36 El pasado de nuevo
Joseph Dalton mostró su sonrisa de suficiencia y falsedad, esa que Bautista aprendió a reconocer muy tarde.
—Buenas tardes—dijo a los dos hombres que todavía continuaban abrazados—. Señor Cross, Bautista. —La mandíbula de Arjen se tensó. Joseph estrechó la mano de ambos—. Es un gusto verlo de nuevo.
—Igualmente—respondió Arjen, aunque su rostro mostraba algo totalmente diferente.
—Es una gran casualidad, ¿también se alojan aquí?
—En el último piso—respondió Arjen y Joseph asintió. Una mueca burlona atravesó su rostro. La zona de suites.
Los segundos que siguieron fueron los más incómodos de la vida de Bautista. Joseph estaba de espaldas a ellos, a una distancia prudencial, pero intolerable para el muchacho.
Arjen puso su mano sobre su espalda baja en un gesto protector y también tranquilizador. Bautista, cuyo cerebro imaginaba millones de hipótesis acerca de lo que Joseph estaría pensando se detuvo.
—Aquí termina mi recorrido—Joseph bromeó cuando estaba por bajar al décimo octavo piso—, supongo que nos veremos en un rato, ¿verdad?
—Nos vemos.—Arjen respondió y Bautista solo se limitó a asentir.
El tipo le dio una última mirada de arriba a abajo a Bautista y sonrió.
—Bien jugado, ingeniero. Supongo que tarde o temprano uno aprende.
Y antes de que pudiera responderle, las puertas se abrieron y Joseph caminó fuera del ascensor, dejando a los dos hombres en silencio. Al cabo de unos segundos, las puertas se cerraron y el ascensor siguió su recorrido.
—No puedo creer esto—Bau pasó la mano por sus cabellos—, este bastardo ¡Justo ahora!
—Tranquilo—Arjen buscó darle calma—, lo que diga o piense no es tu problema.
—Lo es—Bau recriminó—, te lo dije. Quiero demostrar que soy bueno en esto, que me gané este puesto.
—Tú lo sabes, yo lo sé, ¿qué importa lo que los demás piensen?
Bautista resopló.
—Ese es tu problema—dijo con enojo—, no mides las consecuencias, solo eres tú y los demás que se vayan a la mierda. Esa es tu filosofía de vida, por eso estás solo.—Apenas las palabras abandonaron su boca, Bau supo que había metido la pata en grande—.Arjen, yo…
El hombre levantó la mano.
—Está bien.—No se sentía enojado, solo terminado—.
Supongo que tienes razón, y también tengo el problema de que pienso que mi verdad es absoluta, y a las personas, a veces, les cuesta lidiar con eso.
Para mí, la opinión de los demás es mierda, pero no puedo esperar que todos aborden el tema igual que yo.
—Perdóname—Bau lo miraba arrepentido—, no quise decir lo último, solo…
—Tienes miedo—completó la frase—, no recuerdo la última vez que lo percibí, por eso me he olvidado de cómo se siente.—Arjen miró el reloj. Bautista estaba a su lado, con sus manitos juntas—. Voy a pedir que te den una habitación contigua a mi suite.
—No—Bau negó—, por favor, ¿estamos bien? Dime que estamos bien.
—Estamos bien—Arjen le arregló un mechón de cabello—, pero de ahora en adelante voy a respetar tu espacio como deseas. Discúlpame por querer forzarte a tomar mis ideas como tuyas.
La puerta se abrió y caminaron hacia la suite. Allí, uno de los empleados ya había ingresado con sus maletas.
—Gracias—señaló y le dio la propina al hombre—, una cosa más. Necesito que reserven una de las habitaciones contiguas. Mi compañero se quedará allí.
El hombre asintió.
—Por supuesto, señor. Le diré a recepción de inmediato.
Arjen se quitó el saco, y caminó hacia el baño. Bautista se quedó en medio de la sala, sin saber qué decir o hacer.
«Estamos bien».
¡Mentira! ¡Cómo carajo iba a estar bien después de lo que le dijo! ¿Qué sabía acerca de Arjen? ¿Cómo podía meterse con sus sentimientos cuando lo conocía tan poco? Jamás lo hizo sentir menos, ¿por qué tuvo que ser tan rudo?
El cambio de habitación se realizó en cuestión de minutos. Arjen le reservó la suite al lado de la suya. Bau se sentó en el sofá blanco impecable y se sintió un idiota. Se puso de pie y observó la ciudad a través de los cristales. El horizonte de Portland se alzaba ante sus ojos. Era majestuoso.
Su celular vibró en su bolsillo, lo sacó de inmediato.
Salimos en dos horas a la reunión.
Prepárate. Puedes pedir algo para comer por teléfono.
Un mensaje, un puto mensaje. Bautista fue hacia su recámara y arrojó su maleta y su celular allí. Se movió de un lado a otro, sin saber si lo mejor era hablar ahora, o dejar que el clima se apaciguara.
