39 Diferente
Una sonrisa, un beso, dos corazones solitarios
es todo lo que necesito ahora, cariño.
Estás en mi mente, cada noche, cada día.
Las buenas vibraciones se hacen fuertes
¿Cómo podría esto ser otra cosa?
Todo lo que sueño son tus ojos,
todo lo que anhelo es tu tacto.
Y cariño, algo me dice que ya es suficiente.
Puedes decir que soy un tonto y que no sé mucho.
Pero creo que a esto le llaman amor.
Oh, creo que a esto le llaman amor.
«This love». Elliot James Reay.
Bárbara observó el edificio, y detuvo su deportivo detrás del auto de Tanner. No había chofer, ni tampoco asistente, solo ella. Pasó las manos sobre el volante y dio un suspiro ¿Qué estaba haciendo además del ridículo?
¿Cómo se le ocurría confesarle sus miedos y sus hipótesis al mejor amigo del novio de Arjen?
Descendió del auto y el frío le golpeó la cara.
Ajustó su abrigo que le llegaba a la rodilla, Tanner la esperó para cruzar la calle junto a ella.
Tanner puso la mano en su cintura y la guio hasta su departamento.
Había tensión y nerviosismo entre ambos.
El hombre siempre aligeraba el ambiente con bromas, pero dudaba que eso funcionara con ella.
«¿Por qué la trajiste?».
Quizás fue solo compasión, tal vez lo conmovió saber que perdió un hijo, y su dolor la hacía buscar fantasmas donde no los había, y sí, debía reconocer que estaba buenísima, incluso al borde de la locura.
Su hogar era su santuario, pocas personas entraban en él, y muy pocas regresaban. Las veces que Tanner buscaba experiencias sexuales nunca llegaban a su departamento. Era la burbuja que construyó para la pequeña Gina, después de que su madre los abandonó.
—Pasa.—Bárbara lo siguió—. Marta, ¡ya estoy aquí!
Se escucharon pasos, una mujer entrada en años venía por el pasillo y traía a una niña en brazos.
—¿Dónde está la belleza de papá?
Bárbara estaba allí, en la sala que era de la mitad del tamaño de su vestidor contemplando la muestra de amor más puro que alguien puede presenciar.
La pequeña tenía la piel más clara que su papá, quizá mestiza, sus ojos ámbar grandes y de pestañas pobladas.
Cada músculo de su cuerpo estaba estático, solo movía un poco su cabecita, sin embargo, sus ojos se abrieron con sorpresa y amor cuando la voz de su padre llegó a sus oídos.
—Pa…
Marta, la cuidadora, se cubrió la boca.
—Dios santo.
—Sí—Tanner la asió en sus brazos y la llenó de besos—, mi pequeña está mejorando.
Bárbara continuaba parada, perpleja. Marta se acercó a la mujer y la escrutó de arriba a abajo.
—Buenas tardes, señorita.
Tanner acomodó a su niña en su hombro.
—Marta, ella es mi jefa, Bárbara. Marta es la niñera.
—Un gusto—dijo, aunque se notaba que era una formalidad.
—Por favor, siéntate.
Bárbara fue hacia el sofá que daba a la ventana. Marta se despidió de Tanner y la niña y se marchó, no sin antes darle un guiño de ojo a Tanner quien negó y contuvo la risa.
—Lamento el desorden—agregó—, a veces Marta no puede con todo.
—Está bien—Bárbara asintió—, cuidar a la pequeña es difícil.
—Cuidar a todo niño es un trabajo sin descanso, y a veces Gina está un poco más demandante.
Tanner se sentó en un sillón frente a ella.
—¿Puedes dejar tu bolso y tu abrigo allí?—señaló el perchero—. Ven conmigo a la cocina.
—No—la mujer se levantó—, será mejor que me vaya.
Tanner la detuvo.
