Lascivo (Prohibidos 2) 43 Cimientos
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43 Cimientos

«Sus labios eran una caricia necesaria,

¿cómo podía haber vivido hasta ahora sin ellos?».

—Mario Benedetti.

Portland, Oregon.

Cuatro meses después.

¿A veces piensas en lo que perdiste? Yo lo hago de vez en cuando, cuando el silencio es tan profundo que no me queda más opción que mirar hacia adentro, mirar al vasto mar que me inunda con recuerdos de lo que fue y de lo que pudo ser.

Soy consciente de que es una tontería, porque el pasado no se puede cambiar, y construir un futuro sobre las cenizas del pasado es solo humo, un humo asfixiante que no deja avanzar.

No digo que fui perfecto, creo que nadie lo es, pero puedo decir, con la conciencia tranquila, que siempre di lo mejor, incluso cuando para los otros era una mierda.

Estoy aquí, sobre los cimientos de nuestra obra madre, esa que el fundador de esta empresa soñaba para recordarnos nuestra fuerza.

Ya no sé si llamarlo padre, porque conmigo, al menos nunca se comportó como tal, no desde que descubrió mi verdadera esencia, desde que el ocultamiento y la mentira no iba a cubrir el sol con un dedo.

«Mi hijo ha muerto a partir de hoy, que te quede claro».

Remarcó la frase como si no doliera, como si no valiera nada, como si todo lo que hice hasta ese momento fuera en vano ante mi pecado, ante mi sucio, cruel pecado. Me gustaban los hombres desde siempre.

«Dime con quién andas, y te diré tus pecados».

Lo repetía como un mantra, en cada reunión, en cada cena en donde alguien se refería a hechos corruptos o criminales, sin embargo, mi padre me observaba a mí, con los ojos verdes que heredé, intensos y penetrantes, desde su pedestal de moralidad, desde la impunidad que solo te da el dinero y la acumulación de poder y contactos durante décadas.

Miré mi plato como en cada cena, en cada evento, en cada participación en la cual debía ir, porque era su hijo. Una pieza bonita la cual mostrar, los mellizos con porte de modelos desde pequeños, los niños perfectos, la genética envidiable.

Pura e infinita mierda.

Mi hermana y yo solo éramos juguetes, marionetas en manos de un hombre que lucraba con nosotros, que me vendía como el ser más maravilloso del mundo, y me aborrecía puertas adentro solo por ser gay.

Debí haberlo matado, debí hacerlo mucho tiempo atrás. Antes de que el dolor se apoderara de nosotros, antes de que mi hermana comenzara a odiarme, antes de excluirme del mundo y buscar, por todos los medios, desaparecer.

***

—¡Arjen!—Bautista apareció en la puerta de la oficina del quinto piso que ya estaba amueblada en el primer tramo de una de las torres.

Llevaban seis meses trabajando en el proyecto, la obra y su construcción avanzaba a pasos agigantados. Bau era excepcional en el manejo con los empleados, con una capacidad de adaptación y anticipación que hombres del doble de su trayectoria no poseían.

Era solo una reunión informal, una pequeña celebración por sus logros, y por supuesto, fue idea de Bautista.

Tenía talento para caerle bien a la gente.

Más de la mitad del personal hablaba maravillas de él, y el resto seguían apegados a la imagen inicial de «trepador» porque la envidia no es una emoción que se apacigüe fácilmente.

Arjen estaba en el balcón, solo, con una copa de champagne sobre el concreto, su camisa arremangada hasta los codos.

No solo estaba feliz, estaba extasiado, pero quería un momento para él, para la soledad a la que estaba acostumbrado, la soledad que pocas veces le molestaba, la soledad que ahora tenía una compañía inolvidable y única.

—Niño bonito—dijo con una sonrisa, y Bau fue hacia él y se perdió en sus brazos.

—¿Por qué estás así? ¡Hace frío!

—Tú estás calientito.—Arjen le mordió la oreja y lo atrajo más a su cuerpo.

—No hagas eso.—Bau buscó zafarse del agarre—¡La gente nos mira!

—¿Qué hay con eso?—dijo despreocupado—. No es como si no supieran que me perteneces.

—No.—Bau se puso de puntitas de pie y le besó el mentón—. Tú eres mío, que no se te olvide.

Arjen arqueó una ceja.

—¿Y esa vena posesiva? Cuidado, cariño. Si vas a enfrentarte a un macho alfa, atente a las consecuencias.

Los ojos verdes de Bautista se volvieron seductores.

—No necesito ser un alfa—musitó—, ser un gatito lascivo tiene sus ventajas, también ¿No le parece, señor Cross?

El pene de Arjen palpitó.

—No me provoques.

—¿O qué?—Bau tiró más de la cuerda que ya estaba tensa.

Arjen echó un vistazo al interior, los cristales permitían tener una panorámica del salón. Sus manos se introdujeron entre el abrigo largo de Bau y apretó su trasero. Su hombría golpeó el estómago de su amante, cuyos ojos estaban a punto de salirse de sus órbitas.

—¡Loco! ¿Qué haces?

