Latidos en escocés (Pasión en el Lago Ness 5) Capítulo 18
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Capítulo 18

M ichelle estaba emocionada mientras se dirigía a casa de Caitlin con Wallace.

Era sábado por la mañana temprano, y su hermana aún tenía que conducir hasta Edimburgo, donde la formación comenzaba a las diez.

La bruma se deslizaba sobre las montañas y descendía al valle, dándole al lago Ness un aire místico aún más pronunciado que en los días soleados.

Los pájaros entonaban sus trinos en lo alto de los árboles, mientras el rocío brillaba sobre la verde y exuberante hierba.

Un pequeño conejo saltó por el sendero y desapareció entre los arbustos.

Caitlin abrió la puerta antes de que Wallace tuviera la oportunidad de tocar el timbre.

Tenía las mejillas sonrojadas por la emoción y se notaba que estaba visiblemente alterada.

Desde la entrada se veían los dibujos animados y a los dos chicos, delante de la televisión, en pijama y comiendo tostadas con mermelada.

—¡Hola, pasad! —Los saludó con una sonrisa y un beso y los guió hacia la cocina mientras les explicaba que lo había dejado todo organizado—.

La nevera está llena, aquí tienes un papel con los números de teléfono más importantes.

Si es posible, intenta que no se acuesten más tarde de las diez o si no te tocará lidiar con un humor espantoso mañana por la mañana.

Caitlin hablaba sin parar, rebuscando en la cocina, limpiando la encimera de nuevo a pesar de que ya estaba impecable. Wallace tomó su mano, deteniéndola.

—Lo tenemos todo bajo control, Caitlin, no te preocupes. Puedes irte tranquila. De verdad.

Ella suspiró, secándose las manos en una toalla y esbozando una sonrisa tímida.

—Vale, bien, claro. Con Michelle aquí, hasta tenemos a la doctora en casa. No debería preocuparme tanto —rio, pero su voz denotaba una tensión nerviosa.

Michelle asintió y le dedicó una sonrisa a Caitlin. Aunque no era madre, entendía perfectamente que Caitlin quisiera asegurarse de que todo estuviera en orden antes de dejar a sus hijos al cuidado de ellos durante dos días.

—¿Por fin sabe Finley que te vas? —preguntó Wallace con una expresión expectante.

Caitlin se tensó un poco.

—Sí, claro que lo sabe. He sido completamente sincera con él, aunque suene extraño.

No le hizo mucha gracia y me acusó de no respetar sus deseos.

Discutimos bastante. Insistió en que no podía cancelar el viaje de negocios —exhaló, visiblemente aliviada—.

Pero me salí con la mía gracias a que tengo a la niñera más competente del mundo.

—Volvió a sonreír. —¿Y sabes qué? Me siento muy bien.

Así que ahora me voy. Llámame si hay algún problema. Si no, nos vemos mañana por la noche.

Primero abrazó a Michelle tan fuerte contra su pecho que por un momento le cortó la respiración. Luego le dio una palmadita en la mejilla a Wallace, lo cual resultó curioso, ya que era mucho más bajita que él.

—Gracias, hermano. No podría hacer esto sin ti. Ni sin ti, Michelle.

—Sí, venga, antes de que lloremos todos de emoción —bromeó Wallace.

Caitlin le miró de una forma que Michelle no supo interpretar y sin añadir nada más, corrió al salón para despedirse de los niños.

Michelle temió por un momento que los pequeños se opusieran a la partida de su madre, pero para su sorpresa, no fue así.

Al contrario, tan pronto como Caitlin salió de la casa, los dos trotaron hasta la cocina descalzos y, al unísono, exigieron.

—¿Podemos ya comer pan con Nutella?

Wallace se encogió de hombros y le dedicó una sonrisa de disculpa a Michelle, que de pronto entendió por qué los niños habían dejado ir a su madre con tanta facilidad.

—Un buen soborno es imprescindible —comentó Wallace, sacando un paquete de pan de molde y untando generosamente una rebanada de crema de chocolate para cada niño.

Una vez que los hermanos regresaron al salón, Michelle susurró:

—¿No te preocupa que luego tengamos que pintar la casa por las marcas de dedos pegajosos que van a dejar en las paredes?

Wallace sacó dos tazas del armario, las colocó bajo la cafetera y pulsó el botón que activaba el molinillo.

—Ya nos encargaremos de eso —respondió con una sonrisa, antes de rodearla con sus brazos—. Gracias por hacer esto conmigo.

D espués de pasar el día saltando en camas elásticas y de comer hamburguesas con patatas fritas, los cuatro regresaron a Kiltarff.

Los adultos bañaron a los niños y después los metieron en la cama.

Michelle se apoyó en el marco de la puerta y observó a Wallace leyendo un libro infantil bajo la luz de una lámpara de cabecera disfrazada de mariquita.

Wallace imitaba la voz del oso de forma baja y gruñona y la del conejo con un tono agudo y chirriante.

Era una delicia verlo y escucharlo. Sonrió y se dio cuenta una vez más de lo fantástico que era Wallace con los niños, paciente y empático.

No había perdido la calma ni un segundo en todo el día, mientras que a Michelle casi se le paró el corazón un par de veces en las camas elásticas.

