Lascivo (Prohibidos 2) 41 Memorias que se llevan en el alma
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41 Memorias que se llevan en el alma

—¿Quieres que vaya contigo?

Arjen asió las manos de Bautista y las besó. El muchacho negó con lágrimas en los ojos.

—¿Te he dicho lo afortunado que soy de haberte encontrado en ese bar?

El empresario le acarició la mejilla.

—¿Qué tal si le damos un bono a Tanner? Después de todo, fue él quien tuvo la iniciativa.—Bautista le dio una sonrisa débil—¿De verdad no quieres que esté ahí?

—No, es algo que debo hacer solo, aunque duela.

—Está bien, si necesitas algo solo llámame y estaré aquí.

—Te amo, Arjen, de verdad lo hago.—Las lágrimas corrieron por sus mejillas—. Jamás he amado a nadie como te amo a ti.

—Mi niño bonito—Arjen le besó las mejillas—, ve tranquilo. Cuentas conmigo siempre.

Bautista bajó de la camioneta y dio pasos temblorosos hacia la clínica. Su corazón palpitaba tan rápido que, por un momento, pensó que se saldría de su pecho.

—No puedo, papá. Me caigo.

—Claro que no, pequeño. Vamos, tú puedes, siempre lo haces.

Esa tarde lo había logrado, había montado en bicicleta, y se había caído tres veces. Nada de esto interesó, porque al final del día dominaba esa pequeño vehículo de color azul brillante.

Recordó el rostro de su padre ese día, recordó la felicidad de ambos.

Preguntó en mesa de entrada dónde estaba la habitación, su padre estaba en la unidad coronaria, cuidados intensivos.

Se dirigió hacia allí, los médicos y las enfermeras se movían de un lado a otro, los pacientes y sus familiares también.

Una mujer lloraba desconsolada en los brazos de un hombre frente a una habitación ¿Quién decidía nuestro destino?

¿Quién le ponía fecha de expiración a este camino?

El pasillo blanco, luces que encandilaban incluso de día.

El olor a químicos y desinfectantes que atrofiaba sus fosas nasales.

Todo estaba hecho para que la estancia fuera incómoda, tanto para los pacientes como para sus familiares.

Nadie quería terminar allí, pero irónicamente, si había un lugar en que podías salvarte, era ese sitio que todos catalogaban de insoportable.

Salma y Jacqueline estaban en la puerta de la habitación. Se quedaron inmóviles cuando él se acercó despacio.

—Hola—dijo inseguro—, ¿cómo está?

Salma lloraba con desconsuelo. Se abalanzó sobre sus brazos.

—Cariño, viniste.

—Gracias por avisar—dijo a Jacqueline—, vine lo más rápido que pude—¿Cómo está?

—Estable—respondió su hermana—, pero no descartan la posibilidad de un nuevo infarto. Su corazón está muy débil. Ha estado bajo mucho estrés. Prácticamente no duerme.

—Lo lamento—dijo Bautista.

—¿Lo lamentas?—Jacqueline rio—. No me diste esa impresión en la portada del diario que papá lee.

Bautista tragó saliva.

—Amo a Arjen—replicó—. No voy a pedir disculpas por eso.

—¿Amor?—cuestionó su hermana—. Apenas llevan juntos un par de meses.

—No he venido a hablar de mi vida sentimental.

—Pues deberías, porque renunciaste a la empresa y nos dejaste a la deriva para irte con tu semental millonario. Por Dios, Bautista ¡ni siquiera sabíamos que eras gay!

—Papá lo sabía—confesó—, se lo dije cuando mi novio de toda la vida me rompió el corazón, fue el día antes de su cumpleaños.

Salma y Jacqueline se miraron.

—Por eso tus ojeras y el cansancio.—Jacqueline ató cabos de inmediato—. Y a pesar de saber todo eso, papá…

—Te dio la empresa a ti.— Terminó la frase.

El silencio se instaló pesado entre los tres.

Bautista se ubicó en uno de los asientos.

Salma y Jacqueline se sentaron frente a él, como si ya no fueran familia.

Como si la verdad que había caído no hubiera destruido los cimientos que todos conocían.

El favoritismo extremo y desproporcionado por Jacqueline.

Pasaron dos horas, minutos eternos en donde Bautista caminó de un lado a otro tanto como pudo, hasta que sus piernas dolieron por el cansancio y la espera angustiosa.

Ninguna de las mujeres volvió a dirigirle la palabra, sus cabezas hacia abajo, sus ojos mirando el piso.

Bau les dijo la verdad no con el objetivo de herirlas, sino para que conocieran toda la historia, para que no le dieran la espalda al elefante en la habitación.

Las fotos con Arjen tuvieron las repercusiones esperadas.

El nuevo juguete sexual de Arjen Cross, el fantasma aparece de la mano de un jovencito catorce años menor, Cross y un lindo heredero juvenil que se suma a la corona, Cazafortunas en la mira.

En los últimos días había leído tanta basura que su estómago se revolvía, a eso debía sumarle los cuchicheos constantes a sus espaldas, conversaciones que se detenían cuando él se acercaba, miradas de desprecio y curiosidad.

Sí, el precio a pagar había sido alto, pero quería a Arjen Cross por completo, y ya no le bastaba ser su amante.

Bautista se ubicó de nuevo en la silla incómoda y apoyó su cabeza en la pared. Cerró los ojos un instante y el sueño lo venció.

—¿Familiares de Berton Price?

La pregunta se oyó lejana, Bautista abrió los ojos cuando su hermana y su madre ya estaban de pie. Se levantó de un salto y se paró al lado del médico.

