Latidos en escocés (Pasión en el Lago Ness 5) Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Michelle miró con pánico el reloj que había junto a su cama.

—¡Pero… eso es dentro de veinte minutos!

—Sí, vive a unas calles de aquí.

—¡Me vas a matar! —exclamó, saltando de la cama y revolviéndose el pelo—. ¡No puedo ir así! Se va a dar cuenta enseguida de que acabas de… de…

Aunque se sentía un poco aturdida, estaba feliz por esa invitación inesperada. Era una señal de que se preocupaba por ella. Él sonrió con más picardía aún.

—¿Que yo qué? Vamos, dilo. ¿Que acabas de tener un orgasmo espectacular?

Michelle rio y le lanzó una almohada.

—¿Como puedes tener tanta seguridad en ti mismo?

Wallace se apoyó en los codos, dejando que la manta se deslizara un poco, revelando su torso liso y bien definido. Oh, sí, sabía cómo usar ese cuerpo, y de qué manera.

—Puedes usarme para tus propios fines siempre que quieras —bromeó él.

—A veces olvido que tienes un sentido del humor peculiar —murmuró Michelle, sin poder evitar sonreír.

—Por favor, no lo olvides nunca; es lo que me define —respondió él, guiñándole un ojo.

Aunque estaba emocionada de que él quisiera presentarle a su hermana, entró en pánico al darse cuenta de que no tenía tiempo para prepararse, tanto externa como emocionalmente. ¿Qué se iba a poner?

—¿No te he dicho nunca que no me gustan las sorpresas?

—Sí, lo recuerdo. Pero ya es tarde, la sorpresa está servida.

Michelle le lanzó una mirada de reproche, pero acabó riendo.

Por supuesto que estaba contenta, aunque hubiera preferido haberlo sabido antes.

¿Era por eso por lo que había estado tan extraño antes?

Basta, se dijo a sí misma. Lo que había ocurrido por la mañana parecía historia.

Todo estaba bien ahora, así que ¿por qué seguir dándole vueltas?

En cualquier caso, tampoco tenía tiempo.

Se lavó la cara rápidamente, se aplicó un poco de máscara de pestañas y polvos, y se recogió el cabello en una trenza. Podía prescindir del colorete, ya que sus mejillas estaban sonrojadas y no solo por la emoción.

Tras diez segundos de indecisión, Michelle optó por un maxivestido azul oscuro y unas zapatillas deportivas. No era un look demasiado informal, pero tampoco demasiado elegante.

—¿Puedo ir así? —le preguntó a Wallace, quien se estaba poniendo una sudadera con capucha. Le alegró ver el progreso de su hombro, ya en plena forma, de hecho, tenía preparado en consulta hacía unos días el certificado que necesitaba para reanudar su servicio voluntario en el cuerpo de bomberos.

—Estás fantástica —murmuró Wallace, y, de hecho, pareció enmudecer por un momento. Michelle se sintió un poco avergonzada, no esperaba esa reacción. Sabía de la atracción física que sentía, pero por la forma en que la miraba ahora, casi podría creer que la encontraba absolutamente atractiva.

—¿No me queda demasiado justo? —preguntó señalando su cintura, donde el vestido le quedaba un poco ajustado. Sus anteriores parejas la habían criticado a menudo, y parecía que aún quedaba una grieta en su autoestima que necesitaba reparar.

—No seas tonta, eres perfecta, Michelle —dijo él.

Y supo en ese momento que hablaba con sinceridad, y una mezcla de orgullo y alegría se expandió por su pecho.

Wallace la estrechó entre sus brazos y la besó.

Su corazón latía tan deprisa y con tal fuerza por aquel hombre que llegó a marearse.

No quería ni pensar en lo que sucedería si él no sentía que lo suyo fuera en serio.

No, tenía que dejar de dudar de sí misma. ¿No estaba él a punto de presentarle a su hermana? Eso era una buena señal.

—¿Le has…? —comenzó, con un titubeo—. ¿Le has hablado de mi familia?

Al principio, Wallace pareció no entender la pregunta, pero luego le acarició el labio inferior con el pulgar.

—De eso no tienes que preocuparte, Michelle. Nosotros no somos así. Para mí, tú eres lo que importa, como persona. Da igual dónde o cómo te hayas criado, qué trabajo tengas o cuál hayan tenido los miembros de tu familia. No somos tan superficiales.

Visto así, llevaba razón. Sin embargo, por desgracia, eso era exactamente lo que había vivido, muchas personas la habían rechazado por sus orígenes.

—Me lo has demostrado. Te conté lo de mi madre y todo. Y… —Tragó saliva, sintiendo que había llegado el momento de confiarle a Wallace lo de su ex, la dolorosa traición que había sufrido. Después de abrirse y compartir su experiencia, él la abrazó con fuerza.

—Siento que hayas tenido que pasar por eso. Te aseguro que mi familia te querrá. Eres maravillosa.

¿Y tú, llegarás a amarme algún día?, quiso preguntar, pero las palabras se quedaron atascadas en su garganta. No había duda de que su corazón hacía mucho tiempo que le pertenecía a él.

—Gracias —fue lo único que logró decir, con voz ronca, mientras intentaba ignorar el ardor que empezaba a sentir detrás de los ojos.

* * *

—¿Q uieres repetir? —preguntó Caitlin, que había preparado su famoso pastel de carne, el cual sabía fantástico, como siempre.

W allace extendió el plato para que le sirviera otra ración, mientras Michelle lo rechazaba con un suspiro de satisfacción.

—G racias, estaba delicioso, pero estoy muy llena. Si como un bocado más, ¡reviento!

Wallace se sintió aliviado al ver que ambas se llevaban bien. No hacía falta que lo dijeran, se notaba en sus expresiones y en sus conversaciones, que fluían sin esfuerzo ni rigidez.

