Latidos en escocés (Pasión en el Lago Ness 5) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

E sa noche, sin embargo, las cosas no iban bien porque Stuart había acertado de lleno: Wallace no quería estar en el club, y el mensaje que acababa de recibir se lo dejó aún más claro.

«¿N o estás en Inverness?», había escrito Michelle, sin responder a su pregunta, aunque eso era todo lo que Wallace necesitaba saber.

«Para ser sincero, preferiría estar en otro sitio», escribió.

E ra un mensaje un poco ambiguo, pero él sabía que Michelle entendería lo que quería decir. Era una chica lista.

«N o soy buena compañía en este momento», respondió ella.

N otó que el corazón se le encogía.

«L os amigos están ahí cuando los necesitas. ¿Quieres hablar?»

V aya. Era un hipócrita. Lo que sentía por ella iba más allá de una simple amistad.

Pero le costaba aceptarlo. Tenía demasiadas cosas en la cabeza.

Sentir ese anhelo por una mujer era aterrador.

Y aún más difícil era permitírselo. No. En ese momento, no se trataba de sus necesidades, sino de las de Michelle.

«N o quiero arruinarte la noche», respondió ella.

E so era típico de ella. Sonrió.

«N o es cierto. Al contrario, me encantaría verte. Estaré contigo en cuarenta minutos. ¿O ya estarás dormida?»

W allace se dio cuenta de que le resultaba más fácil comunicarse con ella sobre ciertos temas cuando no estaban frente a frente. Probablemente, era por ser hombre, hablar de sentimientos no era lo suyo, o al menos no solía hacerlo. Pero quería estar a su lado cuando ella lo necesitara.

«N o es un buen momento. Mi hermana está aquí», le explicó Michelle.

«E ntonces te recojo si te parece bien. Y no te preocupes, no soy un asesino en serie». No añadió una carita sonriente, pero sabía que ella entendería la broma.

«E stá claro que tienes más sentido del humor del que creía», replicó.

W allace sonrió como un tonto. Quiso escribirle «me haces cosquillas», pero decidió no hacerlo.

—¿Q ué te pasa? —preguntó Stuart, dándole un codazo en el costado—. Tienes la misma cara de bobo que Kenneth cuando habla de Ellie. ¿Es eso? ¿Estás enamorado? ¿De quién?

Wallace resopló.

—D eja de meterte en mis asuntos. La fiesta es un rollo, y estoy deseando irme a la cama —mintió—. ¿Quieres que te lleve de vuelta o puedes arreglártelas solo?

E n ese momento, la nueva conquista de Stuart volvió con dos copas en la mano y la respuesta estuvo clara. El sexo flotaba en el aire.

—N o te preocupes por mí, nos veremos luego —respondió Stuart, se volvió y le dejó solo.

W allace se encogió de hombros mientras lo veía desaparecer entre la multitud con la atractiva rubia, y se dirigió de vuelta a Kiltarff.

Hizo el trayecto en un tiempo récord de treinta y cinco minutos.

Cuando aparcó frente a la casa de Michelle, le envió un mensaje avisándole de su llegada.

Ella subió al coche en menos de treinta segundos.

—H ola —saludó. Su esencia y un suave aroma a flores el habitáculo del coche.

—H ola —respondió él, porque no sabía qué más decir.

V aya, era mucho más fácil por mensaje. Decidió concentrarse en conducir, era lo único en lo que podía pensar, y algo que se podía hacer sin hablar. Permanecieron en silencio los tres minutos de trayecto hasta su apartamento. Cuando llegaron, Michelle carraspeó.

—N o quiero molestarte ni hacerte perder el tiempo... o lo que sea.

—N o molestas. Vamos, entremos.

W allace sujetó la puerta para que entrara y cogió su chaqueta.

—N o es un palacio —explicó, sintiéndose estúpido. Ella ya había estado allí y sabía perfectamente cómo y dónde vivía. También sabía que no importaba si él vivía en una tienda de campaña o en una villa de lujo.

—E sa no es la cuestión —respondió ella, luciendo tan insegura como él se sentía—. Sé que es tarde y...

—Y tienes que trabajar mañana —añadió él, completando su frase—. ¿Quieres un té?

—N o, no quiero nada, gracias. Ni siquiera sé por qué estoy aquí, no quiero molestar.

L a guió suavemente hasta el salón y encendió la luz. Ella se sentó en el sofá. Puede que la lámpara de pie estuviera anticuada, pero al menos era regulable, algo que Wallace agradecía.

—N o me molestas lo más mínimo —dijo, mientras tomaba una manta de lana y se la ofrecía a Michelle—. Las mujeres siempre tienen frío, ¿no?

E lla asintió y esbozó una débil sonrisa.

—G racias.

W allace se sentó frente a ella, por precaución. No quería que ella pensara que intentaba forzar algo.

—¿Q uieres escuchar música o algo? —preguntó.

M ichelle negó con la cabeza.

—N o pasa nada.

S e levantó las piernas y se envolvió con la manta.

—E so no parece muy cómodo —comentó él.

E lla se encogió de hombros. Sus ojos reflejaban tristeza y tensión.

—¿Q uieres contarme qué está pasando?

M ichelle suspiró. Después de lo que pareció una eternidad, finalmente habló.

—J ody. Mi hermana es toda la familia que me queda. Pero, bueno, no nos llevamos bien y eso me está generando mucho estrés.

W allace intuyó que había algo más en la historia y se quedó en silencio, esperando darle el espacio necesario para abrirse.

—M i madre murió demasiado joven, yo tenía solo catorce años. No me gusta hablar de ello, me cuesta mucho abrirme —dijo, mirando hacia abajo.

—P uedo entender eso, no tienes que…

—S í, lo sé —lo interrumpió con voz firme—.

