45 Resignación
Nueva York. Estados Unidos.
Cuatro días después.
—Va a casarse. Dios mío, ¿hasta cuándo tendremos que atestiguar sus perversiones?
Bárbara estaba sentada en su cama, el teléfono en altavoz.
Abrió la boca para responderle a Norma Haas, pero no le quedaban fuerzas, además, no es como si le molestara que su hermano fuera gay.
Lo que le hería profundamente era la constante burla hacia ella, enrostrarle su felicidad, mientras ella se hundía en la miseria.
—La boda será en seis meses—explicó—, sé que están con los preparativos a pleno.
No había red social que se mantuviera al margen de la historia.
El debate se había instalado incluso ¿Era aceptable la forma de actuar de un CEO de la envergadura de Arjen Cross?
¿Cuánto duraría un matrimonio cuando la pareja solo llevaba meses de conocerse?
¿Era verdad que todo comenzó en una borrachera en un bar?
¿Era creíble una relación de amor entre un jefe y un empleado o solo era un juego de poder?
Bárbara estaba harta de escuchar el nombre de su verdugo, harta de que ese hombre bailara de felicidad, mientras ella…
El teléfono recibió una llamada. Bárbara frunció el ceño.
—¿Sucede algo?
—Norma, ¿podríamos hablar después? Debo resolver un asunto.
—Seguro, querida ¿Estás bien?
—Sí, hablamos después.
Cortó la comunicación y respondió.
—Tanner—Se levantó de la cama de un salto—, ¿sucede algo?
—Estoy abajo, Bárbara—dijo en tono preocupado—. Has faltado dos días a la empresa y no respondes llamada. Quise saber qué pasaba.
—Estoy bien.
—Mentira—replicó—, no lo estás. No me dejan subir en la recepción, ¿podrías pedirles que me permitan el acceso?
—No quiero ver a nadie.
—Pues yo no soy nadie—corrigió—. Soy el papá de Gina, y la traigo conmigo, así que sé buena, y apiádate de nosotros.
Bárbara resopló con fastidio.
—¿Has traído a la pequeña con este frío? ¿Eres idiota o qué?
—Sí, lo soy, ahora abre porque me estoy congelando.
La mujer cortó, llamó a recepción y de inmediato le permitieron el ingreso. Tanner subió hasta el piso donde vivía. Bárbara ya tenía la puerta abierta. Gina venía en su cochecito, estaba dormida. Los ojos de la mujer ardían de furia.
—¿Te das cuenta a lo que la expones, pedazo de bestia?—dijo entredientes para no despertar a la pequeña.
Tanner respiró cuando el calor del departamento lo envolvió. Bárbara tomó muy despacio a Gina del cochecito y la cargó contra su pecho.
—Es demasiado pequeña para tener tres años—agregó y le besó la frentecita. Tanner se cruzó de brazos. Bárbara la mecía despacio—. Nunca más hagas esto de nuevo, porque juro que te despediré.
El hombre se mantuvo en silencio. Sus miradas estaban sobre el otro.
—Me preocupas—susurró Tanner mientras se acercaba—, te has excluido del mundo. No respondes llamadas, no vas a reuniones.
—No te debo explicaciones—Bárbara replicó, tajante.
Tanner, por primera vez, se animó a hacer lo que sentía desde que estos encuentros comenzaron, desde que Bárbara Cross dejó de ser para él solo la jefa malhumorada, y se convirtió en una especie de figura salvadora para su hija, y, le gustara o no, también para él.
Le acarició el rostro, su mano fue a su mejilla, sus dedos se deslizaron sobre la piel sin maquillajes, ni adornos. Lucía vulnerable, dulce en cierto modo, más hermosa. Bárbara se lo permitió, se aferró a la bebé en sus brazos.
—Estoy a punto de preparar la cena.
—Yo lo hago—Tanner se apartó—. Muéstrame dónde están los utensilios y las ollas.
—No te invité a quedarte.
—Lo sé, pero no me iré de todos modos.
Bárbara dejó escapar una risita que se asemejaba a la resignación.
—Llevaré a la niña al cuarto de huéspedes—señaló a la cocina—, si quieres cocinar, no voy a detenerte.
—Así está mejor.
Bárbara lo miró atravesar el pasillo, la sala y perderse en la cocina.
Volvió su atención a la pequeña en sus brazos, ajena al vendaval emocional que la atravesaba.
La depositó en una enorme cama king size, lucía tan diminuta allí.
La cubrió con una manta gruesa, y se sentó a su lado por unos minutos, pero la niña seguía perdida en sueños.
Se detuvo un momento en la puerta, antes de encender una lámpara tenue. Ella siempre odió la oscuridad, recordó que los días de tormenta o cuando el miedo la asaltaba corría a la cama de Arjen y se refugiaba allí. Su hermano la recibía, la contenía, la protegía.
