Capítulo 13
L os párpados de Michelle se agitaron. Había algo diferente. Su cabeza subía y bajaba de manera rítmica, como si tuviera vida propia.
Se incorporó bruscamente al darse cuenta de que estaba apoyada en el torso de Wallace.
Oh, Dios. Se había quedado dormida. Encima de él.
Habían pasado la noche juntos.
Sus mejillas se sonrojaron, y el cosquilleo en su estómago le indicó que no solo estaba conmocionada por haberse despertado allí con él. También se sentía, extrañamente... feliz.
Un movimiento en la ventana llamó su atención. Cuando Michelle miró, vio una cara al otro lado. Era la madre de Wallace, que obviamente no podía creer lo que estaba viendo. Al menos, eso parecía; su expresión lo decía todo.
Cuando sus miradas se encontraron, la madre de Wallace dio un respingo, horrorizada, y desapareció de su vista en una fracción de segundo.
Qué disparate. Quizá deberían haber bajado las persianas, aunque dormirse así no había sido parte del plan.
—Vuelve aquí —murmuró Wallace, somnoliento, atrayéndola con los ojos todavía cerrados.
Era un gesto dulce, si no fuera porque Michelle luchaba contra el ritmo atronador de su corazón. Aunque se había asustado al principio, había algo más. La expresión de la madre de Wallace, como si no pudiera dar crédito a lo que veía.
—Espero que a tu madre no le molesten las visitas a domicilio —bromeó, aunque había algo de verdad en ello.
Le preocupaba no causar una buena impresión; por desgracia, no estaba tan por encima de esas cosas como quería aparentar.
No le daba igual lo que esa mujer pensara de ella.
Sabía que Wallace era lo bastante mayor como para tomar sus propias decisiones y vivir como quisiera.
Aun así, la situación le resultaba incómoda.
Lo mejor de todo era que en realidad, no había pasado nada entre ellos.
Wallace se despertó sobresaltado tras su comentario, lo cual no ayudó precisamente a tranquilizarla.
—¿Qué?
—Buenos días —respondió ella, aunque no pudo evitar sonreír porque la expresión de sorpresa en su rostro era demasiado graciosa.
Wallace se frotó los ojos, aún adormilado.
—¿Te he oído bien?
—Creo que sí. Cuando me desperté, vi a tu madre en la ventana, ella... bueno, nos estaba mirando.
—Oh, vaya —murmuró pasándose una mano por el pelo.
Michelle no sabía muy bien cómo interpretar aquello. Estaba claro que era libre de hacer lo que quisiera, pero probablemente no le apeteciera que le vieran con ella. De nuevo, una situación fácilmente malinterpretable. O tal vez no.
Ese pensamiento bastó para tranquilizarla. No eran más que viejos patrones que minaban su confianza. Durante su infancia y adolescencia, las miradas de reprobación debido al trabajo de su madre habían dejado una huella profunda en ella, y eso, lamentablemente, seguía afectándola.
—Tengo que irme —murmuró Michelle, mirando el reloj. Eran apenas las siete. Tenía tiempo suficiente para ir a casa y ducharse antes de llegar a la consulta.
Wallace se incorporó. Parecía un poco desaliñado, lo cual no era sorprendente después de pasar la noche en el sofá.
—Espera, por favor —le pidió, mirándola con una intensidad que provocó un revoloteo de mariposas en su estómago.
Demonios. ¿Cuándo y cómo había comenzado a sentir aquello?
Michelle estaba en un aprieto. No quería enamorarse de él, pero ya era demasiado tarde.
Esa certeza la hizo sentirse más incómoda.
No necesitaba la aprobación o el cariño de todos, pero.
.. no lograba quitarse de la cabeza la expresión de la madre de Wallace.
Parecía como si hubiera visto un fantasma.
Eso no podía ser bueno y Michelle estaba segura de que era por su culpa.
Esa desagradable sensación era suficiente para bloquear cualquier otra emoción.
—¿Qué pasa? —preguntó, tratando de disimular la confusión que le generaban sus propios sentimientos.
Mejor no decir nada más, se dijo en silencio mirando a Wallace con expresión impasible.
—Me ha gustado pasar tiempo contigo. Y por favor, olvida a mi madre, solo es que se ha sorprendido de ver a una mujer aquí.
—¿Dónde se quedan tus visitas?
Ups. Quizás no debería haber dicho eso, pero en ese momento no controlaba sus palabras. Estaba completamente desbordada. Tenía que irse antes de perder totalmente el control.
Wallace se levantó y se pasó la mano por su barba sin afeitar, con una expresión entre triste y preocupada.
—No sé qué impresión tienes de mí, pero desde luego no soy de los que se tira a una distinta cada fin de semana.
—No quise decir eso —murmuró, arrepintiéndose por lo dicho.
—Claro que no —gruñó él, dándole la espalda mientras doblaba la manta.
Michelle se acercó y puso una mano sobre su antebrazo.
—Oye —comenzó, aunque sin saber exactamente qué decir o hacer para arreglar el embrollo de los últimos minutos. Y entonces entendió que quizá no era posible.
