47 Plan a la vista
Bau se detuvo en la puerta de la oficina de Bárbara Cross, y pensó en regresar a su lugar y olvidarse de su locura. Un par de empleados pasaron y lo saludaron. El muchacho les sonrió y se dio cuenta de que estaba haciendo el ridículo.
Uno, dos, tres golpecitos.
—Adelante.—La voz firme de Bárbara llegó a sus oídos. Bau empujó la puerta.
—Buenos días, Bárbara.
La mujer se arregló sus gafas, esas que pocos conocían que usaba. Ese día vestía un traje de color turquesa y zapatos de tacón color beige.
—¿Qué haces aquí?
El muchacho se acomodó la corbata y avanzó. Carajo, esta no era la mejor bienvenida.
—Quería hablar un momento contigo.
Bárbara le hizo seña a la silla delante de su escritorio. Bau la aceptó y se ubicó.
—Tu dirás.
—No voy a andar con rodeos.—Se humedeció los labios—. Quiero celebrar el cumpleaños de Arjen y si me permites también el tuyo, ya que cumplen el mismo día.
Bárbara lo observó como si estuviera viendo la monja de la película «El conjuro». Luego, intentó contener la risa, pero resultó imposible. Una carcajada profunda salió y tronó en la oficina. El muchacho se acomodó en la silla, estaba a punto de huir.
—Por Dios—se limpió las lágrimas—, ¿por qué me rebajaría a eso?
—¿De qué hablas?
—Es obvio que Arjen busca algo con esto.
—No, fue idea mía, no de él.—Bau aclaró ofendido—. Deja de ver complots en todos lados.
La sonrisa se desdibujó.
—¿Quién mierda te crees para organizar fiestas? ¿No sabes tu lugar?
—Sí, soy el prometido de Arjen Cross.—El título fue como una bofetada en la cara de la mujer—. Si estoy aquí es porque creí que el pasado podía quedar atrás, y por una vez, que dejaras de ser la mujer que lo mira con odio recalcitrante.
Bárbara se cruzó de brazos.
—Debería despedirte.
—Hazlo—subió la apuesta—, pero como no tienes argumentos, atente a una demanda legal de mi parte.
La mujer rio con desprecio.
—¿Quién diría que la gata tiene garritas?—Lo provocó—Entonces, ¿de eso se trata? ¿Olvidar y perdonar?
—No, solo se trata de olvidar. Arjen no necesita ser perdonado porque no cometió ningún crimen.
Negó con su cabeza.
—Te tiene comiendo de su mano—agregó—, crees con los ojos cerrados. Confías demasiado, incluso cuando la vida te trata como la mierda. Te pareces a tu amigo Tanner.
Bau se humedeció los labios.
—Si la gente se gana la confianza, no hay motivos para seguir dudando. Tanner es un buen hombre, sé que le has ayudado con su hija.
Bárbara dio un suspiro.
—Nos llevamos bien.
El muchacho arqueó una ceja. Por la sonrisa de oreja a oreja de Tanner los últimos días supo que se llevaban más que bien.
—Escucha—Bau se levantó al notar que la hostilidad no disminuía—, la puerta está abierta para dialogar y encontrar un punto medio. Depende de ti cruzar el umbral o no.
—Qué lindo—se burló—, si eso es todo lo que tienes que decir, puedes irte.
Bautista negó.
—Arjen es lo único que te queda, Bárbara. No pierdas ese cariño por el dolor del pasado. No lo digo por mí, sino por ti.
La mujer no respondió. El muchacho salió de la oficina y cerró la puerta. Bárbara se respaldó en su cómodo sillón y pensó. Quizás esta era la oportunidad que había estado esperando por mucho tiempo.
***
—Debes ser un amante patético, Tanner. Ella está cada vez más hostil.
—¡Oye!—Tanner se defendió—¿Qué culpa tengo yo que tú vayas allí y quieras hacer de Nelson Mandela uniendo pueblos? Bárbara no puede respirar en la misma habitación que Arjen ¿Por qué carajo no lo aceptas?
