Capítulo 9 #2
Michelle se apoyó en la barandilla, observando a unos patos que se mecían en el agua agitada.
La oscura superficie del lago se ondulaba bajo la llovizna y las ráfagas de viento.
Hacía un frío que calaba hasta los huesos, pero tendría que acostumbrarse, le gustara o no.
Se puso la capucha y se perdió en las vistas de aquel paisaje único.
Vio los tejados puntiagudos del castillo de Kiltarff y dejó vagar su vista hacia la izquierda del lago.
La nieve de las montañas ya hacía tiempo que se había derretido y no se veía ni un alma.
Una sensación de plenitud la hizo respirar hondo.
No podía apartar la mirada, cada ondulación, cada sombra en el agua le aceleraba el corazón.
Sabía que Nessie probablemente no existía, pero también creía que no todo en este mundo tenía una explicación.
El misterio y el misticismo de este lugar era palpable.
No había leído mucho sobre ello, pero no podía ni quería escapar de su legendaria atmósfera.
Se había enamorado un poco de la zona, a pesar del frío gélido que envolvía el ambiente.
De repente, el motor diésel del barco retumbó y los patos huyeron asustados, como si se indignaran de que alguien se atreviera a perturbar su baño dominical. Michelle sonrió para sus adentros. Pocos segundos después, Wallace reapareció a su lado.
—¿Puedo ayudarte? —se ofreció, aunque no tenía idea de lo que había que hacer en un barco a punto de zarpar. Por un instante, Michelle temió que le pidiera que saltara del barco y lanzara los cabos, pero Wallace solo dijo:
—Es un alivio para mi alma varonil que pueda demostrarte lo competente que soy en mi especialidad. ¿Recuerdas nuestra conversación de ayer?
Uy, ¿de dónde ha salido este cambio de actitud?
, pensó Michelle sorprendida. De repente, sus ojos ya no parecían tan vacíos como hacía unos minutos y sus mejillas habían recuperado el color, como si el simple hecho de embarcarse lo hubiera reanimado.
Decidió seguirle el juego y lo saludó con una mano.
—Sí, mi capitán, lo haré. La marinera Michelle se quedará quieta y te observará manejar la situación.
—¿Ves? ¡Funciona! —replicó Wallace con una sonrisa, mientras saltaba a la orilla para desatar los cabos y lanzarlos sobre la barandilla y regresar a bordo de otro salto.
Aunque parecía algo temerario se notaba que lo había hecho muchas veces.
Michelle notó que evitaba usar demasiado el lado izquierdo de su cuerpo, un detalle que solo alguien que conociera su problema podría percibir.
—¿Vienes conmigo al puente o prefieres quedarte aquí? —le preguntó, sacándola de sus pensamientos.
—Si te parece bien, iré contigo.
Él asintió.
—Por supuesto, así podré explicártelo todo. Hoy tendrás una excursión muy especial. Adelante, por favor.
Sin esperarla, Wallace se encaminó hacia una puerta con grandes zancadas.
Michelle se apresuró a seguirle. Descendieron tres escalones hasta una amplia cabina con bancos alineados para los turistas y una pantalla apagada en la pared.
Desde allí, otra puerta conducía al puente del barco.
Al entrar, Michelle vio algunos equipos técnicos, una silla giratoria y, por supuesto, el timón, junto con los instrumentos de navegación.
—¡Por favor, siéntate! ¿Quieres conducir? —ofreció Wallace.
—¿Yo? —Michelle dejó escapar un pequeño quejido, sin moverse.
—¿Qué pasa, no te atreves? No te preocupes, no encallaremos.
El lago Ness tiene más de doscientos metros de profundidad en algunas partes.
Como puedes comprobar, el agua se ve muy negra, pero no es solo una ilusión.
Es así de negra también más abajo y por eso no se pueden hacer fotos en el fondo, lo que, claro, ayuda a la leyenda de Nessie: no se sabe qué vive en esas profundidades.
