Capítulo 17
S u vida junto a Wallace iba sorprendentemente bien.
No solo era un amante increíble, sino también un gran conversador, alguien con quien podía compartir sus pensamientos y disfrutar de la cotidianidad.
No tenían reglas fijas: a veces se quedaban en su casa, otras en la de él.
También le ayudaba a mantener vivas las plantas de sus padres, algo que Wallace no había terminado de dominar.
Al mismo tiempo no podía dejar de pensar en que solo la llevaba a su casa porque sus padres estaban de vacaciones.
Quería creer que eran imaginaciones suyas, pero tampoco se atrevía a preguntar.
Había temas de los que no hablaban. Del amor, por ejemplo.
Sabía que Wallace sentía algo por ella también , pero ¿era suficiente para una relación?
¿Para siempre? Por cómo la tocaba, sabía que era importante para él, que estaba loco por ella. pero, ¿era suficiente?
Michelle era insegura, tenía miedo al rechazo.
¿Y si solo le interesaba el placer que compartían?
Cuando estaba entre sus brazos era distinto, las dudas desaparecían.
Aunque los hombres, como todo el mundo sabía, no siempre veían las cosas como las mujeres.
No sería la primera en confundir el sexo con el amor, y ya había cometido ese error en el pasado.
Déjalo estar, se dijo a sí misma, confía en él.
Pero le costaba, era difícil, las dudas la carcomían.
Ella estaba lista para involucrarse en una relación, aunque hiciera poco tiempo que se conocieran.
Tenía claro lo que quería, era lo bastante madura para saber cuándo alguien podía ser parte de su vida a largo plazo, no necesitaba meses o años para darse cuenta, pero ¿Wallace lo vería igual?
Ni siquiera sabía por qué estaba tan sensible.
Se puso el jersey, tratando de sacarse de la cabeza esas preocupaciones, y salió del dormitorio hacia la cocina.
Hoy era un día de diario normal, aún no habían desayunado.
El tiempo pasaba volando por las mañanas ya que Wallace se tenía que ir pronto para preparar lo necesario para los paseos en barco.
Con la llegada de la primavera, el flujo de turistas aumentaba, y salían al menos dos veces al día.
No es que necesitara estar con él las veinticuatro horas del día, pero le pesaba la idea de pasar sola la mayoría de los fines de semana.
Tal vez, cuando volvieran sus padres, podría tomarse algún descanso para acompañarla, pensó, mientras una sonrisa asomaba en sus labios.
Justo iba a decir algo cuando encontró a Wallace en la pequeña mesa de la cocina con un semblante serio y las comisuras de sus labios caídas. Michelle se quedó paralizada, inquieta.
—¿Algo va mal? —quiso saber, porque no sabía qué podría haber pasado.
—Perdona, hoy no soy buena compañía —dijo, sin tan siquiera mirarla.
¿Qué había pasado mientras se duchaba y vestía? Cuando se despertó, saltó de la cama y desapareció tras mascullar un «buenos días». No había pensado en ello porque la verdad es que no eran demasiado habladores antes de la primera taza de café. Pero ahora estaba claro que algo le pasaba.
Tenía el rostro lívido y parecía petrificado, sus hombros estaban tensos y estaba sentado en la silla totalmente recto, tieso como si tuviera miedo de moverse y clavarse algo.
Presentía que quería estar solo. ¿Era por ella?
Así que sus pensamientos no iban por mal camino.
Su corazón se contrajo con agonía, aunque intentó no mostrarlo.
—No hay problema, recogeré mis cosas y me iré a casa.
Por desgracia, su voz sonó entrecortada, aunque pareció que él no se dio cuenta ni le importó.
Aunque Wallace estaba sentado en su cocina, sus pensamientos parecían estar muy lejos, tenía la mirada perdida. Ella no quería forzar la situación y menos mostrar que la estaba haciendo daño con su comportamiento.
Cuando estaba a punto de irse, Wallace sujetó su muñeca.
—No, espera. —La puso sobre su regazo y le dio un beso en la frente.— Lo siento.
No se atrevía a preguntar, porque seguía sintiendo esa molestia en la boca del estómago.
—No tiene nada que ver contigo —añadió él, y todas las alarmas de Michelle se encendieron. Esa frase era típica, por lo que su humor sí tenía que ver con ella.
Michelle quería levantarse e irse, pero Wallace la sujetaba firmemente y parecía que sentía su malestar.
Estaban en silencio, un silencio que pesaba entre ellos.
De repente, él posó su mejilla en el pecho de ella y dejó salir un profundo suspiro.
Sonó como si llevara el peso del mundo en sus hombros, como si no pudiera seguir cargando con todo él solo.
Su cuerpo, caliente y firme, parecía haberse agarrado a ella como si fuera su ancla.
La impresión de que ella fuera la causa de su comportamiento se fue desvaneciendo. Algo le pasaba, eso estaba claro.
Poco a poco pasaron los minutos abrazados, Wallace se empezó a relajar, pero no la soltó.
