Latidos en escocés (Pasión en el Lago Ness 5) Capítulo 16
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Capítulo 16

C uando Michelle abrió los ojos a la mañana siguiente, Wallace seguía con ella, tumbado a su lado, roncando suavemente con una mano sobre su estómago de una manera posesiva.

Una sonrisa asomó en sus labios al recordar la noche anterior, y al mismo tiempo, un cosquilleo intenso en su interior le hizo sonrojarse.

El sexo con él había sido fantástico, incluso mejor de lo que había imaginado, y eso que sus expectativas eran bastante altas.

Sin embargo, a medida que sus pensamientos despertaban, empezaron a aparecer las dudas.

Tan fácil como había sido la noche anterior dejarse llevar, ahora le resultaba imposible no pensar en las posibles consecuencias.

No esperaba que Wallace le declarara su amor ni mucho menos.

Pero, ¿y si para él solo había sido sexo?

¿Y si se despertaba, le daba un beso apresurado y decía un escueto «tengo que irme»?

Aquello sería duro de asimilar para su ego… y quizá también para su corazón.

—¿Qué pasa? —gruñó Wallace, aún medio dormido—. Oigo tus pensamientos incluso dormido.

Michelle sonrió.

—No puede ser.

—Ven aquí —fue todo lo que respondió él, acercándola más con sus brazos—. Quiero abrazarte un poco más. Solo unos minutos. Se está tan bien.

Michelle no pudo evitar que su corazón se calentara. ¿Eso era bueno?

—¿No quieres café?

—Si tengo que elegir entre quedarme aquí acostado contigo o desayunar, prefiero morirme de hambre.

Sonrió.

—¡Eres un encanto! ¿Cómo no me di cuenta antes?

—No todo el mundo llega a ver este lado —respondió con una sonrisa.

Michelle sabía que, aunque lo había dicho sin darle importancia, había algo de verdad en esas palabras.

—Entonces, nada de café —susurró ella, acomodándose en sus brazos y disfrutando un poco más de su cercanía.

Pasaron la mayor parte del domingo en la cama, sin rastro de dudas ni de inseguridades. Sin embargo, cuando llegó el lunes por la mañana, las inquietudes volvieron a hacerse presentes. Wallace acababa de salir de la ducha, con una toalla rodeándo su cadera.

—¿Cuándo volveremos a vernos? —preguntó mientras recogía su ropa.

Michelle sintió una punzada de timidez.

—No lo sé —respondió en voz baja.

—Tenemos una comida pendiente en tu casa... quiero decir, una cena que yo prepararé. ¿Qué tal esta noche? —dijo Wallace.

Michelle sintió cómo las comisuras de sus labios se elevaban.

Por un momento, había temido que él se cansara de ella, pero su invitación disipó cualquier preocupación.

Tengo que dejar de compararlo con los hombres de mi pasado, se dijo.

Wallace no era uno de esos que desaparecían después de una aventura rápida.

Que quisiera cocinar para ella demostraba que le importaba de verdad.

—¿En tu casa o en la mía? —preguntó, acercándose para mordisquearle el labio inferior antes de que él la besara de nuevo.

—Supongo que aquí tendremos más... paz y tranquilidad —murmuró entre suspiros—. Si sigues así, te aseguro que hoy no vas a ir a la consulta, porque no saldrás de esta cama.

Aunque Wallace sonaba juguetón, Michelle notó una pequeña vacilación cuando mencionó dónde cenar. Sospechaba que él no quería que su familia supiera de su relación, no había problema, o al menos es lo que intentó creer. Aun así, no pudo evitar sentir que prefería mantenerla en secreto.

Wallace, ya con los vaqueros puestos, se dio cuenta de su expresión pensativa. Se acercó y le tomó la barbilla con delicadeza.

—Ey, ¿qué pasa?

Michelle se obligó a sonreír.

—Nada en absoluto —mintió suavemente.

Él la miró, enarcando una ceja, pero no insistió. Le dio un beso rápido, terminó de vestirse y, antes de salir, le lanzó una mirada tan cálida y cautivadora que casi borró todas sus dudas.

—Te veré esta noche —anunció.

* * *

W allace caminó en silencio hasta su piso, aún con la mente en Michelle y el día que le esperaba. Apenas había metido la llave en la cerradura cuando vio a sus padres saliendo de casa con las maletas.

M ierda, pensó, recordando que hoy se iban a España quince días de vacaciones.

—B uenos días —saludó.

—B uenos días —respondió su padre, cargando las maletas en el coche.

Por la mirada de su madre, Wallace percibió su curiosidad. Estaba claro que quería saber dónde había pasado la noche, aunque solo murmuró:

—H ola, cariño —dijo, abrazándolo. Wallace tuvo la sospecha de que aspiraba un poco más profundo, como si intentara captar un perfume femenino.

