Latidos en escocés (Pasión en el Lago Ness 5) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Dios, y yo que pensaba que había venido aquí para descubrir qué quiero de la vida, pensó molesta.

En lugar de eso, ya estaba metida en un nuevo enredo emocional.

O no. Seguramente en unos días no lo vería tan dramático.

Lo importante ahora era evitar encontrarse con Wallace fuera de la consulta. ¡Eso seguro que lo conseguía!

Decidió tomarse las cosas con calma ese fin de semana.

Tenía bastantes cosas que hacer. En su mesilla de noche había una pila de libros de consulta que quería revisar y tenía la oportunidad de asistir a un seminario en línea, lo que la mantendría ocupada sábado y domingo.

De este modo, no caería en la tentación de ir al pub ni a ningún otro lugar donde pudiera encontrarse con Wallace.

Con esto decidido, se sintió un poco mejor. Lamentablemente, al regresar a casa, se dio cuenta de que Jody no se había esfumado, así que su idea de paz y tranquilidad se desplomó.

—Genial —se quejó para sí misma antes de abrir la puerta. Sus nervios estaban algo alterados y esperaba poder mantener la paciencia con Jody. Sabía que su hermana no lo hacía con mala intención, simplemente no podía evitarlo.

Al entrar, oyó la voz de Jody y se quedó paralizada. Su hermana estaba hablando por teléfono y, al parecer, hablaba sobre ella, sobre dinero. Aunque desde el principio sabía que había venido por eso, no se sintió mejor al confirmarlo. Estaba furiosa.

Michelle cerró la puerta de un portazo y entró en el salón. Jody se apresuró a guardar el móvil cuando la vio llegar y esbozó una sonrisa forzada.

—Aquí estás, te estaba esperando. ¿Hacemos algo este fin de semana? Busqué en Google e Inverness parece un lugar estupendo para ir de compras, o para ir a museos, si te gusta la historia y esas cosas… —balbuceó.

Michelle levantó una mano para detener el flujo de palabras de su hermana. Jody no mostraba remordimientos ni ningún signo de vergüenza por aparecer en la vida de Michelle solo cuando necesitaba algo.

—Estoy harta de que te aproveches de mí. ¿Cuánto necesitas? —le espetó Michelle, luchando por mantener el control de sus emociones.

Jody frunció el ceño y fingió inocencia.

—¿De qué estás hablando?

—¡Sabes exactamente de qué estoy hablando! —Michelle ahora gritaba.

No solía perder los estribos con tanta facilidad, pero hoy era la excepción.

Estaba temblando de rabia, una ira fría que le ardía en el pecho y que, sumada a la decepción por el comportamiento de su hermana, apenas la dejaba respirar.

Sentía la sangre palpitando en sus oídos mientras miraba a Jody con amargura.

Jody abrió los ojos, sorprendida por el arrebato de su hermana. Abrió los labios, pero enseguida los cerró, tal vez dándose cuenta de que inventar alguna excusa solo empeoraría las cosas.

—¿Cuánto necesitas? —insistió Michelle, intentando poner fin a la farsa—. Vamos, digamos las cosas como son. Dime la cantidad que tienes en mente, te doy el dinero y luego desapareces otra vez.

—Pero, Michelle…

—¡No me vengas con peros! —la interrumpió Michelle, con dureza—. Esta es tu oportunidad de decirme cuánto necesitas y para qué. No hay excusas.

Su voz sonaba peligrosamente grave y Jody, mordiéndose el interior de la mejilla, finalmente se enderezó y dejó caer la máscara.

Michelle sabía que, a su retorcida manera, Jody la quería, pero ese cariño nunca era suficiente.

El egoísmo de Jody y su incapacidad para hacerse cargo de su propia vida lo destruían todo. Michelle había llegado a su límite.

—No te lo pediría si tuviera otra opción… —comenzó Jody, con tono suave.

Es todo una actuación, pensó Michelle con disgusto.

—Deja de mentirme. Hay mil maneras de ganar dinero, solo que eres demasiado vaga.

—Estoy un poco atrasada con el alquiler…

—¿Con quién hablabas por teléfono? —volvió a interrumpirla Michelle, al límite de su paciencia.

—¿Me has escuchado?

—¡No te hagas la ofendida! Vivo aquí. Que seas una inútil para ocultar tus secretos no es culpa mía.

Jody chasqueó la lengua y se encogió de hombros.

—Bien, hagámoslo a tu manera. Necesito dos mil libras.

Michelle casi se ahogó.

—¿Perdón? ¿Dos mil? ¿Estás loca?

—La vida es cara —contestó Jody.

—Podrías dejar de fumar. ¿Tu chico no tiene ingresos?

—Está en crisis.

Michelle levantó la mano, deteniéndola.