—Tranquila, ya estás aquí, ¿por qué no cenas y luego te marchas?—Rio nervioso—. Soy muy buen cocinero, no lo sé, quizás hasta quieras repetir.
Bárbara le dio una leve sonrisa, apenas visible, pero fue algo. El hombre la llevó hacia la cocina, allí había un cochecito donde puso a Gina. Una isla de madera frente a una cocina de estilo industrial.
Tanner se quitó la corbata y se arremangó, luego se calzó el delantal. Bárbara se ubicó en uno de los taburetes. La niña la miraba, toda su atención estaba en ella. La mujer se preguntó si recordaría a su mamá, si todavía la extrañaría.
Tanner encendió la cocina y empezó a buscar los ingredientes, los cuales ya tenía cortados y almacenados en tápers. Tarareaba una canción, Bárbara la conocía.
—Me gusta esa canción—agregó.
—Sí, yo la amo—replicó el hombre, quien de inmediato sacó el celular de su bolsillo y la reprodujo.
Todo lo que sueño son tus ojos, todo lo que anhelo es tu tacto. Y cariño, algo me dice que ya es suficiente.
Era desafinado, molesto incluso, pero Bárbara comenzó a reír con su entonación.
—¿Qué? ¡Vamos! ¡No soy tan malo!
Y esta vez, Bárbara rio de verdad, un sonido que se sintió extraño y gastado. Gina hizo un sonidito. Los dos adultos la observaron.
—¿Qué pasa, bebé? ¿Tú también quieres reírte de papi?
La mujer se puso de pie, pero luego dudó un momento.
—¿Puedo cargarla?
Tanner abrió los ojos con sorpresa y luego le sonrió.
—Por supuesto.—Se limpió las manos con un repasador. Fue hacia la niña la levantó y, muy despacio la colocó en los brazos trémulos de Bárbara. Gina no lloró, ni se quejó, la contempló con devoción, del mismo modo a como contemplaba a su papá—. Le gustas.
El rostro de Bárbara se iluminó.
—¿Tú crees?
—Claro—Tanner la señaló—, mira cómo se ha quedado. Eso lo logran muy pocas personas.
Y la mujer volvió a reír. Genuina y transparente y Tanner estuvo a punto de caer de rodillas frente a ella.
Esta versión no era la de las reuniones, tampoco la de las portadas de revista, esta faceta era esencia pura.
Bárbara se paseó por la cocina mientras escuchaban la música y mecía en sus brazos a la pequeña.
Tanner la escrutaba de soslayo, por momentos la mujer le cantaba, a veces le daba besitos en la frente.
Tanner se concentró en cortar lo que quedaba de las verduras porque, de lo contrario, no solo iba a perder el corazón, sino también un dedo.
—Bien, aquí vamos—dijo, entretanto servía el plato de pasta frente a Bárbara y una copa con agua y otra con vino.
Gina se había dormido en sus brazos. Bárbara le acariciaba la frente, sus ricitos negros se adherían a ella.
—Si quieres, puedo cargarla y dejarla en la cuna.
—Dime dónde está el cuarto, yo la cargo.
Tanner se quedó perplejo de nuevo ¿Qué había pasado con Bárbara Cross?
—Por aquí—le indicó el pasillo, y fue delante de ella con la pequeña.
La habitación era de un color violeta suave, con unicornios de diferentes colores pastel, estrellas y planetas cubrían el cielo. Había una cuna, una mesa de noche, y dos sillones mullidos de color blanco.
Una vez que acomodó a la niña, Bárbara se acercó a la mesa de noche. Allí había varios portarretratos pequeños.
Se agachó para contemplar las imágenes.
—¿Eres tú?—Se cubrió la boca cuando notó a un pequeño niño en un carrito.
Tanner asintió, con un atisbo de vergüenza.
—Sí, quiero que mi hija conozca todos mis momentos, incluso los vergonzosos, bueno, a decir verdad, casi todos lo son.