Una cosa está clara, los secretos del lago más famoso del mundo están lejos de ser revelados por completo.
A Michelle le encantaba escucharle. Con un gesto, le indicó que tomara asiento y se colocó detrás de ella.
—Sigue recto —le dijo en un susurro casi tierno—. No puedes hacerlo mal.
Agradeció poder sentarse ya que sentía sus piernas flaquear con su cercanía, aunque no compartió con él ese detalle. Sin embargo, no pudo evitar que un leve escalofrío le recorriera la espalda, y no precisamente por el frío. La temperatura era agradable…
—Para empezar, algunos datos sobre nuestro lago. ¿Te gustaría oírlos? —continuó él.
Oh, Dios. Estaba tan cerca de ella que podía sentir su aliento en la oreja.
—Por supuesto —respondió ella, casi jadeando.
—Los investigadores han descubierto que este lago era una bahía al final de la última glaciación, hace más de doce mil años.
Me parece increíble pensar en ello. Pero hay más: el volumen del lago Ness es tan grande que la población mundial entera cabría en él más de dos veces.
Esto se debe, claro, a la increíble profundidad que alcanza en la mayoría de sus puntos.
Aunque lo que realmente hace especial al lago Ness es la oscuridad.
La negrura del agua mantiene la temperatura por debajo de seis grados, incluso en verano.
Este detalle puede ser muy peligroso si estás en una tabla de paddle surf o en un kayak.
Solo el año pasado hubo más de veinte rescates.
Pero no quiero asustarte, solo es para que lo tengas en cuenta —agregó rápidamente—.
Esta época del año es perfecta para ver el lago con calma.
En verano esto se convierte en un verdadero infierno, con cientos de miles de visitantes en busca de Nessie.
Michelle lo escuchaba fascinada.
—La leyenda es mucho más antigua de lo que crees.
Los primeros registros, del año quinientos y pico, mencionan a un misionero que fue atacado por un monstruo y que logró ahuyentarlo con su fe.
Claro que Nessie no alcanzó fama hasta mucho después; probablemente hayas oído hablar de la famosa foto que, lamentablemente, resultó ser falsa.
Pero, pese a eso, la popularidad del lago Ness no ha hecho más que crecer. Espero no aburrirte —concluyó Wallace.
—En absoluto —respondió Michelle sonriéndole por encima del hombro—. ¿Estoy llevando bien los mandos?
—Muy bien, sí. ¿Quieres ir más rápido?
—Preferiría que no.
Wallace rio suavemente.
—Está bien, como prefieras.
—Háblame más de Nessie —le pidió ella, intrigada.
—Desde los años setenta, el lago Ness se ha investigado a fondo. Y han encontrado un monstruo —continuó Wallace, con un tono serio.
—¿En serio? ¿Cuál? —Michelle se volvió hacia él, solo para constatar la picardía en su mirada.
—Un equipo sacó a Nessie del lago. Por desgracia, el «monstruo» resultó ser de plástico. Un accesorio perdido de algún rodaje.
—¡Bromeas! —exclamó ella, riendo.
—Jamás —respondió él con una sonrisa. De repente, Wallace puso sus manos sobre las de ella, ayudándola a girar el volante suavemente.— Cuidado o encallaremos. Estamos demasiado cerca de la orilla. ¿Vamos más lejos?
Ese simple contacto hizo que Michelle sintiera fuegos artificiales en sus terminaciones nerviosas. Pero el momento pasó demasiado rápido y enseguida volvió a sujetar el timón sola.
—Lo siento. Supongo que estaba hipnotizada por tu historia.
—No tienes nada por lo que disculparte. ¿Y tú? ¿Crees en el antiguo monstruo del lago?
—Creo que los monstruos seguirán acechando en el lago Ness mientras haya gente buscándolos, lo que será ¡siempre!
Me parece fantástico, todos sueñan con desentrañar el misterio.
