46 Perder todo
No fue como en sus fantasías, no hubo choque de lenguas, ni dientes, no se sumieron en un estado de desesperación inconsciente. Cada toque fue medido porque quería ser recordado.
—Eres tan hermosa.—Los dedos rozaron los pezones en punta y dibujaron círculos.
Bárbara estaba sobre él, como si perder el dominio no fuera una cualidad de ella, ni siquiera en la cama.
Se deslizaba despacio sobre la virilidad lubricada, sus caderas se alzaban y caían sobre la extensión.
Sus manos acariciaron los pectorales duros, mientras Tanner seguía su ritmo, aunque se moría por follarla con salvajismo por momentos.
Bárbara no era ese tipo de mujer, no era la diosa insaciable que te deja en estado de coma, era la clase de mujer que una vez que toca tu piel, permanecerá allí por toda la eternidad.
Se tatuaba en su ser con cada beso, con cada caricia.
Bárbara se adhería a su cuerpo, a su mente, a su alma.
Tanner observó el relicario y pensó en la imagen que contenía.
El lugar que nunca ocuparía . Cerró los ojos y sus manos se atenazaron a la estrecha cintura.
Se estaba follando a la mujer de otro, incluso cuando ese hombre estaba muerto.
Bárbara Cross le pertenecía a Peter Wallace, y Tanner, en medio de su locura, lo odió.
Lo aborreció por abandonarla, por ser el primero e impedirle olvidarlo.
Bárbara, con la intuición que a veces las mujeres dejan entrever, fue sobre él por completo y lo besó.
Sus bocas se unieron en un ritmo más intenso, sus lenguas se acoplaron al calor del otro.
Tanner lo entendió como un permiso, así que la giró sobre el colchón y se metió entre sus piernas sin reparo.
Salió despacio de su cálido interior, solo para ingresar con firmeza.
Bárbara gimió y su espalda se arqueó. Tanner se perdió en su boca y sus caderas contaron sus fantasías.
Lento y profundo, rápido y duro, un vaivén que cargaba de electricidad sus cuerpos y toda la habitación que se sumió en un calor sofocante, en contraste al frío del exterior.
Cuando el semen se disparó, Bárbara gimió en éxtasis por segunda vez esa noche, este orgasmo fue más intenso, más de ella, y no estaba cargado ni de culpa ni de recuerdos tortuosos.
Solo era ella y ese hombre que había puesto su mundo de cabeza.
Se abrazaron entre el sudor y los besos húmedos y pegajosos.
Tanner le acarició el rostro despacio, la contempló como quien se deleita con un paisaje onírico.
—No pensé que la noche terminaría así—musitó Bárbara, y sus piernas rodearon con más fuerza las caderas de Tanner para que se mantuviera en su interior—. Gracias, gracias de verdad.
—¿Por qué me agradeces?—Frunció el ceño, pero ninguno de los dos dejaba de acariciarse.
—Ha sido maravilloso—confesó—. Me hiciste sentir viva de nuevo , estremecerme de placer cuando pensé que jamás lo haría de nuevo. Y por eso te estoy agradecida.
—Te mereces eso y más.—La lengua de Tanner se deslizó por su cuello esbelto—. Mereces que alguien te haga el amor cada día, y que tus gemidos cubran la habitación, mereces que alguien te trate como la diosa que eres.—Bárbara rio—¿Qué es tan gracioso?
—Dioses—Lo giró sobre el colchón y se posicionó una vez más sobre él, notando que el pene en su interior volvía a endurecerse—, siempre nos han llamado así a los Cross, y somos más miserables que cualquier mortal.
Sus caderas se deslizaron hacia abajo, y Tanner gimió con la fricción. Su pene estaba duro, y Bárbara le estaba dando la estimulación que necesitaba.
—No tiene por qué ser así.—Su mente intentaba coordinar las palabras cuando su cuerpo quería mandar—. Bárbara, sé que estás mal por lo de Arjen y Bau.
—No—Bárbara lo besó despacio, las caderas de ambos se friccionaban para ese momento—, de Arjen me encargaré más adelante. Ahora, somos tú y yo.
Tanner frunció el ceño.
—¿De qué estás hablando?—Y antes de recibir una respuesta, Bárbara comenzó a moverse con ahínco sobre su pene.
