34 Complot
—Quiere enloquecerme—Bárbara iba de un lado a otro en su oficina que era del doble del tamaño que la de Arjen. Su asistente la escuchaba en silencio—. Ese bastardo busca dejarme afuera, lo sé. Papá lo sabía, Peter también. Norma me lo advirtió una y otra vez y yo no lo escuché.
—¿Y por qué no habla con Norma?
Bárbara negó.
—No tiene sentido, debo asegurar mi posición.
—Con todo respeto, señora—dijo la asistente—. Casi la totalidad de los empleados responden a usted. Tiene espías incluso en el mismo departamento de Bautista Price ¿A qué le teme?
—No viste sus caras—Bárbara señaló—. El miedo y la sorpresa que se instaló. Saben que ya no estamos en terreno firme. Arjen está tomando las riendas y no puedo vetarlo de ninguna manera.
—Señora Cross, ¿no le parece que debería descansar y ver este tema con más tranquilidad mañana?
Bárbara frunció el ceño.
—¿Quieres que ceda un milímetro a ese bastardo asesino? ¿Al hombre que me quitó todo?
La asistente arqueó una ceja y su vista fue hacia la agenda.
—Queda una última entrevista en el día de hoy. La gente de Cornelly llegará en media hora.
Bárbara se arregló el cabello, después de todo ella era la imagen de Cross. Buscó en su cartera el maquillaje y se lo retocó. Dio un suspiro y asintió hacia su reflejo. El show debía continuar.
***
—Se está revolcando con él—afirmó en una videollamada a Norma Haas, la exasistente de Peter Wallace y de su padre.
—¿Tienes pruebas?
—Arjen no tiene reparos con él. La manera en que lo mira, casi con devoción, incluso las insinuaciones. Cuando lo confronté tampoco lo negó.
La mujer entrada en años, pero de aspecto estoico la observaba del otro lado de la pantalla.
—¿Qué quieres hacer?
—Necesito sacar del juego a Arjen, que los pocos que lo toman en serio se aparten de él. Bautista Price es un títere en sus manos, pero conoce a fondo el mercado y es un hueso duro de roer.
—¿Qué hay de su compañero? El que te desafió en la reunión.
Bárbara movió la mano restándole importancia.
—Solo es un niño tonto jugando un juego de adultos.
—Lo sé, pero si él conociera la verdad, aquella que tú y yo sabemos acerca de Arjen, ¿tendría peso en la opinión de Price?
La mujer se acarició su sensual labio inferior.
—Puede que tengas razón, pero ¿cómo me acerco a él sin sonar sospechosa?
Norma entornó los ojos.
—Eres la mujer más bella que he conocido y la dueña de Cross. Tienes las armas a la vista, solo que no quieres usarlas.
—¿Manipularlo?
—Arjen se hizo un lugar en el mundo de los negocios usando su belleza y capacidad de manipular, ¿ por qué te niegas a jugar su mismo juego?
—No puedo—Bárbara se puso de pie y caminó hacia la ventana—, sin importar lo desesperada que esté, yo no seduzco y manipulo a mis empleados, además Tanner Levinson es un niño.
Norma negó con decepción.
—Querida, y después finges no entender porque tu hermano siempre se sale con la suya.
—Norma le habló más cerca de la cámara—.
Muéstrales el verdadero rostro de Arjen, mina su credibilidad desde adentro, luego de eso, solo le quedará regresar a Europa y esconderse en algún antro, de donde nunca debió salir.
El pensamiento lúgubre se quedó en Bárbara mucho después de finalizada la conversación. La mujer buscó los planos y las simulaciones creadas por Bautista Price y Tanner Levinson. Eran creativos, innovadores, encontraban brechas donde pocos lo hacían.
«Quizás Arjen tenía razón en contratarlos».
Desterró ese pensamiento de inmediato. Arjen no se preocupaba por nada a menos que sacara beneficios de allí, y estaba claro que más que las torres Cross, el beneficio era Bautista Price y todo lo que conllevaba.
