Lascivo (Prohibidos 2) 38 Revelaciones
72%

38 Revelaciones

Un mes después.

Bárbara negó mientras observaba uno de los portales de noticias más reconocidos del país. En ellos, aparecía su hermano, el «fantasma» de la dinastía Cross, junto a su ingeniero estrella.

El amor se construye desde los cimientos.

Un titular cliché y predecible. Patético en todos los sentidos. Se puso de pie y caminó en su espaciosa oficina, esa que no le gustaba, pero que era más grande que la de Arjen y solo por eso la conservaba.

Las oficinas se habían vaciado, todas excepto la de Bautista Price, pero con seguridad ese imbécil ya no estaba allí sino su compañero de equipo.

«Acércate a él».

¿Cómo? Después de aquel incómodo encuentro, Bárbara no había intentado otro enfoque. Tanner parecía el tipo de hombre que no se rinde ante una cara bonita, y si su historia era como lo contaba su hoja de vida, lo entendía. Cuando has sido abandonado, todo da lo mismo.

De todos modos, había que intentarlo. Esto no era solo por la empresa, era por su felicidad. Arjen le había arrebatado todo, ella no le permitiría ser feliz.

Sin pensar demasiado se encontró golpeando la puerta entreabierta de la oficina de Price, el sonido de las teclas de la computadora se detuvo. Tanner levantó la vista y la encontró allí, como semanas atrás.

—Bárbara—dijo con una sonrisa amable—¿Cómo estás?

La mujer ingresó, aunque Tanner no la invitó.

—Veo que sigues con tu rutina de horas extras.

Tanner se encogió de hombros.

—Bau ha estado ocupado con algunas presentaciones—explicó—. Decidí ayudarlo en esto, aunque a él no le guste.

—¿No?—Bárbara rio—¿En serio? Parece del tipo que delega todo.

—Para nada, ese es uno de sus puntos débiles.—Tanner movió sus manos—. Todo debe pasar por sus manos.

—¿Y a ti no te molesta que no confíe en ti?

—Confía en mí—corrigió—, solo es obsesivo.

—Claro.—Bárbara caminó hacia el hombre y se apoyó en la orilla del escritorio. Fue un segundo, Tanner recorrió sus largas piernas con la mirada.

—¿Necesitas algo?—preguntó el hombre.

—Mi hermano y tu amigo son oficiales ahora—agregó—¿Qué piensas de eso?

—Pienso que es su vida, y si son felices, ¿cuál sería el problema? No le hacen daño a nadie.

Bárbara rio con amargura.

—Haces las cosas muy fáciles.

—Son fáciles, Bárbara—replicó—, tú quieres complicarlas.—La mujer miró hacia un costado—. Mira, no quiero ofenderte, pero no sé qué esperas que diga.

—Ni siquiera has escuchado mis advertencias—arremetió—, para ti son solo demencias de una loca.

Tanner estaba tranquilo.

—No creo que estés loca, pero el deseo de venganza te consume.

Bárbara se agachó, sus ojos se encontraron con los de su empleado.

—Tengo pruebas—dijo sin rodeos—. Este bastardo eliminó a mi padre y casi lo logra conmigo.

Tanner se puso de pie, ella se irguió y volvió a apoyarse en el filo del escritorio.

—Si todo esto que dices es verdad, ¿por qué no fuiste a la policía? Podías hundirlo.

La mujer negó.

—¿Crees que no lo intenté? Todo el mundo desestimó mi demanda. La asistente de Peter aseguró haber escuchado la discusión, pero según las pericias, mi hermano abandonó la oficina antes del disparo.

—¿Entonces? ¿Te das cuenta de que estás acusando a un inocente?

—No—a esta altura, la mujer tenía los ojos llenos de lágrimas—, mi accidente ocurrió días antes. Peter me dijo que nos cuidáramos, y yo como una estúpida confié en él.

Tanner escrutó el rostro de la mujer. Cada línea de expresión, las pequeñas arrugas que se estaban formando alrededor de sus ojos, la fina línea de su mandíbula delicada, sus ojos de un verde esmeralda profundo.

—¿Has hablado con tu hermano después de lo que sucedió?—indagó.—Hablar de verdad, no discutir y culpabilizar.