Bárbara rio bajito. Abandonaron la habitación en silencio y se dirigieron al comedor. Hacía mucho tiempo que la mujer no cenaba con alguien. La conversación fue escasa, y Gina fue el tema que ocupó la mayor parte de la noche.
Luego de la cena, se quedaron un momento en la sala. Allí Tanner tomó uno de los sillones, mientras su jefa se ubicó en el sofá.
—¿Vino?—preguntó, con la necesidad de mantener ocupadas sus manos.
—No, así estoy bien.
Tanner asintió, nervioso. Se sentía como un adolescente en su primera cita, un adolescente cuando la inalcanzable del instituto le daba una oportunidad. Se frotó las manos, mientras el silencio se instalaba de nuevo entre ellos.
—¿Has intentado con otros médicos?—preguntó al cabo de unos minutos—. Otros diagnósticos me refiero.
Tanner dio un suspiro.
—He visitado alrededor de quince médicos desde que le detectaron el tumor—señaló—, luego de la operación las cosas parecieron mejorar, pero la parálisis se hizo evidente a los pocos días.
He cambiado de fisioterapeutas también. He comenzado a notar cambios con la última profesional.
Es maravillosa. Ella está más receptiva, incluso balbucea palabras. Intenta decir papá.
Bárbara lo escuchaba con atención.
—Hay tratamientos experimentales, quizás no están completamente estudiados, pero he leído de casos con evolución notoria.
Tanner le sonrió con tristeza.
—Hemos realizado dos de ellos, pero no tuvieron efecto positivo. Bautista me dio el dinero—explicó—, el médico que la está tratando ahora, me ha recomendado uno nuevo, pero es…
—¿Qué?
El hombre rio nervioso, era un tema espinoso para él.
—Un millón de dólares, ningún seguro social lo cubre. Es una locura.
—¿Bautista lo sabe?
—No—se humedeció los labios—, ya no quiero ser una molestia para él.
—¿Quién te dijo esa tontería?—Bárbara le reprochó—. Es la salud de Gina, debe ser una obligación contribuir cuando está en condiciones de hacerlo.
Tanner abrió la boca.
—Bárbara.
—Déjame ayudarte con esto—expresó—, permíteme contribuir para tu hija, como un obsequio.
—¿Por qué lo harías?—Su voz se entrecortó.
—Porque nadie merece sufrir lo que tú estás sufriendo, y Gina merece una vida normal.
Tanner la miró por unos segundos, las lágrimas empezaron a caer y las limpió rápidamente.
—Eres extraña.
—¿A qué te refieres?
—Por ratos, eres una vengadora obsesiva, después un alma caritativa, por momentos una diosa del Olimpo.
Bárbara hizo una mueca.
—Tengo un poco de todas esas versiones a lo mejor, o…
—¿O?
—Soy esquizofrénica y los psiquiatras todavía no dieron con mi diagnóstico.
Tanner rio. Bárbara miró su reloj.
—Se ha hecho tarde.
—Sí—Tanner replicó—, mañana nos espera mucho trabajo.
Bárbara se levantó, buscó su abrigo. Tanner la siguió.
—La comida estuvo deliciosa. Tienes buena mano.
Tanner se encogió de hombros.
—Sí, las chicas nunca se han quejado. —Bárbara abrió la boca, y Tanner maldijo—.Lo siento, eso estuvo fuera de lugar.
La mujer se mordió el labio inferior.
—Eres diferente, Tanner.
El muchacho arqueó una ceja.
—¿Cómo? ¿Diferente bueno o diferente malo?
—Diferente, bueno e inesperado—confesó. Bárbara levantó la mano para saludarlo—. Nos vemos mañana, y gracias por…gracias por todo.
—Cuando quieras.—Tanner se afirmó en el marco de la puerta. La mujer caminó por el pasillo rumbo al ascensor. La siguió con la mirada hasta que subió. La saludó hasta que las puertas se cerraron.
Negó, incrédulo. Carajo, ¿debería contar lo sucedido?