Latidos en escocés (Pasión en el Lago Ness 5) Capítulo 8 #4
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Capítulo 8 #4

—P agar la cuenta, ayudar a poner la chaqueta, sujetar la puerta...

—A ctúas como si eso fuera algo especial —respondió él, divertido.

M ichelle soltó un bufido.

—N o tienes ni idea de lo que he pasado en los últimos años. Cuando los hombres solo piensan en sí mismos lo justifican diciendo que las mujeres queremos emanciparnos y que eso significa hacerlo todo nosotras mismas.

—¿Y qué piensas tú de eso? Todo esto es nuevo para mí —respondió Wallace con curiosidad.

—¿D ónde has estado los últimos quince años, Wallace MacDonnall?

D urante un momento no se movieron. Se quedaron mirándose a los ojos, ninguno dijo ni una palabra y el aire a su alrededor empezó a cargarse.

Él se fijó en el vaho del aliento de ella y en cómo abría ligeramente los labios.

¿Su corazón latiría tan rápido como el de él?

Tragó saliva, intentando aliviar la opresión en su garganta sin éxito.

Una parte de él quería abrazarla y comprobar si sus labios sabían tan deliciosos como parecían.

Pero no era ni el momento ni el lugar. De hecho, estaba asombrado por sentir deseo por ella, eso no podía negarlo.

W allace tomó su mano y la acompañó hasta el coche, un gesto sencillo que sintió tan natural que prefirió no decir nada. No había olvidado que había dejado la última pregunta sin responder así que trató de compensarlo:

—A l parecer, los relojes de Escocia funcionan de manera distinta a los de Londres.

—N o creo que sea algo malo porque la vida en la gran ciudad puede ser agotadora —respondió ella mientras él sujetaba la puerta del coche.

—¿E ntonces no la echas de menos? —preguntó Wallace al acomodarse en el asiento del conductor.

—¿Q ué me estoy perdiendo? ¿Gente antipática que te atropella porque tiene prisa? ¿El estrés, el ajetreo, el ruido y los tubos de escape? No, eso no lo echo de menos. Pero hay dos cosas que sí.

—¿C uáles? —preguntó Wallace, arrancando el motor y saliendo del aparcamiento.

—U n buen servicio de comida a domicilio porque soy una pésima cocinera y desde que estoy aquí he sobrevivido a base de comida preparada. Y echo mucho de menos a mi amiga Deirdre.

—S iento lo de tu amiga —dijo Wallace con empatía—. Y sobre tu otro problema, puedes pedir comida para llevar en el Lantern. Ah, y lo de la cocina… lo supuse después de ver lo del pastel quemado del otro día.

—¡N o me lo recuerdes! —gruñó Michelle.

W allace no reveló que él sabía cocinar, o mejor dicho, que hubo un tiempo en que disfrutaba haciéndolo.

Se imaginó intentándolo de nuevo, preparando una cena tranquila con ella, acompañados de una copa de vino y a la luz de las velas…

El pensamiento le impresionó tanto que se quedó sin aliento.

¿Qué le estaba pasando? Apenas se reconocía.

—¿O curre algo? —preguntó Michelle, quien obviamente había notado su repentina reacción.

—N o, todo está bien —evadió Wallace—. ¿Te viene bien mañana a las diez? Te recogeré entonces.

—E res mono —soltó Michelle de pronto.

É l levantó una ceja. Al principio no quiso responder, pero al final no pudo evitarlo.

—S i vamos a empezar hoy con el asesoramiento para citas, te daré un pequeño consejo: nunca le digas a un hombre que es mono. Decir eso es como aplastarle a uno las pelotas.

Michelle soltó una risita.

—V ale, bien, no eres mono, eres fuerte y tremendamente masculino.

W allace sonrió, percatándose de lo mucho que estaba disfrutando de su compañía, tanto que prefería avanzar lentamente por el camino rural hacia Kiltarff en lugar de conducir a una velocidad razonable.

—A prendes rápido. ¡Muy bien! —respondió con una sonrisa de suficiencia.

—P ero no hace falta que me recojas por la mañana, puedo ir sola al lago Ness.

—¡U f, respuesta equivocada, Michelle! —la reprendió, fingiendo seriedad—. Claro que quieres que te recoja el hombre con el que tienes una cita.

—U hhhh —Fue todo lo que dijo Michelle, pero su risita le indicó a Wallace que estaba disfrutando de la conversación tanto como él.

Faltaban pocos minutos para llegar a su casa.

Aparcó el coche y salió rápidamente para ayudarla a bajar.

Michelle fue más rápida y ya estaba fuera cuando se acercó a su lado.

—T ú también eres un caso claro de testarudez —la regañó.

—¡N o puedo quedarme en el coche esperando a que me tiendas la mano para alzarme!

Wallace gruñó indignado, pero no pudo evitar reírse.

—M uy bien, entonces. Te deseo buenas noches —concluyó con una sonrisa sincera.

Michelle lo miró sonriendo.

—G racias por rescatarme de esa pesadilla de cita. Espero que no hayas dejado nada a medias por mi culpa.

—A unque hubiera sido así, no me hubiera importado— respondió Wallace, aunque la verdad era que le encantó hacerlo, aunque eso no lo dijo.

—B uenas noches, Wallace.

S e quedaron uno frente al otro, un poco cohibidos.

No sabía si un abrazo era apropiado, así que permaneció inmóvil.

Finalmente, Michelle se puso de puntillas y le dio un suave beso en la mejilla.

Wallace dejó escapar un leve suspiro de sorpresa.

Ella olía tan bien que podría acostumbrarse a ese aroma floral tan delicado. Wallace se aclaró la garganta.

—N os vemos mañana.

A ntes de hacer algo vergonzoso o fuera de lugar, se despidió y se marchó hacia la camioneta.

Una vez dentro, esperó frente a su puerta hasta ver que ella entraba y encendía la luz.

Quizá era un poco anticuado en ese aspecto, pero así era él.

Sacudió la cabeza al notar que no podía quitarse esa estúpida sonrisa de la cara.

Por suerte, estaba solo y nadie podía ver que se sentía feliz como una perdiz.