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Nueva York, una semana después.

—¿Contento de estar de nuevo en casa?—Arjen abrazó a Bautista mientras caminaban rumbo a la salida del aeropuerto.

—Más que nunca, aunque, si te soy sincero, me habría quedado unos días más.

—Podemos volver cuando lo desees, y lo sabes, además estaremos viajando de manera permanente, quiero que te encargues por completo de este proyecto, Bautista.

—Lo haré—replicó—, tienes mi palabra de que todo será perfecto.

Bautista nunca experimentó una luna de miel, pero se imaginó que debía tener esa intensidad. Habían trabajado largas horas, solo para finalizar el día en el cuerpo del otro, cansados y húmedos.

«Un viejo que no se le para».

Cada vez que recordaba la frase de Joseph Dalton, Bautista sufría un ataque de risa.

Uno bastante vergonzoso considerando que nadie sabía qué le pasaba.

Cada encuentro amatorio con Arjen Cross lo dejaba al borde de cuidados intensivos, pero valían la pena, incluso si después debían inyectarle adrenalina y colocarle un desfibrilador.

Subieron a la camioneta de Arjen. El tráfico a esa hora era lo más parecido al infierno, pero por lo general, su novio era un conductor tranquilo.

«Novio».

Pensar en Arjen Cross de ese modo lo hacía querer gritar de alegría, como si se hubiera ganado el premio de Navidad.

Era un hombre inteligente, atento, previsor, y un amante excepcional ¿Cuántas cualidades de esas tiene un ser humano promedio?

Arjen lo dejó en su departamento para descansar un momento, ya que dentro de unas horas tendrían una reunión apenas llegando. Se despidieron con decenas de besos, como si todos los mimos y caricias fueran pocos.

Cuando la camioneta salió hacia su hogar, Bautista se quedó en la acera un momento. Levantó su cabeza y contempló el cielo gris y los enormes edificios. Portland le encantaba, pero Nueva York se sentía su lugar en el mundo.

Las llamadas comenzaron de inmediato, era quizás lo más le gustaba de su trabajo. Dar soluciones, cumplir con expectativas, sentir que contribuía.

Tomó un taxi hacia la oficina una hora después. Estaba cansado porque solo a Arjen Cross se le ocurría tener sexo apenas despertaban, y luego correr al aeropuerto.

La reunión de esa tarde tenía un solo objetivo. Cambiar el procedimiento en cuanto a diseño y construcción. Había una técnica que Bautista consideraba que era la más apta para cualquier terreno y que ahorraba costos y recursos.

La sala bullía de nervios y expectación, los cambios se habían ido suscitando de forma pausada, pero continuos. Muchos de los empleados creían que estaban ante un despido inminente.

La idea de Arjen era llevar tranquilidad en ese aspecto. Había hablado con Bárbara y esta le dijo que lo dejaba en sus manos, que no asistiría ese día a la reunión.

A Arjen le pareció extraño, pero decidió no insistir.

Era raro que Bárbara no quisiera presentarse a un terreno donde podía hacer un espectáculo.

Arjen se paró frente a su audiencia. Gerentes, directores y jefes de área. Les habló con claridad sobre eficiencia, y dar lo mejor de sí mismos.

Luego, Bautista tomó las riendas.

Recordó la primera vez que se paró frente a sus empleados cuando solo era un estudiante de ingeniería y tenía más sueños que otra cosa.

Había pasado tanto de aquella época. Los fracasos lo habían fortalecido, los éxitos le dieron el empuje para seguir en los momentos oscuros.

Bautista no sería quien era sin Price Construcciones. Una punzada de culpa y anhelo le apretó el pecho. Poco había sabido de ellos, y cada tanto, pensaba en los almuerzos de domingo, pensaba en lo perdido, o en aquello que creyó tener.

Dio un suspiro y se preparó. Vestía un traje de diseñador que Arjen eligió para él, de un tono azul marino que se adhería a su figura y marcaba sus curvas, sobre todo las de su traserito respingón, ese que Arjen adoraba pellizcar, morder y follar.

—Gracias a todos por estar aquí hoy. Como saben, estamos llevando adelante uno de los proyectos más prometedores y anhelados de Cross Investments en Portland.

Un recuerdo de Bauer Cross, el fundador de esta empresa y padre de Arjen y Bárbara.

—Hizo una pausa—. Durante este tiempo me he tomado algunas libertades en cuanto al diseño de un procedimiento que podamos adaptar a todos nuestros proyectos.

Una técnica de construcción que revolucionará cómo edificamos.

Se basa en un sistema modular prefabricado, pero no cualquier prefabricado: cada módulo está diseñado para ensamblarse con precisión milimétrica, usando materiales compuestos ultraligeros que reducen hasta un cuarenta por ciento el consumo de concreto y acero.

Bautista mostró la manera en que estaban trabajando en Portland, y luego proyectos anteriores en Price Construcciones donde había utilizado ese sistema.

—Si observan, hemos desarrollado un patrón geométrico interno tipo «panal de abeja» que distribuye la carga de manera uniforme. Esto permite que cada módulo soporte más peso que una estructura convencional del mismo tamaño.

Los murmullos comenzaron en ese instante. Bau observó a los hombres y mujeres que estaban allí.

—¿Puedo hacer una acotación?—dijo una de las ingenieras que estaba trabajando en una de las obras en Los ángeles—.Creo que todos estamos de acuerdo en el ahorro, pero ¿qué hay del tiempo de construcción?

—Buen punto.—Bautista señaló—. Vamos a prefabricar los módulos en planta, y de ese modo eliminamos semanas de trabajo en obra.

La instalación en sitio se hace en menos de la mitad del tiempo que un edificio tradicional, y al ser más ligero, reducimos la necesidad de cimientos profundos.

Menos materiales, menos costos y menos tiempo, todo en uno.

—¿Qué hay de la calidad?—Habló otro profesional—. Cross se destaca por eso.

—La excelencia es el sello de Cross, coincido—afirmó Bautista—. Y créanme, no se verá afectada en ninguna etapa.

Arjen estaba cruzado de brazos en la cabecera, Bautista se desenvolvía con soltura, como si hubiera hecho esto toda la vida.

Las preguntas continuaron, las respuesta del muchacho eran claras y cortas. Nada de vueltas, honestidad pura y dura. Esa siempre fue su forma, lo que lo llevó a ganarse el respeto de todos en Price.

La puerta se abrió y Tanner ingresó en ese momento. Estaba pálido, Bautista tragó saliva y fue hacia él.

—¿Qué sucede?

Tanner dio un profundo suspiro.

—Es tu padre, Bau. Sufrió un infarto.