El empresario habló sobre su oído, con una voz controlada.

—Vuelve a desafiarme, niño bonito, y todo el mundo aquí conocerá como luces cuando eres follado bestialmente.

Bau le sonrió, con mil fantasías pasando por esa cabecita que a Arjen le encantaba.

—Me encanta cuando te pones en modo guerra—dijo y lo besó con pasión. Un beso que no deberían haberse dado a la intemperie, pero que ambos necesitaban.

Cuando regresaron a la celebración, todos los ojos estaban en ellos, en los labios hinchados de Bautista quien sonreía como si hubiera conocido a Dios, en contraste con el rostro ilegible de Arjen quien se acercó a dos gerentes de proyecto que lo llamaron en ese instante.

Su celular sonó en ese momento, Bau respondió.

—¿Qué tal, amigo?

—¿Yo? ¿Qué tal tú?—preguntó Tanner—. Me estoy muriendo del aburrimiento.

Tanner pocas veces viajaba, cuando tienes una niña que necesita cuidados especiales, los viajes son complicados.

—Es un sueño, amigo—Bau todavía creía que estaba en uno—. La gente está tan feliz y entusiasmada. Arjen es tan…Arjen.

Tanner dio un suspiro.

—Que Arjen sea tan Arjen es bueno para ti, ¿verdad?

—Es lo mejor—respondió bajito—¿Qué hay de ti? ¿Solucionaron lo de Los Ángeles?

—Sí, la autorización se completó—señaló—, pero por Dios, hombre, espero que veten a esa ciudad de por vida de la empresa.

Bau entornó los ojos.

—Lo sé, nos ha traído demasiados dolores de cabeza.

—Bárbara se puso al frente de las negociaciones—explicó Tanner—. Viajará mañana para hablar con los ingenieros personalmente.

—Eso significa que hoy irá a tu departamento, ¿verdad?

—Gina…

—Por favor, Tanner—interrumpió—, esto dejó de ser una cuestión solo por tu hija. Lo veo en tus ojos, en la forma en que entras a la empresa todos los días.

Tanner se quedó en silencio.

—Ya te dije que ella no me quiere de ese modo.

—¿No? ¿Y de qué forma te quiere?

—No lo sé—dio un suspiro entre el fastidio y los nervios—, pero a mí me está volviendo loco, y no me lo puedo permitir. Ni siquiera nos hemos dado un beso y ya me tiene al borde del infarto, si llegara a suceder algo más…

Bautista hizo una mueca.

—Los Cross tienen la capacidad de hacer que los hombres pierdan la cabeza, así que no voy a fingir que no entiendo tu situación.

—Ella no es como Arjen, es decir, cada vez que me salgo del libreto, ella se retrae. Puede que le parezca atractivo, pero dudo que alguna vez cruce esa línea, además si es como dice…

—¿Qué? ¿Lo de que está mal de la cabeza?

—No, imbécil. Ella salía con un hombre de la edad de su padre, rico, blanco, poderoso, ¿por qué se fijaría en un hombre de color, asalariado, con una hija y, además, doce años menor?

—Bueno, pasó de Sugar baby a Sugar mommy ¿No es un cambio radical?

—Vete al carajo.

Bau se burló.

—Lo lamento, no podía dejarla pasar, no después de todo lo que me torturaste con lo de Arjen.—Estaba disfrutando cada segundo de eso—. Con respecto a tus cualidades, te lo he dicho antes. Eres alto, guapo, trabajador y buena persona, cualquier chica estaría feliz de estar contigo.

—¿Sí? ¿Y por qué nunca se quedaron?

—Tanner, vamos ¿Cuántas veces las alejaste tú?

Una pregunta letal, cuya respuesta ambos conocían.

—Pensé que la odiabas.

—No la odio—explicó Bau—, le tengo miedo. Temo por Arjen, y más cuando ella parece en calma.

—Bueno, solo para tranquilizarte, no ha vuelto a mencionar a Arjen en nuestras cenas.

—¿En serio?

—Sí, solo hablamos del presente. Ya sabes. Gina y el trabajo. El trabajo es lo que nos une, además de mi hija.

—Entonces, Tanner ¿ni siquiera un beso?

El hombre dio un suspiro de resignación.

—Nada, y dudo que alguna vez pase. En fin, deberé seguir imaginándola mientras juego con mi mano derecha.

—Pervertido.

—No, pervertido sería hacerle en vivo y en directo todo lo que mi cuerpo desea desde que empezó a frecuentar mi hogar.

—Pero no lo harás.

—No.

—Porque eres un caballero.

—Exacto.

—Y porque te despediría.

—Eso pesa más que la caballerosidad.

Bautista frunció los labios para contener una carcajada. Arjen le hizo una seña para que se acercara, estaba hablando con una pareja de arquitectos.

—Me voy, mi Sugar Daddy, me quiere junto a él.

—Pues al Sugar no se le niega nada—bromeó Tanner—. Hablamos después.

—Cuídate, Tanner. Ten cuidado con la loca, ¿sí?

—A este paso, creo que ella debe tener más cuidado de mí que yo de ella.