Capítulo 10
S e sentía cómodo viajando con Michelle.
Era como si se conocieran desde hacía años y no desde hacía tan poco.
Gracias a sus gestiones, Wallace había conseguido cita para la resonancia magnética casi de inmediato.
Los radiólogos enviarían los resultados a Michelle por correo electrónico, así que ahora no quedaba nada más que hacer que regresar a Kiltarff.
Casi le daba un poco de vergüenza haberle pedido que le acompañara, aunque una parte de él se alegraba de contar con su apoyo.
—¿Qué tal si te enseño el castillo de Inverness? ¿O ya has estado allí? —propuso Wallace.
—¿Esa será tu lección número dos? —preguntó Michelle, con una sonrisa.
—Si así es como quieres verlo...
—¿Qué hay que tener en cuenta en una segunda cita? —le preguntó mientras se subía al asiento del copiloto.
Wallace reflexionó un momento.
—No sé qué hacen tus otros tipos…
—Mis otros «tipos», eso suena extraño —respondió Michelle, riéndose—. Para ser honesta, no he tenido una segunda cita en años.
—Vaya, ¿entonces puedo sentirme halagado?
—comentó él, levantando una ceja. Esta broma se había convertido, de alguna manera, en una estratagema entre ambos, pero también escondía algo de verdad.
Al etiquetar su encuentro como una cita falsa, Wallace podía convencerse de que no significaba nada.
Podía fingir que no estaba quedando con ella porque su corazón latía más rápido a su lado, sino solo para hacerle un favor.
—De hecho, equivale a un premio gordo —bromeó Michelle.
—Admítelo, normalmente no quedarías con un tipo como yo en esa estúpida aplicación.
—¿Te refieres a Tinder?
—Sí, eso —respondió Wallace.
—¿No me digas que nunca has usado Tinder? —lo retó Michelle con una sonrisa, claramente disfrutando de la conversación.
Era un tema que prefería evitar, así que respondió con evasivas, pero con sinceridad:
—Prefiero conocer a la gente en persona.
—¿De qué otra forma se puede conocer a alguien hoy en día? Y que conste que, si hubieras rellenado tu perfil con sinceridad no te habría borrado de la lista, porque tienes muchas cualidades que aprecio… aunque el humor quizás no sea tu punto fuerte.
Por alguna razón, las palabras de Michelle lo aliviaron. Pero entonces recordó que no significaban nada, solo estaban jugando.
—Nosotros hemos quedado sin aplicación —objetó Wallace.
—Sí, pero eso es diferente. Nuestras citas no son reales —replicó ella.
Él guardó silencio un momento. Le irritaba escuchar aquello, aunque, por supuesto, sabía que tenía razón. ¿No había pensado él lo mismo hace solo unos minutos? Se sentía cómodo con Michelle, y en el fondo algo dentro de él quería que aquello fuera algo más, aunque no podía ni quería admitirlo.
—Exacto. Solo soy tu consejero —respondió Wallace, con un tono ligeramente irónico.
Pisó el acelerador y la camioneta salió disparada con el chirrido de los neumáticos.
—Alguien tiene prisa —comentó Michelle, divertida.
—Lo siento, normalmente soy menos brusco conduciendo —dijo, tratando de restarle importancia.
En realidad, le molestaba que ambos fingieran que solo se trataba de citas de práctica, aunque tampoco estaba preparado para algo más.
¿Entonces, cuál era su problema? No podía admitirlo y eso le irritaba aún más.
—Ya veo —Fue todo lo que respondió Michelle.
Wallace ya había hablado demasiado sobre si era o no era una cita, empezaba a cansarse del tema.
En cualquier caso, quería enseñarle el castillo de Inverness, las vistas desde allí arriba eran espectaculares.
Afortunadamente, el sol había salido tras la fuerte lluvia de hacía una hora y Wallace comenzaba a tener la esperanza de que el invierno terminara pronto.
No tardaron más de quince minutos en llegar al mirador del castillo de Inverness. La bandera escocesa ondeaba en el tejado y los rayos de sol se reflejaban en el río.
—Impresionante —murmuró Michelle, apoyándose en la barandilla mientras contemplaba el paisaje. El viento le revolvía mechones de pelo, y Wallace tuvo que hacer un considerable esfuerzo por frenar el impulso de enterrar los dedos en ellos.
—¿Cómo se llama el río? —preguntó ella, volviéndose hacia él.
En sus ojos marrones brillaban motas doradas y Wallace se perdió en ellas por un instante.
—Se llama Ness. Por eso la ciudad se llama Inverness. El Ness desemboca en el Moray Firth, pero… no creo que quieras una lección de geografía, ¿verdad?
Intentó apartar la mirada, pero sus ojos seguían fijos en los de ella.
Michelle se humedeció los labios antes de responder.
—Me gusta escucharte, Wallace.
Sintió un cosquilleo en el estómago.
