Lascivo (Prohibidos 2) 32 Lascivo
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32 Lascivo

Bautista se arrancó el bóxer de la piel como si quemara y esperó en la alfombra cálida y mullida, mientras las llamas de la chimenea iluminaban su cuerpo blanquecino.

Arjen regresó con una caja de color blanco que tenía encima un enorme moño de satén rojo.

Los ojos de Bautista iban del exuberante adorno, a la tremenda erección que su amante guardaba en su ropa interior que, en ese momento, parecía dos tallas más pequeño.

Arjen de pie todavía le entregó el paquete. Bau se humedeció los labios y se colocó de rodillas para recibirlo, para luego sentarse sobre sus talones.

—¿Qué es?

—Ábrelo y lo sabrás.

Bautista se mordió el labio inferior.

—¿Sabes? No necesitas comprarme nada.

—Lo sé—Arjen replicó—, igual quiero hacerlo.

El muchacho se debatía entre prestar atención al paquete o al bulto de la entrepierna. Arjen le sonrió.

—Primero abre este paquete—señaló al regalo—, después te encargarás del otro.

Bautista sacudió la cabeza. Eres un idiota. Hizo un puchero, un gesto que fue incontrolable. Era un adulto de 28 años desnudo sobre una alfombra haciendo muecas a su amante.

Quitó la tapa y lo que encontró lo deslumbró.

—Esto es—acarició las perlas, una por una—, es precioso—dijo y observó a Arjen.

Las perlas blancas eran de buen tamaño, el collar era largo, como si no fuera hecho para cubrir su cuello, además era muy femenino.

—Se usa para rodear tu cuerpo.—Arjen musitó, extendió la mano para que Bautista se pusiera de pie, fue cuando un diminuto pedazo de tela blanca cayó en el suelo. También estaba junto al collar.

Era una tanga, las mejillas de Bautista ardieron.

—¿Quieres que me ponga esto?

—¿Por qué no?—indagó—. Te gustan las prendas sensuales.

—Lo sé, pero esto es…—Bau ni siquiera sabía cómo expresarlo—. No creo que sea para mí.

La caja que guardaba el regalo cayó a sus pies.

De pronto, las manos de Arjen fueron al cuerpo desnudo de su amante, y comenzó a envolverlo con las perlas.

Cruzó las líneas de tal modo que caían sobre los pezones, y se formaba un aro sobre el coxis, el contorno de un vestido de perlas, el tono rosa a causa de la vergüenza y el color contrastaba con el nácar.

—Levanta una pierna.

Bautista obedeció, como una especie de esclava frente a su amo seductor. Era tan sencillo dejarse guiar, era tan simple dejar que otro tomara el control, que otro lo contuviera y lo hiciera sentir deseado.

La pequeña tanga se deslizó por sus piernas delgadas, Arjen acarició el borde de la prenda cuando la ubicó en su lugar.

—Déjame contemplarte.

Arjen dio pasos hacia atrás solo para deleitarse con su figura, Bautista se irguió, esbelto y colocó sus manos en su cintura.

Las perlas caían en armonía, como en una cascada que decoraba los destellos de su piel con la luz de la chimenea.

Bautista tiró de su cabello y formó picos en las puntas, los tonos rojizos y rubios se mezclaban y adornaban su rostro angelical y juvenil.

—¿Te gusto así?—preguntó con una combinación de pudor y seducción que a su amante le pareció refrescante.

—¿Si me gustas?—Arjen, como el hombre imponente que era, dio pasos seguros hacia su presa, asió su rostro entre sus manos, y su pulgar derecho acarició los labios pulposos rojo cereza—¿Qué clase pregunta es esa?

—Una que no me has respondido.—Bau posó su rostro sobre las grandes manos y se acarició con ellos, como un gatito con su dueño.

—Déjame mostrarte lo mucho que me gustas así.—Arjen deslizó su lengua sobre los labios rojos—. Ponte de rodillas.