—Ahórrate la historia. Recoge tus cosas ahora mismo, te llevaré a la estación más cercana.

—¿Y el dinero?

—No puedo darte más que quinientas libras. Yo también voy justa ahora mismo.

—¿Y para qué estudiaste?

Michelle estaba demasiado agotada como para responder a aquella impertinencia. Estaba cansada y, lo que era peor, decepcionada. En el fondo, había albergado la esperanza de que esta vez Jody hubiera venido por ella y no para aprovecharse de su cuenta bancaria.

—Quinientas o nada —fue todo lo que dijo. Luego se dejó caer en el borde de una silla—. Recoge tus cosas. Ya no quiero que estés aquí.

—Soy tu hermana —protestó Jody.

—Piensa bien lo que vas a decir o no te daré nada.

—Sí, está bien. Haré la maleta. Pero… —hizo una pausa, mirándola con desprecio. Como Michelle no respondió, Jody murmuró algo para sí y se fue al dormitorio.

A los pocos minutos, ambas estaban en el coche en la carretera rural, dirección al norte.

—Te llevaré a Inverness. Desde allí puedes coger el autobús o el tren, te compraré un billete a Manchester.

—Qué generosa —se burló Jody.

Michelle no hizo ningún comentario, sabía que nunca volvería a ver ese dinero y no estaba tan segura de que Jody se mantuviera alejada.

Habían tenido discusiones aún más fuertes en el pasado y estaba convencida de que solo era cuestión de tiempo que Jody volviera a intentarlo.

Mejor no pensar en ello ahora, ignoró la sensación de pesadez en el estómago y condujo de regreso a Kiltarff.

Una hora más tarde ya estaba de vuelta en casa con quinientas setenta y siete libras menos en su cuenta.

Nada más llegar, se dejó caer en el sofá con un paquete familiar de helado y puso un documental sobre la fauna africana.

—En mi próxima vida, quiero nacer águila —murmuró—, así podré clavar mis garras en cualquiera que me saque de quicio... o simplemente salir volando.

Cuando se cansó de ver televisión, decidió llamar a Deirdre. Su amiga contestó al cuarto tono, y, tras contarle lo sucedido con Jody, Deirdre no se contuvo.

—Eres demasiado blanda. Rompe el contacto de una vez por todas.

—Ya te lo he dicho, apareció en mi puerta, yo no la invité. Una vez aquí, ¿debería haberla echado? No podía hacerlo.

—Repito, eres demasiado blanda con ella. Te entiendo, Michelle, pero Jody es… ni siquiera quiero usar la palabra. No es buena para ti.

—Eso ya lo sé yo —refunfuñó Michelle, abatida.

—¿Qué te pasa? Suenas deprimida.

—¿El comportamiento imposible de Jody no es suficiente para ponerme de mal humor?

—No lo sé, dímelo tú.

Michelle no pudo evitar sonreír y exhaló con fuerza.

—La semana fue agotadora. No sé. Pensé que el cambio de ambiente sería más fácil —No hables de Wallace, se recordó.

—¿Así que, en contra de lo esperado, Escocia te pone de los nervios después de todo?

—No exactamente. —Michelle pensó en Wallace y en las extrañas sensaciones que se debatían en su interior.

—Tendrás que decírmelo, cariño, porque aún no sé leer la mente.

—Es mejor así. Solo estoy molesta conmigo misma.

—Síndrome premenstrual? —concluyó Deirdre.

—Sí —mintió Michelle, aún no estaba para hablar de la otra cosa—. Acabo de comerme un paquete familiar de helado, ¿alguna pregunta?

—Vaya, ¿tan mal?

Michelle se rio.

—Sí. Pero gracias a ti, me siento un poco mejor.

—Cariño, me encantaría darte un abrazo, pero como sabes, ahora estoy en Estados Unidos y luego me voy a Asia. Lo siento.

—Ese es tu trabajo, yo me las arreglaré. Gracias. Pero dime, ¿alguna novedad? — aprovechó para desviar la conversación de sus propios problemas. Ya se había quejado bastante.

Deirdre no necesitó que insistiera y comenzó a hablar sobre su trabajo, su inexistente vida amorosa y las malas decisiones que había tomado con los hombres en las últimas semanas desde que Michelle se había mudado de Londres.

Escuchar a Deirdre era un alivio, su tono ligero y despreocupado era justo lo que Michelle necesitaba para distraerse y dejar de darle vueltas a todo.

Cuando finalmente colgó el móvil, una hora después, ya no se sentía tan abatida.

Aun así, decidió mantenerse ocupada el fin de semana y cumplir con su plan de dedicarse al trabajo; como disfrutaba su profesión, no le costaría sumergirse en sus libros de texto y materiales.

Además, el seminario en línea era un rayo de esperanza en su agenda que hasta le hacía ilusión.