El último hilo de cordura se volvió añicos y solo hubo lugar para jadeos y gemidos.
«De Arjen me encargaré más adelante».
Le preguntaría después, cuando su cuerpo dejara de desearla con la intensidad de ese momento.
***
—No estoy para celebraciones que no sean nuestro matrimonio.
—¡Arjen!—Bautista le reclamó—. Vamos, ¡qué te cuesta! Será un lindo momento.
Arjen tecleaba en su computadora en el sofá de su casa, Bau tenía el pelo revuelto, una taza de café en mano y llevaba la camisa preferida de Arjen que le llegaba hasta las rodillas.
El hombre lo escrutó de arriba a abajo, maldijo por su libido, por el deseo ferviente de estar dentro de ese muchacho las veinticuatro horas del día.
Los moretones eran visibles en su ingle, en sus rodillas y pantorrillas, Arjen sabía que sus caderas tenían tatuados sus dedos, el agarre firme en cada embestida, y ni hablar de su torso, infinitas tonalidades rojizas y violetas.
Era como si Bautista tuviera el interruptor que activaba todos sus instintos al límite.
—Ven aquí.—Golpeó sus caderas. Bau, quien ni siquiera llevaba ropa interior, pensó.
—Apenas puedo caminar. No vas a intentar nada, ¿verdad?
Una sonrisa maliciosa se dibujó en Arjen.
—Estás semidesnudo, llevas mi camisa, ¿ y pretendes que no reaccione?
Bau se mordió el labio inferior y fue sobre él. Arjen dejó la computadora a un lado y recibió a su prometido en su regazo. Los brazos del muchacho rodearon su cuello. Arjen llevaba un pantalón de chándal y una camiseta blanca.
—¿Por qué quieres que celebre mi cumpleaños?
—Dijiste que llevas dos años sin una fiesta—Bau se humedeció los labios—. También me dijiste que te encantaba celebrarlo antes de lo que ocurrió en tu familia ¿Por qué no empezar de nuevo? ¿Por qué no…?
—Lo celebraba con mi hermana—Arjen posó la mano en la cadera—, ahora ella me odia.
—¿Y qué?—Bau insistió, con la tozudez que lo caracterizaba—. Si hablo con ella y…
—No aceptará—Arjen fue tajante—, estamos bien así, Bau. No…
—Déjame a cargo de esto, confía en mí.
Arjen rio.
—Prácticamente te estás encargando de todo últimamente. Portland, nuestra boda, ¿quieres agregar esto a la lista?
—Lo hago porque me gusta.—Bau le besó la mejilla que estaba algo rasposa por la barba incipiente—. Disfruto cuando la gente a mi lado está contenta. Amas a tu hermana, aunque le quites importancia.
—Siempre lo haré—Arjen replicó—, pero madurar implica aceptar que hay lazos que se rompen y es imposible reconstruirlos.
Bautista frunció el ceño.
—¿Qué pasó, Arjen?—La pregunta salió porque llevaba semanas en su garganta lista para salir—¿Por qué no acepta que no tuviste nada que ver en lo que le sucedió a ella y Bauer?
—Es complicado.
—¿Lo es?—indagó—¿O me estás contando la mitad de la historia?
—No asesiné a mi padre, Bau. No apreté el gatillo—replicó—, y jamás intervine en el accidente que Bárbara y Peter tuvieron. Quiero que eso te quede claro.
—Lo sé—Bau respondió—, pero los detalles, ¿alguna vez los dejaste salir?
Arjen miró a un costado. Su cuerpo tenso.
—Tengo una reunión dentro de un rato en la oficina. Después de eso, ¿te parece que salgamos a cenar?
Bautista lo miró y luego rio, con resignación.
—Nunca vas a contarme, ¿verdad?
Arjen unió su frente a la de su prometido.
—Por favor, amor. Déjame cargar con esto solo, déjame guardarlo para que nunca más me moleste.
El muchacho lo abrazó con fuerza y Arjen correspondió el gesto. Si no quería hablar de su pasado, no había forma de obligarlo a enfrentar sus tinieblas. Le frotó la espalda delgada y cubierta por su camisa.
—Puedes organizar mi cumpleaños si lo deseas. Si logras que Bárbara acepte, sin duda, demostrarás que eres cien veces mejor negociador que yo.