Lascivo (Prohibidos 2) 42 La vida sigue, incluso con errores a cuestas
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42 La vida sigue, incluso con errores a cuestas

—¿Cómo estás?

Arjen se sentó a su lado mientras se encontraban en el Bryant Park, el lugar al que solían ir cuando salían del trabajo.

Estaban en una de las bancas, el aire frío movía sus abrigos, pero ellos estaban más allá de las inclemencias climáticas, el hielo venía de más profundo, un dolor que desgarraba, porque Arjen conocía ese sentimiento.

La necesidad de validación paterna y sentir que nunca fuiste suficiente.

Un camino sinuoso que atravesar, miles de obstáculos y espinas para entender que el problema nunca fueron ellos, sino, simplemente, la otra persona no está lista para ver su valor.

—No lo sé—Bautista tenía las manos en su regazo—, es decir, esperé este momento, ¿sabes? El instante en donde me dijera que valía, pero ¿a qué costo?

—Nada de esto es tu culpa.

—No tengo culpa, pero sí responsabilidad—replicó—, así es como me siento.

Yo llevaba el peso de Price Construcciones a mis espaldas.

Lo llevé como Atlas a la bóveda celeste, lo llevé con amor y sacrificio, con cansancio y con hartazgo muchas veces, pero nunca lo abandoné, hasta que un día, con la poca dignidad que me quedaba dije basta, y ese enorme peso recayó en su espalda cuando él carecía de las fuerzas suficientes.

—Tu padre eligió y se equivocó.—Arjen fue conciso—. Tenía un diamante, pero se dejó engatusar por una baratija, eso no es tu responsabilidad tampoco.

Una pequeña sonrisa se dibujó en Bautista, sus ojos estaban hinchados y enrojecidos, ojeras violáceas debajo de sus ojos después de horas sin dormir.

—Baratija.—La palabra le causó gracia—. Dudo que mi hermana se vea de ese modo.

—No, tu hermana se creía el rubí más precioso—Arjen argumentó—, y terminó dándose cuenta de que para manejar una empresa se necesita más que brillo y color bonito.

Bautista dio un suspiro. Arjen, le ajustó la bufanda, y le acarició la mejilla. El muchacho apoyó la cabeza en su hombro.

—Sé que esperan que vuelva, lo desean y están seguros de que voy a ceder, después de esto, pero…

Arjen lo envolvió con sus brazos.

—¿Qué?

—Ya no soy el mismo—confesó—, no después de todo lo que he vivido en este último tiempo, no después de conocerte a ti.

Arjen le dio un beso en la frente. A Bautista todavía le sorprendían las diferentes personalidades que albergaba ese hombre.

Del empresario frío, al amante audaz y lascivo, al novio protector y tierno.

Cada una de ellas se complementaban, y lo hacían sentir único ¿Por qué iba a abandonar la empresa de Arjen por una ocurrencia tardía de su familia?

¿Por una disculpa que sonaba a poco y demasiado tarde?

«El orgullo te ha cegado».

—Mi hermana dice que soy un narcisista, que no puedo ver más allá de mí.

Arjen rio.

—Es fácil ver la paja en el ojo ajeno, es típico. No dejes que te afecte. Las personas como ella se abastecen de la gente que les permite entrar, alimenta su ego. Si alguien aquí es responsable de la salud endeble de tu padre es ella, por ser una inútil.

—¿Por qué la vida no puede ser esto?—Respiró en el cuello de Arjen, aspiró su aroma a lavanda, flores y almizcle—¿Por qué no puedo quedarme aquí para siempre?

Arjen lo abrazó con más intensidad.

—Puedes hacerlo.—Buscó sus labios y susurró—. Si quieres puedes quedarte así toda la vida. Yo estaré para sostenerte.

—¿Lo prometes?

—Yo no hago promesas, niño bonito.—Besó y mordió su labio inferior—. Soy un hombre de acciones.

***

Dos semanas después.