Bárbara rio.

—Eres tan iluso, por supuesto que lo hice. Siempre lo niega, pero hay algo más. Lo conozco, lo veo en sus ojos, oculta algo.

—¿Y por qué debe ser algo malo?—Tanner le preguntó—¿Por qué nunca le diste el beneficio de la duda?

—Norma me aconsejó mantenerme lejos.

—¿Quién?—Tanner frunció el ceño.

—Norma Haas, la asistente de mí…, es decir, de Peter.

Las lágrimas rodaron por sus mejillas, y ella las apartó con el dorso de la mano.

—Bárbara.

—Estuve internada por semanas—argumentó—, y cuando perdí a…

Una pausa, un silencio profundo y doloroso. Tanner sintió que su propia garganta se cerraba de anticipación.

—¿A quién?

—A mi bebé.—Bárbara lloró esta vez, las lágrimas cayeron incontrolables. Tanner abrió y cerró la boca.

Dio un suspiro profundo, y por algún motivo, sintió que debía estrechar a la mujer en sus brazos. Y la mayor sorpresa, fue notar como la mujer soberbia e inquebrantable correspondía el abrazo. Lloró en su pecho, mientras que Tanner sentía que de verdad había entrado en una dimensión paralela.

Olió su cabello, un suave aroma a flores silvestres que se combinaba con un perfume frutal.

—Lo lamento de verdad—dijo sobre su cabello—, pero el odio no te llevará a ningún lado. Y sin pruebas, solo quedarás como una desquiciada.

Bárbara lo sostuvo de la camisa.

—Sé que no me conoces, pero por favor, habla con Bautista y detengan esta locura.

Tanner frunció el ceño.

—Dime la verdad—esgrimió y su agarre se intensificó en la mujer—. Esto que me cuentas, ¿lo haces por bondad o por poder?

—Por ambos.—Bárbara confesó—. Arjen está ocupando espacios que me pertenecen. El mundo olvida rápido las acusaciones.

—Si son infundadas, está bien que lo haga.

Bárbara rio con tristeza y se apartó.

—Tú tampoco me crees.

—Quiero hacerlo—explicó—, pero hasta ahora, solo tengo tus palabras ¿Qué hay de los hechos? ¿Qué hay de la verdad?

La mujer se limpió una vez más las lágrimas con el dorso de la mano.

—Esto es en vano. No debí venir aquí, nunca debí hacerlo.

Se dio media vuelta e intentó huir, pero Tanner la sujetó del brazo.

—Espera. No te vayas así.

—Suéltame—ordenó—, pensé que eras diferente.

Tanner observó a la mujer que se marchaba con sus hombros caídos. Quiso ir tras ella, pero ¿qué le diría?

No podía culparla, ¿quién no se volvería loco si perdiera a su hijo?

«No lo hagas».

Su mente se lo dijo, cada fibra de su cuerpo lo gritó, pero Tanner era cosa seria.

Apagó su computadora, asió su chaqueta y fue tras ella.

La mujer estaba subiendo al ascensor, Tanner corrió y cuando las puertas se cerraban puso el pie para detenerlo.

Bárbara sujetaba su bolso y lo observó algo asustada.

—¿Puedo invitarte a cenar?

—¿Qué?—Sus ojos estaban enrojecidos.

—Sorrentinos con salsa de mantequilla dorada y un toque de salvia.

Bárbara frunció el ceño y luego negó.

—No necesito tu lástima, ya me avergoncé lo suficiente hoy.

—No lo hago por lástima—mintió, porque había mucho de ese sentimiento en él—, creo que nos hará bien la compañía. Digo, si como jefa no te preocupa.

—Hay rumores de que mi hermano se folla a tu amigo en la sala de reuniones—dijo la mujer—¿Podría ser una vergüenza mayor una cena?

Tanner chasqueó la lengua.

—Bautista no haría eso.—Una mentira más—. Vamos, puedes seguirme en tu auto, si gustas.

Bárbara miró a un costado, tenía su cartera sobre su cuerpo a modo de escudo.

—¿No es una molestia para tu hija?

—No, Gina es…—Tanner se quedó en silencio—. A ella le gustarás.