Capítulo 4
L a lección sobre el horno había sido muy útil.
.. y un poco embarazosa. A Michelle no le gustaba admitir su incompetencia y hoy había fracasado dos veces.
Wallace no había comentado nada sobre la tarta, pero había visto la expresión de diversión en su cara cuando descubrió la cosa carbonizada en el horno.
Por suerte no había hecho ningún comentario, cualquier cosa que se le hubiera ocurrido solo la habría hecho parecer aún más estúpida.
Se avergonzaba de sí misma por no ser capaz de preparar un simple pastel de chocolate.
Michelle apartó los pensamientos sombríos.
Cariño, no tienes que ser capaz de hacerlo todo, le habría dicho ahora su madre.
Pero ella no estaba viva y Michelle ya era adulta.
¿Tan difícil era hacer una tarta? Se suponía que alguien que había terminado con éxito una carrera de medicina sería capaz de hacerlo.
Pero los hechos estaban en su contra en este caso.
.. En cualquier caso, la cocina no era un lugar donde pudiera brillar, eso era seguro.
Afortunadamente, aún le quedaban unos días para pensar en algo para el almuerzo al que la habían invitado.
—¿Crees que estarás bien? —Wallace sacó a Michelle de sus pensamientos.
—Eso espero —refunfuñó y se recompuso. Al fin y al cabo, Wallace no tenía la culpa.
—Si no, siempre puedes llamarme —dijo él, y su voz liberó parte de la presión que había en su interior, permitiéndole ser más benévola consigo misma.
—¿Es otra de esas insinuaciones? —se burló ella, sin saber qué más decir.
Michelle no lo parecía a primera vista, pero en el fondo era tímida.
Era más que eso: en el pasado había aprendido que la gente rara vez actuaba desinteresadamente.
Aunque no creía que Wallace esperara nada a cambio, había algo dentro de ella que temía que hubiera una pizca de verdad en aquella broma.
Wallace frunció el ceño.
—Eh, no.
La reacción de sorpresa de Wallace le dijo a Michelle todo lo que necesitaba saber. Este hombre no tenía segundas intenciones, y eso la hizo sentir aliviada.
Levantó ambas manos y se rio.
—Vale, bien, lo entiendo, solo querrías enseñarme tu culo desnudo si estuvieras borracho.
Wallace resopló.
—Te lo explicaré otra vez: no suelo enseñar el culo a nadie sin que me lo pidan. Pero a menudo me preguntan qué llevamos debajo de la falda los escoceses y quería adelantarme a eso en el pub ... bueno, más o menos.
—¿Más o menos? —Levantó una ceja—. ¿Y como soy nueva aquí, pensaste que hablar estaba sobrevalorado?
—Exacto —Se frotó la frente con la mano y sonrió tímidamente—. No lo volveré a hacer.
—A menos que te lo pida, ya lo has dicho —bromeó ella.
Realmente parecía un buen tipo. Y sexy también. Afortunadamente, no era tan prepotente como su compañero Stuart. Wallace no era un fanfarrón, parecía más bien un poco distante, lo que quizás incluso le hacía más interesante.
El escocés frunció los labios.
—Me doy cuenta de que he arruinado la primera impresión, Michelle, y lo siento de verdad.
Sus palabras resonaron en ella durante un largo rato. El tono y el sonido de su voz hicieron el resto, consiguiendo que le temblaran las rodillas.
¡Oh, Dios! Y ahora la observaba con esa mirada especial que la atravesaba. Sus ojos azul glaciar eran hipnotizadores. El extraño revoloteo en la boca del estómago de Michelle fue empeorando.
—Está bien —consiguió decir—, sobreviví. Y tú lo has compensado, así que olvidémoslo.
—De acuerdo —Fue todo lo que respondió él.
Se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y pasaron unos segundos en silencio. Luego miró el pastel carbonizado.
—¿Quieres que le eche otro vistazo al horno? —Quiso saber.
Michelle sintió que el calor aumentaba en su interior.
—No es necesario —alegó con demasiada rapidez.
El aparato en sí estaba garantizado, era más bien un error del operario.
—Para serte sincera, me había olvidado de que la tenía en el horno, aunque probablemente habría sido incomible de todos modos.
—La mezcla que había vertido en el molde había quedado grumosa y poco apetitosa—.
Me temo que la cocina no es uno de mis puntos fuertes —admitió, sorprendida de lo cómoda que se sentía con él hablando sobre lo mal que le había salido la tarta.
Por un momento, temió escuchar una carcajada, pero no fue así. Siguió contemplándola con esa mirada penetrante que la dejaba sin aliento.
—Muy bien, entonces... —Sacó la mano derecha del bolsillo de la chaqueta y señaló detrás de él con el pulgar—. Me voy. Si hay cualquier cosa, llámame.
—Ni siquiera tengo tu número.
Oh, vaya. ¿Ahora sonaba necesitada? No quería que pensara que le gustaba, pero, por desgracia, era la verdad.
—Oh, claro, ¿tienes un papel por ahí?
Asintió y sacó un pequeño bloc del cajón de los cubiertos junto a un lapicero.