Bautista apoyó sus rodillas en el suelo y volvió a sentarse sobre sus talones.

El fuego de la chimenea crepitaba, el calor incineraba cada espacio de esa casa.

Arjen introdujo un par de dedos en su boca.

Bau, con la mirada fija en él, los chupó, los dedos embistieron despacio, y la excitación creció en el cuerpo entregado para su placer.

Quitó los dedos, y su amante protestó. Arjen dejó que su boxer se deslizara por sus piernas musculosas y bronceadas.

Bautistas las acarició, la erección rozó sus labios, y abrió su boca para recibir la punta, la cual chupó del mismo modo a como lo hizo con sus dedos.

Sus manos fueron a la virilidad húmeda y dispuesta, y se deslizaron hacia la punta y luego a la base, su boca tomaba parte de la carne y succionaba.

Los jadeos se mezclaron con los sonidos propias de la succión, la saliva se deslizó por su mentón.

Arjen la limpió con sus dedos y los llevó hacia los pezones duros, los cuales humedeció.

Bautista gimió cuando la mano experta de su amante presionó sobre uno de los capullos rosa y luego sobre el otro, estirándolos.

Los dedos de Arjen se enredaron en la tanga y tiró de él hacia arriba para que se pusiera de pie.

Bau se levantó y enredó sus brazos en el cuello del hombre para devorar su boca.

Arjen lo envolvió en su cuerpo y lo besó con ahínco y necesidad.

Sus lenguas danzaron en un baile sincronizado, se conocían tan bien, tanto que ambos se sorprendían de la impresionante química sexual entre ellos.

Quizás esa fue la cuestión desde el principio, cuando sus cuerpos se unieron se tornaron adictos uno del otro. Eran diferentes y complementarios. una combinación perfecta y misteriosa, como todo lo maravilloso del universo.

Las piernas de Bau se enredaron en la cintura de Arjen, este lo asió de las nalgas y lo mantuvo allí, su erección rozándose sobre la separación de su trasero turgente y llamativo.

—Fóllame—rogó Bautista fuera de sí contra su boca, sus caderas se movían en un vaivén embravecido—. Por favor.

—Debo prepararte—advirtió Arjen—, te lastimaré de lo contrario.

Bautista rezongo.

—Odio que seas tan grande.

—¿Lo odias?—indagó divertido Arjen, entretanto su boca se cerraba sobre uno de los tentadores pezones.

—Cállate—Bau gimió, y sostuvo la cabeza del hombre su pecho, salpicaba besos y chupetones en su piel—, quiero más.

Arjen lo colocó en la alfombra de nuevo, entre las almohadas de color terracota que antes estuvieron sobre el sofá.

Bautista abrió las piernas, y su amante, como el ser paciente, planificador e insaciable que era, sacó un tubo de lubricante de debajo de los cojines del sofá de la sala.

El muchacho dio una risilla, la ansiedad lo estaba devorando del mismo modo que la mirada posesiva de Arjen.

—Eres un sueño—dijo obnubilado por la belleza de ese hombre catorce años mayor que él. Arjen le sonrió.

—No, tú lo eres.

El hombre se arrodilló delante de él, su mano deslizó la prenda diminuta que lo cubría, luego se alzó y el lubricante se deslizó sobre los testículos, y de allí, a la entrada rosada y fruncida que palpitaba.

Dos falanges ingresaron en ese instante. Bautista echó la cabeza hacia atrás y sus caderas respondieron al suave empuje de los dedos.

—Eso es—Arjen lo incitó—, folla mis dedos.

Una nueva falange y el vaivén de sus caderas se disparó como un rayo. Estaba allí, envuelto en perlas y en una tanga húmeda que, en ese instante, se sentía molesta.

Fue una tortura, una agonía lenta y frustrante porque Arjen no avanzaba jamás hasta estar seguro de que su cuerpo lo aceptaba en plenitud.

