Capítulo 14 #2
—Perfecto, entonces anoto la fecha en mi agenda. Voy a pasar un fin de semana genial con los chicos: fútbol, películas, palomitas y helado… ¡el programa completo! Estoy deseando que llegue —Wallace levantó un puño al aire con entusiasmo. Caitlin hizo una mueca al principio, pero luego sonrió.
—Nunca más querrán comer nada saludable.
Wallace se rio.
—Me querrán aún más por eso.
Ella lo abrazó y lo apretó tan fuerte que Wallace sintió durante un segundo que le faltaba el aire.
—Eres el mejor.
No se sentía cómodo con esos elogios.
—Cualquiera haría eso por su hermana y sus sobrinos —respondió, tratando de sonar despreocupado.
Tras separarse, Caitlin le ofreció las sobras del almuerzo, que Wallace aceptó encantado.
Le encantaba su lasaña. Ella, sin embargo, no quiso comer nada, alegando que no tenía hambre.
Prefirió no preguntar, aunque sospechaba que volvía a intentar perder algunos kilos, cosa que no le hacía falta en absoluto.
—Por cierto, dime, ¿quién es esa mujer que pasó la otra noche contigo? —Lo sacó de sus pensamientos—. Mamá me preguntó, pero yo no sé nada… ¿Hay algo que no nos hayas dicho? Cuéntame. Que sepas que me alegro mucho por ti.
El último bocado se le atragantó. No esperaba un interrogatorio, y como su madre no había hecho preguntas directamente, pensó que se había librado.
Su madre probablemente lo había visto desde la ventana de camino al buzón, una simple coincidencia, no había creído lo que veía y por eso se había acercado más.
Aquel momento debió ser tan impactante para su madre como lo fue para Michelle.
Quizá esa fuera la explicación a la actitud distante de Michelle desde entonces.
Sentía la mirada insistente de Caitlin, pero no quería hablar del tema, porque ni siquiera él sabía bien qué decir al respecto.
Lo único que estaba claro era que no eran pareja.
Aunque si le confesaba eso a Caitlin, ella y su madre lo enviarían al programa de televisión de citas que tanto les gustaba.
Casi prefería mantenerlas en la incertidumbre un poco más.
—A juzgar por tu cara, veo que mi pregunta te incomoda —Caitlin levantó las manos en señal de disculpa—. Está bien, si no quieres hablar de ello. Solo es que nos alegramos por ti, eso es todo. No te sientas presionado ni nada.
—Hmm, sí —murmuró Wallace, algo atragantado, antes de levantarse a recoger su plato—. Gracias por la comida, voy a recoger a los chicos. ¿Con quién están?
Caitlin le puso una mano en el brazo.
—No te preocupes, lo haré yo misma, ya me estás ayudando bastante. De verdad.
—De acuerdo, pero si pasa algo, me llamas.
Ella le dio un beso en la mejilla.
—¡Por supuesto! Gracias.
Tras despedirse, Wallace se marchó directamente a casa.
Se sentó en la mesa de la cocina, cogió un lápiz y comenzó a dibujar.
Hacía poco que había comprado unos lápices de acuarela y, desde entonces, se había sumergido en bocetos de Nessie, creando dibujos coloridos y alegres.
Le sorprendía lo natural que le resultaba dibujar de nuevo.
Incluso había soñado con la idea de echar un vistazo a la página web de la academia de arte, pero no se había atrevido, y ahora solo miraba la pantalla negra de su teléfono.
—Soy demasiado viejo para estas tonterías —gruñó, apartando los dibujos a un lado. Necesitaba despejarse. Se levantó, se puso la ropa de deporte y salió dispuesto a dar una larga carrera. Hoy habían pasado demasiadas cosas y necesitaba ordenar sus pensamientos.
En algún momento se dio cuenta de que había tomado una ruta distinta.
Se detuvo ante la gran puerta del cementerio y dudó.
Estaba sudado y… no. Sin excusas. Lo atravesó por el camino que conocía de memoria, hasta llegar a la tumba de Katee.
Sobre ella crecían flores de todos los colores del arco iris, seguramente plantadas por su madre.
Los padres de Katee se habían mudado después de su muerte; no soportaban los dolorosos recuerdos.
Al principio, habían mantenido el contacto con él, con llamadas y cartas, pero un día cesó.