Caitlin tenía suerte de tener un hermano tan estupendo, un gran apoyo.

—A y. —¿Acababa de suspirar?

W allace levantó la vista y la miró. Un juego de sombras y luces marcaban sus rasgos angulosos. Le guiñó un ojo y le provocó un cálido escalofrío. Ella levantó el pulgar y sonrió.

C omo no quería quedarse parada más tiempo, aunque podría haberle escuchado durante horas, le encantaban su voz y ese acento escocés, bajó las escaleras en silencio.

En el salón, miró la foto de la boda de Caitlin y Finley que había sobre la repisa de la chimenea.

La novia llevaba un vestido blanco ajustado que resaltaba sus curvas y tenía el cabello recogido con horquillas y pequeñas perlas.

Parecía feliz y estaba preciosa. Finley estaba a su derecha, de su mano.

El traje azul con chaleco y corbata ancha le sentaba muy bien, pero parecía un poco rígido en comparación con Caitlin, que estaba radiante.

Aunque eso no tenía por qué significar nada, no todo el mundo había nacido para ser modelo, y en un día tan importante, los novios serían un manojo de nervios.

Al menos así se lo imaginaba Michelle, pese aunque nunca hubiera pensado en su propia boda, probablemente porque aún no había encontrado al hombre adecuado.

P ero algo había cambiado y se dio cuenta claramente al mirar la foto de Caitlin y Finley.

Wallace era honesto, cariñoso y apasionado. Podría poner pegas sobre su humor, pero incluso eso era algo que le hacía único y entrañable.

—V aya —pensó—. Ahora me apetece tener un anillo en el dedo.

A fortunadamente, no tuvo que indagar sobre ese pensamiento porque el teléfono móvil empezó a vibrar en el bolsillo trasero de sus vaqueros. Era Deirdre. Había perdido la pista de su amiga y no tenía ni idea de dónde estaba. Por eso se alegró tanto de recibir su llamada.

—H ola, cariño —respondió Michelle.

—H ola, señora —dijo Deirdre al teléfono. El volumen era increíblemente alto y Michelle apenas podía oírla.

—¿E stás de fiesta? —quiso saber Michelle.

—¡C laro que sí! ¡Pero te echo tanto de menos! ¡Por eso te llamo!

M ichelle se sentía triste y feliz al mismo tiempo.

—¿E stás en Londres?

—S í, estoy en Londres, precisamente en un sitio muy caro al que siempre quisimos ir, pero nunca pudimos entrar. Espera, que te lo enseño, cambia a vídeo. ¡Se te van a salir los ojos de las órbitas! ¡Es chulísimo!

M ichelle sonrió y cambió a videollamada. Deirdre estaba en medio de una fiesta exclusiva, tenía una copa de champán en la mano y llevaba un minivestido reluciente.

—¡E stás fantástica! —gritó Michelle al teléfono, a pesar de que los chicos dormían arriba.

D eirdre levantó su copa.

—¡G racias! Cuando vuelvas a Londres, tenemos que celebrarlo aquí juntas.

M ichelle se dio cuenta de que, aunque se alegraba de ver a Deirdre, no tenía ganas de estar en el mismo lugar que ella, no lo echaba de menos en absoluto. Se había acostumbrado tan rápidamente a la paz y el espacio de las Highlands que no podía imaginar vivir de otra manera.

D eirdre iba por ahí con su teléfono móvil sin importarle que hubiera gente alrededor.

Siempre grababa de todo con la cámara, estuviera donde estuviera, para su trabajo en las redes sociales.

Michelle echaba mucho de menos pasar tiempo con ella, eso era lo malo de haberse mudado a Escocia.

Justo en ese momento, su amiga se cruzó con alguien que a Michelle le resultó familiar. Se le cortó la respiración.

—E spera un momento, Deirdre, por favor, para un momento. Creo que he reconocido a alguien —gritó Michelle.

—¿Q ué estás diciendo? —gritó Deirdre de vuelta.

—¡E spera! Vuelve atrás otra vez. ¿Ves ese del fondo? Acércate a ese tipo.

M ientras Michelle se quedaba con la boca abierta y las náuseas se extendían por su estómago, intentó procesar lo que estaba viendo.

Detrás de Deirdre había una pareja riendo, bebiendo y besándose salvajemente, como si estuvieran solos y no rodeados de fiesteros londinenses.

Como había estudiado tan detenidamente la foto del salón de Caitlin hacía unos minutos, enseguida se percató del parecido con el hombre.

Era Finley, soltándose la melena en una fiesta en Londres. Con otra mujer.

—Q ué cerdo.

A unque quizá estaba equivocada.

—¿Q ué pasa? —quiso saber Deirdre.

—P or favor, no me preguntes por ahora. Solo necesito una cosa, ¿ves esa pareja del fondo? ¿Puedes hacerles unas fotos discretas y enviármelas? Necesito saber si realmente ese tipo del fondo está siendo infiel.

—¿L e conoces?

—M e temo que conozco sobre todo a su mujer —respondió Michelle con tristeza—. ¿Me puedes hacer el favor?

—P or supuesto, cariño, las mujeres tenemos que permanecer unidas. Veré qué fotos puedo captar y te las enviaré enseguida.