Caitlin y Michelle charlaban como si fueran viejas amigas. Era su primer encuentro y al principio no hablaban de temas profundos, pero desde su perspectiva podía percibir la buena química entre ellas, y eso lo hacía muy feliz.

L e había hablado a Caitlin de Michelle esa misma mañana, después de su primera salida en barco.

También sobre que no había etiquetado aún su relación, al menos que él supiera porque nunca habían abordado el tema directamente.

Si eran pareja o lo que fuera, aún no lo había hablado.

Wallace tenía claro que no quería ver a nadie más que no fuera Michelle , y siendo sincero, se sintió así desde la primera vez que se encontraron, sin embargo, no podía estar seguro de los sentimientos de ella.

Ahora mismo, de lo único que tenía certeza es que se sentía a gusto con Michelle.

Y eso, por el momento, tendría que ser suficiente. Pensar en algo más lo aterraba.

S us sobrinos le empezaron a tirar del jersey, sacándolo de sus pensamientos.

—T ío Wallace, ¿puedes jugar al poni con nosotros?

Y a sabía que se lo pedirían y sonrió.

—¿P uedo al menos terminar mi cena?

—¡N o! —gimoteó Lennox.

—P or favor, Lennox, no seas tan caprichoso. El tío Wallace puede comer primero, por supuesto —advirtió su madre con seriedad—. Lo siento, hermano.

W allace apartó su plato y dijo:

—N o importa, comeré el resto después. Además, es difícil galopar con el estómago lleno.

L os niños lo vitorearon cuando se levantó y se puso a cuatro patas.

De reojo, vio que Caitlin y Michelle empezaban a recoger la mesa, dejando su plato intacto.

Por suerte, no tenía que preocuparse por lo que Caitlin pudiera contarle a Michelle en la cocina.

Ya le había pedido que no mencionara el drama de su vida porque quería ser él quien compartiera esa parte de su pasado, a su ritmo.

No es que quisiera ocultarle nada, en absoluto.

Pero en ese momento no podía soportar la idea de ver en sus ojos la inevitable compasión que aparecería cuando se enterara de que su primer gran amor había terminado en una tragedia.

O ficialmente, se dijo que fue un accidente de tráfico.

Sin embargo, debido a los antecedentes de hospitalizaciones, medicación y múltiples visitas de Katee a distintos psicólogos, todos sabían que la salida de la carretera con su pequeño coche no fue un descuido, aunque los periódicos dijeran otra cosa.

—V amos, tío Wallace —la voz de Lennox lo sacó de su estupor. Ni siquiera se había dado cuenta de que se había detenido y tensado el cuerpo.

—C laro, chico. Venga, agárrate fuerte —respondió Wallace, contento de poder concentrarse nuevamente en sus sobrinos y las cosas sencillas de la vida. Empujó los pensamientos sobre su oscuro pasado al fondo de su mente y decidió no permitirles volver a su conciencia ese día.

Y a fuera de la casa, tras despedirse, Wallace pasó un brazo por los hombros de Michelle.

—¿A tu casa o a la mía? —preguntó con una sonrisa traviesa.

E lla le dio un suave golpe en el costado.

—¡E spero que no te estés volviendo machista ahora!

—C laro que no. Ese papel se lo dejo a Finley.

—¿E l marido de Caitlin?

—S í. Está fuera por negocios otra vez, así que me encargaré de los niños este fin de semana.

—¿P ara que Caitlin pueda hacer el curso?

—E xactamente.

—E se es un gesto maravilloso.

W allace frunció el ceño.

—¿O lvidas que los hombres fuertes no queremos ser maravillosos? Si Finley no fuera un desastre total, Caitlin no necesitaría mi ayuda. No es que no disfrute pasando tiempo con mis sobrinos, ¿me entiendes?

—S í, lo entiendo. Como te dije, eres un hermano fantástico —dijo ella con un suspiro.

—¿Q ué pasa?

—O h, nada. Solo estaba pensando en mi hermana y en lo diferentes que son Jody y Caitlin. Casi siento un poco de envidia. Al mismo tiempo, estoy feliz de que tengas una relación tan cercana con tu familia. Es algo realmente especial.

W allace sintió la incomodidad de Michelle al hablar sobre el tema, y no era de extrañar, dada su historia familiar.

Quería decirle algo para animarla, pero no se le ocurría nada que no sonara patético o trillado.

Además, ya le había asegurado que su familia la querría, y seguía convencido de ello; no veía necesario repetirlo.

Y , siendo sincero, no tenía ni idea de adónde los llevaría esta relación. No quería hacer planes para el futuro en ese momento. ¿Y si ella decidía regresar a Londres en seis meses? Él no soportaría ni tres semanas en una gran ciudad sin sufrir de acúfenos o ansiedad.

—¿S iempre ha sido difícil lo tuyo con Jody? —preguntó Wallace finalmente.

—C omplicado, sí. No es que no nos llevemos bien, pero somos muy diferentes —respondió Michelle, pensativa.

L e había contado que Jody ni trabajaba ni tenía formación. Con los datos que le había contado y habiéndola visto en la consulta de Michelle, Wallace tenía una imagen bastante clara de esa hermana y de su carácter.

—¿H as sabido algo de ella?

—N o, afortunadamente no. Pero supongo que es cuestión de tiempo para que vuelva a buscarme por algo —suspiró—. Mejor hablemos de otra cosa. Este tema me está poniendo de mal humor, y después de una velada tan bonita, sería una pena que arruináramos el ambiente.

H abían llegado ya a su casa. Una vez dentro, no hicieron falta más palabras; ambos se entendieron con lo que sobraba de ellas.