Lascivo (Prohibidos 2) 44 Compromiso
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44 Compromiso

Y aunque no siempre he entendido

mis culpas y mis fracasos,

en cambio, sé que en tus brazos

el mundo tiene sentido.

—Mario Benedetti.

Era el momento, o quizás no lo sería nunca, porque uno, cuando se lanza a lo desconocido desconoce su final, pero en mi corazón sabía que no podía seguir aguantando este deseo ardiente, esta necesidad imperiosa e irrespetuosa de apropiarme de ti, de cada fibra de tu ser.

Sabía que eras mío en cuerpo, te había tenido de las maneras y las veces que quise. Tus ojos verdes con ese leve toque azulado, tus labios llenos, perfectos, el color cereza que nunca se iba, la tonalidad más cargada de inocencia y erotismo que vi en mi vida.

Lo amaba, lo amaba incluso cuando apenas lo estaba conociendo, lo amaba tanto que me dolía la mínima distancia entre nosotros, la sonrisa que entregaba con libertad, las sonrisas que no me pertenecían.

Bau me miró al notar cómo lo contemplaba.

—¿Sucede algo?—preguntó con nervios en su voz, como lo hacía cada vez que mi rostro era ilegible, o estaba recorrido por un sinfín de emociones, como en este instante.

—Nada—repliqué—, solo miro lo hermoso que te ves hoy.

Hizo un puchero, su boquita se frunció al punto de asemejarse a un capullo, uno que quiero morder hasta saciarme. Es un desafío claro, yo nunca me canso de sus labios. Mi hambre por cada fibra de su cuerpo es insaciable.

Estábamos rodeados de gente, en este salón iluminado, celebrando el principio de una era, el principio de un proyecto que tardó años en ver la luz, y que con Bautista Price a la cabeza se estaba materializando.

Rogué a la vida que me tuviera preparado más momentos como este, más lugares que conocer con él, más espacios que llenar con su sonrisa.

Mi pecho ardió de pasión y lujuria cuando lo conocí, ahora enmudecía entre un cariño cálido que envolvía mis venas y empapaba mi corazón de almíbar.

Eso es lo que era Bautista Price para mí, dulce como el almíbar.

Un terrón de azúcar al calor del tibio sol.

Había pocas en la vida de las cuales me arrepentía, y no hacer lo que mi alma me pedía en este momento, no sería una de ellas.

—Buenas tardes.—Bau percibió que su garganta se cerraba, y el micrófono temblaba en sus manos—.

Gracias por estar aquí hoy.—Se detuvo en los rostros expectantes, en las personas que lo escuchaban atentas, y finalmente se enfocó en él, detrás de todo, el hombre que se había tornado su luz cuando la oscuridad lo envolvía—.

Sabemos de qué trata todo esto. Este logro no es solo una cuestión de acero y concreto; es el reflejo del esfuerzo conjunto, de la coordinación y, sobre todo, de la dedicación de cada persona involucrada en este proyecto, todos aquellos que trabajaron palmo a palmo conmigo, que aceptaron mis consejos, y se animaron a que recorriéramos juntos el camino.

» ¿Acaso no siempre se trata de eso? ¿Del camino recorrido? De las almas que están allí cuando las cosas se ponen difíciles, de las que están allí incluso cuando tienes un humor de los mil demonios.

La gente rio, Arjen se cruzó de brazos, una leve sonrisa de labios cerrados apareció.

—Todos tenemos esos momentos, todos tenemos instantes en que todo se siente como concreto cayendo sobre nosotros, y mientras nos quedamos estáticos, solidificados por el dolor, o los problemas, hay personas que ponen su mano y nos sacan de ahí. Rotos o endurecidos, pero salimos.

»La construcción de un edificio no es tarea de una sola persona.

Cada plano revisado, cada soldadura, cada cálculo estructural y cada decisión tomada ha requerido la colaboración de equipos distintos: arquitectos, ingenieros, albañiles, electricistas, diseñadores y, por supuesto, el personal de logística y administración.

Sin su compromiso, no estaríamos aquí celebrando este progreso.

Gracias por aceptarme como parte de ustedes, gracias por permitirme compartir su vida incluso en pequeños retazos.

Bautista se enfocó en los hombres mayores, en aquellos que llegaron a Cross y Recursos Humanos se negaba a darles una oportunidad.

Bau confió en sus instintos a lo largo de los meses y puso todo de sí para que su sueño se volviera realidad.

