Lascivo (Prohibidos 2) 37 Reconciliación
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37 Reconciliación

La reunión de transición fue de pleno dominio de Arjen y Bautista. Explicaron los próximos pasos a las personas que seguirían trabajando, Bautista tenía una visión tan clara, en su mente ambas construcciones ya iluminaban el paisaje de Portland.

Arjen lo escuchó y acotó cuando se hizo necesario, sobre todo la cuestión de salarios y seguridad social. Joseph se mantuvo en silencio la mayor parte del tiempo, alternando entre miradas asesinas a Bautista y de curiosidad hacia Arjen.

«¿Quieres saber a quién te estás follando? A un tipo que asesinó a su propio padre, y quiso hacer lo mismo con su hermana. Esos son tus estándares».

El empresario explicaba unas proyecciones para los próximos seis meses. Bautista lo contempló y las palabras de Joseph se sintieron huecas. Si Arjen fuera un asesino, ¿dejaría de amarlo?

Porque sí, a esta altura, y después de todas las cosas que habían dicho y hecho, las dudas eran una tontería. Bau estaba enamorado, perdidamente, completamente, locamente y todos los adverbios que se le ocurrieran.

Al caer la tarde, la reunión finalizó. Arjen caminó junto a Bautista, ambos iban en silencio, el cual solo era interrumpido por temas laborales. Arjen subió en la camioneta que había rentado, Bau a su lado.

—¿Novedades?—preguntó Bautista y Arjen negó.

—Un par de problemas en Los Ángeles, pero Bárbara ya se encargó de eso.

Se detuvieron en uno de los semáforos. Las luces artificiales comenzaban a iluminar el paisaje. El día estaba terminando.

—¿Quieres cenar en el hotel o en algún restaurante?—preguntó Arjen.

—En el hotel, está bien.

El hombre asintió y continuaron su camino. Una vez que llegaron al hotel, Arjen condujo al sector del estacionamiento que estaba en el subsuelo. Las luces artificiales eran tenues, por lo que había algunos puntos en el lugar se mantenían en oscuridad.

Apenas el auto se detuvo, Bautista soltó su cinturón de seguridad y se fue sobre él. Arjen gimió de sorpresa cuando el muchacho atrapó su boca, y se puso a horcajadas. El ser bajito tenía sus ventajas.

—Bau—susurró mientras su amante le desajustaba la corbata, el chaleco, y la camisa—, espera.

—No—se quitó su chaqueta y desabotonó su propia camisa—, te quiero en mí ahora.

Arjen lo asió del rostro y sus labios chocaron con furia, deseo y enojo.

Salpicó besos posesivos sobre el torso de Bau quien afirmaba su espalda en el volante y se dejaba amar.

La lengua se deslizó, conocía cada punto de placer del muchacho, entretanto este luchaba con el cinturón propio y el de Arjen.

Lo que vino después, fue la follada más brutal que Bautista experimentó.

La camioneta se sacudió, los jadeos y los gemidos se habrían escuchado en cada espacio, si los vidrios no hubieran sido blindados y a prueba de sonido.

El asiento trasero fue testigo de todo lo que un hombre de 42 años puede hacer cuando su deseo está al límite y su compañero sexual decide rebasarlo.

Bautista buscó en su bolsillo el lubricante, mientras se posicionaba sobre manos y rodillas.

—Va a doler—advirtió cuando introdujo dos dedos en el estrecho orificio—¿Estás listo?

Bautista asintió, giró su rostro hacia el hombre detrás de él y lo besó con hambre.

Arjen entró con urgencia y desesperación, un latigazo de dolor y gozo vibró en la columna vertebral del muchacho, pero no se detuvo.

Empujó sus caderas hacia atrás y correspondió los embistes rápidos y extremos de su amante.

El asiento de cuero de la Range Rover crujía, el sonido de la carne en la fricción llenaba el aire de calor y deseo.

—Más.—Bautista gimió, mientras tomaba la cadera de su amante para que fuera más profundo.

—¿Seguro?—preguntó en su oído, y chupó el lóbulo de la oreja. Los gemidos fueron la respuesta que necesitaba para arremeter con todo lo que tenía.

Las estocadas sacudieron el cuerpo delgado de su amante, los besos y chupetones poblaron su cuerpo, sobre todo sus omóplatos, cuello y columna.

—Voy a venirme—musitó en su oído.