Pero, desde un punto de vista puramente científico, probablemente sea bastante difícil que haya vida allí abajo, en la absoluta oscuridad.
¿Qué podría sobrevivir? La vida necesita luz.
—Oh, querida, recuérdame que nunca te lleve de excursión con turistas —se burló él—.
Tu lógica científica es terrible para el negocio.
Pero entiendo tu punto de vista, los investigadores lo han dicho antes que tú.
Sin embargo, la leyenda de Nessie sigue viva.
Escocia y nuestro lago Ness son tan populares como siempre. La gente quiere creer en milagros.
—El hecho de que vengan tantos turistas no me sorprende. El lugar es increíblemente bello. Una vez que experimentas esta magia, nunca la olvidas —comentó Michelle con sinceridad.
—¿Tú crees?
—Sí, incluso en invierno. No creo que haya nada lúgubre aquí, solo diferente. Casi puedo imaginar lo maravilloso que será cuando brille el sol y los valles y los árboles estén verdes y exuberantes. He visto fotos, pero vivirlo en persona debe de ser mágico.
—Así es, cada estación tiene su encanto. En invierno, aquí se está más tranquilo, es más acogedor. En verano no es que se convierta en una gran ciudad, pero sí se vuelve mucho más bullicioso —dijo Wallace.
Michelle pensó en el hecho de que, probablemente, no llegaría a ver el otoño en las Highlands, pero prefirió no mencionarlo. Aunque no era ningún secreto que su contrato era solo por seis meses, no quería sacar el tema en ese momento.
—¿Qué te parece nuestra cita? —preguntó él después de un momento de silencio.
—¿Dónde están las fresas cubiertas de chocolate? —bromeó ella, mirando por encima del hombro.
—¿Ya hemos llegado a eso? ¿En la primera cita?
—¿Y qué crees que pasará con las fresas?
Wallace levantó las cejas de manera sugerente.
—¿De verdad quieres saberlo?
Su mirada se volvió más intensa y Michelle tuvo que tragar saliva. Oh, vaya. No podía evitar las imágenes que le venían a la mente: Wallace dándole fresas mientras estaban juntos en la cama, en un juego sensual.
—No —murmuró, tratando de disimular—, las fresas en invierno serían una mala idea en cualquier caso.
Él no respondió, pero activó una pantalla frente a ellos.
—¿Qué es eso? —preguntó intrigada.
—Es la ecosonda —explicó Wallace—. ¿Ves los puntos rojos? Son movimientos de criaturas debajo y alrededor nuestro.
—Algunos parecen bastante grandes.
—Exacto, más grande que una trucha o salvelino.
—Vaya, ahora sí que estás alimentando la leyenda de Nessie, ¿no?
—Bueno, en cualquier caso sigue siendo demasiado pequeño para ser un monstruo de verdad —respondió Wallace con una sonrisa—. Vamos, naveguemos hasta las ruinas del castillo de Urquhart.
—¿Algo más que deba saber? —preguntó Michelle, siguiéndole el juego.
—En la Edad Media, el castillo era uno de los más grandes de Escocia. Pero, como todo es pasajero e incluso entonces las modas cambiaban, los terratenientes quisieron más comodidades, así que hicieron sus baúles, se marcharon, y la fortaleza quedó abandonada.
—¡Vaya!, estoy emocionada.
—Lamentablemente, no podemos bajar a tierra porque hoy tengo otra excursión.
—Espero que no fuera el programa estándar —comentó Michelle, con un toque de humor.
—Oh, no. Solo las personas especiales pueden sentarse en esta silla —replicó él, mirándola con una sonrisa.
—¿No estás exagerando un poco? —preguntó ella divertida.
Él se encogió de hombros sin responder, pero la expresión de su rostro revelaba que se sentía muy cómodo con ella. Finalmente, tras unos segundos, añadió:
—No tienes ni idea de lo que haré cuando me decida a ponerme exagerado.
Curiosamente, una parte de Michelle quería averiguarlo.