—¿Qué harías ahora si fuera una cita de verdad? —preguntó, sorprendiéndose al escuchar esas palabras salir de su boca. Oh, Dios, pensó. ¿No le había molestado el tema en el coche? Ahora era demasiado tarde para retractarse.
Le miró con los ojos entreabiertos y dio un paso más hacia él.
—Si esto fuera real, haría esto. —Le colocó las manos en la nuca y le sostuvo la mirada con firmeza.
Su respiración se aceleró, al igual que el ritmo de su pulso.
— ¿Crees que está mal que las mujeres den el primer paso?
—quiso saber ella. Su voz sonaba suave, tan tentadora que se sintió mareado de deseo.
Lo único que pudo hacer fue sacudir la cabeza y poner las manos en su cintura.
Ella le acarició la nuca, deslizó los dedos en su cabello y lo atrajo hacia sí.
Cerró los ojos y se dejó llevar mientras Michelle lo besaba.
Sabía incluso mejor de lo que había imaginado en sus sueños más secretos.
Dulce y deliciosa. Sencillamente perfecta.
Sus labios rozaron los suyos con la ligereza de una pluma.
Un suave suspiro escapó de sus labios mientras saboreaba esa seducción sensual.
La presión de los dedos de ella en su cabello aumentó mientras su lengua exploraba su boca.
Perdió el control y se entregó completamente a ella.
Una lujuria desbordante recorrió sus venas, borrando el último pensamiento de su mente.
Michelle se acurrucó contra su cuerpo como si estuvieran hechos el uno para el otro.
Cuando ella se apartó, se sintió desorientado. ¿Habían pasado segundos o minutos? Respiraba con rapidez, como si acabara de correr doscientos metros. La mirada de Michelle se tornó difusa y pudo notar que ella también estaba sorprendida. Wallace estaba completamente desconcertado.
—Ha sido fantástico para ser el primer beso —balbuceó, sin saber qué más decir—. Créeme, cualquier hombre que no quiera una tercera cita contigo después de esto es un tonto.
Una sonrisa sensual revoloteaba en los labios de Wallace.
Odiaba que no se le ocurriera algo mejor que seguir con esta farsa de las citas.
Pero ni siquiera podía admitir cuánto disfrutaba de su compañía.
Es más, quería volver a besarla. No podía confesarse eso, ni siquiera a sí mismo.
Además, había otros problemas, problemas físicos.
La excitación que sentía era demasiado evidente bajo sus vaqueros.
Michelle tampoco lo había pasado por alto y sonrió con picardía.
En ese momento, la llegada de una pareja de turistas asiáticos rompió la burbuja cargada de tensión en la que se habían envuelto y dejó un silencio incómodo.
Wallace tomó a Michelle de la mano y la llevó al otro lado del mirador, donde estaban casi solos.
—Creo que en unos minutos podré volver a aparecer en público... sin que me quieran arrestar por escándalo público.
Michelle soltó una risita suave.
—Lamento haberte molestado.
—Estás más que invitada a hacerlo de nuevo en cualquier momento —contestó.
Apenas terminó la frase se arrepintió, aunque no estaba seguro del motivo.
No quería que ella pensara que su interés se limitaba a una sola cosa.
Por un lado, se avergonzaba de haber reaccionado con tanta intensidad ante un simple beso, pero, por otro, tampoco deseaba mostrarse vulnerable.
En cualquier caso, lo último que quería era hablar de sentimientos, atracción o de esta farsa de cita.
Con esta determinación, logró calmar los efectos físicos de su emoción.
* * *
D urante el trayecto de vuelta, Michelle notó que Wallace estaba demasiado callado. Intentó hacerle algunas preguntas sobre la vida en Kiltarff y bromeó sobre futuras citas, pero él sólo respondía con monosílabos. Enseguida comprendió que prefería mantener el silencio.
Se le ocurrieron varias posibles razones: quizá el beso no le había gustado tanto como parecía o tal vez ya estaba cansado de ella.
Incluso llegó a preguntarse si, después de todo, Wallace no era el tipo de hombre que disfrutara cuando una mujer daba el primer paso.
Pero no, descartó esa idea. Quizá no fuera experta en el amor, pero sí era buena distinguiendo un sí de un no y Wallace no había mentido.
Si no hubiese querido besarla, simplemente no lo habría hecho.
Entonces, solo quedaba una opción: no quería volver a besarla. Esta reflexión la puso de mal humor y se quedó mirando por la ventanilla, perdida en sus pensamientos. Si realmente hubiera sido una cita, tal vez habría terminado ahí mismo.
Michelle se sintió aliviada cuando la dejó frente a su casa unos minutos después.
El cielo comenzaba a oscurecer, y ella solo quería llegar a su habitación, desconectarse del mundo y sumergirse en una serie romántica, aunque dudaba que eso mejorara su ánimo.
No importaba, se dijo a sí misma, lo que necesitaba era salir del coche, alejarse de él y de aquel incómodo silencio.
—Gracias por acompañarme —le escuchó decir finalmente, con la mirada fija al frente y las manos aún en el volante.