Cuando se posicionó en su entrada y empujó, Bautista ya no sabía ni el día ni la hora, su cerebro había dado paso a un instinto primitivo, uno que reclamaba a su hombre sobre su cuerpo dándole placer infinito.

Arjen lo cubrió con su cuerpo, el calor que emanaba de él confortaba y asfixiaba al mismo tiempo, Bau lo adoraba. Sus talones se clavaron a sus nalgas firmes y empujaron, Arjen embistió sin miedo, estocadas firmes, profundas y salvajes que hicieron que su amante sollozara de desesperación y placer.

—Quiero montarte—sus caderas iban al unísono en una danza febril—, por favor.

Arjen le dio la vuelta sin salir de él. Bau continuó su rodeo, se irguió sobre su amante e hizo círculos con sus caderas, el miembro grueso y pulsante masajeó su próstata. Era una provocación, era alterar todavía más la parte animal de Arjen Cross.

Lo asió de la cadera y lo lanzó sobre su cuerpo, lo inmovilizó, y embistió con frenesí hacia arriba, rápido y duro, ráfagas de fuego que inundaron cada célula del cuerpo deseoso sobre él.

Arjen lo sacudió con embestidas tan rápidas que el sonido de la carne en fricción fue el sonido imperante en el medio de la sala.

Las llamas se tornaron brasas, pero los amantes serían capaces de crear un incendio forestal de proporciones épicas.

—¡Arjen!—gritó su nombre cuando las embestidas lograron que su cuerpo se contrajera y el orgasmo estalló sobre sus abdominales.

El ritmo no se detuvo, Bautista gritó en la fricción poderosa cuando se percató de que la esencia de Arjen lo llenaba. Habían tenido sexo sin protección.

—Lo siento.—Arjen dijo en su oído y besó su cuello—. Carajo, ¿cómo pude olvidarlo?

—No—Bautista ignoró las disculpas—, quería tanto sentirte así.

Arjen le acarició la espalda, todavía continuaba en su interior, su pene latía y se acoplaba a la calidez y humedad de su entrada.

—Llevo décadas sin tener sexo sin protección.—Buscó tranquilizar a su amante—. Tú eres el primero en muchísimos años.

Bau lo observó, peinó el cabello rubio y sudado.

—Pues yo tampoco—agregó seguro—, así que no hay de qué preocuparse.

—Pero, tu novio…

Bau puso un dedo sobre sus labios.

—Exnovio, y no, Joseph jamás tendría sexo con nadie sin un condón de por medio.

Las manos de Arjen se estacionaron en las nalgas, jugó con las tiras de la tanga y con las perlas que caían.

—Te ves más hermoso que como te imaginé.

Bau le besó el cuello, pequeños besos que fue salpicando sobre la piel húmeda.

—¿Cómo lo haces?—Bautista apoyó su cabeza sobre el pecho del hombre—. Logras que por una vez deje de tener miedo. Me haces sentir el ser más afortunado del planeta. La vergüenza se siente tan lejana cuando estoy contigo.

Los dedos largos y delicados se deslizaron entre los mechones rojizos y rubios.

—Solo te doy lo que mereces, y lo que te pertenece. Es simple.

Volvieron a besarse, esta vez con calma, sin la necesidad ferviente de desfogarse.

—Quiero que me pertenezcas, Arjen Cross.—Se sorprendió por la posesividad de sus palabras—. Anhelo que nunca te alejes de mí.

—¿Por qué lo haría?—El hombre indagó y su pulgar derecho fue hacia los labios tiernos—¿Por qué me perdería de probar cada noche a un niño bonito como tú?

Bau se mordió el labio inferior, respiró tranquilo, entretanto escuchaba el dulce latir del corazón del hombre debajo de él.

Desconocía cuánto duraría este idilio, pero mientras pudiera, lo disfrutaría con toda su alma.