Capítulo 2
U n golpe en la ventanilla del copiloto hizo que Michelle diera un respingo asustada.
El corazón se le paró un segundo. Entonces vio la cara amable del hombre mayor para el que trabajaría a partir de ahora y se relajó.
¿Cómo sabría Angus que había llegado? Ni siquiera le había dado tiempo a llamarle.
Salió del coche y enseguida lamentó no haberse puesto la chaqueta. Hacía un frío que pelaba en las Highlands. Angus no parecía sentir lo mismo, ya que solo vestía una fina chaqueta acolchada y no llevaba gorra sobre su pelo gris plateado.
—Buenas noches —la saludó, dando la vuelta al coche y tendiéndole su enorme mano. Su aliento dejaba pequeñas nubes blancas en el aire nocturno.
—Hola, Angus. ¿Cómo te has enterado de que estaba aquí? ¿Eres vidente? —bromeó Michelle, devolviéndole el apretón de manos.
—Los gorriones cantan desde los tejados cuando un coche extranjero cruza los límites del pueblo en esta época del año.
Michelle se quedó con la boca abierta. Por desgracia, sabía muy bien lo sorprendida que debía parecer y trató de no mostrarlo tan claramente.
—¿Hablas en serio?
Era posible que las noticias volaran a la velocidad de la luz.
Sabía que las Highlands eran un destino popular para turistas de todo el mundo en verano.
En invierno, debía ser otra historia, y un coche extraño está claro que habría llamado la atención.
Sin embargo, no podía creerse que el cotilleo fuera a extenderse tan rápido.
Desde la llamada telefónica, en la que no solo habían hablado sobre la consulta donde empezaría como quiropráctica, sabía que Angus no vivía aquí, sino a unas calles de distancia.
Pero era imposible que hubiera llegado tan rápido, ¿no?
La respuesta de Angus a su reacción fue una risa profunda y gutural para a continuación darle una paternal palmada en el hombro como si fueran viejos amigos.
—¿Dónde está tu equipaje? Te enseñaré tu alojamiento. Probablemente quieras instalarte primero —dijo sin responder a su pregunta.
—Por supuesto, me encantaría. Muchas gracias —respondió Michelle.
—Genial, entonces ven conmigo —la animó Angus, rodeando el pequeño coche de Michelle y deteniéndose frente al maletero.
Michelle lo abrió. El espacio era tan pequeño que había tenido que meter su ropa en bolsas negras de basura en vez de en maletas.
También había colocado algunas cosas en el asiento trasero: unos cuantos libros en cajas de cartón, la mochila con el portátil y sus papeles.
Visto así, era triste que toda su vida cupiera en aquel coche.
Los muebles pudo venderlos, total, tampoco los echaría de menos.
Michelle siempre se había mantenido a flote económicamente trabajando mientras estudiaba. No había sido fácil, pero se enorgullecía de no haber tenido que pedir un préstamo. No quería deberle nada a nadie, ni siquiera ahora, menos aún ahora. Sabía dónde podía llevarle eso.
—Lo sé, parece que transporte a mi casera muerta en el maletero —intentó explicar bromeando sobre las bolsas de basura.
Se avergonzó por la primera impresión que podría estar causando. Le molestó no haber prestado más atención al medio de transporte. No, ya era demasiado tarde. Dejó de preocuparse; después de todo, ya tenía el trabajo y solo tenía que convencer a Angus de su competencia.
—Bueno, esperemos que yo no acabe igual —bromeó Angus con un guiño y cogió dos bolsas para llevarlas a la puerta. Afortunadamente, parecía que le importaba un bledo si llevaba la ropa en bolsas de basura o en maletas de diseño.
Angus sacó una llave del bolsillo de su pantalón y abrió la puerta. Michelle cogió dos bolsas y le siguió, ya habían vaciado el maletero.
—Adelante —le pidió Angus y encendió la luz antes de entrar detrás de ella.
Qué emocionante que su alojamiento fuera un chalé solo para ella, no se lo había mencionado en la conversación que mantuvieron. Seguía estando nerviosa, pero deseaba que avanzara el tiempo.
Olía un poco a humedad, pero no era nada que no pudiera remediarse con una ventilación adecuada.
Sobre el suelo de piedra había una alfombra desgastada y descolorida y la iluminación no era especialmente brillante; los propietarios probablemente nunca habían oído hablar de los LED. Además hacía frío.
—Hay dos juegos de llaves aquí, en el llavero —explicó Angus, y Michelle asintió cortésmente.
Las paredes estaban adornadas con papel pintado amarillento y en algunos lugares había manchas más claras donde probablemente hubo cuadros colgados en otro tiempo.
En el pasillo había una enorme cómoda de madera muy oscura, sobre la que Michelle descubrió una blonda de ganchillo y un arreglo de flores secas.
Angus no se molestó en dar largas explicaciones, sino que se dirigió directamente a una habitación.
—Este es el dormitorio —le dijo mientras ella le seguía.
Una única bombilla colgaba sobre la amplia cama de matrimonio. En el lado más largo de la estancia había un horrible armario marrón.
