Lascivo (Prohibidos 2) 35 Preguntas sin respuesta
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35 Preguntas sin respuesta

—En serio, amigo. Creo que estuve a punto de vivir un caso de los Expedientes X.

—Muy de los noventa.—Se burló Bautista.

Bautista entornó los ojos.

—¿En serio? ¿Cuándo? ¿El momento en que arregló tu corbata, o cuando se agachó frente a la maqueta para que le vieras las tetas?

—No le vi las tetas.—Tanner aclaró ofendido—. El maldito blazer no se deslizó lo suficiente.

Bautista puso una mano en su frente.

—Eres un pervertido.

—¡Oye! No es mi culpa, lo juro.

—Claro—replicó Bautista con cero convicción—, de todos modos, su visita no deja de ser extraña.

—Según ella, Arjen solo te está usando.

Bau pensó en esa frase con cuidado, ya que él también se lo dijo a sí mismo muchas veces, sin embargo, hasta ahora, Arjen lo había tratado como un tesoro.

—Creo que es injusto no darle el beneficio de la duda a Arjen—respondió seguro—. Ella está molesta porque imagina artilugios y complots por todas partes. Se nota que es un poco paranoica.

—Aun así, ¿no te parece extraño que Arjen haya llegado a Estados Unidos a ocuparse de la empresa después de ser un fantasma por años?

Bautista negó.

—Es lo más lógico, estuvo mal por lo que sucedió con su padre y también con el accidente de Bárbara.

—No lo sé, amigo—Tanner hizo una mueca—, solo digo que tengas cuidado. Sé que vas en serio, pero ya saliste muy lastimado, no deseo verte igual.

—Estaré bien—Bautista le dio un golpecito en el hombro a su amigo—. Vamos, se hace tarde para el almuerzo.

***

—Pensé que te gustaba la comida china.

—¿Qué?—Bautista levantó la vista y se encontró con Arjen a su lado quien reía.

—No has probado un bocado.

—Ah—Bau asió unos fideos—, lo que pasa es que tengo la cabeza en otro lado.

—Déjame adivinar, ¿Portland?

Arjen le acarició el cabello, y peinó sus mechones rebeldes. La chimenea estaba encendida, y ambos estaban acurrucados en el enorme sofá. Pasar los días fríos con ese hombre era estar en una constante luna de miel.

Bautista dio un suspiro, apoyó su cabeza en el hombro de su amante. Quería preguntar, pero no quería estropear el ambiente.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Dime.—Arjen le besó la frente.

«Mi padre se suicidó días después del accidente que casi mata a mi hermana.

Ella piensa que, de algún modo, yo lo manipulé para que terminara de esa forma.

A eso debes sumarle que Norma, una de las asistentes de Peter Wallace, le aseguró que yo estaba detrás de su accidente.

Lo escuchó cuando yo discutía con papá. Todo era una burda mentira, pero mi hermana lo creyó.

Prefirió prestar oídos a una desconocida que escuchar a su propio hermano».

—Es acerca de tu hermana.

Bautista percibió una leve tensión en el cuerpo a su lado.

—¿Qué pasa con ella?

El muchacho se puso de costado, los cubos de cartón con la comida china en sus manos todavía.

—¿De verdad no tuviste nada que ver en la muerte de tu padre?

—No lo maté si ese es tu miedo—replicó Arjen—. Nunca le hice más daño del que él nos provocó a nosotros.

Bautista tragó saliva, no era la respuesta que esperaba porque no confirmaba, ni negaba por completo. Era una respuesta tibia, de esas que a nadie le gustan.

—Bau—Arjen dejó la caja sobre la mesa ratona de madera rústica frente a ellos—, en este negocio escucharás muchas cosas acerca de los Cross, la mayor parte son propaganda barata para vender revistas.

Ninguna de esas personas tiene todas las piezas y solo se dedican a juzgar desde afuera, sin conocer el contexto.

Le acarició la mejilla, y el muchacho asió su mano para besarla. Una pequeña punzada de inquietud se instaló en su pecho. El juego había comenzado y Bárbara, con paciencia, había empezado a hacer tambalear las piezas de su oponente.

—Puedes confiar en mí, Arjen—musitó cerca de sus labios y los besó despacio.

—Lo hago con todo mi ser.—El empresario respondió su beso con delicadeza—¿Tu lo haces, Bau? ¿Confías en mí?

Lo asió el rostro, y apoyó su frente con la suya.

—Sí—intentó que su voz no revelara las dudas que caían en su cabeza—, siempre.

***

Dos semanas después.

El viaje a conocer Portland llegó tan rápido como fue posible. Veritas estaba a solo una semana de abandonar la obra, y Cross construcciones se haría cargo al cien por ciento de las operaciones.

—¿Irás conmigo?

—Jamás te dejaría ir solo a conocer mi sueño.

Arjen se había reído y abrazado a su joven amante, el ingeniero estrella, ese del cual todos hablaban y no solo por su lado profesional. Los chismes se esparcen como pólvora, y pronto Bautista Price estuvo en el ojo de todas las conversaciones.

Un viaje en primera clase. No es que Bautista fuera miserable, ni mucho menos, pero la empresa de la cual fue parte por más de una década jamás le pagó un vuelo en esa categoría.