—Los informes que pediste.—Tanner ingresó a la oficina con una sonrisa que no le entraba en la cara—. Hemos cumplido todos los objetivos hasta ahora. En dos meses hemos mejorado la productividad en un seis por ciento.

Bautista echó su espalda hacia atrás en el sillón de cuero de su oficina.

—Estoy feliz.

Tanner entornó los ojos.

—Adolorido y feliz. Creo que ese es tu estado constante este último tiempo.

—¿Verdad?

Los hombres se rieron con ganas. El clima en la empresa había cambiado.

Nadie sabía explicar muy bien el motivo, pero la energía era diferente.

El personal trabajaba más distendido, como si de verdad disfrutaran la jornada, no solo la cumplieran.

La figura de Arjen Cross se consolidaba en el mundo de los negocios, y también en las revistas del corazón.

Del heredero fantasma, pasó a ser el CEO innovador que apostó todo a su ingeniero estrella del cual se enamoró.

La fantasía de la Cenicienta y el Príncipe, aunque Bautista ni siquiera daba ese perfil, ya que era un gerente de operaciones más que eficiente e independiente en materia económica.

La prensa los seguía, por algún retorcido motivo un flash caía en cada restaurante que pisaban, por lo que preferían caminar en algún parque al atardecer o simplemente refugiarse en la casa de Arjen.

A pesar de todo eso, la oscuridad también los tocaba, aunque ellos buscaran a toda costa ignorarla.

Los rumores acerca del padre de Arjen era una constante, al igual que el accidente de Bárbara, quien hasta ahora no se había pronunciado al respecto y había hecho una tregua tácita con Arjen.

«Su calma no es rendición, es preparación».

¿Preparación para qué? Bautista pocas veces cruzaba palabra con ella, solo en las reuniones, pero últimamente ni a eso asistía.

—¿Cómo está tu padre?—preguntó Tanner, y Bau dio un suspiro.

Apoyó sus manos en el reposabrazos.

—Le dieron el alta ayer—agregó—, fui a visitarlo. Le han prohibido acercarse a la oficina.

—Dios mío—Tanner negó—, eso significa que…

—Así es, Jacqueline tiene el control total.

—A este ritmo tu padre sufrirá un nuevo infarto.

Bau se encogió de hombros.

—Depende de él—expresó—, si es capaz de tomarse la vida más a la ligera, o seguir enclaustrado en ese mundo.

—¿Y tú qué piensas?

El muchacho se masajeó el puente de la nariz.

—Price está llegando al límite—respondió—. Me puse en contacto con algunos empleados. Los clientes los están dejando.

—¿Por qué?

—Promesas incumplidas, materiales obsoletos o de baja calidad. Jacqueline tiene la verborragia enardecida, lo que significa que no mide las consecuencias y pacta plazos imposibles no solo para los ingenieros de Price, sino para cualquier ser humano.

Tanner arqueó una ceja.

—¿No se suponía que ella sabía mejor que nadie el manejo con los clientes?

—Mi padre asoció el manejo de una empresa con tener seguidores en Instagram. Jacqueline ni siquiera contaba con una experiencia real. Papá lo sabía, decidió ignorarlo y prenderle fuego al patrimonio que dejó el abuelo.

—Ese que te encargaste de incrementar.

Bau le sonrió.

—¿Sabes? Ya ni siquiera pienso en eso—suspiró—. Este es mi lugar en el mundo ahora. La vida sigue, incluso con nuestros errores a cuestas.

—Lo tuyo no fue un error.

—No—Bau le guiñó el ojo—, fue el acierto más grande de mi vida.—Tanner le sonrió, se mordió el labio inferior. Bau arqueó una ceja —. A ti te pasa algo más, ¿verdad?

Tanner dio un profundo suspiro.

—Voy a contarte algo, pero no quiero que te enfades.

—Si me estás advirtiendo de entrada, supongo que sí me enojaré. De todos modos, cuéntame.

—He estado…—se arregló la corbata—, he estado viendo a Bárbara Cross.

