Capítulo 12
M ichelle estaba al borde del colapso. Parecía que una bomba había explotado en la casa y eso no era lo peor de todo. Le preocupaba no haber descubierto aún por qué Jody estaba allí.
—¿S erías tan amable de decirme cuánto tiempo piensas quedarte?
—preguntó Michelle a una Jody que permanecía cómodamente en el sofá con una cerveza que había comprado con el dinero que le dio.
Aunque se suponía que no debía fumar en casa, olía a humo.
Seguramente lo habría hecho mientras ella estaba en el trabajo.
Odiaba que fuera tan irrespetuosa y que no aceptara sus peticiones.
É chala, decía una vocecilla en su interior. Pero no podía hacerlo, al fin y al cabo, era la única familia que le quedaba.
—¿P or qué quieres saberlo? ¿No te alegras de verme?
M ichelle preferiría que su hermana recogiera sus cosas y se largara más pronto que tarde, pero no quería empezar una pelea, así que trató de mantener la calma.
—E s que… es extraño. Apenas hemos hablado en años, y de repente, apareces aquí sin previo aviso. Me pregunto si hay algo más detrás de tu visita.
Jody torció el gesto y cruzó los brazos sobre su pecho intentando mostrarse enfadada tal y como había hecho en el pasado, pero ahora esa misma pose solo transmitía tristeza.
—N o sé qué insinúas —resopló, antes de levantarse y dar un golpe con la botella de cerveza sobre la mesa, para después irse hacia la puerta, probablemente para fumar fuera.
Michelle se sentó en el borde del sofá y empezó a morderse las uñas.
Cuando se dio cuenta de lo que hacía, paró.
Hacía años que se había deshecho de ese vicio, odiaba tener las manos quietas.
No quería retomar una mala vieja costumbre.
Dio un salto y empezó a moverse arriba y abajo.
No entendía por qué se sentía tan incómoda.
O puede que sí. Como Jody no había sido clara con lo que quería de ella, temía incluso que la estuviera buscando la policía.
O peor, algún mafioso. No sería la primera vez.
Se le daba bien pedir dinero prestado y no devolverlo en el plazo acordado. Esperaba que no se tratara de eso.
Cuando la puerta se abrió, Jody entró con algo parecido a una sonrisa.
—¿T raigo algo de comer?
L a oferta hubiera sido amable si no hubiera sido Michelle quien pagaría, como siempre. Ya ni siquiera era una sorpresa. De todas formas, se le había quitado el apetito, lo único que necesitaba era algo de aire fresco y distancia para calmarse.
—N o, gracias. Mejor voy yo a por algo. Quédate aquí y relájate —dijo.
M ichelle no prestó atención a la cara que puso su hermana mientras se ponía el abrigo, los zapatos y emprendía el camino hacia la gasolinera. No estaba enfadada, pero tampoco podía permanecer cerca de Jody.
A l llegar a la tienda, saludó a Shona, la dependienta.
—B uenas noches —dijo mientras cogía una cesta y metía en ella algunos snacks sin entusiasmo. Sabía que no era la compra más saludable, pero en ese momento le importaba más su paz mental que una dieta estricta, ya se preocuparía de ello cuando su hermana se fuera.
—B ueno, ¿a quién tenemos aquí? —dijo una voz profunda detrás de ella.
M ichelle se volvió y encontró la amplia sonrisa de Stuart. Llevaba un par de latas de cerveza en la mano y se veía más arreglado de lo normal, con pantalones oscuros y una camisa azul, además de parecer que se había bañado en colonia.
—H ola, Stuart, ¿cómo estás? —respondió con una sonrisa sincera, encantada de verle de nuevo.
—B ien, Wallace y yo vamos camino de Inverness. Estamos en la lista para entrar en un club exclusivo y vamos a aprovecharlo. —Señaló con el pulgar a través de la ventana, donde Wallace estaba rellenando el depósito de su furgoneta.
C asi gritó, pero fue capaz de controlarse. Wallace estaba impresionante. Aunque ya le parecía atractivo con la camisa de leñador, el aspecto que llevaba era merecedor de la portada de cualquier revista de moda. Cierra la boca, se dijo a sí misma y se obligó a volver la vista hacia Stuart.
—E spero que lo paséis bien —dijo intentando sonreír.
—Gracias. Espero que nos veamos pronto. Adiós, Michelle. —Stuart se acercó a su abuela, pero en vez de pagar las latas, le dio un beso en la mejilla y salió silbando hacia la furgoneta de Wallace.
M ichelle se acababa de colocar en la línea de caja cuando Wallace entró.
—H ola, Michelle —le oyó decir, y cometió el error de mirarle. Parecía preocupado y sin saber por qué, miró hacia otro lado.
—H ola —fue lo único capaz de responder. Iba de camino a una fiesta con Stuart y se había vestido para la ocasión.
N o entendía lo que estaba sintiendo, y tampoco podía pararlo. Podía visualizar perfectamente lo que iba a pasar en ese club. No tenía derecho a estar celosa, pero ya había sentido el pinchazo del veneno en su piel. Colocó la compra en caja con movimientos nerviosos.