Sacudió la cabeza, y decidió bajar al restaurante. Pediría una hamburguesa doble, con un refresco extragrande. El azúcar y una tonelada de carbohidratos le aclararía la mente, o quizás tendría el efecto contrario, ya no le importaba.
Caminó entre las mesas y se sentó en la del final, el camarero fue hacia él.
Quiso dejarle la carta, pero Bau se negó.
Realizó su pedido y dio un suspiro. Su vista fue hacia el exterior, a esa hora el tráfico era imposible, como en la mayoría de las grandes ciudades.
Por suerte a Arjen no le molestaba conducir, porque él lo odiaba.
—Buenas tardes, ingeniero.
Hubo un tiempo en que esa voz lo cautivó, un tiempo en el que estuvo ciego y pensó, como el gran idiota que era, que ese imbécil era el amor de su vida.
Sus miradas se encontraron. Joseph le sonrió despectivo, y se sentó frente a él.
—Nadie te invitó, así que puedes ir desapareciendo.
Joseph se cruzó de brazos.
—¿Y qué harás si no me voy?
Bautista resopló, una mezcla de rabia y hartazgo.
—¿Qué quieres?
—Arjen Cross—se burló—, de todos los ancianos ricachones, debías escoger al más psicópata.
—No te atrevas.—Bau dijo entre dientes.
—Vamos—Joseph empujó más sobre la paciencia de su exnovio—, ¿me vas a decir que te lo follas por placer? Si a ese tipo de seguro ni se le para, como a la mayoría de esos ricachones.
Bautista frunció los labios, y al cabo de dos segundos, dejó salir la carcajada más estruendosa que Joseph le hubiera escuchado alguna vez. El hombre lo miraba con sorpresa, y también con un atisbo de miedo, como si hubiera perdido la cabeza.
—Por Dios.—Bau se limpió las lágrimas, pero era incapaz de dejar de reír—. Me encanta. No se le para—Volvió a reír—. No se le para.
Joseph tragó saliva.
—¿Qué te parece tan gracioso?
El mesero regresó y le abrió el refresco.
—Muchas gracias—señaló su garganta—, estaba seca.
El hombre asintió y se alejó. Bautista bebió de un solo saque todo el contenido.
—Voy a decirte una cosa, imbécil—dijo sin titubear—. Tengo el puesto que tengo en Cross porque me lo gané, les mostré lo que valgo y ellos lo reconocieron. Arjen, bueno, Arjen sería el premio el cual todos desearían obtener, pero ninguno tiene lo suficiente para conseguirlo.
Joseph lo observó con desprecio.
—¿Por qué no eres honesto? Te puse los cuernos y quisiste vengarte, y el único modo posible era afectando mi trabajo ¿Tanto te cuesta aceptarlo?
Bau frunció el ceño y contuvo un nuevo ataque de risa.
—¿Quieres que sea honesto Joseph? Lo seré.
Desde que rompimos no he pensado en ti, ¿sabes por qué?
Porque al día siguiente encontré a un desconocido en un bar que tenía una verga tan grande que estuve una semana sin poder sentarme.
Y cuando pensé que mi suerte no podía ser mejor, supe que ese hombre era Arjen Cross y que buscaban hacer negocios con nosotros.
La segunda noche ocurrió solo dos días después, Joseph.
—Bau se humedeció los labios y cerró los ojos un segundo—.
Dios mío, me folló tres veces alternando entre sexo oral y posiciones que tú ni siquiera conoces.
¡Hicimos el helicóptero! ¿Puedes creerlo?
Así que no, nunca se trató de ti, tu empresa y tu jefe, el que te prometió Australia.
Todos ustedes solo están recibiendo justicia.
Nunca moví un dedo para perjudicarte, así que deja de buscar mierda, y termina el contrato como un profesional.
Joseph estaba atónito, su sangre se había congelado. Observó a las mesas alrededor, por si alguien lo miraba. Se puso de pie y se quedó allí. Bau ladeó la cabeza.
—¿Qué pasa, Joseph? ¿Tu sueño del ex único e irresistible acaba de morir?—Puso las manos en su pecho y fingió dolor—. Lo lamento tanto.
—Eres una mierda—replicó—, una basura oportunista y mentirosa.
Bau le dio un guiño de ojo.
—Cariño, de vez en cuando deberías mirarte a un espejo, así dejas de proyectarte. Ahora, te diría que te prepares, porque en menos de dos horas tenemos una reunión importante.
El hombre se afirmó a la silla.
—¿Quieres saber a quién te estás follando? A un tipo que asesinó a su propio padre, y quiso hacer lo mismo con su hermana. Esos son tus estándares.
Bautista no se inmutó. Joseph caminó fuera del restaurante como una bestia embravecida. El camarero le trajo la hamburguesa en ese instante. Bautista se frotó las manos.
—Justo a tiempo. Mi estómago lo necesitaba.