—No lo sé—Bau pensó—, esta vez me dio escalofríos.
Tanner le acercó el café a su amigo, y ambos se sentaron.
—No la entiendo, ¿sabes?—dijo con tristeza—. A veces siento que me acerco y luego ella se aleja kilómetros. Es un muro.
—Pues que sea un muro lejos de nuestra felicidad.—Bau replicó—. Esa mujer no formará parte de la celebración, no por maldad o por prejuicio, sino por protección. No quiero que alguien salga herido.
Tanner frunció el ceño.
—¡Por favor! ¡Creo que exageras!
—Tú no la viste como yo—Bau replicó—, todos mis sensores de peligro se activaron. Y si yo fuera tú, huiría. Correría kilómetros lejos de ella.
El hombre le sonrió y negó.
—No puedo—se encogió de hombros—, es decir, soy consciente de que es difícil y tiene demasiados fantasmas, pero…
—Carajo—Bau negó—, estás pensando con la verga.
—Ojalá fuera con la verga, eso sería sencillo.—Tanner confesó—. He empezado a pensarla con el corazón y…
—Tienes miedo.—Bau completó la frase.
—Terror, porque sé que ella no me corresponde, no como yo deseo.
Bau rodeó el escritorio y abrazó a su amigo.
—Lo lamento, de verdad lo lamento.
Tanner respiró profundo.
—Soy un idiota, al parecer sigo sin aprender de todo lo malo que me pasó.
Bautista le golpeó la espalda.
—Ya, no te martirices ahora—Bau le quitó peso a la tristeza—, está bien sentir amor, incluso cuando no es correspondido, solo…no te rompas demasiado si ella decide cortarte, ¿sí?
Tanner rio.
—Ese es el consejo más patético que he recibido.
—Los tuyos han sido peores y aquí estoy—bromeó—, vas a sobrevivir. Confía en mí. Ahora analicemos los números de Portland, hay algo que me llama la atención.
La tarde pasó volando, los números cuadraron y las presentaciones se hicieron con la precisión que Bautista Price tenía. Buscó su maletín entrada la tarde y salió de la oficina. Miró su reloj y sonrió. Tenía tiempo para pasar por unas flores y preparar una cena excepcional para su prometido.
«Prometido».
El anillo todavía se sentía extraño en su dedo. El diamante y el platino brillaban ante sus ojos y de todos los que contemplaban su dedo.
—¿Vas a casarte con él?
—Lo haré, me lo propuso.
—Siempre pensé que tendría nietos.
—Los tendrás, mamá, pero mi familia no será con una mujer.
—Entonces no serán tus hijos.
—Dios mío, ¿ni siquiera una vez puedes ponerte feliz por mí?
—¿Cómo podría ponerme feliz cuando te has olvidado de nosotros?
—Ustedes lo hicieron primero, pero no voy a seguir con esta discusión sin sentido. No es bueno para mí, y tampoco para ustedes, sobre todo para papá.
—Tu padre no sobrevivirá si tu hermana lleva a la empresa a la bancarrota.
—Lo hará, mamá, y aprenderá a vivir con las consecuencias de sus decisiones como cada uno de nosotros.
—Dios, ¿cuánto te volviste tan frío?
—Se llaman límites, mamá. Y con casi 30 años, he aprendido a trazarlos, sin miedo al qué dirán y a las manipulaciones.
Las pérdidas no siempre albergan dolor, sino también aprendizaje. Bautista Price había perdido a su familia en su descubrimiento, pero como una ironía del destino, jamás había sido tan feliz como en esa etapa de su vida.
Llegó a la florería y eligió las rosas más rojas que encontró, las olió y supo que decorarían la mesa del comedor de la casa de Arjen.
«Nuestro hogar».
Fue así como su amor lo había llamado, y poco a poco, Bau se acostumbraría a llamarlo del mismo modo.
Arjen cumpliría 43 años en una semana, y se merecía el mundo. Él se encargaría de dárselo, desde su pequeño lugar, desde su corazón que vibraba de alegría y pasión por él.