—¿E sto es todo? —preguntó Shona, y Michelle afirmó.
—P ues no tiene pinta de ser comida —oyó a Wallace decir detrás de ella, demasiado cerca, podía sentir el calor que desprendía su cuerpo, haciendo que su corazón latiese fuerte.
P ara, se dijo a sí misma, estás sola y especialmente sensible hoy. Prefirió no contestar a su comentario, no era capaz de formular ninguna frase coherente en ese momento. El sentimiento de celos se transformó en ira, era mejor callarse antes de decir algo estúpido de lo que arrepentirse después.
—V einticuatro libras con setenta —rompió el silencio Shona.
M ichelle pagó con su tarjeta, lanzó todo en una bolsa, se despidió con un escueto «Que tengáis buena noche» y salió deprisa de la gasolinera sintiéndose más sola que nunca.
A l llegar a casa, encontró a Jody en el salón, hablando por teléfono. Cuando Jody la vio entrar, colgó de inmediato. Aquello fue muy sospechoso, y Michelle se inquietó aún más.
—¿Q uién era? —preguntó, mientras colocaba la bolsa sobre la encimera de la cocina.
—N adie importante —respondió Jody, y Michelle supo que su hermana mentía en cuanto esas palabras salieron de su boca.
—¿S abes qué? Creo que me iré a la cama —anunció Michelle, dejando a Jody sola con la compra. Se encerró en el baño y rompió a llorar. No era del tipo de personas que se permitía compadecerse, pero hoy todo era demasiado para ella.
M ucho más tarde, cuando Jody ya dormía a su lado en la otra mitad de la cama de matrimonio, seguía despierta mirando el techo.
De repente, la pantalla de su teléfono móvil se iluminó en la mesilla de noche.
Gruñó en voz baja, molesta, pero aun así comprobó quién le había escrito. Quizá Deirdre tenía problemas.
«¿D e verdad estás bien?», había escrito Wallace.
M ichelle se incorporó de un tirón. Maldita sea. ¿Cómo era posible que un hombre al que apenas conocía pareciera saber que le pasaba algo? ¿Y por qué le escribía justo cuando se suponía que estaba de fiesta en Inverness?
N o lograba entenderlo, pero la chispa de esperanza que sintió tras recibir el mensaje fue suficiente para hacerla salir de la cama, cogió una manta y se dirigió al salón. No sabía qué responder o si siquiera debía hacerlo. Tenía la cabeza hecha un lío.
E ran solo cuatro palabras las que Wallace le había enviado, pero Michelle sintió que eran sinceras, como si realmente le importara, como si ella fuese importante para él. No tenía sentido. Ninguno en absoluto.
¿P or qué a veces la vida era tan terriblemente complicada?
S ostuvo el móvil en la mano, sintiendo que su corazón latía con esperanza. Sin embargo, lo que ocurría en su interior no cabía en un breve mensaje. Podría llenar páginas, un libro entero con la historia de su vida. Pero, ¿él quería saberlo, o solo le había preguntado por educación?
¿Por qué tendría que ser amable?, pensó. Si no estuviera interesado, no se habría molestado en escribirla.
«¿N o estás en Inverness?», escribió finalmente y pulsó enviar.
S abía que no había respondido a su pregunta, pero no quería hacerlo.
No quería molestarlo con alguna frase poco convincente, y por eso había evitado responder directamente, ya lo iba conociendo.
Wallace no era de los que hablaban por hablar, ni de los que dedicaban tiempo a charlas vacías.
Con él, Michelle podía estar segura de que lo que decía no era solo palabrería.
Era otra de las cualidades de aquel hombre que ella apreciaba tanto.
Nunca había conocido a nadie como él. Incluso aunque solo hubiera preguntado como amigo, era ya mucho más que lo que otros habrían hecho.
Estaba claro que Wallace no encajaba en ninguna de las categorías habituales, y eso lo hacía alguien muy especial para ella.
* * *
L os bajos retumbaban, la música estaba alta. El club estaba lleno y el ambiente era animado, aunque aún era temprano. Sin embargo, Wallace no lograba entrar en calor.
—O ye, tío, ¿has venido de fiesta o a entretenerte con el móvil? —refunfuñó Stuart, que ya estaba algo borracho.
W allace no se molestó por la burla, porque sabía que Stuart tenía razón.
—¿N o tienes una rubia con la que puedas irte? —le espetó de todos modos, ya que no quería contarle nada sobre Michelle.
—S í, pero tenía que ir al baño.
—O eso, o está huyendo de ti.
—A veces eres un imbécil —La sonrisa de suficiencia de Stuart se desvaneció.
—L o sé, lo siento, no quería decir eso.
W allace se dio cuenta de que quizás se había pasado con la broma.
Stuart era muy sensible a ese tipo de comentarios, no podía culparlo.
A Stuart lo habían abandonado en el altar hacía casi diez años, su ex le había destrozado el corazón.
Desde entonces, Stuart se consolaba con mujeres atractivas que compartían su cama, aunque no despertaban sentimientos en él.
En cierto modo, también era una víctima de su pasado, igual que él.
Eso hacía de los dos amigos un buen equipo. Al menos, normalmente.