Capítulo 8 #2
—¿Q ué te sirvo?
—U na cerveza, por favor.
D e repente, alguien con un delicado aroma floral se sentó en el taburete junto a Wallace.
Casi se sintió decepcionado al darse cuenta de que la dueña de la chaqueta era Ava.
Una parte de él, de forma inconsciente, había albergado la esperanza de que fuera Michelle la que había entrado en el bar a tomar una pinta.
—H ola, Wallace, ¿cómo estás? —Ava le dio un rápido abrazo.
—B ien, ¿y tú?
K endra le puso la cerveza delante y se dirigió al siguiente cliente.
—¡Mejor no preguntes! Es el sprint final. Estamos a punto de terminar, solo nos faltan algunas cosillas. Ellie está muy estresada porque también está planeando la fiesta de inauguración… —habló atropelladamente Ava, que al parecer solo esperaba alguien a quien contarle todo.
M ientras Wallace daba sorbos a su cerveza y medio escuchaba a Ava, su mente divagaba pensando en Michelle.
Se preguntaba dónde estaría y qué estaría haciendo.
¿Estaría en otra cita de Tinder? Su estómago empezó a rugir, pero lo ignoró.
No había olvidado aquella conversación sobre consejos para citas en el almuerzo y se dio cuenta de que, desde entonces, había pensado en Michelle más a menudo de lo que le gustaría admitir.
Ahora comprendía que realmente deseaba volver a verla, aunque no entendía exactamente por qué.
—W allace, ¿me estás escuchando? —Ava lo sacó de sus pensamientos.
—¡E h, claro! —mintió, escondiéndose detrás de su vaso de cerveza.
A va ladeó la cabeza y lo miró con una mezcla de escepticismo y diversión.
—E res como Colin cuando no me presta atención. Pero lo entiendo. El hecho de que esté a punto de finalizar mi gran proyecto no es tan emocionante para ti como para mí —. Se llevó el vaso a los labios y dio un buen trago.
—¿D ónde está tu chico? —preguntó Wallace, mirando a su alrededor en busca de Colin.
—S igue liado. A veces es molesto que ambos tengamos tanto trabajo. Aunque es agradable saber que remamos en la misma dirección. En cualquier caso, cuando el hotel esté abierto, nos iremos de vacaciones durante mucho tiempo, muy, muy lejos de Kiltarff. Tengo en mente el Caribe o Bali.
—M mmm —murmuró Wallace y bebió otro sorbo.
A va no se inmutó por la falta de entusiasmo de Wallace hacia sus planes de vacaciones y continuó mostrándole varias páginas web de hoteles en su smartphone . Cuando terminó su bebida, Wallace pagó su cerveza, se despidió y abandonó el pub .
D espués de la conversación con Ava, Wallace se dio cuenta de que tenía pocos objetivos que realmente le apasionaran.
En el pasado había sido distinto. Ahora mismo ni siquiera tenía un hobby .
No necesitaba recordarse que echaba mucho de menos ser voluntario en el cuerpo de bomberos.
Siempre le había llenado de orgullo servir a la comunidad, y además le gustaban sus compañeros.
P aseó por el pueblo, y unos minutos después se dio cuenta, horrorizado, de que se encontraba frente a la casa de Michelle. Había tomado esa ruta sin darse cuenta. No había luces encendidas detrás de las ventanas. Así que no estaba.
U na desagradable sensación le invadió la boca del estómago, pero no tenía ganas de analizarla.
Metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y se dirigió a su casa.
Una vez allí, sacó el móvil y abrió el último chat con Michelle y leyó una y otra vez el mensaje en el que ella le informaba de las citas.
No sabía exactamente por qué, pero algo lo mantenía enganchado.
E ntonces, sin pensarlo demasiado, empezó a teclear un mensaje: «Si necesitas consejos sobre citas, solo tienes que pedirlo». Qué tontería. Borró el texto inmediatamente.
Lo intentó con otro. «¿Qué pasó con nuestro acuerdo? Se supone que debo explicarte cómo tratar a los hombres». Ese era incluso más absurdo. Wallace se golpeó la frente con la palma de la mano. Se dio cuenta de que, en realidad, no tenía ni idea de cómo comunicarse con una mujer.
B ueno, en realidad no tenía ningún problema en mantener conversaciones con Ava o Kendra. Con ellas, la charla fluía sin esfuerzo ya que eran sus amigas desde hacía años. Pero Michelle… ella era diferente. No tenía idea de lo que era o de lo que podía llegar a ser para él.
—S oy un idiota —murmuró, tirando el móvil al sofá, se pasó ambas manos por la cara y encendió el televisor. Pero no pudo concentrarse en ningún programa y, al final, volvió a abrir el chat.
N o sabía qué escribir, pero no podía reprimir el impulso de ponerse en contacto con Michelle.
Algo le preocupaba. Seguramente se sentía inquieto por la cita del lunes.
¿Y si había algo más en el hombro de lo que Michelle había descubierto en su examen inicial?
No recordaba todos los términos técnicos que había usado, pero lo que le había explicado le había sonado plausible.