L a situación le resultó casi vergonzosa, aunque entendía su curiosidad. Hacía mucho que no pasaba la noche fuera, y la relación con Michelle no era solo una aventura. Aún no estaba listo para ponerle un nombre, pero para él, era evidente que ella significaba mucho más de lo que había anticipado.

—¿O s llevo al aeropuerto? —ofreció.

—N o, aparcaremos en el parking de vacaciones, ya está todo listo. ¿Todo bien? Cuando ayer avisaste de que no venías tan de repente, me preocupé un poco —dijo su padre.

U n calor incómodo subió por el cuello de Wallace. No pudo evitar sonrojarse como un adolescente. Su madre lo miró con atención hasta que él se giró.

—V ale, estupendo. Que tengáis unas buenas vacaciones. No os preocupéis por las excursiones, yo me encargo.

U n compañero del cuerpo de bomberos le ayudaría con las rutas, se lo pidió hacía meses, solo esperaba que no lo hubiera olvidado. Pero no podía decírselo a sus padres, ya lo resolvería. Wallace abrazó a su madre y después a su padre.

—Y no olvides mis flores. No quiero volver y que estén todas secas o ahogadas —bromeó su madre.

—L ógico —respondió Wallace, aunque no tenía mucha confianza en que sobrevivieran bajo sus cuidados. No era precisamente conocido por sus habilidades de jardinería.

—A diós, cariño —se despidió su madre, entró en el coche y cerró la puerta. Respiró aliviado cuando el coche de sus padres salió del camino y desapareció por la esquina.

D espués de completar la ruta por el lago Ness sin ayuda, se dirigió al parque de bomberos.

Todos los voluntarios se reunían los lunes, ya fuera para hacer ejercicio o para revisar los equipos, siempre había algo que hacer, aunque no hubiera incendios.

Cuando sus compañeros le vieron aparecer, dejaron lo que estaban haciendo.

—¡Q ué alegría verte, Wallace!

—C reimos que te habías hartado de nosotros —dijo otro.

—M e alegro de verte —anunció Reed, dándole una palmada en el hombro.

W allace sonrió y saludó a todos hasta llegar a su viejo amigo del colegio, Lewis McKellar.

Con su cabello negro azabache, ojos azules y piel bronceada, Lewis parecía recién llegado de una vida de aventuras, y en cierto modo lo era.

Había pasado años en Estados Unidos trabajando como desarrollador de videojuegos, pero, cansado de la vida de la jet set , había regresado a Escocia para seguir su pasión desde allí.

—H oy te he echado de menos —bromeó Wallace con una sonrisa.

—¿S olo hoy? —respondió Lewis con sorna.

—P ensé que querías navegar por el lago Ness conmigo un rato.

L ewis abrió los ojos de par en par.

—O h, mierda, lo había olvidado por completo. ¿Por qué no me lo recordaste?

—L o estoy haciendo ahora mismo.

—E ntonces estaré allí mañana.

—M aravilloso, y sé puntual —le advirtió Wallace, dándole una cariñosa palmada en la nuca.

—¿E so significa a las diez?

—E xactamente.

—V oy a necesitar un despertador.

—¿S igues trabajando toda la noche?

—S igo trabajando por la noche, amigo.

—P ara ti es lo mismo, ¿verdad?

—S olo puedo decirte que mucho ojo cuando elijas una carrera —bromeó Lewis.

—O ye, no me quejo, me gusta el barco.

Y eso era cierto, le apasionaba su trabajo. Sin embargo, últimamente otra cosa le había empezado a entusiasmar: había pensado en vender sus dibujos de Nessie en la tienda de recuerdos, aunque aún no se había atrevido. ¿Y si no le interesaban a nadie?

—¿C uándo te incorporas? —preguntó Reed.

—D os o tres semanas, diría yo. Parece que voy bastante bien.

—P erfecto, te recuerdo que necesitaré un informe médico.

W allace asintió. Sorprendentemente, no sintió la ansiedad que solía agobiarle otras veces, quizás fuera porque sabía que el malestar que sentía estaba a punto de desaparecer.

—L ógico —respondió.

D espués de ayudar a sus compañeros con los equipos, se despidió y se fue a hacer la compra.

Antes de irse a casa de Michelle, revisó su casa.

Puso la ropa sucia en el cesto para lavar, hizo la cama y limpió el baño.

No es que viviera en una pocilga, pero sabía que las mujeres podían tener un concepto distinto.

Empezó a pensar en qué llevarse esa noche, ¿se sorprendería si aparecía con una bolsa de viaje?

D ecidió que una bolsa de viaje era demasiado, pero se esforzó por cuidar su aspecto: una camisa azul claro recién planchada y unos pantalones chinos marrones.

M ichelle ya estaba en casa cuando llegó. Le abrió la puerta con una radiante sonrisa.