Quiero contártelo antes de… no importa. Quizás después me veas de otra manera, pero no puedo cambiarlo.

Mis orígenes no son ningún secreto. Mamá nos crió sola; no estaba orgullosa de su trabajo, pero lo hizo porque era la única manera de poder mantenernos.

W allace sintió un nudo en el estómago, temiendo lo peor.

—¿E ra una…?

—S tripper , sí. Trabajaba en clubs de baile por la noche para poder estar con nosotros durante el día.

Fue la mejor madre que puedas imaginar. Era cariñosa, amable y paciente.

Lo hacía todo por nosotras. Todo. Su trabajo nunca fue un problema para mí; durante mucho tiempo ni siquiera supe lo que realmente hacía.

Mamá se aseguraba de que tuviéramos ropa y comida saludable.

Pero lo más importante que nos dio fue amor.

Eso es lo que realmente necesitas cuando eres niño.

Por desgracia, tuvo que dejarnos demasiado pronto.

Fue increíblemente rápido. O quizás lo sabía desde hacía tiempo, pero nunca nos lo dijo.

—L o siento mucho, Michelle —dijo Wallace, con sinceridad. Michelle se limpió los ojos.

—E stá bien, fue hace mucho tiempo. Nunca conocí a mis abuelos ni a mi padre.

Abandonó a mamá cuando estaba embarazada de mí.

Algunas madres culparían a sus hijos por ello, lo sé, pero mi madre nunca me hizo sentir como si fuera una carga para ella.

Al contrario. Sentía su amor en cada gesto, en cada palabra.

Pero la gente tiene sus propias opiniones sobre una mujer que trabaja en un club de striptease .

No era una puta descerebrada. Tal vez ni siquiera necesite mencionar lo que ese tipo de comentarios significaban para nosotras, sus hijas.

Nos tomaban el pelo y nos excluían. Las familias respetables.

.. —Un escalofrío recorrió su piel—. No querían que tuviéramos nada que ver con sus hijos.

Como si mi madre tuviera una enfermedad contagiosa.

Todavía hoy me parece repugnante ese doble rasero.

Mamá trabajaba de stripper porque no tenía formación y en ese trabajo ganaba lo suficiente para sacarnos adelante.

No disfrutaba desnudándose frente a tipos salidos, pero era la única opción que tenía.

Mi madre era perfecta para mí. Se puede tener principios morales y trabajar en un club de ese tipo; una cosa no excluye a la otra.

Mi madre nos lo demostraba cada día, pero por desgracia los demás no lo veían así.

Bueno, tampoco importa. Al final me hizo más fuerte.

W allace se quedó sin palabras. Y horrorizado. Michelle había pasado por muchas cosas en su vida. Sin embargo, en lugar de volverse dura y amargada, quien estaba sentada frente a él era una persona cariñosa y amable.

—J ody es la mayor, pero en vez de cuidar de mí, se gastaba nuestra pensión de orfandad en alcohol y todo tipo de cosas.

Cuando vino la oficina de asistencia juvenil, limpié la casa para poder quedarme con ella.

Me fui en cuanto pude. Tuve dos trabajos mientras estudiaba, también durante la universidad.

Jody se dio cuenta enseguida de que tenía ingresos.

No sé de dónde ha sacado su comportamiento antisocial, nuestra madre no nos educó así.

Yo siempre me he valido por mí misma y he conseguido mi propio dinero, no le debo nada a nadie.

A Wallace se le formó un nudo en el estómago. Sospechaba de qué se trataba: Jody era una aprovechada.

—E s mi hermana —le explicó Michelle con un tono que le dejaba claro que consideraba eso motivo suficiente para permitir que Jody se aprovechara de ella.

—¿P uedo... puedo darte un abrazo? —fue lo único que se le ocurrió decir. No podía quitarle el dolor a Michelle, ni cambiar el pasado. No quería darle ningún consejo no solicitado, solo quería estar a su lado.

—¿H arías eso? —preguntó ella, con la voz temblorosa.

W allace se levantó y se sentó a su lado en el sofá. Luego la abrazó. Michelle apoyó la mejilla en su pecho mientras él le acariciaba la espalda con ternura. Ella lloraba en silencio. Sentía cómo le temblaban los hombros, su tristeza, su decepción.

—E stá bien, déjalo salir —susurró él con voz ronca.

L as lágrimas de Michelle empaparon su camisa, pero no le importó. Sus dedos se aferraban a la fina tela. En algún momento, ella se apartó de él, sollozando.

—L o siento, te he empapado.

—N o importa. ¿Te sientes mejor?

M ichelle lo miró por un instante. No dijeron nada. Había tanta gratitud y calidez en su mirada, que a él se le secó la boca de repente. Su ritmo cardíaco se disparó.

—D ebería irme —susurró Michelle, aunque no hizo ningún intento de moverse.

W allace se desplomó contra el respaldo del sofá y extendió los brazos.

—P or favor, quédate. Me parece bien que estés conmigo.

E lla pareció considerar su propuesta por un momento, sin decir nada.

Finalmente, se acurrucó contra él, y él extendió la manta sobre sus piernas mientras soltaba un leve suspiro.

Un profundo sentimiento de felicidad lo invadió.

La abrazó con fuerza, sintiendo una extraña calma y satisfacción que hacía mucho tiempo no experimentaba.

Quizás, en realidad, nunca antes lo había sentido.

N o necesitaban hablar para llenar un silencio que era apacible y reconfortante.

En algún momento, Wallace notó que la respiración de Michelle se volvía más uniforme y profunda.

Se había quedado dormida. Wallace no se movió.

Se decía a sí mismo que era para no despertarla, pero en el fondo sabía que la necesitaba tanto como ella a él en ese instante.