Sabía que la resonancia magnética podría revelar más detalles, pero también existía la posibilidad de que no hubiera ningún hallazgo adicional.
En otoño, los médicos le habían hecho una revisión completa en el hospital y no habían encontrado nada, salvo algunos moretones.
Pero ¿y si se hubieran equivocado? La sensación de opresión en su garganta se intensificó.
«¿P uedes venir conmigo el lunes? No quiero ir solo a Inverness».
Escribió finalmente en el chat. Era exactamente lo que sentía en su interior.
Estaba preocupado y necesitaba apoyo. Apenas había enviado el mensaje cuando vio tres puntos rebotando en la pantalla, indicando que Michelle estaba escribiendo una respuesta.
No se lo esperaba. Wallace había asumido que ella estaba. .. ¿qué, exactamente?
«C laro, puede que tenga que posponer algunas citas, pero lo puedo arreglar», escribió Michelle.
»G racias, estupendo. Pero solo si no es molestia», respondió él. Vaya, qué ingenioso soy, pensó, molesto consigo mismo por su torpeza y esperó ya que Michelle estaba escribiendo algo.
«D ebería haber seguido tu consejo», dijo.
«¿Q ué consejo?», preguntó Wallace, confundido.
«¿N o querías darme consejos sobre cómo conocer a hombres que no fueran gilipollas?», respondió Michelle.
O h, así que sí que había tenido una cita, pensó Wallace. Pero, por lo visto, no había sido agradable. Curiosamente eso lo hizo sentir aliviado.
«P uedo ofrecerte una consulta gratuita mañana», escribió Wallace, añadiendo un guiño sonriente antes de pulsar enviar.
Esperaba que no se sintiera ofendida o acosada por su mensaje.
Observó los tres puntos danzando en la pantalla.
Parecía una eternidad. Entonces, los tres puntos desaparecieron…
pero no llegó ningún mensaje. Michelle había abandonado la charla sin contestarle.
¿A qué venía eso? Wallace se quedó mirando el móvil, sintiendo la tentación de llamarla.
No podía guardarlo y ya está, ¿verdad? Justo cuando Wallace había abandonado toda esperanza, los puntos en la pantalla volvieron a moverse.
«C reo que soy una causa perdida», fue su mensaje.
Wallace pudo imaginar la voz de Michelle resonando en su cabeza, parecía desanimada por la aparentemente desastrosa cita de esa noche.
Una sensación indescriptible recorrió su cuerpo.
Se le erizó el vello de la nuca y sintió una oleada de tensión.
Deseaba hacerle ver a ese tipo que la había hecho sentir que ella era el problema que estaba totalmente equivocado.
Michelle era perfecta tal como era; el problema no era ella, sino él, quienquiera que fuese.
«¿E stás en una cita ahora mismo?», preguntó con determinación.
«S í, pero el hombre apesta. Creo que me voy a escapar. Solo habla de sí mismo y de lo genial que es. Ni siquiera se da cuenta de que estoy escribiendo mensajes todo el tiempo».
«¿D ónde estás?», quiso saber Wallace.
«¿P or qué? ¿Quieres salvarme?». Michelle acompañó el mensaje con un emoji de cara sonriente con gafas de sol.
«C reo que puedes hacerlo muy bien por ti misma y que no necesitas ayuda…
a menos que quieras que te saque de ahí».
Probablemente ella pensaba que era un pelele, aunque él quería verse como el héroe en esta situación.
Era extraño, pues ni él mismo se reconocía así.
Estaba desentrenado cuando se trataba de mujeres atractivas.
L e sorprendió, porque, aunque no había sido precisamente un monje en los últimos años, la mayoría de sus encuentros habían sido aventuras pasajeras, sin mayor importancia. Y, en aquellas ocasiones, nunca se había quedado sin palabras frente a las mujeres.
El hecho de sentirse indefenso e inseguro al tratar con Michelle era completamente nuevo para él.
Y, aunque fuera inesperado, le encantaba.
De alguna forma, lo disfrutaba... y a la vez, no.
Era agotador y lo ponía nervioso, pero también era electrizante.
Hacía mucho tiempo que no se sentía así: emocionado, vivo.
«S er rescatada suena fantástico. Me encantaría verte echar a este imbécil egocéntrico», respondió Michelle. Eso era todo lo que Wallace necesitaba saber.
«¿D ónde estás?», preguntó.
«E stoy en Invergarry, en el Lock Inn». Se levantó de un salto y, sin siquiera ponerse una chaqueta, tecleó: «No huyas».
C ondujo hacia el Lock Inn como pocas veces lo había hecho, rápido y decidido. Afortunadamente, el lugar no estaba lejos y diez minutos después aparcaba su camioneta frente al bar. Ni siquiera había pensado en qué decir cuando irrumpió en el lugar.
W allace abrió la puerta de un tirón, y una ráfaga de aire caliente mezclado con el olor a comida y cerveza rancia lo golpeó.
Le bastaron tres segundos para localizarla.
Michelle estaba en un rincón sentada frente a un tipo trajeado que hablaba sin parar mientras ella apenas tocaba su comida. Tenía el móvil apoyado en el muslo.