Ahora, mirando todo desde otra perspectiva, entendía todos los desplantes que había sufrido y él, como el tonto ingenuo que era, había ignorado.

Como si fingir que el elefante en la habitación no existía fuera a hacerlo desaparecer por arte de magia.

A Bautista le gustaba complacer, desde niño siempre quiso ser bueno y gustarle a la gente. Lamentablemente las personas que lo rodearon por años abusaron de ese rasgo y de sus limitaciones en las relaciones interpersonales.

Tocó el asiento y subió las piernas en posición india.

A su lado, impecable como siempre, estaba Arjen, leyendo algo en su celular y con un whisky en la mano.

Se acercó a él y le dio un beso en el cuello.

Arjen se movió en su dirección, pero sin quitar la vista de la pantalla.

Llevaban dos horas de vuelo, y faltaban cerca de cuatro.

—¿Qué pasa, niño bonito?

—Nada—respondió—, es la primera vez que viajo en primera clase, ¿lo sabías?

Arjen frunció el ceño.

—¿De verdad?

Bau asintió y dio una risilla.

—No importa, me encanta que seas tú mi primera vez.

El hombre dejó la tablet y lo estrechó de la cintura, estuvo a punto de cargarlo y llevarlo sobre su propio asiento de lo intenso que fue su agarre.

—¿Y si te dijera que tú también eres mi primera vez?

El muchacho comenzó a reír.

—¿Yo? ¡No me digas!—Se burló.

—Es así—Arjen le respondió con ternura, pero al mismo tiempo seriedad—, jamás he viajado con alguna pareja o amante.

—No—Bau abrió la boca—, ¿por qué?

Arjen se encogió de hombros.

—Nunca he pasado de un encuentro de una noche.

Bautista se mordió el labio inferior.

—Dijiste que te gustaba porque era inocente e inteligente, pero ¿eso es todo? ¿Solo necesité eso para estar contigo?

Arjen arqueó una ceja.

—¿Y a ti te parecen cualidades que tiene cualquiera a sus 28 años?

—Bueno—Bau se quedó pensativo—, supongo que sí, todos somos un poco inocentes a mi edad, y he conocido personas muy inteligentes también.

—Tal vez—Arjen no lo contradijo—, pero en mi mundo no son cualidades que encuentres en abundancia. La inocencia normalmente es fingida, y la inteligencia está velada por el oportunismo y la manipulación.

—Los manipuladores también son inteligentes—replicó Bau—, de hecho, la mayoría dominan el mundo.

Arjen le dio un pellizco en el mentón.

—Te ves hermoso cuando expresas tus ideas con firmeza.

—¡Arjen!—Le golpeó el brazo fingiendo molestia—. Hay un tema serio aquí.

—Lo debatimos después, ¿te parece?—Arjen buscó sus labios—. Ahora quiero hacer otra cosa.

Entonces lo besó como solo él sabía, y Bautista se sintió volar como un ángel, como si los límites se desvanecieran.

Era una sensación extática, pero en lo profundo, lo aterrorizaba.

Este hombre detentaba el poder para enaltecerlo, para llevarlo a probar el cielo, pero también para destruirlo y volverlo cenizas.

Desde el cielo, Portland se desplegaba como un lienzo, una amalgama perfecta entre naturaleza y paisaje urbano.

El otoño se reflejaba en los árboles, en sus tonos dorados y rojizos que fluían en armonía con ríos y parques urbanos.

Es allí donde estribaba la verdadera belleza del lugar, es lo que la hacía única para albergar un proyecto como el de las torres Cross.

El contraste impresionante entre lo natural y las estructuras modernas junto a techos de tonos grises.

El río Willamette serpenteaba la ciudad reflejando los rayos del sol que mostraba todo su esplendor entre las escasas nubes.

Llegaron a Portland pasado el mediodía, buscaron sus maletas y desde allí al hotel.

—Dime que no hiciste eso.—Bau le reprochó cuando se dirigían a la suite.

—¿Qué hay de malo?

—¡De verdad lo preguntas!—Bau exclamó, se puso de puntitas para tener más altura. A Arjen le parecía muy divertido.

—Es solo una habitación.

—Una habitación que reservó el área de protocolo y comunicaciones—argumentó—¡Todo el mundo va a saber que me acuesto contigo!

Arjen arqueó una ceja.

—Si sigues gritando de ese modo, todo Oregon también lo sabrá.

Bautista se cubrió su boca.

—Eres un….

—¿Qué?—Arjen lo acercó a su cuerpo—. Dime.

Las manos de Bau fueron a sus pectorales.

—Esto es tu culpa. Si no estuvieras tan bueno, no me habrías trastornado de esa manera.

Arjen empezó a reír. Una risa libre y genuina, de esas que salían del alma y Bau adoraba. Correspondió la acción y lo besó, sus piecitos en punta, mientras atraía al hombre de casi dos metros.

Estaban abrazados y en pleno arrumaco cuando la puerta se abrió. Bautista se giró hacia el hombre que entró al edificio y palideció.

«Maldición».

Sabía que había una posibilidad remota, pero esperó que no se hiciera realidad.