Capítulo 8
—¡T ío Wallace, vamos, más deprisa!— instó el pequeño Lennox, que hoy celebraba su sexto cumpleaños con la familia. Wallace estaba a cuatro patas como un caballo, balanceando a su sobrino por el salón.
Después de que el hermano pequeño, Tipp, diera también unas cuantas vueltas sobre su espalda, algo que no le costó hacer a pesar de sus problemas en el hombro, Caitlin llamó a todos a la mesa.
Había una tarta de cumpleaños en forma de coche de carreras rojo, chocolate caliente para los niños y café para los adultos.
Finley estaba absorto en una conversación con su suegro y se dejó servir.
Probablemente no había contribuido mucho a la planificación de la pequeña fiesta.
Wallace lo sabía, incluso sin habérselo preguntado a su cuñado.
Finley no era ningún apoyo para Caitlin, ni en el hogar ni en la crianza de los niños.
Caitlin tenía las mejillas sonrojadas y estaba visiblemente feliz, pero, como tantas otras veces, parecía agotada.
En cuanto todos estuvieron sentados, el cumpleañero pudo soplar las velas.
Lennox respiró hondo y logró apagarlas todas en el primer intento.
La familia le aplaudió y vitoreó. Entonces, el pequeño cerró los ojos y pidió un deseo en silencio, concentrado.
A Wallace se le encogió el corazón porque quería mucho a sus sobrinos.
Lamentaba profundamente no tener una familia propia, pero no quería seguir ese hilo de pensamientos, pues solo le llevaría de nuevo a un profundo pozo de tristeza.
Así que se centró en la feliz ocasión del día y se obligó a sonreír.
Unos minutos más tarde, todos tenían un poco de la tarta de coches de carreras en sus platos.
Toda la familia cantó el cumpleaños feliz a Lennox antes de disfrutar del dulce manjar.
—¿Otro trozo? —ofreció Caitlin a Wallace al ver que había terminado de comer.
Él le entregó su plato.
—Claro, muchas gracias. El pastel está delicioso.
Ella estaba encantada con los elogios.
—Ayer me pasé todo el día intentando que el coche de carreras se pareciera al de la foto.
A Wallace le pareció muy tierno que su hermana se tomara tantas molestias para hacer feliz a su hijo. Incluso si eso significaba pasar horas en la cocina trabajando como una esclava en algo que después desaparecería en un suspiro con tanto goloso en la familia.
—Le sugerí que encargara una tarta. Hoy en día se puede comprar algo así en cualquier sitio —intervino Finley con un comentario poco afortunado que de pronto empañó el ambiente alegre.
Al menos, así fue para Wallace y para Caitlin.
Los niños ni siquiera se dieron cuenta, estaban ocupados con sus dulces azucarados.
—Sabe mucho mejor lo hecho en casa, ¿verdad? —respondió Vika antes de que Wallace pudiera decir algo.
Caitlin tomó otro trozo para ella y evitó mirar a nadie. Wallace podía sentir que el comentario de su marido la había herido.
—¿De verdad vas a seguir comerte eso? —preguntó Finley, con una expresión de extrañeza.
Wallace empezó a cabrearse. Había visto a su cuñado hacer comentarios poco agradables sobre la figura de su esposa en varias ocasiones.
Estaba yendo demasiado lejos. Es cierto que quizás después del nacimiento de los niños Caitlin ya no usara la misma talla de vestido que cuando se casaron siete años atrás, pero eso no debería importar cuando en una relación ambos se aman.
Además, Finley tampoco tenía el cabello tan abundante como antes y Caitlin no se lo andaba restregando.
—¡Esto es absurdo! —explotó Wallace, logrando apenas contenerse para no golpear la mesa porque los niños estaban allí.
En realidad, deseaba darle un puñetazo en la cara a Finley y gritarle que no volviera a menospreciar así a su hermana.
Sin embargo decidió comportarse como una persona civilizada y se limitó a mirar a Finley con una expresión desafiante.
El repentino silencio resultaba incómodo. Wallace sentía el corazón acelerado.
—Caitlin comerá todo el pastel que quiera —añadió en una voz tan baja que sonaba peligrosa. La tensión en la habitación era palpable. Incluso los niños hicieron una pausa y se miraron entre sí, inseguros de lo que ocurría.
Finley raspó su plato con el tenedor, evitando la mirada de Wallace.
Cobarde, pensó Wallace.
—Claro que puede —replicó Finley, ofendido—. Pero ayer me dijo que quería ponerse a dieta y yo solo quiero apoyarla. Si se come el pastel ahora, después se quejará y se arrepentirá.
Apoyarla, qué gracioso, pensó Wallace, aún lleno de ira.
—En mi opinión, deberías decirle que está fantástica y que no necesita hacer dieta.
Caitlin se había puesto pálida, visiblemente incómoda con la situación. Apartó el plato, había perdido el apetito. Era comprensible.
—No pasa nada, Wallace, de verdad que no quería más. Suelo comer más por los ojos que por la boca —mintió, dejando la servilleta sobre el trozo de pastel sin tocarlo.
Wallace lamentaba profundamente que el ambiente de aquella tarde tan agradable se hubiera arruinado para su hermana.