Michelle tenía muchos interrogantes en su cabeza, pero no dijo una palabra.
No quería presionarlo, pero esperaba que fuera capaz de hablar con ella sobre lo que le preocupaba.
Necesitaba más tiempo para abrirse, debía aceptarlo. En algún momento, murmuró:
—Vas a perder a tus clientes…
—Cierto… —Fue consciente de repente, y su voz sonó apresurada.
Michelle se puso en pie, insegura sobre cómo comportarse. Aunque no sabía si se vería esa noche, prefería no preguntar.
—Pues yo me voy —fue lo único que dijo tras darle un beso rápido en los labios.
Se le veía tan destrozado y triste que dudó.
Esperó un momento para darle la oportunidad de contarle qué le preocupaba.
Él abrió la boca, pero la cerró de inmediato.
Se levantó, se dio la vuelta y fue hacia la ventana.
Se pasó la manos por el pelo y las cruzó en la nuca.
Algo le pasaba, aunque su actitud dejaba claro que no quería compartirlo con ella.
Tenía que aceptarlo, aunque no estuviera de acuerdo.
—Me voy —Se dio la vuelta y abandonó la casa de Wallace, cerrando la puerta detrás de ella.
Estaba confusa. No entendía qué había pasado entre la cama y la cocina, ese cambio de humor la hacía sentir muy incómoda.
¿Querría romper con ella?, se preguntaba una y otra vez, dándose cuenta del dolor que le producía esa idea.
Poco después, camino del trabajo, iba pensando que realmente poco sabía sobre Wallace.
Sí es cierto que el día anterior le había dicho que le gustaba dibujar y le había enseñado varios bocetos de Nessie.
Pero incluso eso había parecido ser demasiado para él y enseguida recogió las hojas y las quitó de en medio.
No quería sentirse mal, no quería pensar que el tiempo que habían pasado juntos iba a llegar a su fin porque él no quería comprometerse con nadie.
No podía detener su mente, dando vueltas y vueltas.
Incluso por la tarde, cuando estaba terminando su jornada, aún no había llegado a ninguna conclusión.
Algo le decía que no podía pasar por alto lo que había sucedido por la mañana, que podría ser peligroso, peligroso para su corazón.
Pero, para eso ya era tarde. Se prohibió pensar más en ello porque era imposible llegar a ningún sitio. Como no había quedado en nada con Wallace, decidió irse a su casa, se pusiera él en contacto con ella o no.
No había colgado la chaqueta en el perchero cuando alguien golpeó la puerta de su casa. Se sorprendió al ver a Wallace.
—Eh —dijo, dándose cuenta de lo feliz que estaba de verle. A lo mejor había exagerado lo que había pasado por pensar tanto en ello. Daba igual, estaba ahí.
—Hola, preciosa —murmuró, cogiendo su mano y comportándose como si no hubiera pasado nada por la mañana.
Recorrió la punta de sus dedos por su muñeca y un escalofrío la recorrió entera.
Se acercó y la besó profunda y apasionadamente.
Ella sintió como si todo lo que Wallace era estuviera en ese beso y sintió cómo la excitación crecía con cada segundo que sus labios permanecían sobre los suyos.
Como siempre, entre los brazos de él, se derretía. Se dijo que había malinterpretado su humor de esa mañana o que se debía a algo que no tenía que ver con ella. Era fácil bloquear los pensamientos negativos cuando la estaba besando, como ahora.
Michelle se apretó contra él y respondió a su pasión con la misma intensidad.
Cuando se despojaron de sus ropas, se fueron directos al dormitorio.
Hicieron el amor de forma apresurada, extasiados, casi como poseídos, como si no tuvieran todo el tiempo del mundo, sino solo ese instante en el que el deseo ardía ferozmente entre ellos.
Michelle arqueó la espalda mientras Wallace la penetraba cada vez más rápido, cada vez con más fuerza.
Alcanzó el clímax con un grito, pronunciando su nombre.
Sus uñas se clavaron en la espalda de Wallace cuando él también se tensó sobre ella, encontrando su plenitud en el calor de su cuerpo.
Poco después, aún en la cama, Wallace apartó un mechón de cabello de la frente de Michelle con una caricia, un gesto sencillo y lleno de ternura. Michelle sintió una calidez expandirse en su pecho.
—Voy a cuidar a mis sobrinos el fin de semana, ¿te parece bien? —preguntó él finalmente.
Michelle no percibió ningún matiz extraño en la frase, aunque la sorprendió el comentario.
—Sí, claro, no tienes que preguntarme.
—Me refería a si te parecería bien ayudarme un poco con esos dos —respondió él, con una sonrisa.
—Pero si ni siquiera conozco a tu hermana —replicó, notando que su corazón comenzaba a latir más rápido.
—Eso se puede arreglar. De hecho, nos espera para cenar —anunció Wallace con naturalidad.
Michelle se incorporó de un salto.
—¿Qué? ¿Y me lo dices ahora?
La sonrisa de Wallace era pícara.
—No hay prisa, le dije que estaríamos allí sobre las siete.