—No—Bau protestó—, yo todavía…

Arjen empujó su cabeza contra el cristal y embistió sin piedad. Bau estaba inmovilizado y a merced de una bestia, fue así cómo se percibió. Destrozado por un ser primitivo que solo conocía una regla: Obediencia total y completa hacia él.

Un gemido ronco, fuerte, y Arjen se descargó en el interior de Bautista, con estocadas firmes que daban sobre la próstata, pero que no lo llevaron al éxtasis.

Bau estaba deshecho, pero la erección seguía, dolorosa y necesitada. Llevó su mano hacia su propia erección para darse alivio, pero su amante, lo detuvo.

—¿Qué carajo haces?

Bau, perdido en la desesperación, se giró como pudo en el estrecho espacio.

—No vas a dejarme así.

—¿Por qué no?—Arjen le dio una nalgada, y Bau aulló de placer. Una nueva nalgada, otra, y otra.

Bau se frotaba sobre su abdomen, su verga húmeda y al borde. Arjen se recostó sobre el asiento como el espacio se lo permitió.

—Ven aquí.—El muchacho frunció el ceño, jadeaba desesperado—. Aquí, te quiero en mi boca.

Podría haberse corrido en ese instante, lo habría hecho, pero apretó su erección para que resistiera.

Se deslizó con torpeza sobre el cuerpo de su amante que ocupaba el noventa por ciento del espacio.

Se inclinó para que el techo no golpeaba su cabeza, y apoyó sus piernas a la altura de las axilas de Arjen.

Este lo asió de las caderas, levantó su cabeza y devoró su pene.

Los ojos de Bautista se pusieron blancos.

En un rincón de su mente, en uno muy oscuro se preguntó si alguien habría notado la manera en que la camioneta se movía.

Fue un segundo, una ráfaga que fue reemplazada por el placer extremo de la lengua, y las succiones de Arjen.

Se vino un par de minutos después, aunque hubiera deseado alargar el momento, fue imposible.

El líquido espeso cayó en la garganta de Arjen quien succionó con ahínco y deleite. Una vez que lo limpió, soltó su miembro que parecía haberse reducido.

—Casi lo cortaste.

Arjen se limpió la boca y rio.

—¡Qué dramático!—Bau se retiró del cuerpo de Arjen y buscó la manera de acostarse a su lado. Arjen lo estrechó de la cintura y lo mantuvo sobre él—. Aquí estás perfecto.

Bautista le acarició el rostro y sus bocas se encontraron. Su sabor en los labios de su amante era erótico, posesivo y excitante.

—Estuvo rico.—Bau le mordió el mentón, su mano fue hacia el enorme pene y lo acarició. Arjen rio.

—¿Sabes? Para alguien que quiere mantener esto en la clandestinidad, no estás ayudando.

Bau dejó el pene, y apoyó ambas manos juntas en el centro del pecho de Arjen.

—¿Y si ya no me interesa que todos hablen?

Arjen tragó saliva, su rostro se endureció.

—No estás obligado.

—Lo estoy—replicó—, si tú no tienes inconveniente y eres el dueño de un imperio, ¿por qué habría de tenerlo yo?

—Porque la gente tiende a atacar a los eslabones más débiles.

—Pues que lo hagan—dijo con seguridad—, ya no voy a esconderme.—Los dedos de la mano derecha de Arjen se deslizaron por la columna del muchacho, serpenteaban y se detenían en el coxis—. Quiero ser tu novio, Arjen. Es todo lo que deseo desde que te conocí.

Arjen le dio una media sonrisa, levantó su cabeza, y se besaron.

—Eres tan bonito cuando luces vulnerable.

—Te dije cosas feas—confesó—, cosas que no merecías.

—Solo dijiste la verdad—replicó Arjen—, a lo mejor por eso dolió un poco.

—Tú no estás solo—Bautista empezó a dejar besos sobre su pecho—, nunca más lo estarás, no mientras me permitas ser tu compañero.

Arjen asió la mano izquierda de Bau y la condujo hacia su virilidad que estaba nuevamente dura.

—Dios mío—se mordió el labio inferior—, eres insaciable.

—¿Una ronda más?—preguntó, aunque ya sabía la respuesta.

Bautista se sentó y apoyó su entrada sobre la erección, su entrada estimulada permitió el acceso de inmediato. Gimió e hizo círculos lentos para adaptarse. Arjen rio.

—En esta posición, mañana te dolerá hasta pensar.

Bau le acarició los pectorales.

—Descuida, nunca le tuve miedo a un desafío.

Arjen rio e impulsó sus caderas hacia arriba. Su amante se estremeció.

—Pues que así sea.