Silencio sepulcral. Bautista abrió la boca, y luego sacudió la cabeza.

—Espera, ¿qué?

Su amigo se rascó la barbilla.

—Es complicado.

—Tanner, ¿te estás acostando con ella?

—No—replicó, luego hizo una mueca—, no todavía.

—¿Cómo, es decir, qué…? Dios, ni siquiera sé cómo preguntarte.

—Solo cenamos en mi departamento dos o tres veces por semana. Ella solo va y…—Tanner se humedeció los labios—, se queda con Gina en brazos mientras yo cocino. Luego, hablamos del trabajo y…

Bau apoyó sus manos en el escritorio y se levantó.

—Tanner, esa mujer es mentalmente inestable.

—¿Qué dices? No está loca, tiene algunos problemas, pero…

—Amigo—Bau enredó sus dedos en los mechones rubio rojizos de su cabello y los estiró—, una persona que culpa a su hermano de un crimen que no cometió, incluso cuando no hay pruebas en su contra, y que lo repite a los cuatro vientos para que alguien se compadezca de ella no está bien.

Es nociva, y tú le estás permitiendo que se acerque a tu niña.

—Ha pagado uno de los tratamientos de manera íntegra. No me ha pedido nada a cambio.

Bautista frunció el ceño.

—¿De qué tratamiento estás hablando?

Tanner se sentó frente a él.

—Ella tiene contactos que ni siquiera puedo soñar en conseguir—explicó—. Hay una clínica que trabaja con el tipo de problemas cerebrales que tiene Gina. El cambio ha sido extraordinario, y solo lleva allí dos semanas.

Bau negó.

—¿Por qué no me lo contaste? Sabes que yo podría…

—Porque me has ayudado mucho, amigo—interrumpió—, demasiado, y estaba esta posibilidad y…de verdad, fui incapaz de negarme.

—No lo digo por la propuesta—explicó—, es obvio y lógico que debes buscar el bienestar de Gina a toda costa, pero esta mujer…

—No la juzgues—Tanner cerró—, no la conoces como yo. No tienes idea lo que ha sufrido.

—Arjen también ha sufrido, aunque no lo demuestre, y pese a ello, Bárbara se encarga de embarrar su nombre cada vez que puede.

Tanner se puso de pie. Su vista sobre el informe que acababa de dejar.

—Escucha, no te pido que aceptes mis elecciones, solo no quiero perder tu amistad.

Bautista rodeó el escritorio, y miró hacia arriba, al imponente moreno de metro noventa. Puso las manos en sus hombros.

—Siempre seré tu amigo y estaré para ti. Ten cuidado, Bárbara Cross no es solo una cara bonita, o un alma bondadosa, es una persona que quiere venganza a toda costa. Quédate atento a cada cosa que diga, que no te use.

Tanner se rascó la barbilla.

—¿Sabes? No estaría mal que me usara de vez en cuando.—Bautista puso los ojos en blanco y le golpeó el brazo—¡Oye! ¡Eso duele!

—Y te lo mereces por idiota—bufó—, escúchame bien, mientras tengas en claro quién es esta diosa, todo estará bajo control, pero si pierdes de vista su verdadera esencia…

—No voy a enamorarme de ella, Bau—replicó como una forma de aplacar su miedo—. Creo que ni siquiera le gusto. Bárbara solo está cerca de mí por mi hija.—El muchacho arqueó una ceja—. Y no, no creo que quiera hacer una nueva versión de «La mano que mece la cuna».

—Bien—levantó las manos para cerrar la conversación que no llegaría a nada—, solo cuídate, y por favor, mantén segura a tu hija.

Tanner le dio una sonrisa tierna.

—Creo que nunca se ha sentido más segura en toda su vida. La adora.

—¿Y tú? ¿La adoras también?

Su amigo comenzó a reír.

—Tú no dejas pasar una, ¿cierto?

—Me preocupo por ti.

—No tienes por qué. Ella sigue siendo nada más que mi jefa.