Quiso decir algo más, pero captó la mirada de advertencia de su madre, así que prefirió guardar silencio.
Sin embargo, no podía olvidar lo que acababa de presenciar, una vez más.
Caitlin no debería tener que escuchar algo así de su marido.
Wallace no sabía qué podía hacer por ella, y eso le apenaba.
Miró su reloj de pulsera: eran poco más de las cuatro.
Iba a ser un día muy largo.
U na vez que despejaron la mesa de café, Wallace jugó al parchís con sus sobrinos y pasó unas horas divertidas con ellos antes de despedirse después de la cena.
Las mujeres se habían trasladado a la cocina, donde lavaban los platos y empaquetaban las sobras en recipientes de plástico.
Wallace se unió para ayudarlas. Llevaba varios platos y cuencos en las manos mientras cruzaba el pasillo hacia la cocina.
Al entrar, la conversación entre su madre y Caitlin se detuvo de repente y sintió que estaban hablando de él.
Ambas lo miraron sorprendidas, con un ligero rastro de remordimiento reflejado en sus rostros.
—¿Pasa algo? —preguntó.
—M e pregunto si será verdad —dijo su hermana.
—¿E l qué? —No comprendía del todo a qué se refería, pero esperaba que no fuera lo de la nuera. Con suerte, ese tema estaría ya fuera de debate.
—Q ue estás viendo a una mujer —continuó Caitlin—. ¿Es verdad?
O h, eso . Wallace había estado esperando esa pregunta durante todo el día, ya que aún no había hablado con su madre sobre la visita de Michelle. Ella no le había preguntado, y él tampoco había planeado sacar el tema. La situación ya era lo suficientemente incómoda.
Además, no había tenido noticias de Michelle desde el lunes.
Aparte de un mensaje de texto en el que ella le informaba de dos citas, claro, pero eso no contaba.
Una el lunes en Inverness para una resonancia magnética y otra en su consulta al día siguiente.
No se podía llamar a eso una reunión o, menos aún, una cita.
—A sí es, ¿por qué? —mintió de todas formas, solo para que le dejaran en paz.
L os ojos de Caitlin se abrieron de par en par.
—¿P or qué me entero ahora? ¿Quién es? ¿De dónde la conoces? ¿Cuándo vamos a conocerla?
W allace se rio.
—A hora actúas como si fueras mi madre.
—¿A caso es un secreto? —quiso saber también Vika. Se notaba que a ambas estaba a punto de matarlas la curiosidad. No podía culparlas.
S in embargo, Wallace sospechaba que su madre ya sabía desde hacía tiempo que la visitante era la nueva chica de la ciudad.
Desde luego, seguro que le había resultado increíblemente difícil no preguntar en los últimos días.
Cada vez que se encontraban, él notaba que ella quería saber más, pero no le había dado la oportunidad de abordar el tema.
—N o es eso... pero por ahora no quiero hablar de ello. ¿Lo entendéis? —dijo, escabulléndose de la situación, ya que odiaba mentir.
C aitlin y su madre intercambiaron una mirada y su hermana, poniéndole una mano sobre el brazo continuó:
—C laro que sí, Wallace, es solo que no me lo podía creer... De todas formas, me alegro por ti.
W allace bajó la mirada, sintiéndose culpable.
—Por favor, es demasiado pronto. No sé qué saldrá de esto —.
Al menos no era una mentira, pero seguía sintiéndose incómodo.
—Que tengáis una buena noche, gracias por invitarme.
Fue un placer como siempre. —Abrazó a Caitlin.
— Y tú, no dejes que tu marido te convenza de nada.
Estás fantástica y deberías poder comer todo el pastel que quieras.
L a vio tragar saliva. Luego sonrió, aunque su sonrisa parecía un poco forzada.
—H e engordado mucho, es incómodo, no puedo seguir así. Finley tiene razón al recordarme que debo vigilar las calorías.
—N o entiendo por qué le defiendes —refunfuñó Wallace. Sabía que posiblemente estaba poniendo a su hermana en una situación comprometida, pero tenía claro que el problema no era ella, sino su marido.
—E stá bien —añadió, pues no quería incomodar a Caitlin en el cumpleaños de su hijo—. Te veré el martes, voy al fútbol con los chicos.
U na vez más, Finley tenía citas «importantes» que le impedían llevar a sus hijos a hacer deporte, así que Wallace le había ofrecido su ayuda.
C inco minutos después, Wallace estaba de pie en la calle, preguntándose qué hacer con su tiempo y con la noche que acababa de empezar. Como no le apetecía regresar a casa, se dirigió al Lantern.
E l lugar estaba, como siempre, bastante concurrido.
Encontró hueco en la barra. En el taburete de al lado colgaba una chaqueta de mujer con forro de felpa rosa.
Encima del mostrador había una cerveza y un bol de palomitas, pero no había ni rastro de la dueña de la prenda.
A Wallace no le importó y se sentó en el asiento libre.
Kendra le saludó con una sonrisa desde el otro lado, recién llegada de la cocina.
—¡H ola, me alegro de verte!
—¡I gualmente!