Lascivo (Prohibidos 2) 51 Promesa de amor
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51 Promesa de amor

—¿Sabes? Podrías haberme comprado uno más grande.

El cuerpo de Arjen se sacudió por la risa, entretanto Bau tenía su mano arriba y contemplaba el anillo. Estaban en la cama king de Arjen, el hombre estaba abierto de piernas, y entre ellas, con su espalda pegada a tu torso estaba el femboy más sexy que hubiera visto jamás.

Llevaba un liguero de color negro, junto a una tanga con abertura en el centro. Su piel blanca y delicada contrastaba con los bordes de encaje del liguero. En su pecho portaba un sostén triangular transparente.

Arjen besó su cuello y respiró su aroma. Sus cuerpos tibios, envueltos en caricias y besos.

—¿Cuán grande debía ser para satisfacerte?—preguntó al oído y Bau se mordió el labio inferior, aguantando una risilla.

—No lo sé, ¿has visto el de Georgina Rodríguez?

El hombre arqueó una ceja.

—¿La mujer de Cristiano Ronaldo?

—Sí, ella lleva un anillo enorme.—Bau explicó—. Me gusta.

—No te imaginaba tan materialista.

—No lo hago por materialismo—aclaró—, solo quiero que todos lo vean y me envidien por eso. Quiero que digan: «Ahí va esa perra suertuda».

—¿Quieres que te llamen así?

Bautista se dio media vuelta, y quedó con su pecho unido al de su prometido.

—También pueden decir: «Zorra suertuda». Verás, es indistinto.

Arjen se humedeció los labios, acarició el sostén, sus dedos se colaron para tocar los pezones.

—Y pensar que la primera vez que te regalé algo así te sonrojaste.

Bau se encogió de hombros.

—Es que no pensé que fuera a quedarme tan bien.

Esta vez, Arjen no contuvo la risa.

—¿Qué pasa? ¿Tomaste clases de humildad?

—Pues—Bau movió la mano con desdén—, no voy a fingir que no me gusta que todos se fijen en mí.

—Bueno, la atención del último tiempo no ha sido muy positiva que digamos.

—Sí, ¿verdad?

Rieron con sus bocas a punto de unirse y se besaron con pasión.

Bau se sentó a horcajadas sobre su hombre, quien deslizó hacia un costado los breteles del sostén y succionó sus pezones.

Se contrajo de placer y gimió, cerró los ojos y dejó a su macho alfa, como solía llamarlo Tanner, que hiciera a su antojo.

La abertura en la tanga era perfecta, le permitía acceso total a su trasero y su pene quedaba libre. Arjen puso una almohada debajo de sus caderas y lo aplastó sobre el colchón con salvajismo.

Bau gimió y entendió lo que esa imagen provocaba en su hombre. Vestido con lencería femenina, sin necesidad de quitarse ni una prenda. Su piel pálida entre la oscuridad de las transparencias, el encaje y las marcas de amor que Arjen dejaba a lo largo de su cuerpo frágil.

Arjen se sentó sobre su trasero y lo embistió con toda su potencia. El enorme pene se impulsó en el interior cálido y húmedo, mientras una mano se posó en su cuello, y la otra en su cadera para inmovilizarlo.

Las caderas se sacudieron con fuerza y velocidad. Bau sollozaba de placer e intentaba responder a las embestidas, pero en esa posición era imposible.

El sudor cubría sus cuerpos que se deshacían en placer, jadeos y gemidos. Arjen salió de su interior y le dio una nalgada que lo sacudió y lo hizo aullar de placer. Lo asió de las tiras del liguero y lo obligó a posicionarse sobre sus manos y rodillas.

El ritmo bestial en las caderas de Arjen lo llevó al punto de la locura. Las estocadas sacudieron su sistema a tal punto que sus brazos cedieron y tuvo que sostenerse de la almohada y morderla para no gritar.

El orgasmo lo golpeó como todo lo de Arjen, de manera primitiva y brutal, mientras los embistes seguían y lo llevaban al límite.

Los dedos de Arjen se enredaron en los mechones de su cabello y tiró de él hasta que se irguió.

Su espalda tocando el torso sudado y tonificado.

Lo sujetó del mentón y llevó su rostro hacia él para devorarlo en un beso picante.

Los ojos verde azulados de Bau estaban sobre los de él. Todo en ese encuentro gritaba más incluso cuando oscilaba entre el placer y el dolor por el tamaño descomunal de Arjen.

—Tu culo está hecho para mí—susurró en medio de estocadas salvajes—¿Quieres más?

—Sí—Bau replicó y les dio un lametón a sus labios—, dame todo lo que tienes, jefe.

Arjen sonrió con lascivia. Lo arrojó sobre la cama, extendió sus piernas y lo embistió con furia.

Un nuevo orgasmo estalló y el semen bañó su abdomen.

Arjen, como el bastardo vicioso que era, untó su pulgar en su esencia y lo probó.

Bau gimió y se estremeció, maldiciendo porque su pene se estaba endureciendo de nuevo.

Cuando Arjen rebalsó su interior, Bautista solo era un cuerpo deshuesado al borde del colapso. El hombre embistió despacio, disfrutando los últimos vestigios del orgasmo, hasta que su erección desapareció.

Se acostó al lado de su prometido y lo atrajo hacia él, solo para besarlo con hambre y lujuria, como si no lo hubiera follado hasta perder la conciencia.

—Dime que siempre será así.—Bau gimió mientras su amante lo llenaba de besos—.Dime que siempre me desearás del mismo modo.

—Siempre—Arjen lo asió del rostro y sus ojos se encontraron—, no hay manera en que pueda cansarme de ti, Bautista Cross.

Bau sonrió ante la promesa de amor, ante ese apellido que ahora le pertenecía, porque era del hombre que había elegido para compartir su existencia en este mundo.