Un muchacho de solo 28 años, alguien que se había forjado prácticamente de la nada y que había abandonado la empresa familiar para jugar en las grandes ligas. Una apuesta fuerte, una que requería mucho carácter.
Bárbara se dedicó a investigar ese día y al día siguiente. Notó que Bautista se había retirado de la empresa poco después de que su hermana menor fuera designada CEO. También corroboró que su antigua empresa se estaba desmoronando ladrillo a ladrillo sin él.
Una punzada de envidia la atravesó, a ella le habría gustado tener esa fuerza de voluntad, la capacidad de caer al vacío sin miedo, pero como una cobarde se quedó en la empresa de la cual su hermano formaba parte, un hermano que aborrecía, un hombre atroz y sin sentimientos que solo pensaba en sí mismo.
Se comunicó con el Departamento de Recursos Humanos y solicitó la hoja de vida de Tanner Levinson.
Tardó unos minutos en abrirla, mente le decía que se estaba metiendo en terreno fangoso.
Dio un suspiro y se dispuso a leer. Descubrió que Tanner tenía 30 años, y una hija la cual necesitaba cuidados constantes.
«Parálisis cerebral severa».
Su estómago se contrajo al pensar en el dolor de Tanner como padre, un escalofrío la recorrió cuando notó que la hoja también decía que estaba soltero.
Se hizo hacia atrás en la silla de cuero cómoda. Se cruzó de brazos mientras la foto de un Tanner sonriente le devolvía la mirada.
No pretendía hacerles daño, solo mostrarles que Arjen Cross no era un hombre en que debían confiar, de ahí en más, las decisiones serían de ellos.
La empresa había quedado vacía, excepto por Bautista y Tanner quienes seguían trabajando.
Bárbara permaneció en su oficina, su asistente se había marchado hacía dos horas.
Salió al pasillo y notó que la puerta de la oficina de Bautista se abría.
El muchacho salió, pero la puerta quedó entreabierta, Tanner estaba con su computadora.
Aguardó unos minutos en caso de que Bautista regresara, pero eso no sucedió. Se arregló su traje de diseñador y el cabello, dio un suspiro y dio pasos hacia la oficina. Golpeó muy despacio, Tanner que estaba ocupando la silla de Bautista levantó la vista y frunció el ceño.
—Señora Cross—dijo sorprendido—¿Todavía aquí?
Bárbara le sonrió.
—Yo debería preguntar lo mismo, ¿no te parece?
Tanner le devolvió la sonrisa, sus ojos ámbar brillaron. Bárbara notó las pequeñas arrugas gestuales alrededor de sus ojos, así como también sus pestañas crespas.
La mujer se acercó a la oficina, notó los cuadros y las fotografías que ahora formaban parte de la decoración. Se detuvo en uno en particular.
—Esto es espectacular—señaló—, la armonía entre los materiales. Es una belleza.
Tanner dejó el teclado, y se puso de pie. Colocó sus manos en los bolsillos, y se acercó a la mujer.
—Ese fue el segundo proyecto que ganamos con Price Construcciones. Bautista lloraba de emoción. Fue el primer gran salto.
—¿Un ingeniero emocional? ¿De qué planeta es?
Tanner rio y sus miradas se encontraron. El estómago del hombre se retorció. Dios, era una belleza. Lo había notado antes, pero nunca estuvo tan cerca. La mujer lo contempló, interesada.
—A veces, muy de vez en cuando, los ingenieros dejamos ver nuestros sentimientos—respondió a la broma—, pero no se acostumbre, señora Cross.
—Puedes llamarme Bárbara—replicó y humedeció sus labios.
Tanner asintió.
—Muy bien, Bárbara—recalcó el nombre—¿Qué la trae por aquí?
—Nada—se encogió de hombros—, solo me sorprendió que todavía quedaran personas trabajando.
—Portland es un desafío esperado, pero desafío al fin—agregó—. Bautista cree que uno debe estar preparado para todos los imprevistos que puedan surgir.
Bárbara se cruzó de brazos. Casi tenían la misma altura con el moreno.