—H ola, pasa.

N o necesitó que se lo pidiera dos veces. Tras cerrar la puerta, dejó la bolsa en el suelo y la saludó con un largo beso que los dejó sin aliento.

—V aya —murmuró ella, apoyando las manos en su pecho.

—S í —le dijo, rozando de nuevo sus labios—. He estado contando las horas para volver a verte.

M ichelle se rio, aparentemente sin tomárselo muy en serio.

—¡S eguro! —respondió ella.

W allace se sintió un poco decepcionado, esperaba escuchar un yo también. Prefirió olvidarlo, cogió la bolsa de la compra y fue hacia la cocina para empezar a preparar la cena.

M ichelle lo siguió y curioseó la bolsa.

—¿Q ué es?

—L inguine con salmón en salsa de crema de eneldo. Espero que te guste.

—S uena fantástico.

—¿T e apetece un poco de vino? —sugirió, mostrándole una botella de Sauvignon Blanc.

—¡E stás que te sales! —bromeó ella, sacando unas copas del armario.

—¿F unciona?

—¡Y cómo! —respondió Michelle mientras se acurrucaba detrás de él, apoyando la cabeza en su espalda.

—S i no tienes cuidado, no habrá nada que comer —advirtió Wallace, sintiendo cómo su cuerpo reaccionaba a la cercanía de ella.

—N o puedo arriesgarme a eso —respondió Michelle, sirviendo el vino—. ¿Puedo ayudarte en algo?

—N o, está bien, tranquila.

M ichelle se sentó en la encimera, observándolo trabajar.

—N o tienes idea de lo incompetente que soy… ¡o sí! Incluso quemo pasteles.

—P or eso me tienes a mí ahora —respondió Wallace, esperando una sonrisa.

P ero lo que notó de repente fue a Michelle distante, como en otro lugar lejos de allí.

No entendía qué le pasaba y se preguntaba qué podría ser.

Por supuesto sabía que su contrato en Kiltarff solo duraba seis meses, pero aún faltaba mucho tiempo para que terminara.

Sorprendido, paró sus pensamientos un instante.

Se acababa de dar cuenta de que estaba pensando en el futuro.

No, se dijo. Es demasiado pronto. Se propuso no seguir por ese camino, ni siquiera estaba seguro de lo que él mismo quería.

Hasta hace poco, comprometerse con alguien le parecía imposible, pero desde que conoció a Michelle algo había cambiado, él había cambiado. Y resultaba aterrador.

—P uedes poner la mesa —sugirió, mientras vertía agua en una olla.

—A hora mismo —respondió Michelle con una sonrisa.

M ientras él hacía la comida, ella se ocupó de prepararlo todo.

Al final, se sentaron en la pequeña mesa de la cocina, iluminados solo por la luz de las velas, con vino y pasta, en una ambiente con un toque romántico.

Al menos para él. No sabía bien qué pasaba por la mente de Michelle.

Era extraño, normalmente era fácil saber qué pensaba por sus expresiones faciales, parecía que estaba cómoda y de momento eso le debía bastar, aunque hoy se mostrara más reservada.

—P or el chef —anunció Michelle, alzando su copa.

—P or tus manos sanadoras —respondió él.

—E so podría tomármelo de cualquier forma —sonrió sugerente.

—¡Y deberías! —le guiñó un ojo—. Espero que te guste. Disfruta la comida.

D evoraron la comida hasta que Michelle gimió y se sujetó el estómago.

—P erdón, pero es que estaba delicioso.

É l rio.

—P robablemente has comido demasiados platos preparados últimamente.

—T ambién, pero debo decir que eres un cocinero fantástico.

L os elogios hicieron que su pecho se inflara de orgullo. Se levantó y le tendió la mano.

—C reo que deberíamos discutir esto con más detalle.

E lla le miró con sorpresa y una sonrisa.

Al entender lo que implicaban sus palabras, un brillo especial apareció en sus ojos, y todo lo demás desapareció.

La increíble atracción que compartían era aún más intensa en ese momento, cuando las palabras sobraban y el deseo entre ellos lo decía todo.

Wallace rodeó a Michelle con los brazos y la llevó al dormitorio, donde el aire fresco y la luz tenue parecían hacer de fondo perfecto.

—E res el postre más delicioso que pueda imaginar —susurró con voz ronca, comenzando a desnudarla con mil besos.

S us caricias eran electrizantes, casi divinas.

Nunca había sido capaz de entregarse completamente a nadie, todo lo que había sido imposible, era fácil con ella.

Esta vez hicieron el amor con una devoción y ternura que fusionaban la pasión y la atracción en su máxima expresión.

Aunque en el fondo sabía que estaban lejos de poder con todo, quería pensarlo.

Estaba convencido de que esa conexión podría con cualquier cosa que se interpusiera en su camino, incluso el pasado.