Latidos en escocés (Pasión en el Lago Ness 5) Capítulo 8 #3
43%

Capítulo 8 #3

M ichelle estaba fantástica. Llevaba un vestido corto azul oscuro, pendientes de oro y un collar fino que brillaba con la luz de las velas.

Como si hubiera sentido su presencia, levantó la vista y sus ojos se encontraron.

Wallace sintió cómo se le cortaba la respiración.

Ella pareció sorprendida por un momento, y luego sus labios se curvaron en una sonrisa, como si no hubiera esperado realmente que él acudiera.

Bien. Él no estaba bromeando y al parecer ella lo había olvidado.

Wallace reprimió una sonrisa mientras se acercaba.

L legó a la mesa en cuatro zancadas. Sin saber qué decir, se detuvo y miró al supuesto acompañante de Michelle. El tipo no tenía mal aspecto, aunque vestía demasiado elegante para su gusto. ¿Le gustaban a Michelle los tipos que llevaban ropa tan fina? No pienses en ello, se dijo a sí mismo.

—¿P uedo ayudarle?— preguntó el hombre con un tono condescendiente.

—E so me pregunto yo—contestó Wallace con un resoplido—. Creo que estás sentado en mi silla. —No era del todo mentira: Wallace sentía que ese asiento le pertenecía.

M ichelle se tapó la boca con una mano; Wallace no sabría decir si estaba sorprendida o divertida.

—¿H ablas en serio? —preguntó el tipo, volviéndose hacia Michelle—. ¿Tienes novio?

M ichelle se encogió de hombros y bajó la mano.

—L o siento, Adrian. —Fue todo lo que dijo—. Yo pagaré la cuenta, por supuesto.

A drian soltó una exclamación, tiró la servilleta sobre la mesa y se levantó de un salto.

—¡I ncreíble!

L uego se marchó enfadado mientras Michelle enterraba la cara entre las manos, riéndose.

—D ios, estaba siendo una noche realmente terrible. Hasta ahora.

—¿N o debería haber venido?— preguntó Wallace, un poco inseguro.

—S í, has hecho bien. —Ella lo miró fijamente, y él supo que estaba diciendo la verdad. Parecía aliviada de verle, aunque también incómoda por la forma en que había terminado la cita. No podía culparla, pero se alegraba de haber aparecido. Wallace se sentó.

—¿D ebo disculparme?

—¡D ios me libre, no! Gracias de todo corazón —murmuró Michelle, apartándose un mechón de pelo detrás de la oreja, algo avergonzada—. No estaba segura de si realmente vendrías, pero me alegro de verte.

—S i una mujer está en apuros lo dejaré todo para rescatarla de las garras del malvado dragón…

—Wallace se dio cuenta de lo pomposo que sonaba y se acaloró, a pesar de no llevar chaqueta.

Además, sabía que no haría eso por todas las mujeres, pero prefirió guardarse esa verdad, en parte porque la idea lo inquietaba.

W allace saludó al camarero y pidió una cerveza, esperando que le ayudara a calmar un poco los nervios.

—¿Y ahora? —dijo Michelle, sonriendo aún con un toque de timidez—. ¿Puedes darme algunos consejos sobre citas?

W allace no sabía de qué más hablar con ella y se sentía como si su mente estuviera en blanco. Decidió ser sincero.

—N o creo que haya una cita más aburrida que una cena. Ir al cine es aún más absurdo ya que ni siquiera puedes hablar con la otra persona.

Michelle le dio un sorbo a su vino blanco y lo miró, intrigada.

—O h, ya veo. Entonces, ¿cuál sería tu sugerencia para una primera cita, una en la que realmente me puedas conocer?

—A lgo divertido y emocionante —respondió Wallace, sintiendo que sus palabras sonaban torpes.

—¿P or ejemplo? Digamos que tuviéramos una cita, ¿dónde me invitarías?

—N o soy bueno con la teoría —confesó con franqueza, dándose cuenta de lo inseguro que se sentía cerca de ella. Si había alguien que no era experto en citas, ese era él. Aunque había sido un impulso estúpido irrumpir en su noche, se alegraba de estar allí.

—E stupendo, porque agradezco los consejos prácticos —respondió Michelle, con los ojos abiertos y alerta, lo cual redujo algo el nerviosismo de Wallace.

—¿N o dijiste el otro día que no buscabas pareja? —se atrevió a preguntar finalmente, pues esa era la cuestión que le había rondado la mente toda la tarde.

—¡V aya, tienes unos cambios de tema notables!

—Michelle dejó escapar una risa y sus mejillas adquirieron un suave color rosado—.

Es cierto, no estoy buscando una relación, pero si la persona adecuada se cruzara en mi camino, tampoco diría que no.

No estoy tan desesperada como para necesitar un hombre con el que vivir.

Ahora seguro que piensas y ¿por qué sigue acudiendo a citas que acaban en desastre?

Tienes razón, Wallace, yo también me lo he preguntado.

Pero, ¿sabes? No conozco a nadie en Kiltarff y no me apetece pasar las noches sola.

Quería ver si los hombres escoceses eran diferentes a los de Londres…

pero parece que aquí tampoco tengo suerte.

Quizá debería dejar las citas para siempre y seguir con mis noches solitarias.

