado. Un búho ululaba a lo lejos. Corría una brisa agradable después de la intensa lluvia de la tarde, olía a hierba y a primavera.
Volvió a sonar el móvil y contestó.
—¿Hola?
—Hola, soy yo. —Jody sonaba alegre, demasiado.
¿Qué quieres esta vez?, pensó Michelle.
—¿Cómo estás? —preguntó sin embargo.
Jody estuvo calentándole la oreja a Michelle durante al menos cinco minutos hablando de sus planes de abrir su propio estudio de diseño de uñas hasta que por fin fue directa al grano.
—¿Puedes ayudarme con una inyección de dinero? Solo hasta que tenga mis primeras ventas. Te lo devolveré, por supuesto.
Michelle suspiró. Siempre la misma historia, pero ya no se fiaba de ella, no creía ni una palabra sobre el salón de manicura; probablemente querría el dinero para reservar unas buenas vacaciones que de otro modo no podría permitirse.
Ni siquiera preguntó cuánto quería, no tenía intención de soltar nada.
—Lo siento, ahora no tengo tiempo. Ya te llamaré —fue todo lo que dijo Michelle y colgó sin dar a Jody la oportunidad de responder.
—¿Quién era? —quiso saber Wallace.
Se dio la vuelta, sobresaltada.
—No te había oído.
—Perdona. Pareces tensa, ¿va todo bien? —Parecía preocupado y se acercó. La luz de la luna iluminaba sus rasgos.
Michelle suspiró y se apoyó en él. Le gustaba sentirle. Le daba apoyo. Seguridad. Daba la sensación de que estaba ahí para ella, de que realmente le importaba.
—Ha sido una noche dura. Y para remate, me llama mi hermana. Quiere dinero supuestamente para abrir un salón de manicura —explicó Michelle con un profundo suspiro.
—Vaya —refunfuñó Wallace. La rodeó con un brazo y juntos partieron en dirección a la casa de ella acompañados por el intenso olor de la hierba, el musgo y las hojas húmedas por la lluvia. Necesitaban pasear un poco después del ambiente enrarecido en casa de sus padres.
Michelle le había contado a Wallace todo sobre Jody, incluso esas idas y venidas de los últimos días. Conocía su opinión sobre su hermana y pensó que no debía dejar que siguiera aprovechándose de ella.
—Tienes derecho a decir que no —le dijo de nuevo, como ya había hecho antes.
Aunque sabía que no estaba obligada a hacer de cajero automático con Jody, había un componente emocional.
Estaba segura de que si no la ayudaba, sería capaz de dejar de ponerse en contacto con ella, y no estaba dispuesta a renunciar a su hermana, su único pariente.
Pero una vocecita en su cabeza le hacía preguntarse qué clase de relación tenía con ella si era condicional.
—No lo entiendes —le respondió bruscamente, aunque lo que estaba era molesta consigo misma.
No quería hablar más de ello porque él tampoco creía necesario hablarle de ciertas cosas.
Ahí estaba, la primera grieta. Pensó que llegaría más adelante, aunque también era consciente de que no podría vivir con un hombre que no se abriera a ella, que solo le diera parte de su corazón.
—No, tal vez no puedo entender que...
—¡Ya! —le interrumpió ella—. Estoy reventada. Solo quiero meterme en la cama y descansar, ¿vale?
Él la abrazó un poco más fuerte.
—Ha sido agotador para todos y me alegro de que estés a mi lado. Has sido un apoyo increíble para Caitlin. Ni siquiera sé cómo agradecértelo.
Un pequeño destello de esperanza la hizo pensar que se abriría a ella, pero estaba demasiado cansada como para seguir hablando.
Dormir. Cercanía. Eso era lo que necesitaba, pensó mientras llegaban a su hogar. Pero había algo que le urgía comentar con él. No había tenido oportunidad de comentarlo en toda la noche, así que mientras se desvestía compartió con él la noticia.
—¿Sabías que Angus me llamó esta semana? —Los latidos de su corazón se aceleraron.
—¿Sí? ¿Cómo está? ¿Le has dicho que ya soy apto para el servicio de nuevo y que he vuelto?
—Bien, y sí, se puso muy contento. Pero quería algo más.
—¿El qué?
—Me ha ofrecido un puesto fijo. Dice que podría sustituirlo en la consulta. Parece que gracias a las vacaciones empieza a valorar en serio la posibilidad de jubilarse.
Michelle sintió que Wallace se ponía rígido. Fue solo un segundo, pero no se lo había imaginado.
—Vaya, felicidades, Michelle. Eso... eso es genial —la felicitó, sin embargo.
Entonces, ¿por qué no se sentía así?
—Sí, ¿verdad? —respondió ella, aunque su voz sonaba apagada.
En su mente había reproducido ese momento de una manera completamente distinta.
En su imaginación, Wallace la habría levantado en el aire y habría dado vueltas con ella eufórico por la noticia.
Que no hiciera algo mínimamente parecido solo podía significar que no la quería en Kiltarff más allá de los seis meses de contrato.