Wallace entendía que cada uno afrontaba la pérdida a su manera.
Aunque los padres de Katee siempre le dijeron que no lo culpaban, sintió que querían distanciarse, apartarse de todo lo que les recordara la trágica pérdida de su hija.
Con el paso del tiempo, Wallace había dejado de culparse por haber estado en Edimburgo ese día haciendo el examen de acceso a la academia de arte.
Nunca pensó que pudiera pasar algo así, pero Katee lo había animado a irse, a cumplir sus metas.
Y él lo hizo. Tras el accidente, aunque aprobó el examen, se negó a aceptar la plaza en la academia.
El peso de la culpa lo abrumaba; no pudo ver las señales, no supo ayudarla.
Como tantas veces, al estar frente a su tumba, se preguntó por qué.
Hasta ahora, nunca había encontrado una respuesta.
No entendía cómo alguien tan joven, con toda una vida por delante, había deseado morir.
Wallace sabía, claro, que era la depresión la que robaba a las personas.
Era una enfermedad implacable, como el cáncer, que a veces no daba tregua.
Katee perdió esa batalla, y la oscuridad que la rodeaba la consumió finalmente.
Wallace tragó con fuerza, luchando contra el ardor en sus ojos, incapaz de impedir que el dolor lo inundara una vez más.
Pero esa vocecita malvada le susurraba algo distinto de lo habitual: ella no te eligió a ti, eligió la muerte .
Era como si el amor que habían compartido no hubiera sido suficiente para hacerla quedarse.
Aunque seguía siendo doloroso, sintió que algo empezaba a cambiar, un pensamiento extraño que apenas podía comprender.
Ya no se sentía completamente devastado.
Sí, seguía triste, pero también algo enfadado, con una mezcla de impotencia y una ligera amargura que no había percibido hasta ahora.
Por primera vez, empezó a ver con claridad que Katee había tomado sus propias decisiones.
Que eligió ese día, precisamente cuando él estaba en Edimburgo, porque en algún lugar de su mente ya había decidido apartarse de su vida.
En su retorcida lógica, probablemente había pensado que al dejarlo ir a Edimburgo, él podría seguir adelante sin que ella lo detuviera.
Wallace comprendía ahora que, a su manera, quizá Katee lo había liberado.
Y aunque esa liberación era amarga, empezaba a ver que había sido su elección.
Seguía sin entender por qué se había rendido, pero comprendía que nadie podía ver lo que sucedía en la mente de otra persona.
Katee había estado atrapada en la oscuridad, y el diagnóstico de depresión apenas describía el sufrimiento que ella padecía.
Quiso gritarle por haberlo dejado atrás.
Se avergonzaba de sí mismo por pensarlo, pero junto a la pena y el agonizante sentimiento de culpa, ahora ardía en su interior una rabia que nunca antes había sentido con tanta claridad.
Se dio cuenta de que había tenido ayuda, pero que prefirió anclarse a su enfermedad; ella era la única que podría haber cambiado algo, pero no lo hizo, tomó su decisión.
La amargura seguía presente, pero el dolor poco a poco comenzaba a ser menos intenso.
Comprendía que debía aceptarlo. El pasado era pasado, no podía cambiarse.
Un gorrión revoloteó sobre la lápida de Katee, se posó sobre ella y lo miró fijamente.
El lugar era tranquilo, cubierto de un velo de tristeza.
Katee no había dejado ninguna carta de despedida y, durante mucho tiempo, Wallace lo había deseado.
Hoy, por primera vez, se preguntó si ese había sido su mensaje: que él tenía su vida por delante, mientras que la de ella ya no podía ser vivida.
Era duro y doloroso, pero empezaba a comprenderlo.
Se arrodilló junto a la lápida y trazó con los dedos las letras de su nombre.
Una suave brisa le acarició la nuca y le erizó la piel.
El gorrión alzó el vuelo. En ese instante comprendió que ya no podía continuar como antes.
Tras la muerte de Katee, no es que hubiera puesto conscientemente su vida en pausa, simplemente había estado en estado de shock .
Pero ahora, por primera vez, sintió una chispa de deseo por un cambio.
Wallace se levantó, sin mirar atrás, y salió del cementerio. Al caminar hacia casa, sus pasos parecían más ligeros, llenos de una energía renovada, aunque ni siquiera supiera exactamente por qué.