Dio un suspiro, sacudió la cabeza. Ese niño ya no existía, lo que quedaba era un hombre sin escrúpulos que solo pensaba en sí mismo.
Se tocó el relicario que colgaba de su pecho, en él guardaba una imagen que veía todas las noches, lo único que le quedaba de Peter Wallace.
Se acercó a la cocina y escuchó a Tanner tararear, se afirmó en el marco de la puerta y se detuvo en él.
El hombre estaba de espaldas, con batidora en mano.
Los ojos de Bárbara lo recorrieron, llevaba un pantalón de vestir color beige, su trasero bien formado lo llenaba en los lugares correctos, la prenda se adhería a su cuerpo, desde las pantorrillas musculosas, hasta las piernas trabajadas en gimnasio.
Se preguntó cuándo este hombre se hacía tiempo de cuidarse a sí mismo con un trabajo esclavizante y una niña como Gina.
Tanner se dio la vuelta y le sonrió. A Bárbara se le encogió el corazón con esa sonrisa.
—Haré unas tortillas, ¿te parece?
—Claro—Bárbara fue hacia él—, no estás obligado a hacer nada por mí, pero si deseas, aprecio el gesto, aunque no lo parezca.
Preparó los platos como si fuera un chef, con la misma dedicación que ponía a todo lo que hacía. El aroma impregnó cada espacio, y Bárbara lo percibió como un hogar.
Continuaban en silencio, no había demasiadas palabras, porque Tanner nunca entendería lo que le sucedía, y el hombre, con la sabiduría interna que poseen los que han sufrido demasiado, no presionó, no la instó a hablar ni a explicar. Solo la acompañó.
Bebieron una copa de vino cada uno, comieron tranquilos, sin mediar palabra. Bárbara acarició el borde del plato y asió una de las pequeñas hojas de menta que Tanner usó en la decoración.
—A mi madre le encantaba.—La llevó a su nariz y se impregnó de su aroma—. Té con limón y menta, ese era su favorito.
Tanner cortó un trozo de tortilla.
—Mis papás odian la cocina, los dos—agregó—, esa ha sido causal de discusiones y peleas peores que el conflicto de Medio Oriente.
Bárbara rio.
—¿Ellos viven?
—Sí, en la casa donde crecí en el Bronx—explicó—. Nunca se fueron de allí.
—¿Tienes hermanos?
Bárbara pensó en todas las veces que habían hablado. Nunca le preguntó por su vida, más allá de Gina ¿Acaso eso no la hacía egoísta? ¿No la hacía similar a su hermano?
—No, soy hijo único. Lo intentaron cuando eran jóvenes, pero nunca prosperó. Mamá decía que yo era su milagro.
—Lo eres—Bárbara estuvo de acuerdo—, de hecho, creo que eres el milagro de muchos.
Tanner se humedeció los labios.
—De verdad no quería incomodarte hoy, pero no me dejaste alternativa.
Bárbara apoyó su mano en su mentón.
—Extrañaba a Gina—confesó la mujer—, me he acostumbrado a verla.
El hombre cubrió la decepción en su rostro de la mejor manera que pudo.
—Ella también te extraña a ti, lo noto en la manera en que me mira.
—¿Cómo lleva el tratamiento?
Tanner se limpió la boca con la servilleta.
—Es un cambio excepcional. Está recuperando la sensibilidad en partes de su cuerpo, y la motricidad. Ayer incluso—A Tanner le brillaron los ojos—, movió su piernita derecha durante la sesión de fisioterapia. Fue tan…—se le cortó la voz—, lo lamento, es que me emociona tanto.
Bárbara le sonrió, genuina y única como lo era cuando la armadura caía.
Dejó la servilleta y se puso de pie. Tanner la observó y se hizo hacia atrás en la silla. Fue entonces cuando ocurrió lo inesperado, Bárbara, abrió su bata de seda y dejó entrever su camisón transparente.
—Bárbara.—La voz de Tanner entre sorprendida y excitada. Su cuerpo en shock. La mujer se sentó a horcajadas sobre él en la cómoda silla.
—Sé que quieres esto desde hace mucho tiempo—musitó sobre sus labios gruesos—. Quiero que me muestres lo que deseas hacerme ahora.—Sus labios recorrieron el rostro a centímetros—¿Tienes fantasías conmigo?
Tanner la estrechó de la cintura y la acercó a él.
Hundió su rostro entre sus senos y respiró su aroma.
No solo había deseo, se sintió en paz, su perfume le proporcionaba eso.
Recordó haberse reído de Bautista cuando este le decía que Arjen olía a hogar, ahora en ese lugar cálido, lo entendía con cada fibra de su ser.