—¿Cómo está?—preguntó Salma.

—Logramos estabilizarlo—señaló el médico—, ha sido un enorme trabajo, pero su pronóstico es alentador. Deberá quedar internado hasta que estemos seguros de que no hay posibilidad de un nuevo fallo.

—¿Podemos pasar a verlo?—indagó Jacqueline con lágrimas en los ojos.

—Está durmiendo, es mejor dejarlo descansar por unas horas. Ustedes también lo necesitan.

El médico le tocó el brazo a Salma quien volvió a su silla junto a Jacqueline. Bautista se quedó frente a ellas una vez más. Le escribió un mensaje a Arjen y luego a Tanner, con seguridad, pasaría la noche allí.

Se acomodó el abrigo porque el frío calaba los huesos en el pasillo, pese a la calefacción. Al cabo de unas horas, su madre lo despertó con un café.

—Bebe, no has probado un bocado desde que hemos llegado.

—Gracias.—Recibió el café y bebió un sorbo que humedeció su garganta—. Lo necesitaba.

—Todos lo hacíamos.

Jacqueline dormía envuelta en su abrigo. Salma se sentó al lado de su hijo.

—Ha querido llamarte, ¿sabes? Todos los días, pero no sabía qué decirte—confesó la mujer—. Decía que aceptar su falla no era suficiente. Ahora entiendo su cargo de conciencia. Te destruyó y yo le ayudé.

Bautista bebió un sorbo más de café,

—No me destruyeron—dijo mientras observaba a su hermana—, me liberaron. Solo que todavía no lo entienden.

Salma tragó saliva.

—¿No nos odias?

—No—replicó—, el odio requiere muchísima energía, y yo pienso dedicar todo lo que tengo a lo que amo.

—Hemos perdido dos licitaciones más desde tu partida. Cuarenta millones de dólares.

—No me alegra saber que tienen problemas—confesó—, tampoco me alegra la enfermedad de papá.

—Pero no piensas hacer nada para ayudarlo.

—¿Qué debería hacer según tú?—Bau preguntó incisivo—¿Abandonar Cross?

—Mostrarle una dirección.

Bautista rio.

—Ese ha sido el problema desde el principio, mamá. Jacqueline no quiere una dirección, necesita un esclavo, y ya no pienso serlo.

—No eres el hombre que crie.

El muchacho dio un suspiro, bebió un nuevo sorbo de café.

—No, y estoy orgulloso de quién soy ahora. Ustedes necesitaban la versión rota, y ese Bautista no va a regresar. Ustedes lo mataron esa noche, lo que pasa es que recién se están percatando de ello.

Volvieron a quedarse callados. Las manos de Salma temblaban por el frío y la desesperación. El momento que había esperado se estaba desvaneciendo. Bautista estaba allí, pero no había en él ni siquiera un rastro del hombre que se fue aquella noche.

La mañana llegó, y el sol tuvo la fuerza suficiente para colarse entre las nubes. Berton había despertado y uno a uno, fueron pasando a la habitación. Bautista estaba seguro de que su padre no querría verlo, pero aun así se quedó.

—Desea hablar contigo.—Salma le habló bajito. Bautista asintió e ingresó a la habitación fría y sin alma de un color gris acero.

Los monitores controlaban cada señal de su corazón. Había cánulas en ambos brazos. La respiración era pausada, débil. Bautista se detuvo frente a la cama, sus manos temblaban. No quería llorar, pero encontrar a su padre así, le rompió el alma.

—Papá—dijo bajito. El hombre abrió los ojos, su respiración se oyó pesada, igual que las palabras.

—Viniste, hijo.—Movió la mano en un intento de acercarse. Bautista la tomó—. Creí que no te vería nunca más.

Las lágrimas rodaron por sus mejillas.

—Estoy aquí—respondió.

Berton apretó la mano del muchacho.

—Bau—susurró—, te hicimos tan fuerte, creímos que nunca nos necesitabas, y solo nos encargamos de exigirte cada vez hasta romperte, hasta que…—La voz se le cortó—, un día te fuiste.

—No hables—dijo el muchacho—, estás muy débil.

—No, debo hacerlo—explicó—, te fallé de todas las formas en que podía, y, aun así, me sentí con derecho a exigirte, a obligarte.

Te odié por momentos, ¿sabes lo doloroso que es odiar a un hijo?

—Las lágrimas bañaron su rostro—. Preferí odiarte que aceptar mis errores.

Me convencí de que tú tenías la culpa, cuando solo te protegiste de más dolor.

Bautista abrazó a su padre y lloró, lloró como aquella noche hasta que no pudo más, hasta que el dolor lo quebró y lo obligó a reconstruirse desde los cimientos.

—Perdóname, hijo—rogó—, perdóname por jamás darte lo que merecías, por tratarte como una opción secundaria cuando siempre fuiste fundamental. Perdóname, por favor.

—Está bien, papá—ahogó un hipido—, todo estará bien, ¿sí? Ahora recupérate,

—¿Te quedarás aquí?

—Sí—asintió seguro—, estaré afuera hasta que te recuperes. Solo descansa y olvídate de todo por un momento. Olvídate de la empresa, y piensa en recuperarte por nosotros.

Berton sollozaba, las pulsaciones aumentaron, Bautista llamó a los médicos quienes verificaron su estado de salud de inmediato. Afuera de la habitación, se apoyó sobre la pared y se deslizó hacia abajo, las lágrimas seguían cayendo.

Era triste, casi inenarrable. Su padre había tenido que estar al borde de la muerte para reconocer sus errores.