Buscaban un empleo, buscaban sentirse útiles, y él hizo lo que estuvo a su alcance.

—Uno de los aprendizajes más valiosos de este primer tramo ha sido la importancia de la buena comunicación—expresó—.

Nos dimos cuenta de que los retrasos o errores muchas veces no provienen de la falta de habilidades, sino de la falta de información clara y oportuna.

Es por eso que me gusta estar cerca, porque ya ni siquiera se trata del control, sino de que se sientan acompañados.

»Implementamos reuniones diarias de coordinación, canales de comunicación directa entre los equipos y protocolos claros de reporte. Esto permitió que cada área conociera sus responsabilidades y los tiempos de entrega, reduciendo malentendidos y conflictos.

»Si algo me ha enseñado la vida es que la confianza no es algo que debemos entregar a la ligera, el otro debe ganársela, sin embargo, tampoco hay que cerrarnos a la posibilidad.

Esta vez se detuvo en Arjen, los ojos de todos estuvieron en el dueño de la empresa también.

—Después de todo, como dice el escritor Mario Benedetti: «Solo imagina lo precioso que puede ser arriesgarse, y que todo salga bien».

Los aplausos se extendieron como piezas de dominó que caen de manera sincronizada y única. No solo era un discurso, era el corazón de Bautista Price en cada palabra, en cada bloque de cemento, en el acero que recubría más que un edificio que apenas empezaba a nacer.

Arjen recordó los ojos de su madre, pensó en lo libre que se sentía a su lado, en lo simple que era la vida y en los placeres más allá de lo material. Jamás pensó que hubiera alguien que despertaría a su alma dormida del mismo modo, un letargo de décadas que llegaba a su fin.

Caminó hacia Bautista para subir al escenario.

Los ojos de Bautista estaban llenos de lágrimas como la última vez que estuvo en un sitio similar.

Su padre lo traicionó aquella noche, ahora, meses después, otro hombre, que era lo más parecido a un dios de carne y hueso lo ponía junto a él en un pedestal construido de fuego, deseo y algo más penetrante y vivo que el amor mismo.

Cada paso estaba cargado de decisión, cada paso estaba construido a base de prueba y error, hasta llegar al punto exacto, el punto irreversible en donde su vida dejaría de ser solo suya.

—¿Estuve bien?—Bau preguntó mientras los aplausos seguían.

Y sin importar las etiquetas y el profesionalismo, Arjen le acarició la mejilla y besó su frente. Un gesto que atrapó a todos en el asombro y la alegría.

Arjen sostuvo el micrófono en sus manos y los murmullos cesaron.

Se prepararon para el discurso. Para los agradecimientos y las lecciones sobre eficiencia y productividad, después de todo, el hombre frente a ellos era Arjen Cross, el constructor de imperios, el fantasma y, como le decían ahora, el ave fénix.

Sin embargo, Arjen no tenía pensado lanzar un discurso, no preparó un solo papel esa noche, porque su objetivo era otro. Su objetivo no era asegurar una estructura, era seguir reconstruyendo un corazón herido.

Así que se detuvo en Bautista Price, frente a él, y el mundo desapareció por breves instantes.

—Bautista Price—dijo con voz dulce y pausada, no la que utilizaba para dar órdenes—, has sido lo mejor que le pasó a esta empresa, pero sobre todo a mí.

La gente hizo un murmullo similar a un «Oooooh». El muchacho se mordió el labio inferior, sus mejillas se tornaron del mismo tono de su boca, un agradable tono fresa.

—Amor, yo solo…—Se rascó la barbilla, era una imagen extraña la de Arjen Cross dubitativo o nervioso.

Le entregó el micrófono a uno de los empleados y buscó en el bolsillo de su traje de tres piezas gris cobalto.

El estuche rojo fulminó todas las dudas.

Los empleados sacaron sus teléfonos en el acto.

Bautista quedó estático, atornillado en el lugar—.

Bautista Price—acarició el estuche entre sus dedos antes de abrirlo—, me harías el hombre más feliz de este planeta si aceptas convertirte en Bautista Cross para todo lo que nos reste de vida.

El muchacho se cubrió la boca y el estuche se abrió. Un enorme diamante brillaba. Las lágrimas brotaron como en un río los deshielos después del crudo invierno. Era una locura, una apuesta que nadie en su sano juicio debería aceptar.

—¡Sí!—exclamó con su boca y con su alma—¡Ahora y siempre! ¡Sí!