—Debe de ser del anterior inquilino —explicó y se lo entregó a Wallace.
Él se inclinó sobre la mesa de la cocina, garabateó algo y se apartó.
—No era una frase para ligar, que conste —volvió a recalcar, y ella casi pensó que era una pena, porque sonaba muy creíble.
—Está claro —respondió ella—, yo tampoco lo pretendía.
Wallace sonrió.
—Es bueno saberlo.
—También puedes decírselo a tu compañero Stuart —dijo, riéndose.
El momento había pasado, seguramente solo se había imaginado esas miradas.
Desde luego, esto no era un nuevo episodio de Outlander ni ninguna otra serie romántica donde una mujer normalita terminaba con el tipo más sexy del planeta.
Ella tampoco había venido a Escocia buscando el amor.
Desde luego que no. Había intentado salir con alguien de vez en cuando, pero en general casi había perdido la esperanza de que pudiera saltar la chispa en algún momento.
—Puede ser bastante molesto, pero es inofensivo —explicó Wallace, encogiéndose de hombros.
—Querrás decir mujeriego, ¿no?
Michelle se relajó un poco más y, de hecho, estaba disfrutando de la breve conversación con Wallace. Hacía solo unos minutos, no lo habría creído posible. Una vez más, las primeras impresiones podían engañar.
—Puede que no se vea a simple vista, pero tiene un gran corazón... eso sí, no piensa mucho en las relaciones estables, estoy de acuerdo.
—Y tú eres como él, ¿verdad? —contraatacó ella, riéndose. Michelle notó cómo Wallace se quedaba helado tras su última broma. Su comentario no había tenido el efecto que esperaba.— Si he dicho algo fuera de lugar...
—Está bien —La interrumpió con frialdad—. Ahora tengo que irme. Nos vemos en unos días. Adiós, Michelle.
Sin que ella pudiera decir nada, ni siquiera disculparse por un comentario posiblemente inapropiado, Wallace desapareció, dejándola atrás consternada.
—Qué extraño —murmuró para sí misma mientras se dispuso a deshacerse del pastel chamuscado.
Mientras ordenaba la cocina y pensaba en qué podría llevar al almuerzo, recordó al menos diez veces su encuentro con Wallace.
De hecho, le había parecido que, durante la conversación, se había creado un ambiente agradable entre ellos.
Hasta que ella hizo aquella broma, que obviamente le sentó mal.
Suponía que había dado en el clavo. ¿Quizá le habían dejado o le habían engañado?
Sí, eso también encajaría con lo que había visto en el bar el otro día, la tristeza en sus ojos.
—Mierda —murmuró, mordiéndose el interior de la mejilla—. Ojalá hubiera mantenido la boca cerrada.
Segundo día y ya había metido la pata. Pero no podía saberlo.
Se disculparía con Wallace la próxima vez que lo viera.
Pero, ¿qué podría decir? ¿Que sentía haber hecho un comentario estúpido?
Sonaba mal incluso en su mente. Tal vez debería fingir que no se había dado cuenta de que lo había ofendido.
Lo que sí le había quedado claro era una cosa, en el futuro se guardaría las bromas.
La verdad es que tampoco tenía un gran sentido del humor.
Michelle echó un vistazo a la nota con su número de teléfono. Lo guardó en su móvil y se preguntó si debía escribirle de inmediato. Mejor no. No quería parecer insistente ni desesperada. Y menos así.
Curiosamente, ya no se sentía tan sola después de la visita.
Antes del desastre de la tarta, había pasado el día sintiéndose como en casa.
Sus libros estaban en las estanterías, la nevera llena y su ropa en el armario.
Los temores iniciales de no sentirse en un hogar habían sido infundados.
Aparte de los pequeños utensilios que había en los cajones de la cocina, no había objetos personales del anterior inquilino o propietario.
Aún no podía decir que estaba en casa, pero ya no se sentía tan fuera de lugar.
Se frotó la barbilla y se quedó pensativa un momento. Luego se puso la chaqueta y tomó el camino hacia, es decir, a la tienda. Le gustó la idea, aunque había pocos negcios, aparentemente se podía conseguir todo lo necesario para vivir.
La señora mayor que estaba detrás de la caja la saludó cordialmente, como si fueran amigas.
—¿Se te ha olvidado algo? —le preguntó Shona. Ya se habían presentado antes.
Por supuesto, la dueña de la tienda de la gasolinera ya estaba enterada de la llegada de Michelle y del motivo de su estancia, así que no tuvo que darle muchas explicaciones. Michelle sonrió a la anciana.
—Eso parece.
—Si necesitas ayuda, házmelo saber.
—¡Lo haré, gracias!
Michelle cogió una cesta de la compra con asa y recorrió los estrechos pasillos hasta llegar a la estantería de productos de pastelería.
Allí eligió unas magdalenas pequeñas, glaseado de chocolate y virutas de colores.
Tras su primer intento de hornearlas ella misma, decidió no hacer una nueva tanda y prefirió ir a lo seguro.
Eso sí, primero quería comprobar si se podían comer o si tendría que pensar en otra cosa.
—Me parece una idea inteligente —le dijo alguien, y Michelle se contrajo.