Lascivo (Prohibidos 2) 50 Si algún día regresas, sabes dónde encontrarme
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50 Si algún día regresas, sabes dónde encontrarme

Dos días después.

—La señorita que venía aquí, ¿es la misma que apareció en televisión ayer?

Tanner dio un suspiro cuando Marta, la cuidadora de Gina, le preguntaba como quien no quiere la cosa, acerca de Bárbara Cross.

—Sí, es ella.

—Dicen que estuvo en un loquero.

—Estuvo internada.—Tanner estuvo a punto de cortarse el dedo de lo rápido que movía el cuchillo—. Lo lamento, Marta. Estoy un poco ocupado, ¿necesitas algo?

—No—dijo la mujer—, mejor me voy porque se nota que hoy no estás de buenas.

Tanner dio un suspiro profundo.

—Es que ha sido un día largo en el trabajo.

—Está bien, nos vemos mañana.

—Adiós, Marta. Cuídate.

La mujer le puso una mano en el hombro y luego se dirigió hacia la puerta.

Cuando esta se cerró, Tanner pudo dejar que el aire fluyera.

Gina estaba dormida, el silencio de su departamento se sentía espeso, pero al menos aquí no escuchaba los cientos de rumores y chismes de la oficina acerca del cumpleaños de Arjen y la entrada «triunfal» de Bárbara.

La mujer había desaparecido de la faz de la tierra, y no era para menos. Había ido a la fiesta para exponer una mentira, cuando la única mentira era ella misma.

Había controlado a sus manos que querían llamarla y saber de ella, pero ¿qué sentido tenía? A esa mujer no le interesaba, no como hombre.

Puso el tomate picado a hervir para preparar la salsa de espaguetis.

Se afirmó a la encimera y presionó el puente de la nariz.

El timbre sonó en ese momento y su corazón dio un salto.

Una esperanza estúpida se instaló en su corazón.

Corrió a la puerta y cuando abrió se encontró con Bautista y Arjen.

Les dio la sonrisa más amplia que pudo para ocultar su resignación.

—¡Sorpresa!—Bau lo abrazó, y Arjen le dio la mano—¿Llegamos en mal momento?

—¡No!—Tanner exclamó—¡Pasen! ¡Estoy preparando la cena!

—Solo estamos de paso—dijo Bau—. Te noté mal en la empresa y quise saber cómo te sentías.

Tanner se encogió de hombros.

—Bien, supongo. Lo que sea, ya se me pasará ¿Ustedes están bien?

—Huyendo de los reporteros—agregó Arjen—, pero con todo eso, estoy tranquilo.

Tanner los invitó a pasar y hablaron cerca de una hora de lo que le pasaba.

—Es decir que no contesta llamadas.

—Y no está en su departamento—señaló Bau—, ya lo corroboró su secretaria.

—¿Dónde podrá estar?

—Regresará a Europa—concluyó Arjen—. Es la estrategia de los Cross. Huimos cuando nos sentimos acorralados.

Tanner le tocó el hombro a Arjen.

—Fue mi culpa, ella se llevó mi invitación.

—Ya—interrumpió—, las cosas debían suceder de ese modo. Bárbara estará bien. Es una perra fuerte, siempre se lo dije.

—¿Y si toma otra determinación?

—¿Suicidio?—Arjen preguntó—. No lo creo. Si de algo ha valido toda la terapia que recibió, no debería cometer esa locura.

—Bueno, estaba obsesionada contigo, así que la terapia mucho no le resultó—agregó Bautista.

Arjen le sonrió y le besó la frente,

—Tu honestidad brutal nunca deja de asombrarme.

Cuando se retiraron una hora después de su departamento, Tanner los miró por la ventana caminar de la mano. Rio y maldijo a Bautista por quedarse con el mellizo cuerdo.

El celular sonó en la encimera de la cocina. Tanner dio pasos rápidos y se congeló por unos segundos al notar el nombre. Debía responder.

—Bárbara.

—Hola, Tanner.—Su respiración se oía pesada—¿Cómo estás?

—Algo preocupado—confesó—. No hemos sabido nada de ti.—La mujer comenzó a reír desde el otro lado. A Tanner se le pusieron los pelos de punta—¿Estás borracha?

—Solo he bebido un poco—arrastró las palabras—, pero esta mierda no me deja olvidar.

—Porque no debes olvidar nada—replicó—. Lo que debes hacer es pedir perdón y aceptar que intentaste arruinar la vida de un hombre inocente.

—Estás enojado.

—¡Claro que estoy enojado!—exclamó con su voz elevándose—. Robaste mi invitación para colarte en la fiesta. Querías humillarlo.

—Quería que sufriera, quería…

—Venganza—Tanner completó la frase—, y te estalló en la cara.

Bárbara empezó a llorar. Tanner se sentó en uno de los taburetes de la cocina.

—Voy a regresar a Londres—dijo la mujer—. No hay lugar para mí aquí.

Tanner rio porque Arjen había tenido razón.

—¿Vas a escapar? ¿Prefieres huir que pedirle perdón a tu hermano por tu mierda todos estos años?

—¿Cómo pretendes que me quede, Tanner? Arjen no querrá verme.

—No, tú eres demasiado orgullosa como para plantarte frente al hombre que fue incondicional contigo.

—¿Por qué , Tanner? ¿Por qué decidí creer lo peor de él cuando siempre estuvo para mí? ¿cuando me mostró su mejor versión?

—No lo sé, Bárbara—Tanner se acarició el mentón—, pero si te vas ahora, habrás perdido la oportunidad de empezar de nuevo, y no, no solo lo digo por Arjen.

Los sollozos del otro lado del teléfono le rompían el alma a Tanner.

—¿Todavía te intereso?

Tanner rio sin poder creer.

—¿Si me interesas? ¡Estoy enamorado de ti, la puta madre! Te amo, Bárbara Cross.

—La gente dice que estoy loca.

—A mi corazón me vale verga lo que los demás digan—Tanner confesó con desesperación—. Me enamoré de ti como un imbécil, y ahora decides irte.

El silencio llenó la línea. Tanner se puso de pie y caminó hacia la ventana.

—No estoy preparada para regresar, para enfrentar a Arjen y para amarte como se debe.

—Pues no lo hagas ahora—replicó—, pero si algún día regresas, si algún día estás lista para dejar el pasado, yo estaré aquí, Bárbara Cross.

La comunicación cesó después de eso. Tanner se afirmó a la ventana y vio como el cielo se poblaba de espesas nubes.

Tenía una suerte de mierda.