Por favor, que no se hayan dejado nada dentro, pensó Michelle y envió una plegaria silenciosa al cielo.
Sobre el colchón había dos gruesos edredones y almohadas con fundas de algodón de flores a juego.
Había crecido sin lujos, incluso su piso de Londres necesitaba una reforma, pero en esta vieja casa de campo todo era extraño.
Se estremeció. Aunque había venido aquí sin grandes expectativas, se dio cuenta de que no se sentía tan a gusto como había creído hacía tan solo unos minutos.
Será el cansancio de un largo día de viaje, se dijo, y no volvió a pensar en esa extraña sensación en la boca del estómago.
—Hace tiempo que no vive nadie aquí —explicó Angus, a quien seguramente no le había pasado desapercibida la expresión de Michelle.
Esperaba que no pensara que no le gustaba estar allí, porque no era cierto. Aunque el mobiliario y la casa en sí eran viejos, seguía siendo bonito en cierto modo, pero no era su hogar.
—Estoy segura de que me sentiré como en casa en cuanto deshaga la maleta —deseó rezando en silencio para que así fuera.
Angus asintió.
—Desde luego.
Descargaron las bolsas de ropa en el dormitorio.
—Me instalaré más tarde —explicó Michelle.
—Está bien. El baño está justo al lado —Señaló una pequeña puerta, pero no entró, sino que cruzó el pasillo hasta la otra mitad de la casa.
Angus se conservaba bien para su edad, era ancho de hombros y parecía robusto y en forma.
A pesar del frío, tenía la cara ligeramente bronceada y una sombra de barba plateada le cubría las mejillas.
Junto a sus ojos azules se dibujaban las líneas de la sonrisa.
La vida en el campo parecía más agradable que en Londres, donde todo el mundo parecía andar con cara de estreñido, la piel pálida como la nieve y las comisuras de los labios colgando.
Michelle siguió a Angus y dejó la exploración del cuarto de baño para más tarde.
—Aquí tenemos la cocina y el salón. La casa es pequeña, pero espero que sea suficiente —explicó Angus encogiéndose de hombros.
—Por supuesto —se apresuró a responder. Era perfecto para ella, pese a estar tan anticuado por dentro como por fuera.
—¿Eso es una estufa? —preguntó Michelle mientras miraba furtivamente a su alrededor en busca de radiadores. Junto al monstruo de hierro había un cesto con troncos.
Angus dio unos golpecitos en la placa.
—Sí, de hecho, incluso podrías cocinar en ella, pero no te preocupes, podrás hacerlo en la eléctrica que hay en la cocina.
Michelle tuvo que toser porque se había atragantado al escuchar a Angus elogiar la cocina como un logro moderno.
Ella lo había considerado como algo estándar.
« Bueno, esa era probablemente la primera lección que tenía que aprender», pensó, divertida por su ingenuidad.
Estaba claro que no había calefacción central, podía ahorrarse la pregunta.
—No soy muy buena cocinera —admitió.
Tampoco lo había necesitado en Londres, donde se limitaba a comprar algo para llevar o para comer en la cantina cuando aún estaba en el hospital.
En su época de estudiante sobrevivió a base de tostadas y pasta por razones económicas.
.. Quizá tendría que volver a ese tipo de alimentación, pero esta vez no por falta de dinero.
Se acababa de dar cuenta de que aquí no había comida para llevar en cada esquina.
Quizá ni siquiera hubiera un servicio de reparto en Kiltarff.
—No sabía si traerías algo, así que no te compramos nada. Cualquier cosa que necesites, puedes conseguir casi cualquier cosa en la gasolinera. Está abierta hasta las diez, también hay una pequeña tienda de alimentación y una oficina de correos por si quieres hacer algún envío.
Michelle se ahorró responder que no había nadie a quien mandar una carta o un paquete. Con Deirdre se comunicaba por teléfono.
—Creo que mañana haré la compra —contestó, esperando que no se notara lo perdida que se sentía de repente—. Pero después de tanto tiempo en el coche, quizás salga a dar un paseo a ver si encuentro un pub donde comer.
A Angus se le iluminó la cara.
—Es una gran idea. ¿Por qué no vienes conmigo y te enseño el camino? Por cierto, pasaba por aquí antes porque iba de camino al pueblo. No te preocupes, bromeaba con lo del canto de los gorriones.
Le guiñó un ojo y Michelle se rio.
—¡Te creí!
Cinco minutos más tarde estaban de camino al pub local, después de haber llevado el resto de sus pertenencias desde el asiento trasero del coche a la casa.
Aunque Michelle se sentía cansada y un poco pegajosa tras el largo trayecto en coche, aprovechó para pasear por el pueblo con Angus.
Era simpático, incluso diría que la trataba con un aire paternal.
No es que Michelle tuviera referentes para comparar ya que nunca había conocido a su propio padre, pero Angus tenía un carácter abierto y despreocupado que la hacía sentir bien.
De hecho, ya se sentía menos perdida que hacía unos minutos.