—¿Te gustan los desafíos, Tanner?
El hombre hizo una mueca.
—Sí y no.
—¿Y eso?—Bárbara arqueó una ceja.
—Hay desafíos demasiado peligrosos.
—Interesante—acotó—, pensé que eras de los que les gusta el peligro.
Tanner le dio una sonrisa entre calmada y seductora.
—Eso fue antes de tener una hija que depende de mí.
La punzada de culpa volvió a instalarse en Bárbara.
—¿Cómo se llama?
—Gina—dijo Tanner con ternura en su voz—. Es mi pequeña luz.
Bárbara miró el piso, la memoria celular se activó en sus huesos y en el alma.
—Yo estuve embarazada de una hija también.—Su mirada de vuelta en la fotografía—. La perdí incluso antes de cargarla en mis brazos.
—Lo lamento—dijo Tanner.
—No lo hagas—replicó—, no fue tu culpa lo que sucedió, sino de alguien más.
Tanner había escuchado rumores, la enemistad de los mellizos Cross que era una brecha que se ensanchaba cada vez más luego de la muerte de su padre y el accidente de Bárbara.
—Todavía puede ser madre si lo desea.—Fue un comentario estúpido, pero fue lo primero que se le ocurrió a Tanner—. Es una mujer de recursos. Hay tratamientos y…
—Tengo 42 años—replicó—, y mi útero quedó dañado de forma permanente después del accidente que sufrí hace dos años.—Bárbara se enfocó en el hombre frente a ella—. Gracias por tus intentos de consuelo, pero son en vano.
Bárbara se detuvo en el plano de las torres Cross, vio la maqueta que Bautista estaba construyendo.
—¿Un entretenimiento?
Tanner se encogió de hombros.
—Los ingenieros nos divertimos a nuestra manera también. Eso es un pasatiempo.
La mujer se agachó, tocó las piezas. Tanner la observó manteniendo la distancia.
Sus ojos la escanearon de arriba a abajo.
Desde sus tacones de doce centímetros, hasta su trasero bien formado, y sus senos que estaban cubiertos solo por un blazer ¿Cómo lo supo?
Cuando Bárbara se agachó, la tela se movió y notó la desnudez.
—Sé que confían en mi hermano y en las facultades que les ha brindado.—Bárbara dejó las piezas en su lugar—. Solo les advierto, mi hermano no es el hombre que ustedes creen conocer.
Tanner frunció el ceño.
—Asumo que tiene secretos como todos—argumentó—, tú también los tienes ¿Me equivoco?
Bárbara le sonrió, pero había un atisbo de melancolía.
—Arjen usa a la gente, y cuando no queda nada, los descarta—dijo sin titubear—. Nunca bajen la guardia, en especial tu jefe.
Tanner se aclaró la garganta.
—No entiendo la insinuación.
—Eres un hombre inteligente, Tanner—Bárbara respondió—, y ambos sabemos que no están aquí solo por ser grandes ingenieros.
El hombre chasqueó la lengua, y le sonrió.
—¿Sabes decir dos palabras sin ofender?
Bárbara se mordió el labio inferior.
—¿Es ofensa si hay verdad detrás?
Tanner se arregló el nudo de la corbata.
—Debo terminar un informe ¿Hay algo más que necesites?
La mujer notó que el nudo de la corbata se había cruzado, sus manos fueron a la tela y de pronto se encontró arreglándolo. Tanner se quedó inmóvil, el perfume cítrico llenó su nariz.
—Sé que no soy tan obsecuente como Arjen, ni tengo las palabras amables que todos esperan, pero escúchame cuando te digo que mi hermano es un hombre en el cual no debes confiar.
—Bien—tragó saliva, sus pulsaciones se habían disparado a la luna—, gracias por el consejo.
—Nos vemos, Tanner. Cuídate.
Bárbara se retiró de la oficina y Tanner se tocó el nudo de la corbata. Se sentó en la silla y empezó a reír. Carajo, ¿eso de verdad ocurrió?