Capítulo 18 #2
D eirdre colgó. Michelle tenía las manos húmedas y el corazón acelerado.
Dios, qué desagradable. Una parte de ella deseaba no haber hecho nunca ese descubrimiento.
Había oído comentarios de Wallace sobre su cuñado, que no se preocupaba lo suficiente por sus hijos y que controlaba a su mujer.
Se le puso un nudo en el estómago. Seguro que había gente que diría que no era asunto suyo, pero Michelle no podía mirar hacia otro lado cuando ocurría algo así. Se lo debía a Caitlin.
C ielos, ¿cuánto tardaría Deirdre en volver a ponerse en contacto? Michelle miró impaciente el teléfono móvil, pero la pantalla no mostraba notificaciones.
E sperando noticias, se paseaba inquieta de un lado a otro, por lo que cuando Wallace entró en el salón, enseguida se dio cuenta de que algo iba mal.
—¿Q ué pasa? —quiso saber, frunciendo el ceño.
S e preguntó si debía expresar sus sospechas. ¿Y si estaba equivocada?
—¿D ónde está Finley? ¿En el viaje de negocios? —respondió ella inocentemente.
—T rabaja en banca y por eso viaja a menudo a Londres. Pero no estoy seguro de dónde está en este momento, no le pregunté a Caitlin. ¿Por qué? ¿Qué pasa con él?
E n ese instante el móvil de Michelle emitió un pitido. Tres mensajes de Deirdre. Michelle los abrió con el corazón acelerado y miró las fotos.
—M íralo tú mismo —dijo sin apenas voz. En el fondo no se esperaba que sus sospechas se confirmaran. Conocía a Caitlin desde hacía poco tiempo, pero la tenía aprecio. La hermana de Wallace no merecía ser engañada. Nadie lo merecía.
—¡T ienes que estar de broma! —gritó Wallace y le arrebató el móvil. Lo normal es que ella hubiera respondido con un comentario estúpido por la forma en que le quitó en móvil, pero en esas circunstancias le pareció inapropiado. En su lugar, ella habría reaccionado exactamente igual.
—¿Q ué hacemos ahora? —fue todo lo que dijo.
W allace se sentó en el borde del sofá. Parecía conmocionado.
—S abía que era un egocéntrico narcisista, pero realmente no creía que fuera capaz de esto. Siempre va de moralista por casa, pero tiene otra mujer en Londres. ¡Quiero matar a ese cabrón!
M ichelle podía entenderlo.
—Y o siento lo mismo. ¿Deberíamos llamar a Caitlin?
S e quedó pensativo, volvió a mirar las fotos y le devolvió el teléfono a Michelle.
—N o. Está en Edimburgo y espero que esté disfrutando del curso. Se lo diré cuando llegue a casa. Si la llamo ahora vendrá enseguida y no quiero que conduzca alterada.
M ichelle se tapó la boca con la mano.
—N o había pensado en eso, por supuesto, tienes razón. Solo se lo diremos cuando vuelva.
E l ambiente estuvo enrarecido el resto del fin de semana, pero hicieron todo lo posible para que los chicos no lo notaran.
Hicieron manualidades juntos, jugaron y fueron de excursión por el lago Ness, incluso montaron un pícnic.
Cuando Caitlin llegó a casa sobre las nueve de la noche del domingo, los dos niños ya estaban dormidos y Michelle y Wallace estaban sentados en la cocina tomando té. La tensión era palpable.
—H ola a los dos —saludó Caitlin, cuya sonrisa se desvaneció al darse cuenta de que algo pasaba.
—M ichelle, ¿te importaría si hablo con Caitlin a solas un minuto? —le preguntó Wallace.
Michelle se sintió confundida, pero no quiso llevarle la contraria.
—¿L es pasa algo a los niños? —quiso saber inmediatamente Caitlin.
Michelle se levantó y se esforzó por sonreír.
—L os chicos están bien —dijo en dirección a Caitlin y le dio un rápido abrazo—.
Me voy a ir y podréis hablar tranquilamente.
Volveré a mi casa, Wallace. Buenas noches, Caitlin.
Me alegro de que hayas vuelto sana y salva.
El fin de semana con los niños ha sido fantástico, he disfrutado mucho haciendo de tía.
N o le dio un beso a Wallace. Se dio la vuelta y se marchó.
Se sintió apartada con su petición. Por un lado podía entender que quisiera darle la noticia a solas, pero por otro lado había sido ella la que había descubierto a Finley y eso debía concederle algún tipo de derecho para poder estar presente.
M ichelle caminó pensativa hacia el pasillo, recogió su mochila, y se dirigió a su casa.
* * *
C uando Michelle salió de la casa solo quedó un silencio ensordecedor en la cocina.
Wallace se sentía fatal por tener que infligir dolor a su hermana, pero callarse era una opción aún peor.
No era él quien la estaba engañando, pero sí sería el portador de las malas noticias.
Era una sensación horrible. Estaba preocupado por Caitlin y temía cómo se lo tomaría.