W allace no supo qué decir, así que se quedó callado y la dejó hablar, aunque quería contradecirla y decirle que lo conocía a él. Pero no se atrevió. Además, escucharla era agradable. Michelle tenía una voz melodiosa. Y su aspecto era hipnótico, podía mirarla durante horas sin aburrirse.

—A sí que, Wallace —continuó Michelle, inclinándose sobre la mesa hacia él, mientras la vacilante luz de las velas se reflejaba en sus ojos oscuros.

Wallace sintió que a ella también le gustaba hablar con él, que le caía bien.

Sintió algo dentro de él soltándose, como si le hubieran quitado una piedra del pecho de la que ni siquiera había sido consciente hasta ese momento.

— Estábamos hablando de consejos prácticos —comentó ella—.

¿Cuál sería un buen lugar para una primera cita? ¿Qué harías conmigo?

—E sa es una pregunta fácil —contestó Wallace, justo cuando el camarero le puso la bebida delante.

Le dio las gracias y, una vez que el hombre hubo recogido los platos de la cena fallida con Adrian, continuó—.

La primera cita será una sorpresa. Pasaré a recogerte mañana a las diez —anunció con determinación.

M ichelle, al principio, parecía sorprendida, pero luego se echó a reír.

—¡I mposible! Cancelaría inmediatamente una cita con alguien que no conozco en un lugar sin determinar.

—¿P or qué? —preguntó Wallace, intrigado.

—P orque, como mujer, tienes que cuidarte. Suelo decirle a mi amiga Deirdre dónde he quedado con un hombre, para que sepa dónde estoy, por si pasa algo —explicó Michelle con franqueza.

—E so suena bien, has pasado la prueba —bromeó Wallace.

—M ientes muy mal, Wallace. Probablemente ni pensaste en el hecho de que, en una cita a ciegas, debes elegir un lugar donde estés razonablemente segura.

Nunca sabes qué psicópata podría aparecer.

Así que, ¿tienes alguna idea realista de lo que quieres hacer conmigo en nuestra «cita práctica» o solo estás haciendo tiempo con bromas?

—lo pinchó Michelle con una sonrisa divertida.

—Se suponía que iba a ser una sorpresa —respondió Wallace con una expresión exageradamente ofendida—.

Pero tomaré nota mental de que prefieres tener los detalles sobre la mesa.

Así que te contaré mi plan. Mañana te llevaré a recorrer el lago Ness: una visita privada, solo para ti, y será muy especial.

Te contaré historias de Nessie que nunca antes has oído.

L os ojos de Michelle brillaron y su rostro reflejaba una alegría genuina.

—V aya, ahora estoy triste por haber arruinado la sorpresa.

W allace sonrió irónicamente.

—A hora me acuerdo de que las mujeres a veces dicen una cosa cuando quieren decir la contraria.

—¿T e acuerdas? —Michelle levantó una ceja, intrigada—. ¿Qué quieres decir?

W allace no quiso entrar en detalles. Por una vez, no quería pensar en su pasado ni en lo que le había llevado a ser quien era hoy.

Michelle no vería con buenos ojos a un Wallace sombrío y triste.

Quería ser alguien diferente para ella, alguien que disfrutara de la vida.

Y, en realidad, se sentía más ligero estando cerca de ella.

Casi despreocupado. Era una sensación agradable que no había sentido desde hacía tanto tiempo que primero tenía que acostumbrarse a ver el mundo a su alrededor en colores en vez de gris.

—N o importa. ¿Nos vamos? —sugirió con voz ronca. Wallace le hizo señas al camarero para que se acercara, aunque apenas había tocado su cerveza. No quería seguir sentado en ese bar.

—S í, la verdad es que estoy un poco cansada después de esta chapuza de cita. Pero hay una cosa más —dijo Michelle.

—¿S í?

—¿P uedes llevarme a casa? No he venido en coche porque Adrian me ha traído —explicó ella.

L as comisuras de los labios de Wallace se curvaron hacia arriba de forma involuntaria.

—E so es fácil. Pero, Michelle, no deberías haber hecho eso. ¿Y si yo hubiera resultado ser un asesino en serie? En ese caso, el restaurante como lugar seguro no te serviría de nada —bromeó.

E lla entornó la mirada.

—B ueno, me equivoqué, tienes razón. Debería seguir mis propias reglas, ¿no?

E l propietario del local se acercó a la mesa con la cuenta, mirándolos con una expresión un tanto extraña.

Seguramente se preguntaba qué estaba ocurriendo, ya que Michelle había entrado con un tipo y ahora se iba con otro.

Sin embargo, Wallace no tenía ánimo de dar explicaciones y sacó su teléfono para pagar.

—¿Q ué haces?— intervino Michelle, volviéndose hacia el camarero.— Pago yo, por supuesto.

W allace no quería discutir, aunque le habría gustado encargarse de la cuenta.

—¡N i siquiera has tomado nada!— replicó mientras tendía la tarjeta para pagar.

—E ntonces, al menos déjame ayudarte a ponerte la chaqueta —dijo y sin esperar respuesta le acercó su anorak.

—N o suele ocurrirme esto a menudo — comentó Michelle, sonriendo mientras se ponía la chaqueta.

W allace no añadió nada, pero le abrió la puerta y la dejó salir antes que él al aire fresco de la noche.

—¿S iempre haces eso? —preguntó ella, mirándole con curiosidad.

—¿Q ué quieres decir? —Frunció el ceño.