Wallace se volvió hacia ella en silencio, con los labios apretados en una fina línea. Michelle sintió que había metido la pata y él no lo merecía y más después de lo bien que se había portado con ella la noche anterior. Tragó saliva, intentando que la vergüenza no fuera evidente.
—Lo siento. Estoy un poco desubicada. Gracias por estar a mi lado anoche. No debería haber hecho ese estúpido comentario, todo es un poco… abrumador.
Las facciones de Wallace se relajaron un poco.
—Sí. Lo entiendo.
Michelle tuvo la sensación de que sus palabras encerraban algo más, pero sabía que no era el momento adecuado para profundizar.
—Entonces, ¿está todo bien entre nosotros? —preguntó Michelle, deseando con todas sus fuerzas que la respuesta fuera afirmativa, aunque no comprendía por qué era tan importante para ella.
Wallace tardó uno, dos, tres segundos antes de asentir.
—Por supuesto, Michelle, todo está bien.
Entonces, ¿por qué sentía que había un muro entre ellos, algo que no estaba allí la noche anterior? La ansiedad comenzó a apoderarse de ella, como si algo invisible la estuviera aplastando. Wallace tampoco parecía relajado ni contento; estaba pálido y una expresión casi petrificada.
—Vale, será mejor que me vaya o llegaré tarde al trabajo. Espero que tu hombro no se resienta por haber pasado la noche en el sofá —se oyó decir.
Cállate y vete, se amonestó en silencio, sin entender por qué seguía allí, como clavada al suelo.
—No tienes que preocuparte por mí —murmuró Wallace—. Mala hierba nunca muere.
Aunque parecía que había algo más por decir, Michelle se despidió antes de que la situación se volviera aún más incómoda.
Se apresuró hacia su casa. La niebla se deslizaba sobre los prados húmedos y el lago Ness se extendía tranquilo y apacible.
Había cuervos volando en círculos mientras el sol se alzaba sobre las colinas del este, tiñendo el cielo de un amarillo suave.
Aunque tenía prisa, se permitió un momento para respirar hondo.
Una ligera sonrisa asomó en su rostro al recordar lo bien que se había sentido en los brazos de Wallace, segura y protegida.
Había temido que, después de abrirse a él, Wallace la juzgara y no quisiera saber nada más de ella.
Como habían hecho Ronan, su ex, y su familia.
Tras unos meses de relación, se había mudado con él a su pueblo natal, donde la familia de Ronan la rechazó completamente.
Su pasado, su origen, una madre que había sido stripper y un padre ausente eran motivos suficientes para que la excluyeran.
Ronan no había defendido su relación y eligió a su familia antes que a ella.
Eso destrozó su relación y también la confianza, para él su pasado siempre había sido una carga, algo sucio.
Pero con Wallace había sido diferente. Había reaccionado con comprensión y compasión. Tal vez fue en ese momento cuando su corazón comenzó a abrirse.
¿Pero era eso lo que quería?
A la luz del día, todo parecía distinto. Wallace no le había dado señales de querer algo más, de que pudiera llegar a significar más. Al contrario, parecía francamente aliviado cuando ella se fue.
Basta, se repitió por milésima vez. Es inútil. No pienses en eso.
Pero no podía controlar ni apagar sus sentimientos, y si Wallace no estaba interesado en ella, no pensaba recriminárselo. Al contrario. Probablemente, su reacción solo estaba intensificada por la carga emocional de la noche anterior. Todo volvería a la normalidad con un poco de tiempo.
Una ducha caliente, un café y luego al trabajo, donde no había lugar para tonterías románticas.
Respiró aliviada al llegar a casa y ver que Jody seguía dormida. Entró de puntillas al baño y se dio una ducha larga. Lo único malo fue que el agua se llevó el último rastro de Wallace. Le gustaba su olor. Quizás, le gustaba demasiado.
* * *
M ichelle se alegró de que fuera viernes.
El fin de semana se tomaría tiempo para sí misma.
Durante todo el día había estado pensando en la noche anterior y en la extraña conversación de la mañana siguiente, aunque sabía que darle vueltas no valía para nada.
Cuanto más repasaba las escenas en su cabeza, más segura estaba de que no debería haber pasado la noche con él.
Se sentía incómoda, no solo por haberse sincerado así con Wallace, sino también por la incomodidad del despertar.
Si tuviera más confianza en sí misma, no le importaría lo que pensara su madre, pero se dio cuenta, con dolorosa claridad, de que aún no había llegado a ese punto.
Michelle deseaba que no le afectara, pero no podía evitarlo.
Así que decidió fingir que aquella noche no había existido.
Después de todo, no había pasado nada físico.
Aunque emocionalmente, las cosas habían cambiado para ella.
No sabía si para bien o para mal. Su historial con los hombres no era el mejor, ¿por qué iba a ser diferente esta vez?
Por esa razón, solo había una forma de abordar esta situación: desde hoy, trataría a Wallace exclusivamente como un paciente, no como un amigo, y mucho menos con un interés amoroso.