Tenía claro que el engaño de Finley significaba el fin de su matrimonio, era inevitable el divorcio.
Toda la familia sufriría y eso le enfurecía aún más.
—¿Q ué pasa? —quiso saber Caitlin, de pie junto a él, empalidecida.
—S iéntate primero —le pidió amablemente.
L e acercó la silla y su hermana se sentó lentamente.
—M e estás asustando —dijo, con voz temblorosa.
—S iento mucho lo que voy a decirte, pero no puedo ocultártelo.
Intentó tragar saliva y silencio. ¿Sospecharía algo? Los nervios se le estaban cogiendo al estómago. Wallace sacó su teléfono y le tendió la pantalla; Michelle ya le había reenviado las fotos.
—E so fue ayer —explicó—. En Londres. No preguntes por qué lo sabemos, pero lo hacemos. Finley te está engañando. Vaya negocios urgentes.
C aitlin gritó horrorizada; el sonido fue desgarrador. Cogió el teléfono e hizo zoom en los rostros. Le temblaban los dedos y respiraba entrecortadamente.
—E s su compañera —consiguió articular por fin. Caitlin no lloró. Estaba en estado de shock . Permaneció congelada en la silla, con los ojos fijos en las fotos. —No me lo puedo creer —murmuraba.
W allace no tenía ni idea de si habían pasado segundos o minutos, pero en algún momento le quitó el móvil.
—L o siento —dijo.
L a abrazó y le acarició la espalda. Caitlin rompió a llorar y a Wallace se le desgarró el corazón al ver a su hermana así. No sabía qué decir para consolarla, así que permaneció callado y se limitó a abrazarla con fuerza hasta que, en algún momento, ella empezó a sollozar en silencio.
—Y a no le parezco atractiva, mira lo delgada que es ella. Qué guapa —lloriqueó.
Estaba pálida y la cara llena de manchas rojas, los ojos hinchados. Tenía un aspecto horrible. Le hubiera gustado quitarle el dolor, pero no sabía cómo.
—¡P ara ahora mismo, Caitlin! El problema no eres tú, es él —la interrumpió, consumido por la ira.
E lla enterró la cara entre las manos.
—¿Y qué se supone que debo hacer ahora? —Caitlin estaba devastada. Destrozada. —No se lo digas a nadie, ni siquiera a mamá y papá, ¡prométemelo! Necesito pensar. Hay mucho en juego. Y los niños.
—N o vas a pasarlo por alto y dejar que se salga con la suya, ¿verdad? —Wallace estaba horrorizado de que estuviera pensando en hacerlo.
—N o puedo tomar decisiones precipitadas. Yo... Oh, Dios, nunca pensé que sería una de esas mujeres engañadas por su marido. No puedo imaginar que mi matrimonio se vaya por el desagüe. No quiero ser madre soltera.
P or supuesto, Wallace comprendía por qué se sentía así y por eso se abstuvo de comentar el hecho de que Finley apenas se ocupara de sus hijos y que, por lo tanto, ella ya estaba ocupándose sola de su crianza.
Pero sabía que Caitlin aún no estaba preparada para verlo.
Primero tendría que asimilar la noticia de que su marido era un gilipollas infiel.
Sin duda era mejor mantener la cabeza fría y pensar en cuáles deberían ser sus próximos pasos.
Wallace no confiaba ni un poco en Finley.
Caitlin hacía bien en querer valorar todas las posibilidades antes de soltarle a su marido que sabía lo de su aventura.
—L o entiendo y te apoyaré en todo —se limitó a decir, acariciándole de nuevo la espalda—. Y no diré nada a nadie. Ni siquiera a mamá y papá. Pero ya conoces mi opinión al respecto y mi consejo es que lo eches cuanto antes. No parece un desliz puntual, y aunque lo fuera, tampoco sería tolerable.
L e habría encantado retorcerle el cuello él mismo. ¿Cómo se le ocurría a aquel cabrón traicionar así a la maravillosa Caitlin? ¿Había pensado Finley alguna vez en las consecuencias, en el hecho de que no solo tenía una esposa perfecta en casa, sino también dos hijos encantadores? Probablemente no.
—¿P ero qué pasa con la casa? No puedo echarle sin más, ni siquiera sé si quiero. Tengo que pensar en los niños.
—L a casa sigue perteneciendo oficialmente a mamá y papá... por supuesto, algún día te la darán. Solo me alegro de que los trámites aún no se hayan terminado.
—Tienes razón, aunque la reformamos desde los cimientos y el dinero provino de los ingresos de Finley porque yo no tengo ninguno.
.. Oh, cielos. No puedo pensar con claridad ahora mismo, lo siento, Wallace.
No sé dónde tengo la cabeza. Yo... —rompió a llorar de nuevo—.
Deberías irte, Michelle te está esperando.
—M e necesitas ahora. No voy a ir a ninguna parte. Lo entenderá.
A Wallace se le encogió el corazón, porque era cierto: a la hora de la verdad, podía confiar en Michelle.